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Capítulo 34: Una lectora necesita una opinión

DNavarrete

Contenido de la publicación

El fin de semana había llegado, y con él una de esas pocas oportunidades que Aiko valoraba como algo sagrado: dormir hasta tarde. Tras una semana entera de obligaciones, no tenía ninguna intención de madrugar. Sin alarmas, sin prisa, sin nada que la sacara de su cama. La casa estaba en calma, la luz se filtraba suave por las cortinas y, por una vez, todo parecía dispuesto a dejarla descansar.

 

Aiko dormía plácidamente, abrazada a su almohada, cuando algo la inquietó. No fue un ruido ni un movimiento brusco: fue una presencia. Frunció el ceño sin abrir los ojos. Aquello le resultaba extrañamente familiar… y su instinto le dijo que permaneciera inmóvil. Si no reacciono, tal vez se vayan, pensó.

 

Cinco segundos. Diez. Quince. La presencia no se iba. Estaba demasiado cerca. Suspiró por dentro. No había remedio: si no abría los ojos, aquella sensación no desaparecería.

 

Abrió los ojos. Y allí estaba.

 

Lilia. A escasos centímetros de su cara, mirándola con seriedad absoluta, como si llevara rato esperando.

 

—Buenos días, Aiko.

 

Un segundo de silencio.

 

—¡¡¡AAAAAAAAAHHHHHHH!!!

 

El grito recorrió la casa entera. Abajo, el padre de Aiko, que tomaba café tranquilo, se sobresaltó tanto que aspiró por el camino equivocado.

 

—¡Cof! ¡Cof, cof! —tosía golpeándose el pecho.

 

Su esposa asomó la cabeza desde la cocina.

 

—¿Otra vez?

 

—Creo que sí… —respondió él recuperando el aire.

 

—Tiene que dejar esa costumbre —suspiró ella.

 

—¿Crees que se le puede quitar?

 

—Probablemente no —sonrió su esposa—. Ya se comportan como hermanas.

 

Arriba, en la habitación, la situación seguía escalando.

 

—¡¿CUÁNTAS VECES TE LO HE DICHO?! —exclamó Aiko estirando suavemente las mejillas de Lilia—. ¡NO ME DESPIERTES ASÍ!

 

—Ya te he oído —respondió Lilia con calma, como si le estuvieran informando de un dato cualquiera.

 

—¡ENTONCES POR QUÉ SIGUES HACIÉNDOLO!

 

—Porque no te he despertado. Esperé a que abrieras los ojos tú sola.

 

Aiko la soltó lentamente.

 

—¿Qué?

 

—Me dijiste que no te gustaba que te despertaran. Así que no te llamé ni te toqué. Solo esperé.

 

—¡PERO ESTABAS A DOS CENTÍMETROS DE MI CARA!

 

—Eso no te despierta por sí solo —explicó Lilia con la misma seriedad que si presentara un plan de batalla—. Si te hubiera molestado, habrías cerrado los ojos.

 

—¡ESTABA INTENTANDO SEGUIR DURMIENDO!

 

—Comprendo —asintió Lilia—. Entonces mi método ha fallado.

 

—¡NO LE LLAMES MÉTODO!

 

—¿Prefieres «protocolo de presencia silenciosa»?

 

Aiko agarró una almohada.

 

—¡VOY A TIRARTE ESTO!

 

—Entendido.

 

La atrapó al vuelo sin cambiar de expresión. Silencio. Aiko respiró hondo, recuperando la paciencia que le quedaba. Lilia dejó la almohada en la cama y se sentó junto a ella.

 

—Necesito tu ayuda.

 

Aiko giró la cabeza.

 

—¿Mi ayuda? ¿Después de esto?

 

—No te he despertado —repitió Lilia—. Has despertado tú sola.

 

—¡LILIA!

 

—¿Sí?

 

Aiko se dejó caer de espaldas y se cubrió la cara con las manos.

 

—Voy a envejecer diez años antes de tiempo por tu culpa…

 

Lilia esperó con paciencia. Al fin Aiko apartó las manos y la miró, resignada.

