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Capítulo 67: una fiesta de bienvenida

DNavarrete

Contenido de la publicación

El último documento recibió finalmente el sello imperial. Con un gesto firme y seguro, Aurelian dejó lentamente la pluma sobre el escritorio y estiró los hombros para aliviar la tensión acumulada durante horas.

 

—Listo —dijo con satisfacción.

 

Frente a él, Anna permanecía completamente recostada sobre la mesa, con los brazos extendidos y la frente apoyada en la madera. Su mirada estaba perdida en el vacío, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo hacía ya varios minutos.

 

—¿De... verdad? —preguntó con una voz casi inexistente, como si le costara mucho esfuerzo articular las palabras.

 

El emperador soltó una pequeña risa, divertido ante su estado.

 

—Sí. Terminamos.

 

Aquellas dos palabras bastaron para que, como por arte de magia, Anna levantara lentamente la cabeza. Sus ojos, antes apagados y cansados, comenzaron a recuperar poco a poco su brillo habitual.

 

—¿Ya no quedan más? ¿Ni una sola hoja?

 

—Ninguna.

 

Anna dejó escapar un largo suspiro que pareció salir desde lo más profundo de su pecho, liberando toda la tensión de días.

 

—Pensé que moriría rodeada de papeles, firmas y sellos...

 

Aurelian negó con la cabeza, sonriendo.

 

—Te ayudé con la mitad, así que no tienes por qué quejarte tanto.

 

Al oírlo, Anna se incorporó de inmediato, enderezándose con una expresión tan llena de gratitud que parecía un cachorro que acababa de ser rescatado de una tormenta. Sus ojos se agrandaron y brillaron con una luz nueva.

 

—Majestad... muchísimas gracias. De verdad, no sé cómo se lo voy a agradecer.

 

El emperador no pudo evitar reír con más ganas.

 

—No me mires así, que terminaré creyendo que acabo de adoptar otra hija más.

 

Anna sonrió con timidez, bajando un poco la mirada.

 

—Es que... odio los trámites, las reglas y los formularios con toda mi alma. Eso quedó bastante claro, ¿verdad?

 

—Más que claro —respondió él con calma.

 

Luego, Aurelian tomó un gran mapa desplegable del Imperio Valtheris y lo extendió con cuidado sobre la mesa, fijándolo en las esquinas para que no se enrollara. Anna se acercó con curiosidad, apoyando las manos en el borde para observar.

 

Sobre la extensión de tierras dibujada, su antiguo hogar apenas aparecía como un punto diminuto: una pequeña propiedad noble, marcada solo con el nombre de la finca y nada más. Una simple mansión rodeada de campos y bosques, sin ninguna otra distinción oficial.

 

El emperador señaló aquel punto con el dedo.

 

—Hasta hoy, esto era todo lo que figuraba en los registros del Imperio. Solo una finca privada.

 

Anna guardó silencio mientras lo miraba. Recordaba cada rincón de aquel lugar: las paredes de la vieja residencia construida por sus padres, los pasillos vacíos y fríos donde había pasado años de exilio, y también el mismo suelo donde había decidido cambiar su destino para siempre.

 

Aurelian tomó entonces un pequeño sello de cera con el escudo imperial, lo acercó a la vela hasta que se calentó y lo presionó con firmeza justo sobre aquel punto del mapa. Al retirarlo, quedó impreso el símbolo oficial que confirmaba su estatus.

 

—Desde ahora —dijo con voz solemne—, dejará de ser una finca. Queda reconocida oficialmente como una ciudad independiente, bajo la administración y jurisdicción de Lady Anna D’Valrienne.

 

Anna observó la marca recién puesta sin decir una palabra. Le costaba asimilarlo del todo. Aquel lugar que durante tanto tiempo solo había sido recordado como el sitio donde había sido desterrada la tirana, ahora pasaría a figurar en todos los mapas del continente como una ciudad propia. Su ciudad.

