Kwon decidió equiparse con todas las recompensas antes de comenzar nuestra segunda sesión de entrenamiento.
No intenté detenerlo.
Necesitaba aprender que las recompensas de la Torre no eran simples prendas que uno podía ponerse sin consecuencias.
Apenas terminó de ajustar la última pieza del conjunto, una ventana azul apareció frente a él.
[Kit de protección de Clemen — Rango B equipado.]
[Sincronizando el equipo con el cuerpo del usuario.]
[La estructura corporal será reajustada para aprovechar correctamente los atributos del conjunto.]
[Advertencia: el proceso puede provocar dolor intenso.]
—¿Dolor intenso? —alcanzó a preguntar Kwon.
Un crujido recorrió su cuerpo.
Sus músculos se contrajeron al mismo tiempo y cayó de rodillas. Los huesos de sus piernas, hombros y espalda comenzaron a reajustarse para soportar su nueva velocidad.
—¡Kugh...!
Intentó quitarse la pechera, pero sus dedos dejaron de responderle.
—No te resistas —le advertí—. Solo vas a empeorarlo.
—¡Podrías haberme avisado antes!
—Lo estás descubriendo ahora.
—¡Eso no es avisar...!
Su espalda se arqueó.
Después cayó inconsciente sobre el suelo.
El proceso no fue tan severo como el que yo había sufrido. El equipo era de rango B y su cuerpo apenas había comenzado a fortalecerse con el sistema.
Aun así, permaneció desmayado durante casi veinte minutos.
Cuando abrió los ojos, se llevó una mano a la cabeza.
—Siento como si alguien hubiera utilizado mi cerebro para golpear una pared.
—Eso explicaría por qué ahora parecés más inteligente.
Kwon me miró con odio.
Intentó levantarse, pero sus piernas reaccionaron con demasiada fuerza y estuvo a punto de golpearse contra la mesa.
Lo sujeté del hombro antes de que cayera.
—Tus movimientos cambiaron —expliqué—. El equipo redujo el peso que sentís al desplazarte y ajustó tus articulaciones. Vas a necesitar un tiempo para acostumbrarte.
—¿Cuánto?
—Depende de tu talento.
—Entonces será rápido.
—Eso todavía está por demostrarse.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono comenzó a sonar.
Atendí.
—¿Sí?
—Señor Cheonro, ya tengo la información que solicitó sobre las cuatro personas —respondió el secretario presidencial—. Le enviaré los expedientes resumidos por mensaje. Los documentos completos están disponibles cuando los necesite.
—Entendido.
Antes de que cortara, recordé algo.
—Señor secretario.
—¿Sí?
—¿Cuál es su nombre?
Al otro lado de la línea se produjo un silencio prolongado.
—¿Mi nombre?
—Llevamos hablando varios días y sigo llamándolo secretario.
—Jang Seongho.
—Entiendo. Gracias, secretario Jang.
Escuché un suspiro contenido.
—A estas alturas, comienzo a sospechar que trabajo más para usted que para el presidente.
—También lo había pensado.
—No era un cumplido, señor Cheonro.
La llamada terminó.
Pocos segundos después, recibí cuatro mensajes.
Kang Mujin
Edad: veintiséis años.
Residencia: Guro, Seúl.
Ocupación: guardia nocturno en un depósito y peleador ocasional en combates clandestinos.
Familia: hermana menor, Kang Sora, diecisiete años.
Situación: sus padres murieron en un accidente. Mujin abandonó sus estudios para cuidar de su hermana. Sora sufrió lesiones en la columna durante el mismo accidente y necesita rehabilitación prolongada. Las deudas médicas continúan acumulándose.
Observaciones: posee antecedentes por peleas, pero ninguna condena. La mayoría de los incidentes ocurrió al defender a su hermana o a compañeros de trabajo.
Han Jiwon
Edad: veintidós años.
Residencia: Bupyeong, Incheon.
Ocupación: estudiante de enfermería y asistente nocturna en un hospital.
Situación: se encuentra suspendida temporalmente de sus prácticas por ignorar órdenes durante un incendio provocado por un despertado. Entró en una zona insegura y consiguió evacuar a tres pacientes.
Observaciones: podría perder su beca y ser expulsada. Ha presentado múltiples solicitudes para trabajar en emergencias relacionadas con despertados.
