Al día siguiente, alrededor del mediodía, me encontraba regando las plantas de mi invernadero, uno de los lugares que más me gustaban del castillo.
En el palacio también tenía un lugar similar. Recordarlo me provocaba una tristeza que no podía evitar y, por momentos, sentía cómo las lágrimas amenazaban con volver a mis ojos.
Mientras continuaba regando las plantas, Henry llegó al invernadero.
—¿Cómo va tu día, Majestad? —preguntó con una sonrisa.
—Va bien. He estado pensando en cómo comenzar, ¿sabes?
—Lo sé. Siempre que vienes a ver tus plantas y flores, sé que es porque estás pensativa.
Sonreí ligeramente. Henry me conocía demasiado bien.
—Pero venía a decirte algo —continuó—. Hoy viene el maestro constructor. Me dijo que vendrá a comer con nosotros, así que procura estar lista para la hora de la comida.
—Claro que sí.
—Bueno, te dejo para que sigas pensando.
Henry se dio la vuelta y comenzó a alejarse, pero antes de que pudiera salir del invernadero, lo llamé.
—¡Henry!
Se detuvo y volvió el rostro hacia mí.
—¿Sí, Majestad?
Lo miré con una pequeña sonrisa.
—Gracias. Eres el mejor amigo que he tenido en mucho tiempo.
Henry me observó con ternura.
—No tienes nada que agradecerme. Siempre te lo he recordado: estoy aquí para servirte, mi Majestad.
Se acercó, tomó mi mano y depositó un beso delicado sobre ella. Después, con una última sonrisa, se retiró del invernadero, dejándome nuevamente a solas con mis pensamientos y mis flores.
Llegó la hora de la comida.
Bajé puntualmente, como siempre, y allí estaba él: el maestro constructor, o mejor dicho, Enri, mi novio.
—¿Cómo estás? —me saludó con un beso y un abrazo.
—Bien —respondí, correspondiendo a su abrazo.
—Lamento no haber podido ir con ustedes a visitar a Alain.
—No te preocupes. Te manda sus saludos y sus buenos deseos.
—Muchas gracias.
Henry comenzó a servir la comida y, una vez que todos estuvimos acomodados, miré a Enri con curiosidad.
—Bueno, cuéntanos, maestro. ¿Cómo va todo?
Enri negó con la cabeza y soltó un suspiro antes de responder.
—Todo va mal. Quieren que se construyan unas cosas horripilantes. Pretenden que quitemos el tren elevado y el tren subacuático, que ya están en proceso de construcción. ¡El proyecto que tanto esfuerzo te costó diseñar! —añadió, señalando a Joad—. Y, por si fuera poco, también quieren que utilicemos materiales de mala calidad.
Hizo una pausa, visiblemente molesto, y continuó:
—Ya les dije que, si quieren seguir contando con mis servicios y los de mi gente, las cosas tienen que hacerse bien. No voy a permitir que comprometan la calidad de las obras ni el trabajo de quienes están bajo mi responsabilidad.
Lo escuché atentamente antes de preguntarle:
—¿Y qué dijo el primer ministro?
Enri soltó una risa amarga y negó nuevamente con la cabeza.
—Nada, como siempre. Nunca dice nada. Me decepciona mucho que se haya puesto del lado de ellos. Y me decepciona todavía más que, después de jurarte lealtad tantas veces, te pague de esta manera.
Henry intervino mientras terminaba de servir la comida.
—Bueno, ¿y qué te dijeron ellos?
Enri se recostó ligeramente en su asiento y respondió con ironía:
—Pues me dijeron que, si no estaba dispuesto a adaptarme, podía olvidarme de los megaproyectos que tienen en mente y que no volverían a considerarme para ninguno de ellos.
Negó con la cabeza una vez más.
—Les dije que no iba a permitir que las cosas siguieran así. Si esa era su manera de trabajar, yo no quería formar parte de ella. Así que renuncié.
—¿Y qué piensas hacer ahora que te has despedido tú solito? —preguntó Henry, mirándolo con una sonrisa divertida.
Enri se acomodó en su asiento y respondió con total seguridad:
—Volver a empezar de cero. Además, no hay nadie en este reino ni en ningún otro que no quiera que yo diseñe y haga realidad sus proyectos. Por algo soy el maestro constructor, ¿no?
Sonreí al escucharlo.
—Tienes razón. Eres el mejor.
Enri me devolvió la sonrisa, satisfecho con mi respuesta.
—Bueno, cuéntenme, ¿cómo les fue en el viaje? —preguntó después, cambiando de tema.
Joad fue quien tomó la palabra y comenzó a contarle todo lo que habíamos vivido durante nuestra estancia en el reino del sultán: los lugares que habíamos visitado, las conversaciones y los recuerdos que habían surgido durante aquellos días.
La comida se prolongó entre anécdotas, preguntas y comentarios. Sin darnos cuenta, se nos fue la tarde hablando del viaje y de todos los lugares que Joad había vuelto a descubrir después de tantos años sin estar allí.
Esa noche me encontraba tocando el piano en el estudio. Las notas llenaban la habitación mientras dejaba que la música expresara todo aquello que todavía me costaba poner en palabras.
Enri se acercó sin interrumpirme demasiado.
—Hola.
—Hola —respondí, sin dejar de mirarlo.
—¿Qué haces?
—Ya sabes… aquí, desahogando un poco mis sentimientos.
Dejé de tocar por un momento y me giré hacia él.
—¿Sabes? Los muchachos me hicieron entrar en razón. Voy a empezar de cero.
Enri me miró con una sonrisa muy dulce.
—Y, como siempre te he dicho, ahí estaré para ti.
Se acercó un poco más y me dio un beso en la frente.
Lo observé con ternura. Enri era mayor que yo, pero tenía una sencillez que siempre me había gustado. No necesitaba presumir de quién era ni de lo que podía hacer.
Aún recordaba la primera vez que lo vi, en aquel gimnasio militar. Desde el primer momento, no dejaba de mirarme.
Un hombre alto, atlético, de ojos cafés intensos y cabello negro y ondulado. Su presencia llamaba la atención, aunque él no pareciera esforzarse por conseguirlo.
Pero había algo más en Enri, algo que lo hacía diferente de todos los demás.
Ni Henry ni yo podíamos leerle la mente. Tampoco podíamos entrar en sus pensamientos.
Era el único que escapaba por completo a nuestras habilidades.
Y, aunque con el tiempo me había acostumbrado a ese misterio, seguía siendo una de las cosas que más me intrigaban de él.