 

—Está bien. ¿Qué necesitas?

 

Los ojos de Lilia se iluminaron levemente.

 

—He empezado a escribir mi historia.

 

Aiko se quedó quieta. La irritación se desvaneció, reemplazada por sorpresa.

 

—¿Tu historia?

 

—Sí. He escrito una parte. Quiero que la leas y me digas qué te parece.

 

Lilia bajó la mirada un instante.

 

—Todavía no sé cómo contarlo todo. Hay cosas difíciles de explicar, y quizá otras no importan aquí… pero quiero intentarlo.

 

Aiko la escuchó en silencio. Escribirlo era diferente a hablarlo: era su historia, puesta por ella misma. Sonrió de verdad.

 

—Claro que la leeré.

 

—¿De verdad?

 

—¡Por supuesto! ¡No todos los días mi hermana pequeña decide contar su vida!

 

—No he dicho que vaya a ser escritora —respondió Lilia con seriedad—. Solo quiero contarla.

 

—Eso es exactamente lo que dice una escritora antes de su primer libro —le guiñó un ojo Aiko.

 

Se levantó y buscó sus pantuflas.

 

—Primero me lavo, me visto y desayuno. Después leemos.

 

—Entendido.

 

Aiko se detuvo y la miró seria.

 

—Y mientras tanto, esperas en la sala. Como persona normal. Sin vigilar la puerta. Sin escuchar detrás. Sin aparecer de repente cuando salga del baño.

 

Lilia guardó silencio un instante.

 

—Estaba pensando si aparecer de repente cuenta como despertar…

 

—¡¡LILIA!!

 

—No apareceré de repente —decidió ella levantándose—. Entendido.

 

Salió de la habitación con tranquilidad. Aiko se dejó caer en la cama otra vez.

 

—Haru… —murmuró—. ¿Cómo conseguiste vivir así?

 

Desde el pasillo llegó la voz clara de Lilia:

 

—Haru era un gran idiota.

 

Aiko levantó la cabeza de golpe.

 

—¡¿ME ESTABAS ESCUCHANDO?!

 

—No. Tengo buen oído.

 

Aiko escondió la cara en la almohada. Definitivamente no sería un fin de semana tranquilo. Pero mientras escuchaba los pasos de Lilia alejándose, sonrió. Su hermana pequeña estaba empezando a poner su vida en palabras. Y ella sería de las primeras en leerlas.

 

El desayuno transcurría con una tranquilidad poco habitual en aquella casa.

 

Aiko estaba sentada a la mesa, todavía con el cabello algo despeinado y marcas de la almohada en una mejilla. Frente a ella tenía un plato de panqueques, una taza de café y varias hojas impresas que sostenía con ambas manos. El manuscrito de Lilia. Desde que empezó a leerlo apenas había pronunciado palabra. Pasaba las páginas despacio, atenta a cada párrafo, mientras Lilia desayunaba a su lado con la calma de quien entrega su historia a otra persona como algo completamente natural.

 

Su padre observó la escena por encima de su taza.

 

—Es curioso pensarlo. Hace apenas un mes, Lilia ni siquiera sabía qué era una computadora.

 

Lilia levantó la mirada.

 

—No reconocía aquel artefacto. Me pareció razonable suponer que funcionaba mediante magia: permitía escribir, guardar información, comunicarse sin cartas y mostrar imágenes en movimiento.

 

Su padre sonrió.

 

—Bueno, no estabas tan equivocada sobre lo que podía hacer.

 

—Sí lo estaba sobre cómo funciona —puntualizó su madre sirviéndole café.

 

—Kaede y Ren me enseñaron —explicó Lilia—. Al principio me costó, pero ahora escribo, busco información y organizo mis archivos sin dificultad.

 

Aiko pasó una página sin levantar la vista.

 

—Eso, y que ahora también juegas.

 

Lilia enderezó la espalda. Sus ojos brillaron con un orgullo muy distinto al de su pasado militar.

 

—He superado la décima mazmorra.

 

—¿La décima? —se sorprendió su padre.