Seo Doyun
Edad: treinta años.
Residencia: Gwangmyeong.
Ocupación anterior: trabajador de la construcción.
Situación: sufrió un accidente que destruyó parcialmente los tendones de su mano izquierda.
Familia: mantiene económicamente a su madre.
Observaciones: fue arquero competitivo durante su juventud. Abandonó el deporte después del accidente y actualmente está desempleado.
Lee Hejin
Edad: diecinueve años.
Residencia: Daegu.
Ocupación: estudiante becada de ciencias.
Situación: vive con su abuela. Presenta una quemadura antigua en el hombro derecho, producida durante el incendio en el que murieron sus padres.
Observaciones: posible despertada no registrada. Se informaron fallas eléctricas, cambios repentinos de temperatura y daños inexplicables en el laboratorio donde estudiaba. Su beca está siendo revisada después de un accidente reciente.
Leí los expedientes dos veces.
El sistema había cambiado el cronograma, pero ellos seguían siendo esencialmente las mismas personas.
Mujin todavía cargaba con el peso de su hermana.
Jiwon seguía corriendo hacia quienes necesitaban ayuda.
Doyun ya había perdido su arco.
Y Hejin comenzaba a temer el poder que aún no comprendía.
—Voy a salir —le dije a Kwon.
Él continuaba intentando caminar sin tropezarse con sus propias piernas.
—¿A dónde?
—A buscar compañeros.
—¿Más subordinados?
—Posibles compañeros.
—¿También vas a golpearlos hasta que acepten?
—Solo funcionó con vos.
—No funcionó. Todavía estoy considerando traicionarte.
—Cuando consigas caminar en línea recta, podés intentarlo.
Lo dejé adaptándose al equipo y salí del departamento.
Encontré a Kang Mujin en un depósito industrial de Guro.
Era de noche y, según el expediente, su turno terminaba dentro de una hora. Esperé sobre uno de los edificios hasta verlo salir por una puerta lateral.
Era alto y ancho de hombros.
La pequeña cicatriz debajo de su barbilla confirmó su identidad.
Dos hombres lo esperaban junto a una motocicleta.
—Mujin —dijo uno de ellos—. El jefe quiere saber cuándo vas a pagar.
—Ya pagué lo de este mes.
—Eso eran los intereses.
El segundo hombre lo empujó.
Mujin no reaccionó.
—Necesito unos días.
—Tu hermana lleva demasiados años consumiendo dinero.
La expresión de Mujin cambió.
El primer golpe fue tan rápido que el hombre apenas alcanzó a verlo.
Su nariz se rompió.
El segundo intentó sacar un cuchillo, pero Mujin atrapó su muñeca y lo arrojó contra la motocicleta.
No era un peleador refinado.
Utilizaba demasiada fuerza y dejaba espacios abiertos.
Pero cada golpe contenía una violencia difícil de enseñar.
El futuro Caballero Sanguinario ya estaba allí.
Solo necesitaba un campo de batalla.
Bajé del edificio y aterricé entre ellos.
Los dos cobradores me miraron.
—¿Quién demonios sos?
—Alguien que quiere hablar con él.
El hombre del cuchillo intentó atacarme.
Le di un golpe suave en el pecho.
Salió despedido y cayó junto a su compañero.
—Váyanse.
No necesitaron una segunda advertencia.
Mujin me observó con cautela.
—No te pedí ayuda.
—Lo sé.
—¿Entonces qué querés?
—Sé que tu hermana necesita rehabilitación.
Sus ojos se endurecieron.
—No vuelvas a hablar de ella.
—También sé cuánto debés y cuánto tiempo llevás trabajando para pagar tratamientos que apenas producen resultados.
Mujin avanzó hacia mí.
—¿Me investigaste?
—Sí.
No tenía sentido mentir.
—Puedo pagar todas sus deudas. También puedo conseguirle el mejor tratamiento disponible y cubrir sus estudios.
Se detuvo.
—¿A cambio de qué?
—De que entrenes conmigo y consideres entrar a la Torre.
Mujin dejó escapar una risa sin humor.
—Entonces querés comprarme.
—Quiero darte una razón para escucharme.
—Mi hermana no es una moneda.
—Por eso su tratamiento no dependerá de que aceptes.
Saqué una tarjeta con el contacto del secretario Jang y se la extendí.
