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Capítulo 13: Los primeros cambios

DNavarrete
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La casa permanecía en silencio. A esa hora de la mañana solo se escuchaba el suave tic-tac del reloj del comedor y el murmullo del viento moviendo las hojas de los árboles del jardín.

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La casa permanecía en silencio. A esa hora de la mañana solo se escuchaba el suave tic-tac del reloj del comedor y el murmullo del viento moviendo las hojas de los árboles del jardín.

 

Aoi estaba sola. Había terminado de ordenar la cocina hacía varios minutos, pero seguía sentada frente a la mesa con una taza de té ya casi fría entre las manos. Su mirada descansaba sobre la ventana, pero su mente estaba muy lejos de allí.

 

Yuuto había vuelto a aquella escuela. Había tomado esa decisión por voluntad propia, y aunque ella respetaba profundamente la elección de su hijo, no podía evitar que la preocupación le apretara el pecho. Después de todo lo que había vivido, después de verlo regresar destrozado unos días antes, después de sostenerlo entre sus brazos mientras lloraba de agotamiento y dolor, ahora volvía a caminar por esos mismos pasillos.

 

Aoi dejó escapar un largo suspiro y una pequeña sonrisa melancólica apareció en sus labios.

 

—De verdad eres igual de terco que todos los hombres de esta familia...

 

Era una terquedad que conocía demasiado bien. Primero la había visto en Hiroshi, su difunto esposo, y mucho antes de él, en Kenji, su suegro. Los tres eran exactamente iguales: cuando tomaban una decisión, no había fuerza en el mundo que los hiciera cambiar de opinión.

 

Aquello hizo que un recuerdo antiguo, pero tan vivo como si hubiera ocurrido ayer, comenzara a abrirse paso lentamente en su memoria.

 

Muchos años atrás, la cocina estaba llena del aroma cálido y reconfortante de una sopa que hervía lentamente sobre la estufa. Aoi removía la olla con una cuchara de madera de forma rítmica, mientras a su lado, sentado cómodamente junto a la mesa, un hombre mayor cortaba verduras con una calma y destreza que revelaban años de experiencia.

 

—Ya le dije que se quede descansando en su habitación —repitió Aoi con tono de suave reproche—. El médico fue muy claro: debe guardar reposo completo.

 

Kenji Kanzaki soltó una pequeña risa grave y amable, sin dejar de mover el cuchillo con precisión.

 

—Y yo te respondí que todavía tengo manos para sostener un cuchillo y piernas para caminar hasta aquí. Si me quedo encerrado mirando las cuatro paredes, me voy a oxidar antes de tiempo.

 

Su cabello era completamente blanco, peinado con esmero hacia atrás, y aunque la edad ya comenzaba a dibujar líneas profundas en su rostro y a ralentizar un poco sus movimientos, seguía teniendo esa mirada brillante y viva que lo caracterizaba.

 

—Es igual de terco que Hiroshi, ¿verdad? —comentó Aoi negando con la cabeza, pero con una sonrisa en los labios.

 

Kenji dejó de cortar por un instante y la miró con una expresión de orgullo divertido.

 

—¿Igual? —repitió con tono de broma—. Hiroshi aprendió todo de mí, y ahora parece que Yuuto también está siguiendo nuestros pasos.

 

Ambos rieron con complicidad, pero en ese momento unos pasos rápidos y ligeros comenzaron a escucharse por el pasillo, acercándose cada vez más con energía.

 

—¡¡Mamá! ¡Abuelo!

 

Una voz infantil, clara y llena de curiosidad, llenó toda la cocina.

 

Un niño de unos ocho años apareció corriendo en la entrada, con las mejillas sonrosadas y la respiración un poco agitada por la prisa, pero sin rastro de miedo ni angustia, solo una emoción mezclada con sorpresa.

 

Se detuvo frente a ellos y se llevó inmediatamente una mano a la frente, como si quisiera mostrarles algo muy importante.

 

—¡Miren! ¡Miren lo que me salió!

 

Aoi dejó la cuchara sobre la encimera y se acercó con dulzura.

 

—¿Qué te pasa, mi vida? ¿Te golpeaste?

 

Yuuto negó con energía, levantó un mechón de su propio cabello oscuro y lo sostuvo entre sus dedos para que pudieran verlo bien.