 

—Todavía hay más —asintió ella—. He aprendido que no conviene apresurarse contra enemigos para los que no estás preparada.

 

Aiko dejó de leer un instante. Sus hombros empezaron a temblar.

 

—¿Qué ocurre? —preguntó Lilia.

 

—Nada.

 

—Tu respiración es irregular.

 

—Estoy bien.

 

—Parece que te contienes para no reír.

 

Aiko se tapó la boca.

 

—Es que… lo dices como si planearas una batalla.

 

—Una mazmorra tiene enemigos, obstáculos y recompensas. La comparación es adecuada.

 

Su padre soltó una risa contenida. Su madre sonrió.

 

—Me alegra que hayas encontrado algo que te guste tanto.

 

Lilia miró su taza.

 

—Es interesante. Aunque no entiendo por qué algunos jugadores atacan a los enemigos más fuertes sin prepararse antes.

 

—Bienvenida al mundo de los videojuegos —murmuró Aiko recuperando la compostura.

 

Aprender a usar la computadora era solo una de las cosas nuevas que había descubierto. Escribir su historia, buscar información sobre este mundo, jugar para descansar… nada de eso lo habría imaginado hace muy poco.

 

—Por cierto —dijo su madre—, ¿qué planes tienes para el fin de semana?

 

—Leer durante todo el día —respondió Lilia sin dudar.

 

Aiko bajó las hojas lentamente.

 

—¿Todo el día?

 

—Tengo cinco libros nuevos. Dos dejan la historia a medias. Y después puedo escribir más de mi historia.

 

Su padre miró a su esposa.

 

—¿No crees que sería bueno salir un rato? Hace buen tiempo. No deberías quedarte encerrada todo el fin de semana.

 

Lilia lo pensó.

 

—No me opongo. Solo no sé a dónde ir.

 

—¡Eso tiene solución! —Aiko dejó el manuscrito y se inclinó hacia ella—. Vamos a la playa mañana. Llevamos comida, pasamos el día junto al mar… y puedes invitar a Kaede, Miyu y Ren. Yo los llevo en el coche.

 

Lilia reflexionó. La idea le agradaba: pasar el día con su familia y sus amigos sonaba bien. Pero había algo que aclarar.

 

—¿Nunca has ido a la playa? —preguntó su madre.

 

—Sí fui —respondió ella—. Una vez con Haru y el grupo.

 

Aiko sonrió suavemente.

 

—¿Y qué tal estuvo?

 

—Al principio bien. Todos querían descansar. Pero cuando íbamos a comer, apareció algo grande en el agua. Haru miró a la criatura y dijo: «Perfecto, con esto haremos sushi».

 

Una pausa breve.

 

—Yo no sabía qué era el sushi. Pero si él lo decía, era importante. Así que fui, lo enfrenté y lo derroté.

 

Silencio en la mesa. Su padre detuvo su taza a medio camino. Su madre parpadeó. Aiko la miró lentamente.

 

—… ¿Le hiciste caso a eso?

 

—Haru sabía lo que necesitábamos —dijo Lilia con naturalidad—. Yo solo cumplí.

 

Aiko estalló en risas.

 

—¡JAJAJAJA! ¡No me lo puedo creer! ¡Lo mataste porque él dijo que quería hacer sushi!

 

—El resultado fue bueno —defendió Lilia—. La comida estuvo rica.

 

—¡No me importa la comida! —Aiko se secó las lágrimas—. ¡Tú luchaste contra un monstruo marino sin preguntar nada más!

 

—Confío en Haru.

 

Su padre se frotó la cara, sin saber si reír o lamentar las aventuras de su hijo. Su madre sonrió entre divertida y conmovida.

 

—Bueno… al menos salió todo bien —dijo ella.

 

—Entonces —anunció Aiko golpeando suavemente la mesa— ¡mañana vamos a la playa!

 

Lilia la miró confundida.

 

—¿Por eso?

 

—¡Exactamente por eso! Quiero ir a una playa donde no tengas que pelear con nada para comer. Necesito verlo con mis propios ojos.

 

—No puedo garantizar que no haya criaturas —advirtió Lilia seria—. No conozco la fauna de este mundo.