 

—En los próximos días enviaremos comunicados oficiales a todas las provincias del Imperio, así como a los reinos y naciones con los que mantenemos relaciones —añadió el emperador—. Tendrán que actualizar sus registros y mapas, porque hoy nace una nueva entidad política.

 

—El nombre permanecerá igual —comentó después.

 

Anna levantó la vista, con una expresión tranquila pero satisfecha.

 

—La Rosa Blanca ya es un símbolo que la gente conoce y respeta. No tendría sentido cambiarlo ahora.

 

Sonrió, pero antes de que pudiera añadir nada más, Aurelian esbozó una sonrisa que tenía algo de traviesa, demasiado sospechosa para ser buena noticia.

 

—Además... ya recibí el informe detallado sobre cierta obra que se levantó en la plaza principal.

 

Anna se quedó completamente inmóvil. Sintió que su corazón se detenía un instante.

 

—...

 

—Una enorme estatua, dicen. Cinco veces más alta que tú, tallada en piedra blanca y mármol, sosteniendo en una mano una rosa blanca con todo detalle.

 

Anna cerró lentamente los ojos, como si estuviera suplicando que la tierra se la tragara en ese momento.

 

—Majestad... por favor...

 

—Y los informes dicen que quedó realmente imponente y muy bonita.

 

Anna comenzó a golpearle suavemente los antebrazos con las manos, sin fuerza pero con mucha vergüenza.

 

—No se burle de mí...

 

—Pero si es un gran honor, algo que pocos reciben en vida.

 

—¡Yo no pedí ninguna estatua! ¡No quería que me hicieran algo así!

 

—Demian me escribió explicándome todo. Incluso que construyeron una plaza entera a su alrededor para que todos puedan verla.

 

—¡Él tuvo la culpa! ¡Fue su idea!

 

Aurelian ya no podía contenerse más y soltó una carcajada abierta, viendo cómo la joven noble se sonrojaba hasta las orejas y seguía golpeándolo con torpeza.

 

—Y también me comentó que se formó una unidad militar especial que lleva tu emblema en el pecho: la Unidad de la Rosa Blanca.

 

—¡Deje de recordármelo, por favor!

 

Los pequeños golpes continuaban mientras Anna inflaba las mejillas en un evidente puchero, olvidándose por completo de las formalidades.

 

En ese momento, la puerta del despacho se abrió con suavidad.

 

Una joven de porte elegante y sereno ingresó tranquilamente. Vestía una armadura de acero pulido con detalles dorados y adornos en tonos azul oscuro, combinada con una capa larga que caía con gracia hasta el suelo. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido con pulcritud, y unos finos lentes enmarcaban sus ojos de un azul grisáceo que transmitían inteligencia, calma y autoridad. Era Lyssandra Valtheris, Comandante Suprema del Ejército Imperial y la hija mayor del emperador.

 

Al cruzar el umbral y ver la escena que se desarrollaba frente a ella, se detuvo en seco y quedó completamente inmóvil.

 

Allí, en medio del despacho oficial, la temida y respetada Lady Anna D’Valrienne estaba golpeando con ambas manos al propio emperador, mientras inflaba las mejillas como una niña enfadada y avergonzada. Aurelian, por su parte, intentaba en vano contener la risa.

 

Lyssandra parpadeó una vez, luego otra, y al final no pudo evitar que una sonrisa divertida se dibujara en sus labios.

 

—Padre... —llamó con voz tranquila pero cargada de humor.

 

Ambos levantaron la vista de golpe.

 

Anna se quedó congelada en la misma postura, con las manos en el aire y la expresión congelada en una mezcla de sorpresa y pánico. Todo el color desapareció de su rostro de golpe.

 

Lyssandra llevó una mano a la boca para ocultar una pequeña risa que no podía contenerse.