 

—¡No! ¡Miren mi pelo! ¡Se está poniendo del mismo color que el tuyo, abuelo!

 

Aoi frunció ligeramente el ceño, se agachó hasta quedar a su altura y apartó con mucho cuidado el resto del cabello oscuro. Entonces lo vio: un fino mechón de color completamente plateado, brillante y limpio como la plata pulida, que nacía justo en la raíz, entre el resto de su cabello negro. No parecía una cana común, ni un cambio por enfermedad; era un tono uniforme y luminoso, algo que no había visto jamás en nadie de su edad. Sintió cómo el corazón le daba un pequeño vuelco. Aquello no era normal.

 

Antes de que pudiera decir nada, Kenji ya había dejado el cuchillo y se había puesto de pie con la agilidad que le permitían sus años. Se acercó despacio, se agachó frente a su nieto y, con una mano grande y cálida, tomó con muchísima suavidad el mismo mechón para observarlo con atención.

 

Lo miró durante unos segundos, en silencio, y luego esbozó una sonrisa amplia, tranquila y llena de ternura, sin dejar ver ninguna duda.

 

—Vaya... qué cosa tan interesante —dijo con voz suave, sin apartar la vista de Yuuto.

 

El niño levantó la mirada rápidamente, con los ojos muy abiertos, buscando alguna respuesta en el rostro de su abuelo, en quien confiaba más que en nadie.

 

—¿Está mal, abuelo? ¿Me pasará algo?

 

Kenji negó con la cabeza con firmeza, y con su mano libre le acarició suavemente la mejilla, con ese gesto que siempre lograba calmarlo al instante.

 

—Claro que no está mal. No tienes por qué preocuparte en absoluto.

 

—¿Entonces por qué cambió de color? —preguntó Yuuto, inclinando un poco la cabeza con curiosidad.

 

—Simplemente parece que tu cabello decidió cambiar un poquito su aspecto, nada más —explicó el anciano con paciencia—. Algo parecido me pasó a mí, aunque en mi caso fue porque pasaron muchos años y me fui volviendo mayor.

 

Yuuto soltó una pequeña risa, aliviado.

 

—¡Entonces yo también me estoy volviendo viejo!

 

Kenji rio con él, una risa profunda y alegre que llenó la habitación.

 

—¡Todavía te falta muchísimo para eso, pequeño! A ti te quedan muchos años de cabello oscuro y de correr, jugar y crecer fuerte.

 

Le revolvió el cabello con mucho cariño, despeinándolo un poco, y añadió:

 

—Pero para quedarnos tranquilos y saber que todo está bien, iremos a visitar al médico esta misma tarde. ¿Te parece?

 

Yuuto abrió los ojos un poco más, con una sombra de duda.

 

—¿Estoy enfermo? ¿Por qué tenemos que ir?

 

Kenji se inclinó un poco más, poniéndose a su altura para mirarlo directamente a los ojos, con toda la confianza del mundo.

 

—No, no estás enfermo. Te lo prometo —le dijo con voz segura—. Iremos solo para que lo revise y nos diga que es algo sin importancia. Los médicos no solo ven a los que están enfermos, también ayudan a confirmar que todo va bien. Y si vamos juntos, será mucho más rápido y divertido, ¿no crees?

 

El niño pareció quedarse pensando unos segundos, observando la expresión sincera de su abuelo, y finalmente sonrió, convencido.

 

—¡Está bien! ¡Entonces iré a cambiarme y a ponerme mis zapatos nuevos! ¡Ya vuelvo!

 

Giró sobre sus talones y salió corriendo de nuevo hacia las escaleras, con una energía renovada, mientras ya se le escuchaba cantar una pequeña canción infantil por el camino.

 

Cuando sus pasos se perdieron en el piso de arriba, la sonrisa de Kenji se fue suavizando, y la expresión de Aoi se tornó más seria y preocupada. Lo miró con angustia.

 

—Padre... ¿qué cree que significa esto? ¿Es algo de familia?

 

Kenji levantó una mano para detenerla antes de que siguiera preguntando, y aunque su mirada seguía tranquila, en el fondo se le adivinaba una preocupación profunda y silenciosa.

