Donde Comienza el Amor
El semestre terminó finalmente.
Las últimas semanas fueron una mezcla de exámenes, trabajos, celebraciones y noches demasiado cortas.
Cuando Emily entregó su último proyecto, salió del edificio con una expresión de alivio tan evidente que Daniel comenzó a aplaudir desde el otro lado del sendero.
—¡La señorita Carter ha sobrevivido a su primer año!
Emily se cubrió el rostro, avergonzada.
—¡Deja de hacer eso!
Daniel continuó aplaudiendo.
Un par de estudiantes se volvieron para mirarlos.
Emily corrió hacia él y lo abrazó para hacerlo callar.
—Eres imposible.
Daniel la levantó ligeramente del suelo antes de devolverle el abrazo.
—Pero has sobrevivido.
Ella rio contra su hombro.
—Lo hemos conseguido.
—Tú lo has conseguido.
—No. Tú también has estado aquí.
Daniel la miró con ternura.
—Eso es porque quería estar.
Emily sonrió y lo besó.
Fue un beso breve, espontáneo, sin la timidez de los primeros días. Cuando se separaron, Daniel apoyó su frente contra la de ella.
—¿Sabes qué quiero hacer ahora?
—¿Dormir durante tres días?
—Eso también. Pero primero quiero llevarte a un lugar.
Emily entrecerró los ojos.
—¿Otro lugar misterioso?
—Confía en mí.
—Esa frase sigue sin inspirarme confianza.
Daniel rio y tomó su mano.
Caminaron hasta el jardín donde se habían conocido.
La fuente seguía funcionando. Los árboles se mecían suavemente y el banco de madera permanecía bajo la sombra que ambos recordaban.
El campus comenzaba a vaciarse. Algunos estudiantes se preparaban para regresar a sus hogares; otros hablaban de viajes, prácticas profesionales y planes para el verano.
Emily observó el lugar.
—Parece que ha pasado muchísimo tiempo desde aquel primer día.
Daniel se sentó en el banco.
—Yo recuerdo perfectamente cómo estabas.
Emily lo miró, divertida.
—¿Perdida?
—Completamente.
—No estaba tan perdida.
—Emily, estabas mirando un mapa al revés.
Ella abrió la boca, indignada.
—¡Eso nunca ocurrió!
Daniel comenzó a reír.
—Está bien. No ocurrió.
Emily se sentó a su lado y apoyó la cabeza sobre su hombro.
Durante unos minutos, contemplaron la fuente en silencio.
Después, ella habló.
—Terminamos mi primer año.
—Y lo hiciste muy bien.
—Tú todavía tienes otro año antes de graduarte.
Daniel dejó de sonreír.
La frase había sido pronunciada sin intención de hacer daño, pero abrió una puerta que ambos llevaban semanas intentando mantener cerrada.
Emily levantó la cabeza.
—Perdona. No quería…
—No tienes que disculparte.
Ella observó su expresión.
—Daniel, algún día tendrás que marcharte de aquí.
Él miró hacia los árboles.
—Lo sé.
—Y no quiero fingir que no me importa.
Daniel volvió a mirarla.
Emily respiró profundamente.
—No quiero pasarme el próximo año intentando convencerme de que no tengo miedo. Te quiero. Mucho más de lo que pensaba que podía querer a alguien en tan poco tiempo. Y precisamente por eso, a veces me asusta imaginar lo que podría pasar si las cosas cambian.
Daniel permaneció callado.
Emily había puesto en palabras algo que él también sentía, aunque nunca se había atrevido a reconocerlo.
—Yo tampoco quiero perderte —dijo finalmente.
Ella bajó la mirada.
—Pero tampoco quiero que renuncies a las cosas que deseas por mí.
Daniel le tomó la mano.
—No te voy a prometer que todo será fácil, Emily. No sé dónde estaremos dentro de un año. No sé qué oportunidades aparecerán ni qué decisiones tendremos que tomar.
Hizo una pausa.
—Pero quiero que, cuando llegue el momento, hablemos de ellas juntos. No quiero decidir por ti ni quiero que tengas que imaginar lo que estoy pensando.
Emily lo miró con los ojos brillantes.
—¿Me lo prometes?
Daniel apretó suavemente su mano.
—Te lo prometo.
Emily apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces tengo algo que decirte.
—¿Qué?
—Te quiero.
Daniel sonrió y besó su cabello.