—La deuda será cancelada de todas formas. Consideralo el precio por esta conversación.
Mujin no tomó la tarjeta.
—Nadie entrega tanto dinero sin querer algo.
—Quiero que seas fuerte.
—¿Por qué yo?
—Tengo una habilidad que me permite identificar potencial.
Era la misma mentira que había utilizado con Seolhwa y Eunbyeol.
Una mentira útil.
—Sos capaz de recibir golpes, continuar avanzando y devolver cada uno con más violencia —continué—. Pero peleás como alguien que espera morir antes de los treinta.
La mandíbula de Mujin se tensó.
—No sabés nada de mí.
—Sé que, si mañana aparece un despertado frente a tu casa, no vas a poder proteger a Sora.
Eso fue suficiente.
Mujin tomó la tarjeta.
—¿Y vos podés darme ese poder?
—Puedo mostrarte dónde conseguirlo.
—¿Y si muero dentro de la Torre?
—Tu hermana seguirá recibiendo tratamiento y dinero suficiente para terminar sus estudios.
Me miró durante un largo rato.
—Quiero verlo por escrito.
—Lo tendrás.
—Y quiero elegir cuándo entro.
—También.
Guardó la tarjeta.
—Entonces escucharé el resto de tu propuesta.
No había aceptado completamente.
Pero Mujin nunca entregaba su lealtad con facilidad.
Eso era precisamente lo que esperaba de él.
Han Jiwon se encontraba en la salida de empleados de un hospital de Incheon.
Llevaba el uniforme de enfermería bajo un abrigo y sostenía una caja con sus pertenencias.
Una mujer mayor salió detrás de ella.
—Jiwon, intenté hablar con el director.
—No se preocupe.
—No debieron suspenderte. Esas personas habrían muerto si no hubieras entrado.
Jiwon sonrió, aunque sus ojos estaban cansados.
—Las reglas dicen que debía esperar a los bomberos.
—Las reglas no siempre tienen razón.
—Pero el hospital necesita culpar a alguien.
La mujer la abrazó antes de regresar al edificio.
Jiwon caminó hacia la parada de autobús.
Me senté junto a ella.
—Han Jiwon.
Se alejó inmediatamente.
—¿Quién es usted?
—Kim Cheonro.
Su expresión cambió.
—¿El primer conquistador?
—Sí.
Miró a su alrededor, buscando cámaras.
—¿Por qué está acá?
—Quiero ofrecerte trabajo.
—Acaban de suspenderme por ignorar órdenes. No soy la mejor empleada.
—Por eso vine.
Frunció el ceño.
—Entraste en un edificio incendiado para sacar pacientes.
—Soy enfermera.
—Todavía sos estudiante.
—Ellos no iban a esperar a que me graduara para dejar de respirar.
Exactamente la respuesta que esperaba.
—Estoy formando un equipo para la Torre.
Jiwon quedó inmóvil.
—No sé pelear.
—No necesito que pelees de frente.
—Entonces, ¿qué quiere de mí?
—Que mantengas vivos a quienes sí lo hagan.
Sus ojos cambiaron ligeramente.
—¿La Torre puede otorgar habilidades de curación?
—Sí.
La respuesta fue honesta.
—No puedo garantizar qué habilidad recibirás —añadí—. Pero tenés afinidad para ese camino.
—¿Su habilidad se lo dijo?
—Algo parecido.
Jiwon observó la caja sobre sus piernas.
—Aunque aceptara, perdería mi carrera.
—Tu beca será restaurada.
—El hospital no va a aceptarme otra vez.
—No volverás a depender de este hospital. El gobierno está creando una división médica para despertados. Podrás continuar tus estudios y trabajar bajo supervisión.
—¿El gobierno sabe que está ofreciendo esto?
—Lo sabrá cuando llame al secretario.
Le entregué otra tarjeta.
Jiwon la tomó, pero no la guardó.
—¿Cuántas personas murieron en el primer piso?
La pregunta me sorprendió.
—Muchas.
—¿Y la persona que entró después de usted?
—También vio morir soldados.
—Entonces no necesita una enfermera.
Me miró directamente.
—Necesita a alguien que esté dispuesto a ver morir personas sin paralizarse.
—Sí.
Jiwon bajó la mirada.
—En el incendio había un hombre al que no pude sacar.
No respondí.
