Ningún secreto del alma de Clarisse escapaba a la mirada de sus tres mejores amigas. Mackenzie, con su mirada perspicaz y lógica; Natalia, siempre prudente, serena y de juicio equilibrado; y Alexa, la alegría vibrante del grupo, cuyo carácter protector unía al cuarteto. Ellas notaban cómo, al término de cada celebración real, la mirada de la princesa se extraviaba en el horizonte.
Una tarde de otoño, reunidas en el jardín privado de los aposentos reales mientras la brisa fresca agitaba los rosales, Clarisse rompió la serenidad del encuentro.
—No puedo continuar así —dijo con voz pausada pero contundente, dejando sobre la mesa de mármol una taza de porcelana—. Debo marcharme.
Mackenzie detuvo su lectura y alzó la mirada; Natalia cruzó las manos sobre el regazo y Alexa dejó de sonreír.
—¿Te refieres a una travesía oficial a los principados vecinos? —preguntó Natalia con cautela.
—No —respondió Clarisse, mirándolas una a una—. Me iré lejos, a un pueblo humilde, sin guardia de honor ni mantos reales. Necesito encontrarme a mí misma. Siento un vacío dentro de mí que nada en esta corte puede llenar. Mi corazón lo necesita con urgencia, pero yo lo necesito aún más para sanar.
Las tres amigas comprendieron que la decisión estaba tomada. El orgullo de Clarisse no nacía de la vanidad, sino de una profunda honestidad consigo misma. En lugar de detenerla, se acercaron para abrazarla, prometiendo custodiar su secreto y guardar el palacio durante su ausencia.