—Yo también te quiero.
Emily cerró los ojos.
Durante un instante, el futuro dejó de importar.
Solo existían la fuente, los árboles, el calor de la mano de Daniel y la sensación de que, al menos en aquel momento, ambos estaban exactamente donde querían estar.
Pero mientras Emily descansaba contra su hombro, Daniel miró hacia el otro extremo del jardín.
Su teléfono vibró en el bolsillo.
Lo sacó discretamente.
Había recibido un correo electrónico.
El remitente pertenecía a una institución de fotografía de Nueva York a la que había solicitado ingresar meses atrás, mucho antes de conocer a Emily.
Daniel llevaba semanas esperando una respuesta.
La abrió.
Leyó las primeras líneas.
Después volvió a leerlas.
Había sido seleccionado para un programa avanzado de fotografía con una beca que cubría sus estudios y parte de sus gastos de alojamiento.
Era la oportunidad con la que había soñado durante años.
Una oportunidad que podía cambiar su futuro.
Y había un detalle más.
El programa comenzaría en agosto.
Daniel miró la fecha de incorporación.
Después miró a Emily, que todavía sonreía con los ojos cerrados contra su hombro.
Por un instante, quiso guardar el teléfono y fingir que no había visto el mensaje.
Quiso conservar aquella tarde exactamente como estaba.
Sin decisiones.
Sin despedidas.
Sin preguntas que no sabía responder.
Pero el correo seguía abierto en su pantalla.
Y el plazo para confirmar su participación terminaba en diez días.
—¿Daniel?
Él bloqueó el teléfono.
—¿Sí?
Emily levantó la cabeza.
—¿Estás bien?
Daniel la miró.
Tenía delante a la persona que había conseguido que un lugar desconocido comenzara a sentirse como un hogar.
Y, por primera vez, comprendió que podía perderla incluso sin marcharse.
Bastaba con ocultarle la verdad.
—Sí —respondió.
La palabra salió demasiado rápido.
Emily frunció ligeramente el ceño.
—¿Seguro?
Daniel miró el teléfono que sostenía en la mano.
Después volvió a mirarla.
Podía contarle lo ocurrido.
Podía enseñarle el correo y permitir que ambos empezaran a pensar en lo que vendría después.
Pero tenía miedo.
Miedo de que la felicidad que acababan de construir comenzara a desmoronarse.
Miedo de que Emily lo mirara de otra manera.
Miedo de tener que elegir entre una oportunidad que llevaba años persiguiendo y una relación que jamás había imaginado encontrar.
Así que hizo lo que tantas personas hacen cuando temen perder algo.
Intentó ganar tiempo.
—Estoy un poco cansado. Ha sido un semestre largo.
Emily sonrió y volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro.
—Entonces tendremos que descansar este verano.
Daniel cerró los ojos.
—Sí —murmuró—. Este verano.
Pero, mientras ella hablaba de películas que quería ver, lugares que deseaba visitar y tardes que esperaba compartir con él, Daniel apenas conseguía escucharla.
En su bolsillo, el teléfono parecía pesar más de lo normal.
Y por primera vez desde que había conocido a Emily, estaba ocultándole algo.
Algo que, tarde o temprano, tendría que contarle.
Esa noche, Daniel regresó a su apartamento y abrió nuevamente el correo.
Leyó la oferta completa.
La beca era real. La oportunidad también.
Podía pasar un año en Nueva York, estudiar con profesionales reconocidos y acercarse al futuro que siempre había imaginado para sí mismo.
Su padre le había repetido durante años que no debía renunciar a sus sueños.
Su hermano Michael también lo había animado a perseguirlos.
Daniel recordó una conversación que habían tenido poco antes del accidente.
Michael estaba sentado en el capó de su coche, hablando de todo lo que quería hacer antes de cumplir treinta años.
—No esperes a tenerlo todo resuelto para empezar a vivir —le había dicho—. Si esperas a que desaparezca el miedo, te pasarás la vida esperando.
Daniel había sonreído entonces.
Ahora aquellas palabras le parecían una advertencia.
Cerró el correo y tomó la fotografía que guardaba en el cajón de su escritorio.
En ella aparecía junto a Michael, ambos riendo bajo el sol de una tarde de verano.
Daniel pasó el pulgar por el borde de la imagen.
—Ojalá estuvieras aquí —susurró.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Emily.