 

—No lo sé, Aoi —respondió con total sinceridad—. Y precisamente por eso, lo más importante ahora es que no dejemos que él lo note. Si nosotros entramos en pánico o mostramos miedo, Yuuto también lo hará. Él confía en nosotros, y sobre todo en mí. No puedo permitir que tenga miedo.

 

Se quedó mirando hacia las escaleras, donde todavía se escuchaba al pequeño buscar sus cosas con entusiasmo, y una sonrisa melancólica y protectora volvió a aparecer en su rostro.

 

—Dejémoslo seguir sonriendo un poco más, sin cargas ni dudas. Primero iremos al médico, escucharemos lo que tenga que decir, y después, sea lo que sea, lo afrontaremos juntos. No hay nada que no podamos manejar si estamos unidos.

 

Aoi respiró profundamente, asimilando sus palabras, y finalmente asintió con decisión.

 

—Tiene razón. Gracias, padre.

 

Volvió a mirar hacia el segundo piso, donde su hijo seguía preparándose con alegría, sin imaginar que aquel pequeño mechón plateado sería apenas el primero de muchos cambios misteriosos que transformarían su vida para siempre, y que marcarían el inicio de un camino que solo podría recorrer con el apoyo de quienes más lo amaban.

 

El recuerdo se desvaneció poco a poco, y Aoi volvió a la realidad, sentada frente a la mesa con la taza de té ya fría entre sus manos. Una sonrisa llena de melancolía y verdad apareció en sus labios.

 

—Y después de ese día... los cambios no se detuvieron más —murmuró para sí misma, mirando fijamente la ventana—. No fue solo ese mechón de cabello. Con el paso del tiempo, todo su cuerpo comenzó a transformarse: su estatura creció más de lo normal, sus rasgos se volvieron más finos, elegantes y marcados, su cabello se fue tornando completamente blanco y brillante como la plata, sus ojos azules se hicieron más intensos y profundos, y hasta su complexión adquirió una apariencia que a primera vista confundía a cualquiera —pues aunque es un chico, su aspecto es tan hermoso y delicado que muchos lo toman por alguien más.

 

Negó suavemente con la cabeza, sin rastro de rechazo, solo de aceptación profunda.

 

—Pero para mí nunca importó nada de eso. Por dentro seguía siendo el mismo niño dulce, tímido, tranquilo y de buen corazón. Seguía siendo mi Yuuto, sin importar cómo se viera por fuera, sin importar que su apariencia fuera distinta a la de cualquier otro chico de su edad.

 

Su expresión se ensombreció un poco al recordar lo que venía después.

 

—El problema es que este mundo no piensa igual que yo. Es un lugar mucho más frío, más ignorante y terriblemente cruel. No acepta lo que no entiende, y lo que no entiende, lo juzga, lo aparta o lo teme sin ninguna razón. Al verlo diferente, al ver esa belleza y esos rasgos que no encajan en lo que consideran “normal”, prefieren inventar historias, rumores y miedos en lugar de conocerlo realmente.

 

Dejó escapar un suspiro largo y pesado, y sus dedos se apretaron suavemente alrededor de la taza.

 

—Cuánto desearía que estuvieran aquí conmigo ahora mismo... Hiroshi, mi esposo, y Kenji, mi suegro. Ambos fueron mis pilares durante tantos años. Cuando me sentía débil, ellos me daban fuerzas; cuando no sabía qué camino tomar, ellos me mostraban el camino con su sabiduría y su cariño. Eran la roca donde yo me sostenía.

 

Levantó la mirada con más determinación, secando con la manga de su ropa una pequeña lágrima que se le había escapado sin querer.

 

—Pero sé que no puedo permitirme caer. Ahora yo soy el pilar de Yuuto. Así como ellos lo fueron para mí, así tengo que ser yo para él. Tengo que mantenerme firme, incluso cuando todo se ponga difícil, incluso cuando sienta que no puedo más.

 

Una sonrisa más viva y cómplice volvió a iluminar su rostro, pensando en la naturaleza de su familia.

 

—Aunque tengo que reconocer que los tres son demasiado tercos para rendirse jamás. No es algo que aparezca de la nada. Ya lo vi en Hiroshi, por ejemplo: cuando estábamos en la secundaria, se le metió en la cabeza conquistarme, y no hubo forma de hacerlo cambiar de opinión. Literalmente estuvo todo un año entero insistiendo, esperándome, trayéndome cosas, buscando cualquier excusa para hablar conmigo.

