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Capítulo 63: un futuro incierto

DNavarrete

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El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte, tiñendo de tonos dorados y anaranjados los extensos campos verdes que se extendían alrededor de la finca de Anna. La brisa de la mañana traía consigo el olor a hierba fresca y tierra húmeda, creando una atmósfera tranquila, aunque en el patio principal la actividad era constante y ordenada.

 

Varios carruajes ya estaban alineados, listos para partir. Soldados de distintas razas revisaban las correas, aseguraban las cajas y organizaban las provisiones para un viaje que duraría varios días. Uno de los vehículos destacaba por su estructura reforzada con vigas de madera resistente y hierro, diseñado para proteger su contenido. En su interior, envueltas en telas suaves y colocadas sobre paja, descansaban con mucho cuidado las piedras extraídas de las nuevas minas descubiertas en el territorio de Anna. Una parte sería llevada a la ciudad de los gobernantes para su evaluación oficial, y el resto continuaría hasta la capital imperial, donde Lady Anna quería que fueran analizadas por los mejores especialistas de la Academia.

 

En medio de la actividad de preparación para el viaje, se alzaba la figura de Lythariel Aelthir, la líder de la comunidad élfica.

 

Era una elfa de presencia imponente y belleza serena, con más de trescientos años de vida que se reflejaban en cada gesto y en la profundidad de su mirada. Medía 1,75 metros, con una figura esbelta y elegante, digna de su condición de guía y representante de su pueblo. Su cabello, largo y brillante como la luz de la luna recién nacida, caía en ondas sueltas hasta la cintura, adornado con una delicada diadema de filigrana dorada incrustada con esmeraldas verdes que resaltaban sus rasgos finos y pálidos. Sus ojos, de un color dorado cálido y profundo, podían mostrar una calma absoluta, una profunda reflexión o una firmeza implacable cuando la situación lo exigía.

 

Vestía una túnica ceremonial de tono marfil y blanco puro, bordada con intrincados símbolos antiguos en hilo dorado que representaban su vínculo con la naturaleza y su autoridad. Sobre ella llevaba un manto de terciopelo verde oscuro, sujeto a los hombros con broches de piedras preciosas. En su mano derecha sostenía un bastón ceremonial tallado en madera antigua y espiritual, rematado en su parte superior por una gran gema verde luminosa, símbolo de su poder y de su rol como guardiana de su gente.

 

Su personalidad era la de alguien que había aprendido a sobrevivir a guerras, migraciones y traiciones: serena, paciente y profundamente inteligente, siempre dispuesta a anteponer el bienestar de su pueblo por encima de sus propios sentimientos o rencores. Aunque guardaba en su interior el dolor por la pérdida de su esposo, había elegido dejar atrás el odio para buscar un futuro de convivencia y paz.

 

Junto a ella, Lady Altheria observaba toda la preparación con satisfacción. Cuando se acercó, le entregó un sobre cuidadosamente sellado con cera roja y el emblema de la Rosa Blanca.

 

—Entrégaselo personalmente a Lord Demian y a Lady Selene —le indicó con voz amable pero firme—. Contiene todos los informes necesarios sobre nuestra situación y nuestras propuestas.

 

Lythariel recibió la carta con ambas manos, con la misma dignidad que la caracterizaba.

 

—Así lo haré.

 

Altheria sonrió con calidez, dejando ver en su mirada recuerdos de tiempos pasados.

 

—Hace muchos años también cuidé de ellos, igual que después cuidé de Anna. Sé que, aunque el camino ha cambiado, siguen siendo personas de palabra.

 

Lythariel inclinó levemente la cabeza.

 

—Lo sé. Lady Anna me habló mucho de usted y de lo que han construido aquí.

 

—Entonces seguro que exageró un poco —respondió Altheria con una pequeña risa—. Pero el fondo es verdad.

 

Ambas intercambiaron una última mirada llena de confianza antes de despedirse.

 

Pocos minutos después, el carruaje principal abandonó lentamente la finca. En su interior viajaba Lythariel, acomodada con elegancia. Frente a ella permanecía sentado su guardia personal: Eryndor Vaelis, un elfo de cabello castaño oscuro y ojos verdes, de expresión siempre serena y atenta. Desde que su hija Sylwen había partido hacia la Academia, él había asumido la responsabilidad de protegerla.

 

Alrededor del vehículo avanzaba una escolta variada y bien preparada: cinco soldados elfos ágiles y silenciosos, dos guerreros orcos de complexión fuerte, dos hombres bestias con sentidos agudizados y un maestro artesano enano que no dejaba de mirar a todos lados con curiosidad.

 

—Dicen que esa ciudad ha cambiado mucho —comentó el enano mientras acomodaba su mochila llena de herramientas—. Tengo ganas de ver qué materiales usan ahora.

