Saltar al contenido
Cargando…

Los maestros que quedaron en la memoria

JoaMarAl
Pública 2 conversaciones 6 pensamientos 42 votos positivos 0 votos negativos 0 series

CAPÍTULO 9 — PARTE 2

In groups

Contenido de la publicación

CAPÍTULO 9 — PARTE 2


Los maestros que quedaron en la memoria


Con los años entendí que una escuela no está hecha solamente de paredes, bancos y pizarrones. Está formada principalmente por las personas que pasan por ella.


Cuando era chico no pensaba de esa manera. Para mí, ir a la escuela era parte de la vida cotidiana. Había que asistir, estudiar, hacer las tareas y escuchar al maestro. No podía imaginar cuánto quedarían aquellos años en mi memoria.


Hoy, a los 55 años, puedo mirar hacia atrás y reconocer el valor de esa etapa.


Entre los docentes que recuerdo están Clara Steinke, Gladys Espíndola, Pocha Álvarez, Mirella Turín y Cristina Molina. También recuerdo a Hugo Gauto, quien fue director de la escuela, y a Luis Mendieta, mi maestro de segundo grado.


No quiero convertir estos nombres en una simple lista. Son parte de una etapa de mi vida y, por eso, merecen aparecer en estas páginas.


---


Cuando uno es niño, el maestro ocupa un lugar enorme.


Es quien está frente al aula, quien explica, corrige y enseña. Para un chico, esa figura parece tener todas las respuestas.


Con el tiempo uno crece y comprende que enseñar implica mucho más.


Un docente recibe a chicos con distintas capacidades, diferentes familias y realidades muy variadas. Tiene que enseñarles, acompañarlos y ayudarlos a avanzar.


En mi infancia no existían muchas de las herramientas tecnológicas que hoy forman parte de las aulas. El aprendizaje dependía principalmente del maestro, los libros, los cuadernos, el pizarrón y el esfuerzo de cada alumno.


La palabra tenía un valor especial.


El maestro explicaba y nosotros escuchábamos.


Así aprendíamos.


---


Luis Mendieta fue mi maestro de segundo grado.


Cuando reconstruyo mi infancia, algunos nombres funcionan como puertas hacia el pasado. Mencionarlos me lleva a una edad determinada, a un aula y a una etapa que parecía enorme cuando la estaba viviendo.


Hoy puedo decir que aquel niño estaba simplemente aprendiendo.


Aprendía a leer, a escribir, a resolver problemas y a convivir con otros chicos.


Pero también estaba adquiriendo herramientas que utilizaría muchos años después.


En aquel momento no podía saber que mi vida terminaría tan relacionada con las palabras.


Mucho tiempo después trabajaría en radio, televisión y periodismo. Escribiría noticias, conduciría programas y hablaría frente a micrófonos.


Todo eso necesitaría algo que había comenzado a construirse en la escuela.


La capacidad de leer.


La capacidad de escribir.


La capacidad de escuchar.


La capacidad de comunicar.


---


También recuerdo a Hugo Gauto como director.


Cuando era chico no comprendía todo lo que significaba estar al frente de una escuela. Para mí simplemente era el director.


Hoy puedo entender que esa función implicaba una responsabilidad sobre toda la institución: docentes, alumnos, familias y funcionamiento cotidiano.


La escuela necesitaba organización para que cada día pudiera abrir sus puertas.


Mientras nosotros entrábamos al aula y pensábamos en nuestras tareas, había adultos ocupándose de que todo funcionara.


Con los años aprendí a valorar esas responsabilidades.


---


El cambio de la escuela de madera al edificio de material también fue parte de mi crecimiento.


Comencé mis primeros años en aquella construcción que quedó grabada en mi memoria. Desde tercer grado pasé a una escuela más nueva, de material, que todavía existe.


Para un chico, el cambio podía parecer simplemente una cuestión de edificio.


Hoy lo veo como parte de la transformación de Dos de Mayo.


El pueblo crecía.


Las instituciones también.


Las necesidades cambiaban y aparecían nuevas construcciones para acompañar ese crecimiento.