 

—Si siguen así en público, pronto terminaremos pensando que Lady Anna no es más que otra hija de esta familia —comentó con calma, acercándose un poco más—. Aunque, siendo sincera... cada día que pasa, parece más una hermana menor que una noble extranjera.

 

Anna sintió que quería desaparecer bajo el suelo en ese mismo instante.

 

—...

 

—¿Podemos... por favor fingir que usted no vio nada de esto? —preguntó con voz casi inaudible, rogando con la mirada.

 

Lyssandra soltó una pequeña carcajada suave, negando con la cabeza.

 

—Lo siento mucho. Pero llegué demasiado tarde para eso. Ya lo vi todo y no puedo borrarlo de mi memoria.

 

Lyssandra todavía conservaba una leve sonrisa en los labios, recordando la escena tan inusual que acababa de presenciar.

 

Anna, completamente avergonzada, terminó por apartarse unos pasos del emperador, cruzó los brazos sobre el pecho y miró hacia un rincón de la habitación como si quisiera desaparecer.

 

—Por favor... no vuelvan a mencionar esa estatua ni la plaza ni nada de eso —murmuró con voz baja, con un tono que mezclaba vergüenza y advertencia.

 

Aurelian soltó una pequeña risa y levantó las manos en señal de rendición.

 

—Lo intentaré, te lo prometo.

 

Lyssandra negó con la cabeza, todavía divertida, pero poco a poco su expresión se fue volviendo más seria y profesional, recuperando el porte de quien ocupa uno de los cargos más altos del Imperio.

 

—Lamentablemente, tendré que interrumpir este momento familiar —dijo con calma—. Traigo un aviso importante que debemos revisar.

 

Anna levantó la vista al instante, olvidando por un momento su propia vergüenza.

 

—¿Ocurre algo malo?

 

—No, nada que no estemos esperando —respondió la princesa con tranquilidad—. Pero acaba de confirmarse oficialmente el itinerario de llegada del resto de los nuevos estudiantes que ingresarán este año a la Academia.

 

Se acercó al escritorio y abrió la pequeña carpeta que llevaba consigo, mostrando las hojas con los datos ordenados.

 

—Lady Maelys ya se encuentra en la capital, como sabemos. Sin embargo, mañana llegarán otros cinco estudiantes más.

 

Anna prestó toda su atención, inclinándose un poco hacia adelante.

 

—Los dos representantes enanos expertos en ingeniería, la estudiante lamia con conocimientos de medicina antigua, el joven hombre bestia especializado en herrería y estrategia, y uno de los representantes ogros interesado en la construcción y defensa de fortificaciones —fue leyendo Lyssandra en voz alta.

 

Anna asintió lentamente, asimilando cada nombre y perfil.

 

—Entonces tendré la oportunidad de conocerlos personalmente antes de que den comienzo las clases —comentó con satisfacción.

 

—Exactamente —confirmó la princesa—. Y los tres estudiantes restantes llegarán al día siguiente, completando el grupo de diez.

 

Anna sonrió con más calma.

 

—Será una buena oportunidad para que empiecen a relacionarse entre ellos y con el entorno antes de enfrentarse a las clases y a las miradas de los demás estudiantes.

 

Lyssandra cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa, pero antes de apartarse añadió con naturalidad:

 

—Y además, todos ellos asistirán a la celebración del cumpleaños de mi madre.

 

Anna parpadeó, como si no hubiera entendido bien lo que acababa de escuchar.

 

—¿Cómo dices?

 

—Que los seis que llegarán en estos dos días están invitados oficialmente a la fiesta —repitió Lyssandra.

 

Hubo unos segundos de silencio en la sala. Anna miró alternativamente a la princesa y al emperador, con una expresión de duda.

 

—Esperen un momento... ¿van a asistir directamente a la fiesta de cumpleaños de Su Majestad la Emperatriz?

 

—Así es —respondió Aurelian con total tranquilidad, como si fuera la cosa más normal del mundo.

