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ARIAL 1 CAPITULO B

isabelladublan

Contenido de la publicación

Estuvimos una semana en el reino del sultán. Durante esos días, traté de ser muy cautelosa, pues sabía que, incluso en aquel país, la gente podía reconocerme. Lo último que quería era llamar la atención de la prensa o tener que dar explicaciones sobre lo sucedido.

Por eso, procuré mantener un perfil bajo y evitar cualquier situación que pudiera llevarme a hablar de lo ocurrido. No me sentía preparada para enfrentar preguntas ni para revivir aquellos momentos frente a los periodista

 El último día, el sultán y yo dimos un paseo por los jardines de su palacio. Mientras caminábamos, conversamos sobre política y muchos otros temas, como solíamos hacerlo.

En una de esas conversaciones, Alain se detuvo y me miró.

—Bueno, ahora que te vas, quiero reiterarte algo, Majestad: cualquier cosa que necesites, por favor, házmelo saber. Si necesitas dinero para encontrar un nuevo lugar o comenzar de nuevo, no dudes en pedírmelo.

Lo miré con serenidad.

—No es eso, Alain, y lo sabes. El dinero no es un problema. Es solo que… siento que perdí una parte de mí.

Él guardó silencio por un instante. Después, tomó mi mano derecha y la besó con delicadeza.

—Lo sé, Majestad. Y créeme, jamás he conocido a una mujer tan capaz como usted. Es una lástima que  nunca se haya fijado en mí de esa manera. De haber sido así, quizá nuestros reinos se habrían fusionado. Pero, en fin, todo pasa por algo.

Sonreí ligeramente ante sus palabras.

—Por favor, salúdame al maestro constructor —añadió.

 

—Le daré tus saludos —le respondí.

Alain miró hacia los jardines y luego volvió la vista hacia mí.

—Es una lástima que no haya venido. Sé que tiene mucho trabajo, y más aún con todo lo que ha pasado.

Asentí en silencio. La conversación continuó mientras recorríamos los jardines, conscientes de que aquella era nuestra última oportunidad para hablar tranquilamente antes de mi partida.

Antes de abordar el avión, el sultán me entregó una pequeña caja.

—Majestad, recuerdo que el mes entrante es tu cumpleaños y, evidentemente, sé que este año no habrá baile en tu honor por todo lo que ha pasado. Así que quiero que abras esto el día de tu cumpleaños. Es un pequeño presente para que recuerdes que mi reino y el tuyo siempre serán hermanos.

Acepté el obsequio y le sonreí con gratitud.

—Que Alá te bendiga hoy y siempre, mi buen amigo.

Alain inclinó ligeramente la cabeza y me respondió:

—Que Alá los cuide durante el camino y te bendiga a ti y a los tuyos, hoy y siempre.

Durante el trayecto, no podía dejar de contemplar la caja que me había entregado el sultán. Tenía tantos colores que resultaba imposible no preguntarme qué podría contener. Bueno, conociendo a Alain, tal vez se trataba de una joya o de algún otro obsequio de gran valor. Sin embargo, tendría que esperar hasta mi cumpleaños para descubrirlo.

Mientras tanto, Joad no dejaba de hablar con Henry sobre el viaje, los lugares que había visitado, la casa de Alain y el lugar donde había nacido. Hacía aproximadamente cinco años que no estaba allí y, por lo visto, tenía muchas cosas que contar. Henry, como siempre, lo escuchaba con paciencia y también le hablaba de los lugares que más le habían gustado.

Una vez más, todos hablaban menos yo.

Henry se percató de ello y se acercó a mí.

—Majestad, aún piensas en eso, ¿verdad?

Con los ojos llorosos, lo miré y respondí:

—¿En cuál de todas las cosas? ¿Por qué no entienden que pienso en todo, Henry?

 

Él me observó con compasión. Sus hermosos ojos azules, tan intensos como el cielo, se posaron en los míos.

—Ya te lo hemos dicho: hiciste lo correcto y lo mejor para todos.

Joad también se acercó a nosotros.

—Mira, Majestad, estos días he estado haciendo algunos cálculos. Con todo lo que se ha logrado durante estos años y los recursos que hemos generado, podemos buscar algo similar. Se puede recuperar.

Lo miré con cierta incredulidad.

—Es que ¿por qué no entienden? ¡El dinero no es el problema! ¡El problema son ellos! Todo esto me pasó por no doblegarme.

Henry frunció el ceño. Su expresión cambió y, por primera vez en mucho tiempo, su voz adquirió un tono severo.

—¡No, Jezabell! ¡Estás mal! Mírame.

Levanté la vista hacia él.

—Y esto te lo voy a decir una sola vez, ¿me oíste? ¡HICISTE LO CORRECTO Y NO IBAS A DEJAR QUE PASARAN POR ENCIMA DE TI! Así que ni vuelvas a decir que esto te pasó por no doblegarte, porque parece que el problema eres tú misma por seguir culpándote. No te doblegaste porque tenías razones para mantenerte firme.

Hizo una pausa y respiró profundamente antes de continuar.

—Ya te lo dije, Henry… —se corrigió enseguida, mirándome—. Jezabell, podemos empezar de cero. Tú, mejor que nadie, sabes cómo hacerlo. Y discúlpame por la manera en que te hablé, pero no puedes pasarte todos los días lamentándote por lo ocurrido.

Joad asintió ante las palabras de Henry. Después, con su habitual expresión pensativa, añadió:

—Además, ¿cuánto tiempo crees que les dure? Si te soy honesto, no cuentan con las herramientas necesarias…

Levantó una mano y se señaló la cabeza con el dedo índice, dejando bastante claro a qué se refería.

No pude evitar comprender lo que intentaba decirme.

Asentí con la cabeza y me sequé las lágrimas.

 

—Tienen razón. Se puede recuperar y todo se puede arreglar. Va a tomar tiempo, pero podemos hacerlo. Podemos empezar desde cero otra vez.

Henry y Joad se acercaron y ambos me abrazaron. Por un instante, me permití refugiarme en aquel abrazo, sintiendo que, a pesar de todo lo que había perdido, todavía tenía algo muy valioso.

Ellos.

Mi pequeña gran familia.

Siempre habían estado conmigo, incluso en los momentos en los que ni yo misma sabía cómo seguir adelante.

Thoughts

  • MarianelaVidal

    Todos le ofrecen plata para empezar de nuevo, primero Alain y después Joad con sus cálculos, y ella repitiendo que el dinero no es el problema. De repente lo que perdió es un lugar donde la conocían, y eso no se compra.

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  • RominaB84

    La cajita de colores para abrir el día del cumpleaños me tiene re intrigada. Con lo que dijo Alain de fusionar los reinos, para mí adentro no hay ninguna joya.

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