Nosotros también crecíamos junto con la localidad.


Dejábamos atrás una etapa y comenzábamos otra.


---


La escuela permite observar cómo pasan las generaciones.


Los alumnos cambian.


Los docentes cambian.


Las herramientas cambian.


Pero la institución permanece como parte de la comunidad.


La Escuela N.º 270 “Primeros Colonos” continúa formando parte de la vida educativa de Dos de Mayo y actualmente figura oficialmente ubicada en la zona de las calles Misiones y San Martín.


Eso me lleva inevitablemente a comparar aquella escuela que conocí de niño con la institución actual.


El tiempo hizo su trabajo.


Dos de Mayo cambió.


La educación cambió.


Y yo también.


---


En 2026, la Escuela 270 forma parte además de nuevas propuestas relacionadas con tecnología e innovación educativa.


En agosto se inauguró en Dos de Mayo un Silicon Maker School destinado a estudiantes y docentes de la Escuela N.º 270 y del NENI N.º 2035. El espacio incorpora herramientas vinculadas con tecnología, creatividad, experimentación y aprendizaje basado en proyectos.


Para mí, la diferencia con aquella infancia es enorme.


Nosotros teníamos recursos mucho más sencillos.


Las nuevas generaciones tienen herramientas que en aquel momento ni siquiera podíamos imaginar.


Y está bien que así sea.


Cada generación debe tener la posibilidad de aprender con los recursos de su tiempo.


---


Sin embargo, hay algo que permanece.


El alumno necesita aprender.


El docente necesita enseñar.


Y entre ambos existe un vínculo que ninguna tecnología puede reemplazar completamente.


Puede cambiar el pizarrón por una pantalla.


Puede aparecer una computadora donde antes había solamente un cuaderno.


Pueden incorporarse robots, programas y nuevas herramientas.


Pero sigue siendo necesario alguien que explique, acompañe y despierte la curiosidad.


Eso también lo aprendí en aquellos años.


---


La escuela me enseñó que nadie sabe todo.


Cada grado traía nuevos conocimientos.


Había que preguntar cuando algo no se entendía.


Había que aceptar una corrección.


Había que volver a intentarlo.


Y esa enseñanza terminó siendo muy importante en mi vida adulta.


Después tendría que aprender oficios, trabajar, desenvolverme en Buenos Aires, conocer la radio, manejar equipos, conducir programas y enfrentar situaciones completamente diferentes.


Muchas veces tuve que comenzar de nuevo.


En cada etapa volví a ser, de alguna manera, un alumno.


La vida también me enseñó.


---


Cuando comencé a trabajar en comunicación, comprendí todavía más el valor de aquellas primeras enseñanzas.


Un comunicador necesita leer.


Necesita escribir.


Necesita escuchar.


Necesita preguntar.


Necesita comprender lo que otros dicen y transmitirlo con claridad.


Nada de eso aparece de repente.


Se construye con los años.


Por eso no puedo separar al comunicador que soy hoy del alumno que fui.


Son dos momentos diferentes de una misma historia.


---


La escuela también fue uno de los primeros lugares donde aprendí a convivir con personas diferentes.


Cada compañero tenía su propia familia y su propia realidad.


Algunos tenían más posibilidades materiales.


Otros tenían menos.


Algunos aprendían rápido.


Otros necesitaban más tiempo.


Pero dentro del aula compartíamos un mismo espacio.


Aprendíamos juntos.


Jugábamos.


Discutíamos.


Nos reconciliábamos.


Crecíamos.


Aquella convivencia fue una preparación para la vida.


Muchos años después conocería personas de todo tipo a través de la radio y el periodismo.


Aprendería que escuchar al otro es tan importante como hablar.


Y esa capacidad comienza a desarrollarse mucho antes de tener una profesión.


---


Con los años también entendí que la educación no termina cuando uno deja la escuela.


Una persona puede aprender de un libro, de un maestro, de sus padres, de un compañero, de un trabajo o incluso de un error.