 

Anna frunció ligeramente el ceño, analizando la situación.

 

—¿No es... un poco arriesgado? —preguntó con sinceridad—. A esa celebración asistirán prácticamente todos los nobles más importantes del Imperio, además de embajadores y representantes de otras naciones. Es el lugar donde más miradas y juicios recaerán sobre ellos.

 

El emperador iba a empezar a explicar su punto de vista, pero en ese momento la puerta se abrió de nuevo y entró Seleneia, caminando con su elegancia habitual y una sonrisa serena en el rostro.

 

—La idea fue mía —dijo nada más cruzar el umbral, como si hubiera escuchado la última parte de la conversación.

 

Anna volvió la vista hacia ella, sorprendida.

 

—¿Suya, Majestad?

 

La emperatriz asintió con firmeza mientras se acercaba a la mesa.

 

—Precisamente porque es mi cumpleaños y todos estarán allí.

 

Anna no terminaba de comprender la lógica, así que esperó en silencio a que continuara.

 

—La mayoría de los nobles y altos funcionarios estarán demasiado ocupados intentando llamar mi atención, presentar sus respetos o impresionarme con sus halagos y regalos —explicó Seleneia, y en sus labios apareció una pequeña sonrisa traviesa—. Créeme, cuando tienen la mirada puesta en agradar a la emperatriz, no les queda demasiado tiempo ni ganas de fijarse en los demás o de empezar discusiones.

 

Aurelian soltó una risa suave, asintiendo con admiración.

 

—Es una estrategia sorprendentemente sencilla y muy efectiva, hay que reconocerlo.

 

Seleneia siguió hablando, y su expresión se tornó más seria y decidida.

 

—Pero además de eso, quiero que estos jóvenes entiendan una cosa desde el primer día que pisen esta ciudad.

 

Se detuvo un instante, y sus ojos se fijaron directamente en los de Anna.

 

—Que son invitados oficiales del Palacio Imperial. Y mientras estén bajo nuestro techo, nadie tiene derecho a mirarlos por encima del hombro, a tratarlos con desdén o a considerarlos ciudadanos de segunda categoría.

 

El despacho quedó en silencio por unos segundos. Las palabras de la emperatriz eran claras y contundentes, sin dejar lugar a dudas.

 

Anna terminó sonriendo, entendiendo por fin el verdadero sentido de aquella decisión.

 

—Ahora lo comprendo perfectamente —dijo con gratitud.

 

Seleneia correspondió su sonrisa con calma.

 

—No puedo cambiar la mentalidad de todos los nobles de un día para otro, ni borrar de golpe siglos de prejuicios —reconoció con honestidad—, pero sí puedo dejarles muy claro cuál es la postura de esta familia y de este Imperio. Y eso vale más que cualquier discurso.

 

Anna inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto y agradecimiento.

 

—Muchas gracias. Estoy segura de que cuando ellos lo sepan, también lo agradecerán de corazón.

 

Seleneia negó con suavidad y se acercó hasta la ventana, mirando hacia la ciudad que se extendía más allá de los muros del palacio.

 

—No me des las gracias a mí —dijo en voz baja pero firme—. A quien debemos agradecer es a ti. Si no hubieras demostrado con hechos que personas de razas distintas pueden convivir bajo las mismas leyes, trabajar juntas y construir algo próspero, jamás nos habríamos atrevido a dar este paso.

 

Anna permaneció en silencio unos segundos, sintiendo un nudo en la garganta. Todavía le costaba aceptar que todo lo que había comenzado como un intento de reparar sus errores en una pequeña finca olvidada, ahora estuviera cambiando incluso las decisiones y las formas de actuar de la propia familia imperial.

 

Y sin que nadie lo supiera en ese momento, aquella fiesta de cumpleaños se convertiría en el escenario donde se vería por primera vez ante todos los presentes el nuevo rumbo que tomaría el continente. Un evento que sería recordado durante años como el inicio de una época distinta.