—Escuché cómo me pedía ayuda mientras llevaba a otra paciente —continuó—. Cuando regresé, el techo había caído.
Apretó la tarjeta entre los dedos.
—No quiero volver a escuchar algo así sabiendo que no puedo hacer nada.
—Dentro de la Torre lo escucharás muchas veces.
—Entonces tendré que volverme capaz de responder.
Guardó la tarjeta en su bolsillo.
—Quiero revisar el contrato antes de aceptar.
—Eso es razonable.
—Y no voy a abandonar a un herido porque usted me lo ordene.
—Mientras no condenes a todo el equipo para salvar a una sola persona.
Jiwon no respondió.
Aquello sería un problema en el futuro.
Pero también era la razón por la que llegaría a convertirse en una gran clériga.
Seo Doyun vivía en un pequeño apartamento de Gwangmyeong.
Cuando golpeé la puerta, un hombre delgado abrió con la mano izquierda envuelta en una venda rígida.
—¿Seo Doyun?
—Sí.
—Quiero hablar de su mano.
Intentó cerrar la puerta.
La detuve con dos dedos.
—No vendo tratamientos milagrosos —dije—. Tampoco pertenezco a la empresa que se negó a pagarle.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
—Usted era arquero.
Su mirada se detuvo.
Dentro del apartamento vi un arco guardado en una vitrina.
Estaba cubierto de polvo.
—Fui arquero —corrigió.
—Podría volver a serlo.
Doyun levantó la mano lesionada.
Los dedos apenas podían cerrarse.
—Los médicos dicen lo contrario.
—Los médicos no conocen completamente el sistema.
Me dejó entrar.
Su madre dormía en una habitación cercana, así que hablamos en voz baja.
Sobre la mesa había facturas, medicamentos y cartas de rechazo de la empresa.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Kim Cheonro.
Reconoció el nombre.
—Entonces esto tiene que ver con la Torre.
—Sí.
—¿La Torre puede curarme?
—Puede reconstruir un cuerpo para adaptarlo a nuevas estadísticas y equipos.
No le prometí algo seguro.
—También puede empeorar la lesión o matarte durante la prueba.
Doyun soltó una risa amarga.
—Al menos es honesto.
—Mientras te prepares, el gobierno cubrirá los gastos de tu madre. También tendrás vivienda, salario y rehabilitación.
—¿Y qué quiere a cambio?
Señalé el arco.
—Que vuelvas a utilizarlo.
Doyun miró la vitrina.
—Aunque recuperara la mano, llevo años sin entrenar.
—El cuerpo recuerda.
—¿Cómo puede saberlo?
Porque había visto a Doyun disparar una flecha a través del ojo de un dragón desde más de dos kilómetros de distancia.
—Mi habilidad detecta capacidades que todavía no se han desarrollado —respondí.
Doyun abrió la vitrina.
Sacó el arco con la mano derecha y pasó los dedos sobre la madera.
—Mi madre cree que lo conservo porque quiero volver a competir.
—¿Y no es así?
—Lo conservo porque no tuve valor para tirarlo.
Se quedó observándolo.
—¿Cuándo comenzaría el entrenamiento?
—En cuanto firme.
—¿Puedo retirarme antes de entrar a la Torre?
—Sí.
—¿Y el tratamiento de mi madre?
—Continuará.
Doyun asintió lentamente.
—Entonces acepto entrenar.
No necesitó más tiempo.
Para algunos hombres, devolverles una dirección era más valioso que ofrecerles dinero.
Lee Hejin fue la más difícil de encontrar.
Cuando llegué a Daegu, ya había anochecido.
Vivía con su abuela en una pequeña habitación sobre un comercio cerrado. Antes de acercarme, sentí una vibración irregular en el aire.
Mana.
Débil.
Inestable.
Subí las escaleras y escuché un golpe al otro lado de la puerta.
Después, el sonido de un vidrio rompiéndose.
—¡Hejin! —gritó una anciana—. ¡Alejate!
Abrí la puerta.
La joven estaba en el centro de la habitación.
Tenía el cabello corto y una cicatriz de quemadura que asomaba por su hombro derecho.
A su alrededor flotaban fragmentos de vidrio.
Las lámparas parpadeaban.
El aire se calentaba y enfriaba con cada respiración.
Su abuela estaba acorralada junto a una pared.
—¡No te acerques! —gritó Hejin—. ¡No puedo detenerlo!