 

Su padre suspiró mirando al techo.

 

—Por favor… que mañana solo haya peces normales…

 

—Todo irá bien —le aseguró su esposa dándole una palmadita en el hombro.

 

—¡Trato hecho! —decidió Aiko—. Tú avisas a los demás. Yo conduzco. Mamá prepara la comida.

 

—Yo puedo cocinar —se ofreció Lilia.

 

—No —fue la respuesta inmediata.

 

—¿Por qué?

 

—La última vez seguiste una receta midiendo las especias como si fueran ingredientes de un hechizo. ¡Toda la cocina se llenó de humo!

 

—Fue un efecto secundario menor.

 

—¡Tuvimos que ventilar toda la casa!

 

Lilia aceptó la decisión.

 

—Entendido. Me encargaré de avisar a Kaede, Miyu y Ren.

 

Sacó su teléfono y empezó a escribir. Todo parecía resuelto. Hasta que se quedó inmóvil. Levantó la vista.

 

—Tengo un problema.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Aiko.

 

—No tengo traje de baño.

 

Aiko se quedó quieta. La miró de arriba abajo como si acabara de darse cuenta de algo importante.

 

—Es verdad…

 

—Puedo usar el de natación de la escuela —propuso Lilia.

 

—¡No! —Aiko negó rotundamente—. ¡Vamos a comprarte uno!

 

Lilia la miró confundida. Aiko sonrió: esa sonrisa traviesa que ya conocía bien, la misma que la había llevado a probar vestidos innecesarios y pijamas con orejas de gato.

 

—Primero termino de leer tu historia —dijo recogiendo las hojas—. Después vamos de compras.

 

—¿Y qué te parece? —preguntó Lilia con cierta inquietud.

 

—Me gusta mucho —respondió Aiko suavemente—. Aún no termino, pero es tuya. Se nota en cada palabra. Cuando acabe te diré qué partes me emocionaron y qué cosas quiero que me expliques.

 

—Eso necesito.

 

Aiko sonrió más.

 

—Pero hay una condición —levantó un dedo.

 

—¿Cuál?

 

—Cuando salgamos a comprar, no trates la tienda de ropa como si fueras a elegir equipo para una misión.

 

Lilia la miró seria.

 

—Nunca he hecho eso.

 

Aiko arqueó una ceja. Tres segundos de silencio.

 

—Entendido —dijo Lilia.

 

—¡Y no digas «entendido» como si te hubieran dado una orden!

 

Su padre rió abiertamente. Su madre sonrió mientras recogía la mesa. Y Lilia, ajena a lo que le esperaba, siguió desayunando tranquila. Iba a la playa con la gente que quería. Eso era lo importante. Que el traje de baño fuera el reto más difícil del día… aún no lo sabía.

 

Ren llevaba casi diez minutos esperando junto a las sombrillas, con una toalla sobre el hombro y una bolsa llena de cosas a sus pies. El sol brillaba sobre la playa, las olas llegaban tranquilas a la orilla y las familias comenzaban a ocupar los espacios cercanos al mar. A su alrededor, los niños corrían con cubos de plástico, algunas parejas caminaban tomadas de la mano y varios grupos de amigos se preparaban para disfrutar del día.

 

Ren, por su parte, había tenido que encargarse de casi todo. Las toallas estaban extendidas sobre la arena. Las sombrillas se encontraban bien sujetas. Las bebidas guardadas en la nevera portátil y el protector solar listo. Como era el único chico del grupo, aparentemente le había correspondido asumir la responsabilidad logística.

 

—Toallas, sombrillas, bebidas, protector solar… —murmuró—. ¿Me falta algo? Ah, las bolsas para la basura.

 

Las sacó, comprobó que estuvieran allí y suspiró satisfecho.

 

—Perfecto. Preparativos completados.

 

Se sentó sobre una de las toallas y miró hacia los vestidores.

 

—Espero que no tarden demasiado. Si siguen así, cuando lleguen ya habrá anochecido.

 

No tenía la menor idea de lo equivocado que estaba.

