COLOMBINA, LA SALVADA DE LAS AGUAS
Segunda parte: La perra de los excesos
El primer año
El tiempo pasó entre juegos, risas, locuras, llantos míos cuando me mordía y chillidos cuando yo la pisaba y, como niño, la aporreaba jugando. Pero esto jamás minó nuestra armonía, compinchamiento y amistad. Parecíamos, como dice el refrán popular, uña y mugre.
Pero en la vida todo no es alegría y felicidad, y menos para un niño inocente que aún no conocía el proceso de la vida en los perros. Colombina, como todos, por mucho cariño que me tuviera, no podía ignorar los procesos naturales. Entró en celo y ahí empezó Cristo a padecer, como dice el dicho. Porque empezaron los perros de la vereda a asediarla, y yo, desesperado, los espantaba. Pero fue lucha inútil, porque este bendito animal se entregó a los placeres mundanos sin que yo supiera qué ocurría.
Acá les cuento que la premisa de que "la ignorancia mata" casi ocurre con el evento que les voy a relatar. Una mañana estaba yo en el corredor de la casa, cuando miro hacia la manga y, con mi inocencia, veo que un perro flaco y más grande que Colombina la llevaba remolcada (ya ustedes sabrán el motivo). Y el perro no era de la vereda. Yo me desesperé porque se estaban llevando a Colombina. Juan Cancio había dejado su machete Incolma encima de una mesa de madera, y salí detrás de ellos con la intención de rescatarla. Ya casi los alcanzaba y blandía el machete, cuando escuché a la mamita Ana Rita, que venía detrás con una olla con agua, gritándome: "¡Mijito, no vaya a aporrear los perros!". Entonces ella les tiró una ollada de agua, y terminó el remolque. Y ya después, más grandecito, vinieron las explicaciones de rigor.
Los excesos
Lo primero fue su exceso en tener hijos y, por ende, en tener compañeros. Y también cantidad de perros como maridos, porque era poco recatada. Ese era uno de sus excesos. En cuanto a los perros, yo era inocente: los quería mucho, hasta la remolcada. Hasta ese día en que vi que un perro flaco y más grande se la llevaba por la manga y me di cuenta de que mi perra no solo era mi compañera de juegos, sino una perra de excesos.
Y falta el exceso principal: el de comer. No tenía medida. De pequeñita comía tanto que salía con la barriguita inflada y casi no podía caminar. Y de grande, recorría todas las casas de la vereda para comerse lo que los vecinos le guardaban en los cuencos. Pero también era exagerada para correr y hacer ejercicio. Por eso no era obesa: el que peca y reza empata. El exceso de comer lo pagaba con el exceso de correr.
Y por último, el exceso de amor por todo el mundo. Porque toda persona que veía pasar por el camino veredal, o que llegaba a la casa de los abuelitos, para ella era una fiesta de correteos, ladridos y manifestaciones de afecto. No distinguía entre conocidos y extraños: para Colombina, el que llegaba era un amigo. Era el exceso de amor, el que coronaba todos los demás.
La cazadora y la mirada del abuelo
Otro de los excesos de Colombina fue su capacidad como cazadora. Esta pequeña perra no tenía rivales: ella cazaba lo que se moviera. En muchas ocasiones los vecinos llegaban donde el abuelo Juan Cancio a solicitarle los servicios de Colombina. Le decían: "Don Juan, que si nos puede prestar a Colombina esta noche, que el animal se está comiendo las gallinas". Y como sabemos de antemano, una negativa de Juan Cancio era como pedirle peras al olmo. El vecino llamaba a Colombina (ni siquiera la amarraba, porque era muy regalada y quería a todo el mundo) y salía con ella. Al día siguiente aparecía el vecino con una cajita y con Colombina, y le decía: "Juan Cancio, cómo le parece que la perrita mató la chucha, y acá le traigo estos dos pollos gordos para que hagan el almuerzo".
Otra anécdota muy linda de ella era que, en ocasiones, el abuelo estaba sentado en el corredor tomando café y, cuando llegaba Colombina toda empantanada y empezaba a rodearlo como tratando de decirle algo, Juan Cancio la entendía como si hablara. Arrancábamos con ella no muy lejos de la casa, en un pantano, y allí ella tenía un conejo que había cazado entero y sin sangre por ninguna parte. Esta acción se repitió infinidad de veces, y así Colombina se convirtió en proveedora de carne, que era tan escasa en el tiempo. Lo que no me he podido explicar aún, ya viejo, es el porqué no se los comía.
También era el exceso de malicia e inteligencia. En varias ocasiones a la vereda Utopía llegaban cazadores con escopeta y una jauría de perros cazadores de raza. Colombina paraba las orejitas con el ladrido de estos perros. Cuando, de un momento, arrancaba por el maizal de la vega a gran velocidad y al rato llegaba a donde estaba Juan Cancio con la misma ceremonia, el abuelo la seguía y ¡bingo!, otro conejo. Lo que ocurría era que los perros finos levantaban la presa, y ella, maliciosa, les echaba atajo, la capturaba y creo que las escondía en el pantano para que no le siguieran la pista.
Pero en una ocasión los cazadores se dieron cuenta del engaño de Colombina y, en vez de enojarse, la admiración por esta fue tan grande que le ofrecieron mucho dinero al abuelo Juan Cancio. Pero él les dijo que ese animalito no tenía precio. Y recuerdo la mirada que me echó a mí.
