"La vida se encoge o se expande en proporción al coraje de cada uno."
Anaïs Nin
La valentía de regalarme una aventura
La planificación del viaje no fue sencilla. Durante semanas hice cuentas una y otra vez, buscando vuelos que pudiera pagar, comparando hosteles, acomodando cada gasto para que ese sueño entrara en un presupuesto ajustado. Hubo momentos de mucho estrés, en los que pensé que no iba a lograrlo. Pero, poco a poco, cada pieza fue encontrando su lugar hasta que, finalmente, compré el pasaje con destino a Cartagena de Indias – Colombia.
Cuando el avión despegó, empecé a sacarme algunas fotografías. Al mirarlas, no veía solamente a una mujer viajando a conocer a un hombre. Me veía a mí. Y, casi sin darme cuenta, me repetía una y otra vez: "Mira hasta dónde llegaste."
Era mi primer viaje internacional. Nunca había imaginado que algún día podría hacerlo. Venía de una vida donde casi siempre había postergado mis propios deseos para sostener los de los demás. Sin embargo, allí estaba, sentada junto a la ventanilla, viajando sola hacia un país desconocido. Por primera vez sentí que estaba escribiendo una historia que me pertenecía únicamente a mí.
Hubo un instante que todavía conservo intacto en la memoria. Mientras esperaba abordar el último tramo del vuelo, respiré hondo y me dije algo que jamás le conté a nadie, yo no estaba viajando solamente por ese hombre. Claro que quería conocerlo, abrazarlo y descubrir si aquello que habíamos construido a la distancia podía sostenerse en la realidad. Pero, aun si ese encuentro no resultaba como lo había imaginado, sabía que el viaje ya valía la pena.
Porque, en el fondo, también estaba viajando para descubrir hasta dónde era capaz de llegar yo.
Necesitaba comprobar que podía atravesar fronteras, vencer mis propios miedos, moverme sola por un mundo desconocido y confiar en mí. Si la historia de amor fracasaba, el viaje seguiría siendo mío. Nadie podría quitarme la emoción de haberme animado a hacerlo.
Recién con los años comprendí la verdadera dimensión de mi valentía. Ese viaje, fue para encontrarme con una parte de mí que todavía desconocía. Creía que iba en busca del amor. La vida terminaría enseñándome que, muchas veces, el verdadero viaje y acto de valentía ocurre hacia nuestro propio mundo interno.
Y así llegue el 6 de julio a Cartagena, recuerdo baje con una alegría y me saque el peso de la mochila que llevaba durante mucho tiempo y muy sueltamente me lance a vivir. Aún queda grabada esa imagen en mi memoria como el escenario idílico de una libertad que yo creía olvidada o prohibida para mí. Y, él estaba ahí esperándome. Nuestras manos se cruzaban, bajo ese sol, no existían las opiniones condenatorias de los demás, ni los juicios por la diferencia de edad, ni los prejuicios vecinales que tantas veces intentan dictaminar desde afuera quiénes tienen derecho a amarse y quiénes no. Por un instante solo existíamos nosotros dos y la felicidad simple, rústica y perfecta de compartir el presente puro. Pero como toda historia, por más hermosa que sea, está inevitablemente atravesada por el reloj y por la realidad del contexto.
Los quince días de viaje pasaron volando, como un suspiro. Entre paseos por la ciudad amurallada, conversaciones profundas mirando el mar, risas cómplices y la simple pero inmensa alegría de compartir la cotidianidad de despertarse al lado, el tiempo parecía correr a una velocidad anormal. Habíamos esperado tanto ese abrazo que, cuando por fin se hizo carne, parecía una tremenda injusticia que tuviera que terminar tan pronto. Sin embargo, la fecha del pasaje de regreso se acercaba de manera inexorable y la realidad reclamaba su lugar en el mundo.
Recuerdo aquella despedida en el aeropuerto con una mezcla agridulce de tristeza y esperanza. Él intentaba disimular, con una entereza que apenas le alcanzaba, el dolor de verme cruzar la línea de embarque. Yo, en cambio, me alejaba con el corazón encogido, dándome vuelta una y otra vez para mirarlo, aferrándome a la ilusión de que ese adiós sería apenas una pausa y que muy pronto volveríamos a encontrarnos en algún rincón de dos países.
Mientras el avión despegaba, sentía la nostalgia propia de toda despedida, pero también una profunda satisfacción. Aquel viaje había significado mucho más que el encuentro con un hombre. Había sido una experiencia transformadora, una prueba de que era capaz de vencer mis miedos, cruzar fronteras y regalarme una aventura que durante años había creído imposible. Regresé a la Argentina con el corazón lleno de amor, de proyectos y de ilusiones. Ya estaba imaginando mi próximo viaje a Colombia, convencida de que aquella historia recién comenzaba.
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