 

Un murmullo comenzó a extenderse por la playa. Al principio no le prestó atención, pero poco a poco notó que varias conversaciones se interrumpían y que la gente miraba en la misma dirección. Incluso un grupo de chicos que jugaba con una pelota había dejado de hacerlo.

 

Ren frunció el ceño.

 

—¿Qué pasa ahora?

 

Giró la cabeza. Y entonces las vio.

 

Caminaban juntas desde la zona de los vestidores, hablando tranquilamente mientras se acercaban. Y todas llamaban la atención de forma distinta, pero igual de notable.

 

Kaede iba a la cabeza, con su cabello negro largo y brillante que caía suavemente sobre sus hombros y ondeaba con la brisa. Llevaba un traje de baño negro de una sola pieza, elegante y sobrio, que realzaba su figura sin perder la delicadeza que la caracterizaba. Sus ojos rojos iluminados por el sol le daban un aire sereno y a la vez imponente; caminaba sin prisa, sin darse cuenta de que cada paso suyo hacía que la gente se girara a mirarla.

 

A su lado, Miyu avanzaba con total seguridad. Su cabello castaño corto y despeinado le daba un aspecto fresco y enérgico. Vestía un top de baño rosa y blanco con volantes combinado con unos pantalones cortos de mezclilla desgastada, y caminaba con la barbilla levantada, sonriendo con confianza como si la admiración de todos fuera algo completamente natural. Sabía perfectamente que la miraban, y no le importaba lo más mínimo.

 

Detrás de ellas venía Aiko, con su cabello negro cortito y unos lentes que le daban un aire distinguido y travieso a la vez. Llevaba un traje de baño negro de una sola pieza con cortes atrevidos que resaltaban su figura, y a sus veinte años caminaba con la actitud más animada de todas, disfrutando de las miradas y sin ocultar que esperaba aprovechar el día para pasar un buen rato.

 

Ren las observó durante unos segundos. Después miró a los hombres que seguían sus movimientos con la vista. Finalmente volvió a mirar a las tres chicas.

 

—Una pregunta. ¿Ustedes vienen de una pasarela de moda o algo parecido? Porque creo que acaban de convertir la playa en un desfile.

 

Miyu sonrió con satisfacción.

 

—¿Y qué esperabas? Somos chicas bonitas. Es natural que nos miren.

 

—No me refiero solo a eso —se pasó una mano por el cabello—. Hay tipos que llevan varios minutos mirándolas sin disimulo. No me sorprendería que alguno se acercara para invitarlas a salir.

 

—Que se queden con las ganas —respondió Miyu—. A algunos todavía les falta muchísimo para siquiera imaginar que podrían conseguir una cita con nosotras.

 

—¿No crees que estás siendo un poco dura? —preguntó Kaede, sonrojándose levemente al notar que un par de chicos apartaban rápidamente la mirada cuando ella los descubrió.

 

—Estoy siendo generosa. Ni siquiera les cobro por mirar.

 

Ren la miró en silencio.

 

—A veces me pregunto cómo consigues decir esas cosas con tanta naturalidad.

 

—Talento innato.

 

—Bueno, en mi caso no me molesta demasiado —intervino Aiko, acomodándose el cabello detrás de la oreja—. De hecho, espero llamar la atención. Quizá tenga suerte y encuentre novio.

 

Los otros tres se quedaron mirándola. Hubo un breve silencio.

 

—¿Lo dices en serio? —preguntó Ren.

 

—Por supuesto. ¿Qué tiene de extraño?

 

—Nada —respondió él—. Solo que no esperaba que vinieras a la playa con una misión secundaria.

 

—¿Misión secundaria?

 

—Encontrar pareja —explicó Miyu—. Aunque, si hablamos de misiones, la tuya parece bastante difícil.

 

Aiko le dedicó una sonrisa peligrosa.

 

—¿Quieres que te recuerde quién te compró ese traje de baño?

 

—¡No, gracias! ¡Tu generosidad es admirable!

 

Kaede se llevó una mano a la boca para ocultar una risita. Ren suspiró, preguntándose si habría sido mejor quedarse en casa. Entonces recordó algo y miró hacia el camino.