 

Se rió bajito, como si reviviera esos momentos lejanos.

 

—En ese entonces yo lo encontraba algo tonto, un poco pesado y nada atractivo. Pensaba que nunca me interesaría alguien así. Ni en mis sueños más locos me habría imaginado que terminaría casada con él, que tendríamos una familia y que sería el hombre más importante de mi vida.

 

Bajó la vista hacia sus manos, con una mezcla de ternura y fortaleza.

 

—Así que sé muy bien de dónde saca Yuuto esa misma terquedad, esa capacidad de seguir adelante incluso cuando todo parece ir en contra, y esa esencia única que lo hace ser quien es. Si yo logré aceptar y querer a Hiroshi tal como era, si Kenji siempre nos enseñó a no juzgar por lo que se ve a simple vista... entonces yo también puedo hacerlo. Voy a estar aquí, sosteniéndolo, protegiéndolo y recordándole siempre que, pase lo que pase, en esta casa nunca faltará amor, ni verdad, ni un lugar seguro donde ser él mismo.

 

El timbre anunció el inicio del almuerzo.

 

Como cada día, el salón comenzó a llenarse del ruido habitual: sillas que se arrastraban por el suelo, mochilas que se cerraban con un clic seco y conversaciones que poco a poco reemplazaban el silencio de la clase.

 

Yuuto permanecía sentado en su lugar, junto a la ventana. Con la misma calma de siempre, guardó sus cuadernos y libros dentro del bolso, y tomó con ambas manos la pequeña caja de madera del almuerzo que llevaba consigo. Justo cuando iba a levantarse, alguien llamó suavemente a la puerta.

 

Todos los alumnos giraron la cabeza al unísono.

 

—Disculpe la interrupción.

 

Era una voz femenina, clara y firme, que hizo que el salón quedara en completo silencio en cuestión de segundos.

 

En la entrada se encontraba Ayaka Kamizaki, vicepresidenta del Consejo Estudiantil. Su uniforme estaba impecable, sin una sola arruga, y conservaba esa elegancia natural y esa postura recta que la hacían destacar entre la multitud.

 

El profesor levantó la vista y sonrió con amabilidad.

 

—Vicepresidenta Kamizaki. ¿Ocurre algo?

 

Ayaka hizo una pequeña reverencia respetuosa.

 

—Solo vengo a buscar a un alumno, si me lo permite.

 

Su mirada recorrió el salón con calma hasta detenerse justo en la última fila.

 

—Yuuto.

 

El muchacho levantó lentamente la cabeza, y sus ojos azules brillaron un poco bajo la sombra de la capucha.

 

Ayaka le dedicó una sonrisa suave y relajada.

 

—La presidenta Reika tuvo que quedarse unos minutos más para resolver unos asuntos del consejo. Nos pidió que empezáramos a almorzar sin ella.

 

Se acercó con pasos cortos y tranquilos hasta quedar frente a su pupitre.

 

Antes de que Yuuto pudiera abrir su libreta para escribir una respuesta, sintió cómo Ayaka tomaba suavemente su mano entre las suyas, con un gesto cálido y seguro.

 

—Vamos —le dijo con total naturalidad, como si hacerlo fuera algo completamente cotidiano y normal.

 

Yuuto abrió un poco más los ojos, sorprendido detrás de su cubrebocas. Miró sus manos entrelazadas, luego al rostro de Ayaka, y finalmente, con una expresión de leve resignación —pero sin soltarse—, se puso de pie y la siguió.

 

Así, la vicepresidenta salió del salón sujetándolo de la mano, y ambos desaparecieron por el pasillo mientras la puerta se cerraba suavemente detrás de ellos.

 

Durante varios segundos, nadie dijo absolutamente nada. El silencio era tan denso que se podía escuchar el zumbido de las luces del techo.

 

Hasta que uno de los alumnos rompió el hechizo con voz temblorosa:

 

—...¿Acaba de...?

 

Otro terminó la frase antes de que pudiera terminar:

 

—...llevarse a Yuuto de la mano...

 

Volvió el silencio, pero ahora cargado de incredulidad.

 

Un estudiante dejó caer lentamente la cabeza sobre el escritorio con un golpe suave.

