Erika permaneció inmóvil frente al ventanal.
Del otro lado del cristal, su marido seguía abrazando a aquella mujer. Él sonreía mientras le acariciaba el rostro y volvía a besarla, como si nada en el mundo pudiera perturbar aquella felicidad.
Erika sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.
Había imaginado muchas veces cómo sería regresar a su hogar. Había pensado en el momento en que volvería a verlo, en cómo correría hacia él y se aferraría a sus brazos para convencerse de que todo había sido una pesadilla.
Pero jamás había imaginado aquello.
El hombre al que había amado con todo su corazón estaba allí, a pocos metros de ella, entregándole a otra mujer las mismas caricias que alguna vez le había prometido que serían solo suyas.
Y lo peor de todo era que él parecía feliz. Como si hubiera logrado olvidarla, superar su ausencia y continuar con su vida sin mirar atrás.
Erika retrocedió un paso.
Sus labios temblaron, pero no consiguió pronunciar palabra alguna. Quiso llorar, gritar. Quiso entrar en aquella casa y preguntarle cómo había sido capaz de seguir adelante mientras ella ni siquiera sabía qué había ocurrido con su propia vida.
Sin embargo, algo comenzó a cambiar.
El dolor se transformó lentamente en una extraña indiferencia. Sus lágrimas dejaron de caer, su respiración se calmó y su mirada se volvió fría. Por primera vez, ya no sintió el impulso de correr hacia su marido. Algo despertaba en su interior: no era una decisión consciente, sino una reacción a todo lo que acababa de vivir.
Erika permaneció unos segundos más frente a la ventana. Después, bajó lentamente la mirada y se dio la vuelta.
No sintió deseos de llorar ni rabia. Se alejó de la casa sin mirar a tras. Cada paso la apartaba un poco más del hombre que había sido el centro de su mundo. Sus piernas estaban débiles y el cansancio comenzaba a recorrer su cuerpo, pero ya no le importaba.
Los recuerdos seguían allí, pero aquellas imágenes ya no despertaban nada en su interior. Era como si alguien hubiera apagado todas las emociones que alguna vez le habían dado sentido a su vida.
Erika continuó caminando, indiferente al frío, al cansancio y al dolor. No sabía adónde iba, ni tampoco le importaba. Y mientras avanzaba por aquellas calles desiertas, algo dentro de ella continuaba despertando.
En la mansión, Laion sostenía su anillo de plata entre los dedos mientras observaba distraídamente el jardín.
De pronto, dejó de moverse.
Una sensación extraña le recorrió el cuerpo. No era dolor ni sorpresa: era algo mucho más profundo, una energía que reconoció al instante.
Sus ojos azules se iluminaron y una sonrisa lenta apareció en sus labios.
«interesante…» —murmuró
Al otro lado de la habitación, Haniel levantó la cabeza bruscamente. Sus ojos esmeralda se fijaron en la oscuridad que se extendía más allá de los ventanales. Durante un instante, permaneció completamente inmóvil, como si intentara comprender aquello que acababa de atravesarlo.
Él también lo había sentido. La misma energía. El mismo cambio.
Aquello que había permanecido dormido dentro de Erika comenzaba a despertar.
Laion giró la cabeza hacia él.
«Lo has sentido, ¿verdad?»
Haniel tardó unos segundos en responder.
«Sí».
«Entonces, por fin está sucediendo».
La sonrisa de Laion se ensanchó. Había algo divertido en su expresión, una expectación que no se molestaba en ocultar. Haniel, en cambio, no parecía compartir su entusiasmo.
«No te adelantes» —advirtió con voz grave—. «Todavía no sabemos qué consecuencias tendrá».
Laion soltó una risa baja.
«Siempre tan preocupado, Haniel».
«Y tú siempre tan dispuesto a convertirlo todo en un espectáculo».
Laion hizo girar el anillo entre sus dedos.
«Después de tanto tiempo esperando, ¿pretendes que me quede sentado sin disfrutar del momento?»
Haniel no respondió. Volvió a mirar hacia el jardín, aunque sabía que Erika ya no estaba allí.
