En las altas tierras del reino de Valeria, donde las torres de piedra blanca tocaban las nubes y el aire matutino siempre olía a cedro fresco y jazmín, la corte celebraba la vida con una elegancia impecable. En el centro de ese mundo brillante se encontraba la princesa Clarisse. Heredera única de una dinastía próspera, no era una figura noble corriente. Poseía una mente analítica capaz de desarmar a los eruditos más experimentados en los debates del consejo, un orgullo sereno que imponía respeto sin necesidad de alzar la voz, y un carácter firme fundado en una inteligencia aguda.
Sin embargo, lo que realmente fascinaba a la corte era su sonrisa. Clarisse no regalaba risas vanas; su sonrisa era un destello único, cálido y genuino que reservaba solo para los momentos de verdadera autenticidad. Cuando sonreía, la rigidez del protocolo palaciego parecía desvanecerse por completo.
A pesar de tener el afecto de su pueblo y el destino asegurado de un reino floreciente, Clarisse caminaba por las galerías del palacio con una sensación constante de lejanía. Tras la fachada de la princesa perfecta, albergaba un vacío inexplicable, una nostalgia silenciosa de algo que no podía nombrar ni encontrar entre tapices, banquetes e informes de gobierno.