 

Uno de los orcos soltó una carcajada profunda.

 

—Yo solo espero que tengan buena comida y cerveza. Si eso ha mejorado, todo lo demás da igual.

 

Las risas se extendieron por el grupo, mientras el camino se abría ante ellos.

 

El resto del grupo se unió a las risas, y continuaron avanzando entre conversaciones relajadas, comentando el clima, el camino y las historias que habían escuchado sobre aquellas tierras.

 

Dentro del carruaje, en cambio, reinaba un silencio más suave. Lythariel permanecía inmóvil, mirando el paisaje que pasaba por la ventana: los campos que se extendían hasta las colinas, los bosques al fondo y el cielo despejado que parecía acompañarlos en todo momento. Parecía distraída, con la mirada perdida, como si estuviera recorriendo caminos que no estaban en el mapa.

 

Eryndor la observó en silencio durante unos segundos, sin interrumpirla, hasta que decidió hablar con voz baja y respetuosa.

 

—¿Está nerviosa?

 

Lythariel parpadeó, volviendo su atención al interior del vehículo, y sonrió con cierta timidez.

 

—Mucho —admitió sin ocultarlo.

 

El guarda personal asintió lentamente, comprendiendo perfectamente su estado.

 

—Es comprensible. Volver a un lugar que guarda recuerdos tan antiguos siempre genera esa sensación.

 

Ella volvió a desviar la mirada hacia el camino que se abría ante ellos.

 

—La última vez que estuve allí… —comenzó a decir, y su voz perdió un poco de fuerza, como si las palabras le costaran salir— fue hace muchos años. Todavía llevaba la pena reciente y viajé hasta allí buscando respuestas sobre la desaparición de mi esposo.

 

Guardó silencio unos instantes, tragando suavemente, mientras en su mente aparecían imágenes de aquel entonces.

 

—Y me marché sin encontrar nada de lo que buscaba.

 

Esos recuerdos seguían siendo dolorosos, aunque ya no le dolían con la misma intensidad que antes. Recordaba las puertas cerradas ante sus preguntas, las negativas secas, las miradas desconfiadas que la veían como una extraña que no tenía derecho a indagar en asuntos que no le correspondían. Aquella ciudad, en ese momento, no había sido especialmente amable con ella.

 

—Es normal que esos recuerdos regresen ahora que nos acercamos —dijo Eryndor con suavidad, sin presionarla—. Pero también es cierto que el tiempo cambia muchas cosas.

 

Lythariel asintió, y poco a poco su expresión se relajó hasta que apareció una sonrisa leve en sus labios.

 

—Aunque no todo fue malo —añadió con un tono más cálido.

 

El elfo levantó una ceja con curiosidad, sin dejar de mantener su postura atenta.

 

—¿No?

 

Ella negó con suavidad, y su mirada volvió a perderse en el paisaje, como si estuviera viendo algo más que árboles y campos.

 

—Hubo alguien que dejó una impresión muy distinta a todo lo demás. Un joven noble que apenas comenzaba a ocupar cargos importantes. Era sorprendentemente joven, sí, pero hablaba con una madurez que parecía tener décadas de experiencia gobernando.

 

—Nos recibió con mucho respeto, sin importarle que yo fuera de otra raza o que llegara pidiendo explicaciones —continuó ella con voz suave—. No pudo darme las respuestas exactas que buscaba, porque tampoco él tenía acceso a toda la información en ese momento… pero hizo todo lo que estaba en su mano para ayudarnos, para guiarnos y tratarnos con dignidad.

 

Una sonrisa más definida apareció en su rostro, cargada de un recuerdo que ya no era doloroso, sino casi nostálgico.

 

—Recuerdo que, en ese momento, me quedé pensando:

 

 “Si algún día ese muchacho llega a gobernar estas tierras, todo este lugar cambiará para bien”.

 

El carruaje continuó avanzando con suavidad, y el viento movía las cortinas de la ventana con un murmullo tranquilo.

 

—Y ahora… —murmuró Lythariel para sí misma, casi en un susurro— ese mismo joven es quien lleva las riendas de la ciudad. Quien toma las decisiones y quien, según dicen, ha transformado todo el territorio.

 

Guardó silencio unos segundos más, sintiendo cómo el corazón le latía un poco más rápido ante la proximidad de su destino.

 

—Me pregunto cuánto habrá cambiado… cuánto habrá cambiado todo.

 

Sin saberlo, en ese mismo instante y en algún lugar del otro extremo del camino, en el interior del castillo, había alguien que también miraba hacia el horizonte y se hacía exactamente la misma pregunta sobre ella.

 

Muy lejos de allí, en el corazón de la capital imperial.