 

—Se terminó...

 

Su compañero lo miró confundido.

 

—¿Qué cosa?

 

—Mi juventud, mis esperanzas, todo... —respondió con dramatismo.

 

Desde otra esquina, un chico levantó una mano con aire solemne.

 

—Compañeros... tengo información confirmada.

 

Todas las miradas se dirigieron hacia él de inmediato. El salón entero esperaba con la respiración contenida.

 

El muchacho respiró profundamente, como si estuviera a punto de revelar un secreto de estado.

 

—Los onigiris que lleva en esa caja... —hizo una pausa dramática, bajando un poco la voz— ...los preparó la vicepresidenta Ayaka con sus propias manos.

 

El salón quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.

 

Un segundo después, estalló el caos.

 

—¡¡¿QUÉÉÉ?!!

 

El grito fue tan fuerte que incluso desde el aula de al lado golpearon la pared con un puño para pedir silencio.

 

—¡Silencio! —gritó el profesor, pero nadie le hizo el menor caso.

 

—¡La vicepresidenta cocina! —exclamó uno con los ojos muy abiertos.

 

—¡No, mucho peor! —lo corrigió otro con desesperación—. ¡La vicepresidenta cocina... para Yuuto!

 

Esa diferencia fue un golpe mucho más duro para todos.

 

Un estudiante se dejó caer dramáticamente de rodillas junto a su pupitre.

 

—Yo habría sido el hombre más feliz de la tierra si tan solo me hubiera saludado una vez...

 

Otro levantó el puño hacia el techo con aire trágico.

 

—¡¡Y a él le prepara el almuerzo entero!!

 

Desde el fondo, una voz apagada completó la frase:

 

—Con sus propias manos...

 

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez acompañado de un sentimiento de derrota colectiva.

 

Un muchacho se abrazó el pecho como si le doliera el corazón.

 

—Creo que necesito salir a tomar aire fresco...

 

—No servirá de nada —respondió otro negando lentamente—. El dolor ya está instalado dentro de nosotros.

 

Varios compañeros asintieron con absoluta seriedad, como si aceptaran una sentencia inevitable. Aquello era demasiado para sus corazones de admiradores.

 

Uno de ellos suspiró profundamente.

 

—Nuestro club de fans acaba de sufrir una derrota histórica.

 

—¿Cuál de todos? —preguntó otro con amargura.

 

Todos guardaron silencio. Era una buena pregunta.

 

Después de todo, en toda la academia todos sabían que existían tres figuras especialmente adoradas y respetadas: la presidenta Reika Tsukishiro, la vicepresidenta Ayaka Kamizaki y la bibliotecaria Shiori Amamiya. Las tres tenían decenas de admiradores, grupos de apoyo y seguidores que harían cualquier cosa por ellas.

 

Y para desgracia de todos ellos, las tres parecían haberse encariñado exactamente con la misma persona.

 

Un alumno golpeó suavemente la frente contra el escritorio.

 

—Primero la presidenta lo espera en la puerta principal como si fuera alguien muy importante...

 

Otro continuó con la misma desesperación:

 

—Luego la vicepresidenta le prepara la comida y lo lleva de la mano por los pasillos...

 

Y un tercero terminó la lista:

 

—Y Shiori-san lo recibe en la biblioteca con abrazos y sonrisas, como si fuera su propio hermano menor...

 

Todos se quedaron en silencio, sintiendo que el mundo se les venía encima.

 

Entonces, un muchacho levantó lentamente la mano, con aire de duda.

 

—¿Podemos odiarlo un poquito, solo por esta vez?

 

Todos lo miraron con ganas de decir que sí, pero uno de los más prudentes negó con la cabeza inmediatamente.

 

—Mejor no. Si lo hacemos...

 

Miró alrededor con miedo, bajando la voz casi hasta un susurro.

 

—La presidenta nos mirará con esa expresión fría y nos hará la vida imposible. La vicepresidenta nos pondrá tantas sanciones que no saldremos de la escuela hasta el año que viene. Y Shiori-san dejará de sonreírnos y nos tratará con indiferencia...

 

El salón entero palideció al instante. Ese sí que era un escenario aterrador, mucho peor que cualquier otra cosa.

 

Uno de ellos soltó un largo suspiro de resignación.