En mi propia vida tuve que aprender de muchas maneras.


Algunas enseñanzas llegaron con alegría.


Otras llegaron después de momentos difíciles.


Pero todas dejaron algo.


Por eso considero que la escuela fue el comienzo de un aprendizaje que todavía continúa.


---


Después de muchos años, mi vida me llevó lejos de Dos de Mayo.


Me fui a Buenos Aires siendo muy joven y permanecí allí durante treinta y tres años.


Viví otras experiencias, trabajé en diferentes lugares y conocí otra manera de hablar y de vivir.


Incluso mi acento cambió.


Pero cuando regresé, comprendí que había cosas que seguían formando parte de mí.


Entre ellas estaba la escuela.


Había sido alumno en Dos de Mayo antes de convertirme en adulto en Buenos Aires.


Había crecido en mi pueblo antes de conocer otros lugares.


Y esa raíz nunca desapareció.


---


Volver después de tantos años también significó encontrar una localidad diferente.


Muchas cosas habían cambiado.


Algunas calles ya no eran como las recordaba.


Había nuevas construcciones y nuevas generaciones.


Las instituciones también habían evolucionado.


Pero los recuerdos aparecían en lugares inesperados.


La escuela era uno de ellos.


Hoy puedo observar la educación desde otra posición.


Ya no soy el alumno que entra al aula.


Soy comunicador.


Cuento noticias de la comunidad.


Transmito actividades.


Entrevisto a personas.


Y muchas veces esas historias tienen relación con instituciones que conocí desde niño.


Eso genera una conexión especial.


---


Cuando trabajo con Dos de Mayo Noticias y Dos de Mayo FM, tengo presente que estoy comunicando para la misma comunidad donde crecí.


Eso no significa que todo lo que ocurre tenga que pasar por mi historia personal.


Significa que conozco, desde adentro, el valor que tiene una institución para un pueblo.


Una escuela no es solamente un lugar donde se dictan clases.


Es parte de la vida de las familias.


Allí crecen los chicos.


Allí trabajan docentes.


Allí se construyen recuerdos.


Y con el tiempo esas historias pasan de una generación a otra.


---


Por eso agradezco haber tenido maestros.


No necesito idealizarlos para reconocer su importancia.


Fueron personas reales que cumplieron una tarea durante una etapa de mi vida.


Y esa tarea fue parte de mi formación.


Clara Steinke.


Gladys Espíndola.


Pocha Álvarez.


Mireya Turín.


Cristina Molina.


Hugo Gauto.


Luis Mendieta.


Sus nombres quedaron en mi memoria porque estuvieron presentes durante los años en que yo comenzaba a formarme.


Hoy puedo reconocerlo con la perspectiva que solamente dan los años.


---


La Biblia dice:


«“El sabio oirá, y aumentará el saber;

y el entendido adquirirá consejo.”

— Proverbios 1:5»


Ese versículo resume algo que aprendí mucho después.


Nunca dejamos de aprender.


La escuela fue solamente el comienzo.


Después vinieron el trabajo, la música, la fe, Buenos Aires, la familia, la radio, el periodismo y tantas otras experiencias.


Cada etapa tuvo sus propias enseñanzas.


Algunas fueron agradables.


Otras fueron dolorosas.


Pero todas me hicieron crecer.


---


Mi vida tampoco siguió una línea perfecta.


Hubo decisiones acertadas y otras equivocadas.


Hubo momentos en los que tuve que reconocer mis errores y comenzar nuevamente.


Por eso no miro mi infancia como si desde el principio todo hubiera estado destinado a terminar de una determinada manera.


No fue así.


Yo fui creciendo y tomando decisiones.


Algunas me llevaron por caminos buenos.


Otras me hicieron sufrir.


La escuela no determinó mi vida, pero me dio herramientas para enfrentarla.


Y eso ya tiene un valor enorme.


---


Cuando recuerdo aquella escuela de madera, también recuerdo al niño que fui.


No necesito convertirlo en un personaje extraordinario.


Era un chico.


Tenía limitaciones, ilusiones, inquietudes y muchas cosas que todavía no comprendía.