 

—Dia siguiente, patio de la academia imperial—

 

El amplio patio interior de la Academia Imperial permanecía inusualmente silencioso. Las vacaciones aún no terminaban, y la mayoría de los estudiantes seguían en sus hogares o recorriendo las ciudades del Imperio. Los jardines estaban impecablemente cuidados, el agua de las fuentes caía con un murmullo suave y el enorme edificio de piedra gris parecía descansar en calma, como si tomara fuerzas antes de recibir nuevamente a cientos de alumnos.

 

Precisamente por eso Anna había elegido aquel lugar para el primer encuentro.

 

—Qué raro se siente así, sin gritos ni carreras —comentó mientras recorría con la mirada la extensión del patio vacío.

 

—Aproveche la tranquilidad mientras pueda —respondió Eliana con una sonrisa divertida—. Dentro de tres días este lugar parecerá un mercado lleno de energía.

 

Garoum soltó una risa grave.

 

—Y seguramente también de problemas, como cada año.

 

—Sin duda —asintió Lyra, cruzándose de brazos—. Es la costumbre de esta casa.

 

Aquella mañana también había llegado Marien desde las tierras de los D’Valrienne para ayudar con los preparativos, pero la presencia que más llamaba la atención era otra.

 

Lysandra Solis permanecía de pie junto al grupo, observando con calma la fachada de la Academia, con su porte sereno y su armadura reflejando la luz del sol.

 

Anna la miró de reojo, con una media sonrisa.

 

—Todavía puede decir que no, ya sabe. No la obligo a quedarse.

 

La heroína volvió la vista hacia ella y sonrió con suavidad.

 

—Ya es demasiado tarde para eso. Además, usted insistió bastante para que la acompañara.

 

Anna abrió mucho los ojos, indignada.

 

—¡Yo no insistí! Solo le dije que si íbamos en la misma dirección podía venir conmigo. Fue una invitación normal.

 

—Una invitación muy insistente —replicó Lysandra, ladeando ligeramente la cabeza con tono de broma.

 

—¡No lo fue!

 

Eliana no pudo contenerse y soltó una carcajada.

 

—Lady Anna, lo siento, pero ya perdió esa discusión. Todos escuchamos cómo se lo pedía.

 

Anna infló ligeramente las mejillas, cruzando los brazos.

 

—Todos se ponen de su lado… injusto.

 

Antes de que pudiera seguir protestando, las grandes puertas de madera y hierro del edificio principal se abrieron lentamente. Del interior, iluminado por la luz de los ventanales altos, apareció el Director Cassien, un hombre de edad avanzada con barba canosa y mirada aguda, guiando a cinco jóvenes que caminaban tras él.

 

Al acercarse y ver al grupo, arqueó ligeramente una ceja, sorprendido.

 

—Vaya… no esperaba encontrar a la Heroína de la Iglesia de la Luminaria Eterna en mi propio patio.

 

Lysandra hizo una pequeña reverencia respetuosa.

 

—Solo acompaño a Lady Anna, Director. Nada más —añadió con una sonrisa—. Aunque, como ella dice, prácticamente me obligó a venir.

 

—¡Eso tampoco pasó! —exclamó Anna al instante.

 

Cassien soltó una risa discreta y amable.

 

—Parece que ya se llevan lo suficientemente bien como para discutir por tonterías. Esa es buena señal.

 

Anna solo suspiró y negó con la cabeza, aceptando la derrota.

 

El director se apartó entonces a un lado, señalando a los cinco jóvenes que esperaban con atención.

 

—Permítanme hacer las presentaciones oficiales.

 

Miró primero a Anna.

 

—Ella es Lady Anna D’Valrienne, responsable del nuevo programa de integración y quien actuará como representante y guía de todos ustedes dentro de la Academia. Cualquier duda o dificultad que tengan, pueden acudir a ella con total confianza.