 

—Maldito Yuuto...

 

Todos lo observaron, esperando que continuara.

 

El muchacho sonrió con una mezcla de envidia y aceptación.

 

—...ni siquiera parece darse cuenta de toda la suerte que tiene.

 

Y curiosamente, tenía toda la razón.

 

Porque mientras medio salón sufría una auténtica crisis existencial y hacía cálculos de desesperación, Yuuto caminaba tranquilamente por los pasillos junto a Ayaka, completamente ajeno al drama que acababa de provocar sin querer.

 

Lo único que ocupaba su mente en ese momento era una duda mucho más sencilla y tranquila:

 

¿La presidenta ya habría terminado su reunión para alcanzar a comer con ellos?

 

Ayaka y Yuuto caminaban tranquilamente por los pasillos de la academia. El bullicio del almuerzo llenaba cada rincón: grupos de estudiantes pasaban conversando animadamente, otros corrían hacia el patio o la cafetería, y en el aire se mezclaban risas y el ruido de las puertas al abrirse y cerrarse.

 

Yuuto avanzaba con su calma habitual, abrazando con ambas manos su libreta contra el pecho, como si fuera su refugio más seguro. A su lado, Ayaka mantenía las manos entrelazadas detrás de la espalda, pero tenía una sonrisa que luchaba por transformarse en una carcajada.

 

—Pff... —soltó un sonido ahogado y se llevó una mano a la boca para contenerse.

 

Yuuto levantó la vista hacia ella, la miró unos segundos con curiosidad y luego abrió lentamente su libreta. Escribió unas pocas palabras con trazo firme y se la mostró en silencio:

 

    “¿Por qué te estás riendo?”

 

Ayaka leyó la frase y tuvo que hacer un esfuerzo extra para no reírse en voz alta.

 

—¿Yo? —respondió, fingiendo inocencia y aclarándose la garganta para recuperar la compostura—. Solo... me acordé de un chiste muy bueno que escuché hace unos días, nada más.

 

Yuuto inclinó ligeramente la cabeza, sin parecer muy convencido. Volvió a escribir con rapidez:

 

    “No parece un chiste.”

 

Ayaka soltó una pequeña risa suave.

 

—Créeme que lo es, y bastante bueno —insistió.

 

Por supuesto, no pensaba contarle la verdad: que probablemente acababa de provocar una auténtica crisis existencial en buena parte de los admiradores de la escuela. Tanto ella como Reika conocían perfectamente la existencia de esos grupos, nunca los habían alentado, pero tampoco podían evitar que se formaran. Y después de haber salido de la clase tomándolo de la mano frente a todos, más de uno estaría seguramente dramatizando su desgracia. Solo imaginárselo le volvía a entrar la risa.

 

Yuuto volvió a guardar la libreta, aunque seguía mirándola de reojo con expresión de duda. Definitivamente no lograba entender qué podía tener de divertido aquello.

 

Al doblar una esquina del pasillo, una voz conocida los recibió con alegría.

 

—¡Aquí están!

 

Era Shiori, que levantó una mano para saludarlos con esa sonrisa cálida y serena que la caracterizaba. Había salido un poco antes de la biblioteca para reunirse con ellos, pero no estaba sola.

 

Detrás de ella se alzaba una sombra enorme que ocupaba casi todo el ancho del corredor.

 

Yuuto levantó lentamente la cabeza, luego un poco más, y después todavía más, hasta terminar mirando completamente hacia arriba con el cuello estirado.

 

Frente a él se encontraba un joven de casi dos metros de altura, con una espalda ancha como un armario, brazos gruesos y fuertes, el uniforme impecablemente puesto y una expresión tan seria y fija que parecía una estatua de piedra.

 

Yuuto permaneció inmóvil varios segundos, recorriendo con la mirada cada parte de aquella figura imponente. Luego miró a Shiori, volvió a mirar al gigante y pareció estar pensando en silencio cómo era posible que alguien pudiera crecer tanto.

 

Shiori no pudo evitar reírse un poco al ver su reacción.

 

—Perdón por no avisar antes —dijo haciéndose a un lado para presentarlos—. Él es Goro Shimizu.

 

Goro inclinó apenas la cabeza a modo de saludo, y cuando habló, su voz grave y profunda resonó en el pasillo, haciéndolo parecer todavía más imponente:

 

—Mucho gusto.