Estaba aprendiendo.


Eso es lo que más importa.


Porque muchos años después, cuando ya había pasado por Buenos Aires, por distintos trabajos, por la radio y por tantas experiencias, seguí siendo ese mismo ser humano que necesitaba aprender.


La diferencia era que las aulas habían cambiado.


Ahora las lecciones venían de la vida.


---


Hoy, cuando veo a los chicos de Dos de Mayo entrar a una escuela, los observo desde otra perspectiva.


Pienso en las oportunidades que tienen.


Pienso en los docentes que los acompañan.


Pienso en cómo cambió el mundo desde mi infancia.


Y también pienso en lo que permanece.


Cada niño tiene una historia.


Cada familia tiene una realidad.


Cada maestro puede dejar una huella.


Y cada escuela puede convertirse en un recuerdo que acompañe durante toda una vida.


A mí me ocurrió.


---


La Escuela 270 continúa.


Las generaciones pasan.


Los edificios se transforman.


La tecnología avanza.


Los métodos educativos cambian.


Pero la necesidad de aprender permanece.


Cuando miro hacia atrás, sé que aquella escuela fue una de las primeras puertas que se abrieron en mi vida.


No sabía hasta dónde me llevaría el camino.


Pero entré.


Aprendí.


Crecí.


Después salí de esas aulas y recorrí otros caminos.


Algunos fueron fáciles.


Otros fueron difíciles.


Muchos me llevaron lejos.


Finalmente, uno de esos caminos me trajo nuevamente a Dos de Mayo.


Y aquí estoy, tantos años después, escribiendo sobre aquella escuela.


---


Hay recuerdos que no necesitan grandes explicaciones.


La escuela de madera es uno de ellos.


Una galería larga.


Los bancos.


Los maestros.


Los compañeros.


Las clases.


El paso posterior al edificio de material.


El pueblo creciendo alrededor.


Y un niño que comenzaba a descubrir el mundo.


Ese niño todavía forma parte de mí.


Antes de la radio estuvo la escuela.


Antes de escribir noticias estuvo el cuaderno.


Antes de hablar frente a un micrófono estuvieron las primeras palabras que aprendí a leer y escribir.


Por eso, cuando cuento mi historia, no puedo dejar afuera aquellos años.


La Escuela 270 fue una parte de mi comienzo.


Y los maestros que estuvieron allí también.


Quizás ellos nunca imaginaron que aquel alumno, muchos años después, regresaría a su pueblo, se dedicaría a la comunicación y terminaría escribiendo un libro para contar su vida.


Pero así ocurrió.


La historia siguió.


La escuela quedó atrás en el tiempo, pero no en la memoria.


Y algunas de sus enseñanzas todavía caminan conmigo.

Thoughts

  • GasparLeon

    Así era, pues. Yo empecé en un aula de madera con techo de calamina, y cuando llovía el maestro tenía que levantar la voz para que lo oyéramos. Nos pasaron a un local de material en cuarto grado y lo que más extrañé fue el ruido de las tablas cuando alguien corría. ¿La escuela de madera de Dos de Mayo sigue en pie o la desarmaron cuando se mudaron?

    Permalink
  • IreneCalvo

    Mira, en casa de mis abuelos la maestra de primero era casi de la familia: mi abuela le mandaba tomates del huerto y ella devolvía los cuadernos con una nota para mi padre. Por eso me ha llegado que pongas los nombres dos veces, al principio y al final, como para que no se pierda ninguno. En los pueblos los que tienen apodo, como la Pocha, son los que más se recuerdan.

    Permalink
  • Ovid

    Los siete nombres al final, uno por línea, me hacen pensar en lo poco que se entera un maestro de lo que dejó. Apuesto a que en Dos de Mayo todavía hay alguien que va a leer este capítulo y reconocer a la Pocha Álvarez o a Luis Mendieta, o a sus hijos. Ojalá les llegue. Gracias por ir contando tu vida por partes aquí!

    Permalink
  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

    Permalink

Related posts