El castigo y la panela
Esto sí no se puede omitir, y es la combinación de amor, ternura y un poco de crueldad. En una de sus tantas camadas, una ocasión crio siete hermosuras multicolores. La mamita Ana Rita, con su experiencia de partera (porque la mamita Ana Rita era la partera de todas las embarazadas de la vereda Utopía y de veredas aledañas), ayudó a Colombina a sortear este difícil paso.
Estos siete cachorritos y Colombina se tuvieron que aguantar los juegos bruscos del niño, que sin mala intención los ponía a aguantar frío por jugar con ellos. Una ocasión, sin aún abrir los ojitos, los cogí en un costal y me fui para la huerta. Fabriqué un murito de tierra y ramas y los coloqué allí, en una mañana fría.
Pero, válgame Dios, llegó Juan Cancio, vio esos animalitos temblando y entró en santa ira. Se quitó su sombrero de fieltro y me dio dos gorrazos en la nalga por mala gente. Para mí eso era una masacre. ¿Cómo una ternura como Juan Cancio me castigaba así? Pero a él le dolía más que a mí. Porque después me llamaba, empezaba a raspar panela con su machete Incolma, hacía dos montoncitos, y le decía a Ana Rita que nos trajera leche. Y ahí terminaba la tristeza de la pela.
La tapa de las travesuras
Y la otra travesura fue cuando ya los cachorros abrieron los ojos y correteábamos por toda la pequeña parcelita. Me vuelve a la mente la imagen de 9 compinches corriendo, saltando, olfateando, chillando, gruñendo. Pegaban chillidos de dolor cuando los pisaba, pero no me abandonaban. Y un día sí fue lo que yo llamo la tapa de las travesuras.
Una mañana cogí un costal donde se empaca panela, llamé a mi tropa y arrancamos hacia un pequeño arroyo que había abajo de la casa. En forma calculadora empecé a sacar cabuyas del costal. Luego busqué siete baritas de caña brava y las clavé en el lecho del arroyito, que era muy pequeño (únicamente me tapaba la planta de los pies). Se me mete el diablo y los amarro, a cada uno con las cabuyas, en el lecho del arroyo. Ellos estaban felices con el juego inicialmente, pero luego empezaron a tiritar del frío. Colombina sí estaba angustiada. Porque yo me senté en la orilla, y Colombina se sentó a mi lado. Ya los perritos como que se enfriaron y chillaban demasiado.
Y ahí, al ver a Colombina dando vueltas, entendí que estaba preocupada. Y los saqué del arroyo uno por uno. Y la fiesta siguió. Los nueve compinches corriendo por la falda por donde corrió Ramón José. Y esa felicidad de estos 9 sujetos sí era real. La de Ramón José, mi hija médica me puso en duda.
Los odios y los amores
Ramón José y Colombina tenían una amistad agridulce. Cuando Colombina estaba echada en la cocina aprovechando el calor del fogón de leña, llegaba Ramón José y la desalojaba para hacerse él al lado, calentarse y ensimismarse mirando el fuego de una manera tan fija que yo, ahora viejo, pienso: ¿qué vería Ramón José en las llamas con tanta concentración? Y esto lo hacía Ramón José con el disgusto de la mamita Ana Rita, que en varias ocasiones tenía que acudir a Juan Cancio para que lo retirara y ella poder asar las arepas de maíz pelado para el desayuno. La mamita terminaba y le ofrecía desayuno a Ramón José; él se sentaba en la mesa de madera del corredor, y ahí le pagaba la incomodidad que le ocasionaba a Colombina con un generoso sobrado.
Otra contradicción que tenían era que en ocasiones Ramón José le cogía el costal donde dormía y empezaba a correr con él. Ahí Colombina entraba en ira (o no sé si le celebraba). Esta acción de coger el costal y empezar a agitarlo para que Colombina se enfureciera pasó a mayores. En cierta ocasión, Ramón José llegó totalmente desnudo, cogió el costal de Colombina y salió corriendo. Cuando vimos a la cuñada con una sábana llamándolo desesperada, pero él no hacía caso, ahí comenzó la hermosa escena que les narré en La Cortina al Sol: con Ramón José a las carcajadas, la cuñada con la sábana para tratar de taparlo, y Colombina (como narré con anterioridad) ladrando detrás, al lado de la cuñada, lo que yo interpreté como complicidad. Al final, la cuñada lo alcanzó y lo cubrió, y yo sentí que la cuñada había interrumpido un espectáculo grandioso. Y por la misma loma por donde los nueve compinches hacían sus pilatunas.
El golpe final
Pasaron varios años, pasaron más camadas. Yo siempre, siempre al pie de la tropa, jugando, haciéndoles pesadeces, aunque la tropa no se quedaba atrás porque en ocasiones con sus diminutos dientes me dejaban como sobrado de tigre.
Y ahora viene el golpe final, y el más traumático: cuando aún era un niño de 8 años, me arrancaron de lo que más amaba en mi vida: la vereda Utopía, los abuelos, las tías y los tíos, y todo el entorno de amor y ternura que esto representaba. Y tuve que dejar a Colombina ya muy enfermita, porque tenía un cáncer y se le salía una protuberancia en la barriga, y casi no podía caminar.
Luego, cuando ya estaba en la casa de mi mamá, me contaron que la habían tenido que sacrificar, porque estaba sufriendo demasiado. Ahí murió algo muy grande y muy hermoso, porque lo que irradió ese animalito fueron toneladas de todos los sentimientos nobles que existen en este planeta, además de sus pilatunas perrunas. Y por eso yo me pregunto todos los días por qué existe el odio por los semejantes. Y el que lea esta chochera debiera omitir ese sentimiento.
Chocheras de Vago Viejo
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