 

Yuuto respondió con una pequeña reverencia educada, sin dejar de mirarlo con curiosidad.

 

—Hace un rato me ayudó con un pequeño problema en la biblioteca —explicó Shiori con gratitud.

 

Ayaka arqueó una ceja con interés.

 

—¿Un problema?

 

Shiori suspiró, y su sonrisa se apagó un instante.

 

—Daichi Naruse volvió a acercarse con esa actitud suya, insistiendo demasiado.

 

En cuanto escuchó ese nombre, la sonrisa desapareció por completo del rostro de Ayaka.

 

—¿Otra vez? —preguntó con tono firme.

 

—Sí, pero Goro apareció justo a tiempo para hacerle entender que no era bienvenido —respondió ella, mirando agradecida al estudiante de tercer año—. Por eso pensé que era justo invitarlo a almorzar con nosotros, como forma de devolverle el favor.

 

Goro se rascó un poco la nuca con una mano enorme, pareciendo un poco incómodo con tanta atención.

 

—En realidad... —empezó, mirando a los tres—, ¿les molestaría si invito también a un amigo? Siempre comemos juntos, y hoy no me gustaría dejarlo solo.

 

—Por mí no hay ningún problema —respondió Shiori de inmediato.

 

—Yo tampoco tengo inconveniente —añadió Ayaka.

 

Ambas volvieron la mirada hacia Yuuto al mismo tiempo. Al final, era él quien apenas empezaba a acostumbrarse a compartir la comida con otras personas, así que lo justo era preguntarle su opinión.

 

Yuuto bajó la vista hacia su libreta, pensó unos segundos con calma y luego escribió despacio. Cuando terminó, levantó el cuaderno para que todos pudieran leerlo:

 

    “Mientras no sea tan grande como Goro.”

 

Hubo un segundo de silencio absoluto.

 

Shiori fue la primera en romperlo con una risa sonora, seguida casi al instante por Ayaka, que terminó agarrándose el estómago entre carcajadas.

 

—¡Jajaja! ¡Yuuto! —exclamó Ayaka entre risas, intentando recuperar el aliento—. ¡Eso fue muy cruel!

 

—Pobre Goro —añadió Shiori, secándose una lágrima de risa en la comisura del ojo.

 

El gigante permaneció completamente serio, miró sus propias manos, luego sus brazos y finalmente bajó la vista hacia el chico de cabello plateado. Con total tranquilidad, respondió:

 

—No te preocupes. Es bastante más pequeño.

 

Todos soltaron un suspiro de alivio al instante.

 

Pero el gigante añadió en el mismo tono impasible:

 

—Aunque habla mucho más.

 

Ayaka arqueó una ceja y sonrió con cierto recelo.

 

—Eso ya me preocupa más que el tamaño.

 

Goro asintió con total sinceridad.

 

—A mí también.

 

Shiori no pudo evitar reírse otra vez ante la situación.

 

En ese momento, una voz clara y energética resonó por todo el pasillo, acercándose rápidamente:

 

—¡¡GOROOOOOO!!

 

Todos giraron la cabeza al mismo tiempo.

 

Corriendo hacia ellos, agitando un brazo en el aire como si llamara la atención de toda la escuela, venía un chico de estatura normal, con cabello negro y ojos expresivos, que se movía con mucha soltura y confianza.

 

—¡¿Cómo que te vas a ir a almorzar sin mí?! —le gritó al llegar, recuperando el aliento poco a poco.

 

Yuuto lo observó con atención, luego volvió a mirar a Goro de arriba abajo, y después fijó la vista nuevamente en el recién llegado. Abrió su libreta otra vez, escribió con calma y la mostró:

 

“Sí… es bastante más pequeño.”

 

En cuanto leyeron la frase, todos estallaron en risas. Incluso Goro, que casi nunca demostraba emociones, soltó una pequeña risa grave y movió levemente los hombros.

 

El chico recién llegado —Kaito Aizawa— se quedó parado, confundido, mirando a todos uno por uno. Se rascó la nuca con una sonrisa incrédula y preguntó:

 

—¿Qué pasa? ¿De qué se ríen? ¿Por qué siento que ya me están tomando el pelo antes de que me hayan presentado siquiera?

 

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