Entré.
Los fragmentos de vidrio salieron disparados hacia mí.
Extendí una mano y los detuve utilizando presión física y una pequeña cantidad de energía.
Todos cayeron al suelo.
Hejin me miró aterrada.
—¿Qué hiciste?
—Controlé la dirección del flujo.
Me acerqué lentamente.
—Respirá.
—¡No puedo!
—Sí podés.
Coloqué dos dedos sobre su frente.
—No intentes expulsar la energía. Hacé que gire.
—No sé cómo.
—Imaginá un círculo.
Las lámparas continuaron parpadeando.
—Más lento —indiqué—. La energía sigue el pensamiento antes que el cuerpo.
Hejin cerró los ojos.
El calor disminuyó.
Los objetos dejaron de temblar.
Finalmente, la habitación quedó en silencio.
Sus piernas cedieron.
La sostuve antes de que golpeara el suelo.
—¿Qué me está pasando? —preguntó.
—Despertaste con afinidad mágica.
—Dicen que no existe una estadística de magia en la mayoría de las personas.
—En vos sí.
Su abuela se acercó con cautela.
—¿Puede ayudarla?
—Sí.
Hejin levantó la mirada.
—¿Quién sos?
—Kim Cheonro.
Me reconoció de inmediato.
—¿Viniste a llevarme con el gobierno?
—No.
—No quiero que me encierren.
—No permitiré que lo hagan.
—¿Por qué?
Observé la habitación.
Había libros de física, matemáticas y química apilados junto a la cama. En las paredes colgaban hojas llenas de ecuaciones.
Antes de aprender magia, Hejin ya estaba intentando comprender las reglas del mundo.
Ese era el origen de la futura Maestra Maga.
—Porque sería un desperdicio.
Le expliqué mi propuesta.
Entrenamiento.
Un laboratorio seguro.
Continuidad de sus estudios.
Una casa mejor para su abuela.
Y la oportunidad de aprender a controlar su poder antes de que lastimara a alguien.
Hejin escuchó sin interrumpir.
—¿Tengo que entrar a la Torre?
—No inmediatamente.
—¿Y si nunca quiero entrar?
—Seguirás recibiendo entrenamiento hasta que puedas controlar la energía. Después decidirás.
—Eso parece demasiado generoso.
—Necesito personas capaces.
—También podría ser peligrosa.
—Por eso necesito enseñarte.
Hejin miró a su abuela.
La anciana sostuvo su mano.
—No quiero volver a ponerla en peligro —dijo Hejin.
—Entonces aprendé a controlar lo que tenés.
—¿Vos podés enseñarme magia?
—Puedo enseñarte los fundamentos.
En realidad, mis conocimientos mágicos eran limitados comparados con los que ella alcanzaría algún día.
Pero sabía lo suficiente para guiar sus primeros pasos.
—¿Y después?
—Después probablemente seas vos quien tenga que enseñarme.
Hejin me miró sorprendida.
—¿Lo dice en serio?
—Sí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces acepto.
Regresé a Seúl al día siguiente.
Cuatro personas.
Cuatro futuros distintos.
Un caballero que necesitaba proteger a su hermana.
Una clériga que no soportaba abandonar a los heridos.
Un arquero que había perdido la capacidad de sostener un arco.
Y una maga aterrada por el poder que comenzaba a despertar en su interior.
Cuando entré al departamento, Kwon estaba de pie en medio de la sala.
Ya conseguía moverse con el nuevo equipo sin tropezar.
—¿Los encontraste? —preguntó.
—Sí.
—¿Aceptaron?
—Aceptaron escucharme. Algunos también comenzarán a entrenar.
Kwon sonrió.
—Entonces ya tenemos un equipo.
Negué.
—Tenemos seis personas con problemas.
—¿Seis?
—Me incluyo.
—Eso es bastante consciente de tu parte.
Tomé un palo de entrenamiento.
—Y vos sos el problema más urgente.
La sonrisa de Kwon desapareció.
—Acabás de volver de viajar por medio país.
—No estoy cansado.
—Yo todavía estoy adaptándome.
Le arrojé un cuchillo de madera.
—La Torre no espera a que termines de adaptarte.
Kwon atrapó el arma y adoptó una postura.
Esta vez, cuando atacó, sus pasos no produjeron ningún sonido.