 

Los cinco dirigieron inmediatamente su atención hacia ella, cada uno mostrando su propia reacción.

 

El primero en dar un paso al frente fue Durgan Ironhammer. De complexión robusta y compacta, con hombros anchos y piernas cortas pero sólidas, medía 1,32 metros. Tenía el cabello negro corto y una barba bien recortada, rasgos marcados y una expresión seria y reservada, típica de quien prefiere observar antes de hablar. Vestía el uniforme de la Academia, con guantes de cuero grueso que no se había quitado ni para presentarse, y una bolsa de herramientas colgada a la cintura.

 

—Soy Durgan —dijo con voz grave y firme, sin rodeos—. Hijo de maestros herreros y canteros de las montañas del norte. Vengo para aprender a construir mejor y a proteger lo que se levanta.

 

Inmediatamente detrás de él, con más energía, se colocó Brynja, su hermana menor. Medía 1,28 metros, con una figura redondeada y llena de vida, el cabello rojo fuego recogido en largas trenzas que le caían sobre los hombros, y unos ojos dorados brillantes llenos de curiosidad. No podía estar quieta, movía los pies levemente y miraba a su alrededor como si quisiera ver cada rincón del patio al instante.

 

—¡Y yo soy Brynja! —dijo con voz alegre y clara, sin la menor timidez—. Hermana de este gruñón. Vengo para aprender todo sobre forja, metales y magia de la tierra. ¡Pienso crear las mejores armas y herramientas que jamás hayan visto!

 

Durgan le dio un suave codazo en el costado, frunciendo el ceño.

 

—No hables tanto, Brynja. Se ve mal.

 

—¡Solo digo la verdad! —respondió ella, devolviéndole el codazo con más fuerza, aunque sin malicia.

 

Anna sonrió, reconociendo la dinámica típica entre hermanos.

 

A su lado se encontraba Grokhar Ironblade, el ogro. Era el más imponente de todos, con sus 2,48 metros de altura, piel grisácea resistente, cuernos cortos pero firmes en la frente y una constitución que parecía capaz de cargar una roca entera sin esfuerzo. Sin embargo, su expresión era tranquila y algo tímida, y sus grandes manos permanecían juntas delante de su cuerpo con cuidado de no golpear nada.

 

—Yo soy Grokhar —dijo con voz profunda y un poco fuerte, más de lo que quería, haciendo que las hojas de los arbustos cercanos se movieran levemente—. ¡Perdón! No quería gritar… —se apresuró a añadir, bajando el tono con esfuerzo—. Vengo de las tribus del norte. Quiero aprender a usar mi fuerza para construir, no solo para pelear. Y ser un buen ejemplo para los míos.

 

A pesar de su tamaño, se notaba que tenía un carácter amable y sencillo, solo le costaba controlar el volumen de su voz.

 

Más al fondo, con una postura elegante pero tensa, estaba Seraphina Ophidia, la joven lamia. Tenía el cabello negro largo y liso, rasgos delicados y ojos dorados que observaban todo con cautela. Su parte inferior era una cola larga cubierta de escamas blancas nacaradas que brillaban con la luz, moviéndose suavemente de un lado a otro como si buscara equilibrio o seguridad. Sus manos estaban entrelazadas delante de ella, y se notaba claramente que estaba nerviosa, con la respiración un poco más rápida de lo normal.

 

—Soy Seraphina —murmuró con voz suave y baja, casi un susurro—. Vengo de las zonas montañosas del norte… espero aprender mucho y no causar problemas a nadie.

 

Anna dio un paso adelante con una sonrisa cálida y tranquila, sin hacer movimientos bruscos que pudieran asustarla.

 

—No tienes nada de qué preocuparte, Seraphina. Aquí nadie te juzgará por lo que eres, solo por lo que haces. Puedes estar tranquila, nadie te hará daño ni te obligará a hacer nada que no quieras.

