El viaje en carreta hacia las colinas estuvo dominado por una tensión silenciosa. Conforme la capital se hundía en el horizonte, Gabriel sintió cómo su antigua vida quedaba congelada.
Cuando cayeron los primeros destellos de la noche, llegaron a la propiedad de los hermanos de Valeria: una extensión de tierra imponente, dominada por cultivos de café, establos de piedra y el sonido rugiente de un río cercano.
—Llegamos —anunció Valeria saltando del carruaje.
De entre las sombras de la casona salieron los dos hermanos mayores de Valeria, hombres robustos de manos encallecidas que miraron a Gabriel como si fuera una plaga no deseada.
—¿Qué es esto, Valeria? —preguntó Mateo, el hermano mayor, ajustándose el cinturón de cuero—. Traes a un citadino raquítico a nuestra casa.
—Traigo un peón que necesita saldar una deuda con la vida —corrigió ella con autoridad—. Y se quedará en el pajar hasta que demuestre de qué está hecho.
Gabriel bajó del carruaje, erguido, sosteniendo la mirada de los dos campesinos sin pestañear. Valeria notó ese detalle: ningún vagabundo real sostendría la mirada con esa frialdad de acero.
Esa misma noche, mientras la tormenta retumbaba sobre el valle, Gabriel sacó un pequeño teléfono satelital oculto en el forro de su abrigo raído. Encendió la pantalla en la oscuridad del pajar. Un mensaje de su secretario ejecutivo brillaba en la penumbra:
«Señor Vance, la junta directiva exige su presencia para la firma de la fusión naviera. Si no aparece en cuatro días, darán la empresa por perdida».
Gabriel miró por la ventana hacia la casa principal, donde una luz tenue iluminaba la figura de Valeria leyendo un libro de botánica junto al fuego. Sonrió, apagó el dispositivo y susurró para sí mismo:
—Que esperen. El negocio más importante de mi vida acaba de empezar.