 

—Un momento. ¿Dónde está Lilia?

 

Aiko sonrió de una manera que despertó inmediatamente las sospechas de Ren.

 

—Viene detrás. Ayer fuimos a comprarle un traje de baño, y debo decir que conseguimos uno que le queda de maravilla.

 

—¿De verdad? —levantó una ceja Miyu.

 

—Ya lo verás.

 

—¿Qué significa esa sonrisa? —preguntó Ren—. ¿Qué clase de traje compraron?

 

—Uno bonito.

 

—Eso no responde a mi pregunta.

 

—Entonces tendrás que esperar.

 

Ren abrió la boca para protestar, pero una voz tranquila llegó desde detrás de ellas.

 

—¿Están todos aquí?

 

Las tres se giraron. Y Ren comprendió que estaba completamente equivocado sobre todo lo que había visto hasta entonces.

 

Lilia acababa de llegar. Su cabello rubio plateado estaba recogido en una alta coleta que brillaba bajo el sol como si tuviera luz propia. Vestía un traje de baño claro con estampado azul y una falda de pareo atada a la cintura que se movía suavemente con la brisa. El conjunto resaltaba su figura sin perder elegancia, y combinaba con esa belleza poco común suya, mitad delicada y mitad imponente, que hacía que todo pareciera detenerse a su alrededor.

 

Sus ojos azules recorrían el lugar con la misma atención con la que inspeccionaría un territorio desconocido, mientras sostenía su pequeña bolsa con ambas manos. En cuanto apareció, el murmullo de la playa se apagó por momentos. Un grupo dejó de jugar a la pelota. Un hombre que caminaba con su novia volvió la cabeza y recibió un golpe en el brazo.

 

—¿Qué estás mirando?!

 

—¡Nada! ¡El mar!

 

—¡El mar está en la otra dirección!

 

Un poco más allá, otro chico recibió un codazo antes de terminar de girarse.

 

Ren contempló la escena. Después miró a Lilia. Luego volvió a mirar a los hombres que intentaban disimular su interés.

 

—No puede ser…

 

Miyu se cruzó de brazos.

 

—Lo sabía.

 

Kaede la miró con una sonrisa tierna, aunque también sorprendida por lo bien que le quedaba todo. Aiko, por su parte, tenía una expresión de absoluta satisfacción.

 

—¿Y bien? ¿Qué les parece?

 

Ren la miró lentamente.

 

—¿Tú elegiste eso?

 

—¡Por supuesto!

 

—¿Y estás contenta con el resultado?

 

—Muchísimo.

 

Ren volvió a mirar a Lilia.

 

—Hace un momento estábamos hablando de que ustedes tres llamaban demasiado la atención. Ahora resulta que hemos desbloqueado una dificultad superior. Antes teníamos tres chicas que atraían miradas. Ahora tenemos cuatro, y una de ellas parece haber provocado una crisis colectiva.

 

Miyu soltó una carcajada.

 

—¡Tiene razón!

 

Lilia se detuvo frente a ellos, confundida por las reacciones.

 

—¿Ocurre algo?

 

—No, nada —respondió Kaede rápidamente.

 

—¿Me veo mal?

 

La pregunta hizo que todas dejaran de reírse. Aiko fue la primera en reaccionar.

 

—¡No! ¡En absoluto! ¡Te queda precioso!

 

—Sí, Lilia —asintió Kaede—. Te ves muy bien.

 

—Muchísimo —añadió Miyu—. Así que no te preocupes.

 

Lilia pareció aliviada, pero seguía sin comprender.

 

—Entonces, ¿por qué todos nos miran?

 

Miyu respiró profundamente, como reuniendo paciencia.

 

—Porque eres muy bonita, Lilia.

 

—¿Eso constituye un problema?

 

—No exactamente. El problema es que ahora toda la playa va a empezar a acercarse para coquetear contigo.

 

Lilia se quedó pensativa. Miró a los hombres que la observaban desde la distancia y volvió a mirar a Miyu.