 

La lamia levantó lentamente la mirada, y al ver la sinceridad en los ojos de Anna, relajó un poco los hombros y asintió con una pequeña sonrisa de alivio.

 

El último en presentarse era Rhaegar Wolfclaw, el hombre bestia de linaje lobo. Medía 2,18 metros, con un cuerpo musculoso y ágil, pelaje gris oscuro y plateado, orejas puntiagudas atentas y ojos amarillos intensos que transmitían serenidad y agudeza. Vestía con orden, pero su postura era relajada y natural, como si estuviera acostumbrado a moverse con libertad.

 

—Soy Rhaegar —dijo con voz grave pero tranquila, hablando lo justo y necesario—. Vengo de las manadas del norte. Quiero aprender estrategia, control y cómo proteger a quienes no pueden defenderse solos.

 

Antes de que pudiera añadir nada más, una voz llena de emoción rompió el silencio.

 

—¡¡¡Rhaegar!!!

 

Maelys, que había estado esperando en un lado, salió corriendo como una flecha a través del patio. El gran lobo apenas tuvo tiempo de mover las orejas antes de que la joven demonio se lanzara sobre él, abrazándole con todas sus fuerzas a la cintura.

 

—¡De verdad viniste! ¡No me lo creía hasta que te vi!

 

Rhaegar se quedó inmóvil un instante, pero luego su gran cola comenzó a moverse de un lado a otro casi por reflejo, golpeando suavemente el suelo. Bajó una mano y la posó con suavidad sobre la cabeza de ella.

 

—Maelys… yo tampoco esperaba verte aquí. Pensé que llegarías más tarde.

 

—¡Yo tampoco sabía que aceptarías venir a la Academia! —respondió ella sin soltarlo, con una sonrisa inmensa—. Creía que dirías que es demasiado ruidoso o que prefieres estar en el bosque.

 

Rhaegar soltó una risa suave y profunda.

 

—Podría decir exactamente lo mismo de ti.

 

Miró a su alrededor, buscando con la mirada.

 

—Pensé que serías la única demonio que aceptaría venir a la Academia.

 

Maelys sonrio ampliamente, soltándolo al fin pero sin alejarse mucho.

 

—¡no! Mi primo también viene. Llegará en dos días.

 

Las orejas de Rhaegar se levantaron un poco más, mostrando auténtica sorpresa.

 

—¿Zareth aceptó venir? —preguntó, con una expresión que no esperaba aquello en absoluto—. Eso sí que no me lo esperaba.

 

Maelys soltó una risa alegre.

 

—¡Yo tampoco! Todavía estoy pensando que alguien lo amenazó, o que se durmió en el carruaje y no se dio cuenta de a dónde iba hasta llegar a la puerta.

 

Incluso Anna no pudo evitar reír al imaginar aquella escena.

 

Mientras tanto, Lysandra observaba todo en silencio, con una mirada reflexiva.

 

Allí, frente a ella, tenía a cinco jóvenes de razas que durante siglos se habían visto como enemigas, como seres incompatibles o peligrosos. Y, sin embargo, en ese momento, una demonio abrazaba con total confianza a un hombre lobo, los dos enanos discutían como cualquier par de hermanos, el ogro sonreía torpemente sin saber qué hacer con las manos y la lamia ya había dejado de estar tan tensa.

 

Aquella imagen decía mucho más que cualquier informe, cualquier leyenda o cualquier enseñanza que hubiera leído en los libros de la Iglesia.

 

Era la prueba de que, al final, lo que importaba no era el origen, sino el corazón y la voluntad de convivir.

Thoughts

  • OsvaldoFierro

    En esa fiesta alguien va a mirar por encima del hombro igual, por mucho que lo diga Seleneia. Yo le tengo el ojo puesto a Seraphina, es la que más nerviosa llegó al patio.

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