 

La gran sala del Consejo se alzaba como el centro mismo del poder, con sus altos techos abovedados sostenidos por columnas de mármol blanco y vetas doradas que brillaban bajo la luz. Los primeros rayos del sol de la mañana atravesaban los enormes ventanales de vidrio emplomado, dibujando largas franjas doradas sobre el suelo de madera pulida y sobre la inmensa mesa central, donde reposaban mapas desplegados, sellos de cera y montones de informes procedentes de cada rincón del Imperio.

 

En la cabecera de la mesa, sentado en un sillón de roble tallado con símbolos antiguos, se encontraba Aurelian Valtheris I, Emperador del Imperio Valtheris. Su presencia imponía respeto sin necesidad de palabras: un hombre de mirada aguda y porte sereno, que llevaba sobre sus hombros el peso de siglos de historia. A su derecha, con la misma elegancia y calma que lo caracterizaba, estaba la Emperatriz Seleneia Valtheris, que revisaba con atención los documentos que tenía ante sí, sus movimientos pausados y su expresión la de alguien que medía cada detalle con sabiduría.

 

A la izquierda, el Gran Canciller Cassius Veyron permanecía de pie, sosteniendo con ambas manos una carpeta de cuero oscuro, recién llegada con la escolta real desde las tierras del oeste. Tras unos segundos de silencio, donde solo se escuchaba el roce suave del papel, levantó la vista y se dirigió a sus soberanos con voz clara y respetuosa:

 

—Majestades, tengo el honor de presentar el informe detallado enviado por el gobernador Demian D’Valrienne, correspondiente al último trimestre en el territorio asignado a su familia.

 

Aurelian dejó lentamente la pluma de oro sobre el tintero, entrelazó los dedos y lo miró con atención.

 

—Adelante, Canciller. Queremos saber qué avances se han producido en esas tierras que, no hace tanto, parecían destinadas a permanecer en el olvido.

 

Cassius abrió la carpeta y comenzó a leer en voz alta, con un tono firme pero neutro:

 

—En primer lugar, la integración de las nuevas razas que se han establecido en la región sigue avanzando con una estabilidad que supera cualquier pronóstico inicial. Actualmente cuentan con representantes oficiales y reconocidos de las comunidades élficas, enanas, orcas, de hombres bestia y del pueblo demoníaco. Todas ellas han aceptado las leyes imperiales y, a su vez, se han acordado normas para respetar sus costumbres y tradiciones.

 

Seleneia levantó ligeramente la mirada del documento que sostenía, y una expresión de ligera sorpresa cruzó su rostro antes de transformarse en interés.

 

—Más rápido de lo que incluso nosotros esperábamos —comentó con voz suave pero segura—. Pensábamos que tardarían años en dejar de lado las viejas desconfianzas.

 

—Así es, Majestad —asintió Cassius—. Para facilitar esta convivencia, los representantes han decidido formar un Consejo Conjunto, donde cada voz tiene el mismo peso a la hora de tomar decisiones que afecten a todos. No hay privilegios por antigüedad ni por procedencia.

 

Pasó una hoja y continuó:

 

—Además, el gobernador Demian solicita formalmente la autorización del Trono Imperial para reconocer oficialmente la nueva ciudad que se está construyendo en el centro de las tierras de Lady Anna D’Valrienne.

 

Aurelian inclinó un poco la cabeza, analizando la palabra.

 

—¿Una ciudad independiente?

 

—No en el sentido político absoluto, Majestad —aclaró el canciller con precisión—. Administrativamente seguirá formando parte del territorio de la Casa D’Valrienne y, por tanto, bajo la autoridad directa del Imperio. Sin embargo, contará con su propio consejo civil, tribunales locales y autoridades elegidas entre sus habitantes, respondiendo ante Lady Anna y supervisada por el gobernador Demian. Será un modelo de autogobierno, pero bajo la protección y las leyes del Imperio.

 

Seleneia extendió la mano y tomó uno de los grandes mapas desplegados en la mesa, donde se veía dibujado el nuevo asentamiento con calles, plazas y zonas de cultivo ya marcadas. Lo observó durante unos segundos, trazando mentalmente el crecimiento de la zona.

 

—La planificación es impecable —murmuró—. Incluso supera las estimaciones que hicimos en el Consejo de Arquitectura hace unos meses. Han pensado en todo: abastecimiento de agua, defensa, zonas de comercio y vivienda.

 

Cassius deslizó otro informe sobre la mesa para que ambos pudieran verlo.

 

—Y esto no es todo. También llegan los datos económicos. Las minas recién descubiertas ya están produciendo minerales de gran calidad, algunos de los cuales no se habían visto en otras regiones. Las rutas comerciales con los territorios vecinos comienzan a consolidarse y, lo más destacado, hemos recibido más de trescientas solicitudes de familias de distintas razas que desean trasladarse voluntariamente para establecerse allí.