 

—¿Debemos defendernos?

 

—¿Qué?

 

—Si se acercan con intenciones desconocidas, lo más prudente sería evaluar el riesgo antes de permitirles aproximarse.

 

Mientras hablaba, llevó una mano hacia su costado. Una tenue distorsión mágica apareció junto a sus dedos. Ren palideció. Miyu abrió los ojos de par en par. Kaede reconoció aquella expresión de concentración que Lilia adoptaba antes de hacer algo que normalmente terminaba con alguien gritando.

 

—¡Lilia, espera! —exclamó Kaede.

 

Pero ya era demasiado tarde. Una empuñadura comenzó a materializarse en su mano. Ren reaccionó por puro instinto.

 

—¡NO, NO, NO! ¡AQUÍ NO!

 

Corrió y le sujetó el brazo justo cuando la espada empezaba a salir de su almacenamiento dimensional. Miyu se lanzó al otro lado y agarró la empuñadura con ambas manos.

 

—¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?! ¡ESTAMOS EN LA PLAYA!

 

Lilia los miró con absoluta serenidad.

 

—Preparándome para defender al grupo.

 

—¡NO NECESITAMOS DEFENDERNOS DE NADIE! —gritó Ren.

 

—Pero Miyu acaba de decir que varios hombres se acercarán para coquetear.

 

—¡ESO NO SIGNIFICA QUE VAYAN A ATACARNOS!

 

Lilia parpadeó.

 

—¿Estás seguro?

 

—¡SÍ! ¡Estoy bastante seguro de que invitar a alguien a salir no es un ataque militar!

 

Lilia reflexionó.

 

—¿Entonces no debo desenvainar?

 

—¡CORRECTO!

 

—¿Aunque se acerquen?

 

—¡TAMPOCO!

 

—¿Y si insisten?

 

Ren la miró con desesperación absoluta.

 

—¡Entonces dices que no! ¡Como cualquier persona normal!

 

Lilia guardó silencio unos segundos. Finalmente, la espada se desvaneció.

 

—Entendido.

 

Ren soltó un suspiro tan profundo que pareció haber envejecido varios años. Miyu se dejó caer de rodillas sobre la arena.

 

—Dios mío… Solo llevamos unos minutos aquí.

 

Aiko ya no pudo contenerse y soltó una carcajada. Miyu la siguió, y hasta Kaede terminó riéndose al ver la expresión de Ren. Lilia los observó a todos sin entender qué tenía de gracioso. Después miró hacia el mar: las olas brillaban bajo el sol, la arena estaba cálida, el viento era suave. No había ejército que dirigir, ni enemigo al que enfrentar. Solo un día libre junto a sus amigos.

 

Sonrió suavemente.

 

—Entonces, ¿podemos comenzar nuestra actividad recreativa?

 

Ren dejó caer los brazos.

 

—Sí, Lilia. Podemos empezar. —Hizo una pausa y la miró directamente—. Pero, por favor, deja la espada guardada.

 

—No hay motivo para preocuparse. No la utilizaré sin una razón justificada.

 

Ren sintió un escalofrío. Eso era exactamente lo que le preocupaba.

 

Y así comenzó el día de playa. Ren todavía no lo sabía, pero tendría que vigilar no solo las sombrillas y las bebidas, sino también asegurarse de que Lilia no interpretara cada conversación como una operación militar. Y a juzgar por lo ocurrido en los primeros cinco minutos, sus posibilidades de éxito eran bastante reducidas.

 

Thoughts

  • preguntaAbierta

    Lilia preguntando si puede desenvainar con la misma calma con que pide más café, ja. Ren se gana el cielo este fin de semana.

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  • pagina_rota

    Lilia dice que hay cosas de su historia que quizá no importan aquí, y yo apuesto que lo que se va a guardar es lo de Haru. Lo llama gran idiota desde el pasillo y en la playa cuenta lo del monstruo marino como si todavía cumpliera sus órdenes. Ese manuscrito que Aiko lee en el desayuno va a venir con una hoja de menos, y Aiko es la que se va a dar cuenta, porque es su hermano.

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