Podía sentir que algo en ella había cambiado. No era una presencia ajena ni alguien diferente ocupando su lugar. Era Erika, la misma mujer que había despertado confundida y asustada en aquella mansión. Pero una parte de su naturaleza, una parte que había permanecido oculta incluso para ella misma, acababa de abrir los ojos.
Y eso era precisamente lo que inquietaba a Haniel.
Laion inclinó ligeramente la cabeza.
«Esto se va a poner divertido».
Haniel le dirigió una mirada severa.
«Espero que sepas cuándo dejar de bromear».
«¿Bromear?» —repitió Laion, fingiendo sorpresa—. «Querido amigo, yo jamás bromearía con algo tan importante».
Pero su sonrisa decía lo contrario.
Erika continuó caminando por las calles, sin prestar atención a las personas que se cruzaban en su camino.
Sus piernas apenas podían sostenerla. El viento le movió el cabello, pero no se molestó en apartárselo del rostro. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando ni cuánto más podría resistir su cuerpo, pero siguió avanzando hasta llegar a una calle poco transitada, donde apenas llegaba la luz de los faroles.
Dos hombres estaban apoyados contra una pared. Al verla acercarse, intercambiaron una mirada y sonrieron.
Uno de ellos se separó del muro y caminó hacia ella.
«Hola, preciosa. ¿Adónde vas tan solita?»
Erika no respondió ni lo miró. Simplemente, siguió caminando con la intención de pasar de largo.
El segundo hombre soltó una carcajada.
«Hey, te está hablando».
Aquella falta de reacción pareció irritar al primero, que se interpuso en su camino.
«No seas maleducada. Solo queremos hacerte compañía».
Erika intentó esquivarlo, pero el hombre le agarró la muñeca con fuerza.
«Te estoy hablando».
Lentamente, ella bajó la mirada hacia la mano que la sujetaba. Después, levantó los ojos hacia él. No había miedo ni enojo en su expresión, solo un vacío absoluto.
«Suéltame» —dijo con voz serena.
El hombre sonrió con arrogancia.
«¿Y si no quiero?»
Sus dedos apretaron aún más.
Entonces, algo cambió.
Sin alterar la frialdad de su rostro, Erika giró la muñeca y atrapó la mano de su agresor. Con un movimiento seco y preciso, torció la articulación. El sonido del crujido rompió el silencio de la noche.
El hombre gritó de dolor y cayó de rodillas, sujetándose el brazo roto contra el pecho.
«¡Mi muñeca! ¡Maldita!»
Su compañero se quedó paralizado. Erika lo soltó sin prisa; no había sorpresa ni satisfacción.
«¡Estás loca!» —gritó el segundo hombre, abalanzándose sobre ella.
Erika reaccionó con una velocidad desmedida. Esquivó la embestida con un paso lateral y le propinó un golpe certero que lo hizo tambalear y caer al suelo. Cuando el hombre intentó levantarse furioso, ella avanzó y volvió a golpearlo, neutralizándolo por completo.
Permaneció de pie frente a ellos, inexpresiva, limitándose a apartar de su camino lo que consideraba un simple obstáculo.
Tan concentrada estaba en la fría ejecución que no percibió la sombra que avanzaba sigilosamente a sus espaldas.
Haniel había llegado a tiempo para presenciar los últimos movimientos. Sus ojos verdes contemplaron la escena con inquietud. Aprovechando que Erika estaba de espaldas, apretó la mandíbula y acortó la distancia sin hacer el menor ruido.
Levantó la mano y le dio un golpe rápido y preciso en su nuca.
Erika apenas alcanzó a estremecerse. Su mirada se desorientó durante una fracción de segundo antes de que sus piernas cedieran.
Antes de que tocara el suelo, Haniel la sujetó firmemente entre sus brazos.
«Ya es suficiente, Erika» —murmuró, observando su rostro pálido.
Sin dedicar una sola mirada a los dos agresores que gemían de dolor en el suelo, acomodó a
Erika contra su pecho y se alejó en la oscuridad en dirección a la mansión.