Capítulo 1: El eco de un trece de octubre
Dicen que el diablo no siempre viene con cuernos y cola; a veces, tiene la sonrisa más adorable del mundo y los ojos más limpios que hayas visto jamás.
Todo empezó un trece de octubre. El otoño apenas teñía las calles y el frío empezaba a colarse por los abrigos, pero a mí el pecho me ardía de una felicidad desconocida. Ese día lo conocí a él. No me costó nada entregarle mi vida entera, porque él me hizo sentir, desde el primer segundo, que yo era su universo. Nos construimos un mundo privado, un refugio donde el tiempo no pasaba. Me amaba todos los días con la misma intensidad, sin bajones, sin dudas. Siempre igual. Yo lo amaba tanto que caminaría descalza sobre fuego si él me lo pedía. Para mí, él era el principio y el fin de todo.
Pero amar de esa manera, con esa entrega ciega, tiene un precio muy alto. Amar a un ángel que después te suelta la mano es, en realidad, como amar al diablo.
El cambio no vino con un grito ni con una gran pelea. Fue una erosión lenta, silenciosa y cruel. Yo no cambié; mis manos seguían buscando las suyas con la misma urgencia de aquel octubre. Fue él quien empezó a desvanecerse. Los mensajes diarios se convirtieron en respuestas tardías, de apenas un par de palabras. Los "te amo" pasaron de ser un refugio a convertirse en una obligación incómoda.
Poco a poco, el chico que me hacía sentir la única persona en la Tierra me empujó a la fila de espera. Me convertí en su plato de segunda mesa, en alguien a quien se recurre solo cuando no hay nada más que hacer. La distancia se instaló en su mirada, una barrera invisible pero indestructible. Ya no me amaba como al principio.
Mientras mi mundo se derrumbaba, yo pasaba las noches llorando en silencio, con el teléfono iluminando mi rostro, esperando una señal que nunca llegaba. Sufría con cada hora de indiferencia, mientras él, intocable en su nuevo altar de hielo, parecía no sentir absolutamente nada. El chico adorable se había marchado mucho antes de que su cuerpo lo hiciera.
Y un día, simplemente se fue. Se marchó para siempre, dejando tras de sí un vacío idéntico al infierno. Nunca más lo volví a ver.