«Gracias por hoy. Me gusta pensar que, pase lo que pase, siempre tendremos este lugar. Buenas noches, mi persona favorita».
Daniel sintió que algo le apretaba el pecho.
Escribió una respuesta.
«Tú también eres mi persona favorita».
Estuvo a punto de añadir que había recibido una oferta de Nueva York.
Que tenía miedo.
Que no sabía qué hacer.
Pero borró las palabras antes de enviarlas.
Apagó la pantalla y dejó el teléfono sobre el escritorio.
Solo necesitaba unos días, se dijo.
Unos días para pensar.
Unos días para decidir cómo contárselo.
Unos días para encontrar la manera de proteger aquello que acababa de encontrar.
No comprendía todavía que los secretos rara vez protegen el amor.
A veces solo le conceden al miedo un poco más de tiempo.
A la mañana siguiente, Emily despertó con una sonrisa.
Abrió las cortinas y dejó que la luz del sol inundara la habitación. Por primera vez en semanas, no tenía que correr a una clase ni preocuparse por un examen.
El verano estaba comenzando.
Y ella quería disfrutarlo con Daniel.
Se sentó en la cama, tomó el teléfono y abrió la conversación de la noche anterior.
Volvió a leer el mensaje que le había enviado.
«Siempre tendremos este lugar».
Sonrió.
Después abrió su agenda y comenzó a escribir una lista de cosas que quería hacer durante las vacaciones.
Visitar una pequeña librería que había descubierto en las afueras de la ciudad.
Hacer un picnic junto al lago.
Convencer a Daniel para que le enseñara a utilizar su cámara.
Y, sobre todo, pasar tanto tiempo con él que, al terminar el verano, ambos tuvieran recuerdos suficientes para llenar un álbum entero.
Todavía estaba escribiendo cuando recibió una notificación.
Era un correo de la universidad.
El asunto decía:
«Oportunidad de intercambio académico: convocatoria de verano».
Emily lo abrió sin demasiadas expectativas.
La universidad estaba ofreciendo plazas para un programa de intercambio de seis meses en una institución asociada.
Una de las opciones era una universidad de Nueva York.
Emily se quedó mirando la pantalla.
Leyó las condiciones.
Después revisó las fechas.
El programa comenzaría a finales de agosto y estaba dirigido a estudiantes con un excelente expediente académico.
Podía solicitar una plaza.
No sabía si sería seleccionada, pero cumplía los requisitos.
Por primera vez, contempló la posibilidad de que su futuro no tuviera que desarrollarse únicamente en Westbridge.
Podía perseguir sus propios sueños.
Conocer otros lugares.
Descubrir quién era cuando dejaba de sentirse la muchacha que había llegado perdida desde Oklahoma.
Y quizá, si las circunstancias lo permitían, compartir parte de aquella aventura con Daniel.
Sonrió y abrió un mensaje nuevo.
Emily: Tengo una idea para el verano. Creo que te va a gustar.
Lo envió antes de arrepentirse.
La respuesta de Daniel llegó unos minutos después.
Daniel: Me encantan tus ideas. ¿Qué tienes en mente?
Emily miró nuevamente el correo de intercambio.
Todavía no le había contado que estaba considerando solicitar una plaza.
Quería investigar un poco más antes de hablar de ello.
Después de todo, no era más que una posibilidad.
Emily: Te lo contaré cuando nos veamos. Pero tendrás que prometerme que no te reirás.
Daniel: No prometo nada.
Emily soltó una carcajada.
Todo parecía normal.
Y, sin embargo, sin que ninguno de los dos lo supiera, ambos acababan de recibir una oportunidad que los conduciría a la misma ciudad.
Nueva York.
La misma ciudad que Daniel llevaba años soñando con conocer.
La misma ciudad en la que Emily podría encontrar un camino que nunca había imaginado.
Por separado, cada uno comenzaba a contemplar una nueva vida.
Juntos, todavía no habían descubierto que sus decisiones estaban a punto de cruzarse.
Y cuando eso ocurriera, tendrían que responder a una pregunta mucho más difícil que la de si se querían.
Tendrían que descubrir si podían seguir eligiéndose sin renunciar a sí mismos.
Porque el amor no siempre consiste en encontrar a alguien con quien quedarse.
A veces consiste en aprender a caminar al lado de alguien que también tiene sueños, miedos y caminos propios.
Y Emily y Daniel estaban a punto de descubrirlo.
Continuará…