 

El emperador guardó silencio unos instantes, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar. Luego giró la cabeza hacia su esposa, buscando su opinión.

 

—¿Qué piensas, Seleneia? ¿Crees que hemos tomado el camino correcto al confiar en ellos?

 

La emperatriz dejó el mapa sobre la mesa con suavidad y lo miró con confianza.

 

—Creo que hicimos bien en darles esa oportunidad —respondió con firmeza y calma—. Confiarle esta misión a Anna fue, sin duda, una apuesta arriesgada. Muchos en el Consejo nos advirtieron que una joven sin experiencia política no podría con tanta responsabilidad. Pero hoy queda demostrado que no solo era capaz de llevarla sobre sus hombros, sino que tenía una visión que nosotros no habíamos imaginado.

 

Cassius asintió con respeto, añadiendo su propia valoración:

 

—No se trata solo de administrar un territorio, Majestades. Han logrado algo que durante generaciones parecía un sueño imposible: unir a razas que durante siglos vivieron separadas o en conflicto, bajo un mismo techo y con un mismo objetivo.

 

Aurelian comprendió al instante la magnitud de aquello.

 

—Han logrado derribar muros que creíamos indestructibles —confirmó el emperador—. Eso es algo que ningún decreto ni ley por sí solo podría conseguir.

 

—Y hay un detalle más que no quiero pasar por alto —añadió Cassius, abriendo la última página del informe—. Al final del acuerdo que firmaron todos los representantes, no aparecen solo sus nombres y sellos particulares. Todos han decidido estampar, además, un símbolo común.

 

Deslizó el pergamino hacia el centro de la mesa, de modo que ambos soberanos pudieran verlo claramente. En medio del documento, resaltaba con nitidez el dibujo de una rosa blanca, sencilla pero elegante, con pétalos bien definidos.

 

La sala quedó sumida en un silencio más profundo, cargado de significado.

 

Seleneia esbozó una sonrisa llena de orgullo, su mirada fija en aquel dibujo.

 

—No siguen a una gobernante por obligación ni por miedo —dijo en voz baja pero clara—. Tampoco se unen solo por interés. Comparten un ideal.

 

—Exacto, Majestad —coincidió el canciller—. Según las notas adjuntas, para ellos la Rosa Blanca representa un lugar donde cualquier raza, sin importar su origen, puede vivir en paz, trabajar y formar una familia sin miedo a ser juzgada o rechazada. Es mucho más que un emblema: es una promesa.

 

Aurelian observó aquel símbolo durante varios segundos, como si estuviera viendo algo más que un dibujo. Finalmente, dejó escapar una leve sonrisa, una de esas pocas veces que su rostro relajaba la seriedad habitual.

 

—Hace apenas unos años —comentó con cierta nostalgia—, jamás habría imaginado ver algo así. Que en una sola generación cambiara tanto la forma en que entendemos el Imperio.

 

—Ni yo, mi señor —respondió Seleneia, apoyando su mano con suavidad sobre la mesa—. Pero aquí está, hecho realidad.

 

Cassius esperó el momento oportuno para formular la pregunta final, la que cerraba el asunto.

 

—Entonces, Majestades… ¿Autorizamos el inicio del proceso para el reconocimiento oficial de la nueva ciudad?

 

Aurelian intercambió una mirada breve pero suficiente con su esposa. No hizo falta decir una sola palabra; sus pensamientos ya estaban alineados.

 

—Apruébese —respondió el emperador con una voz firme y definitiva, que resonó en toda la sala—. Que el Consejo Imperial inicie de inmediato los trámites necesarios para otorgar el reconocimiento oficial. Que se le asignen los derechos y obligaciones que le corresponden según la ley, y que se comunique la decisión a Demian y a Anna.

 

Cassius inclinó profundamente la cabeza en señal de obediencia.

 

—Así se hará, Majestad. Enviaré la orden esta misma tarde.

 

Mientras el canciller guardaba los documentos, Aurelian volvió a desviar la mirada hacia el mapa, fijándose en el punto donde comenzaba a crecer aquella nueva ciudad. Una pequeña sonrisa de satisfacción apareció en sus labios.

 

—Continúa sorprendiéndonos —murmuró para sí mismo.

 

Seleneia lo miró con calidez, recordando las palabras que había dicho tiempo atrás.

 

—La niña de la que tanto me hablaste… la que parecía llevar el caos por donde pasaba… al final sí terminó cambiando una parte del mundo.

 

El emperador asintió lentamente, con la certeza de que lo mejor estaba por llegar.

 

—Y apenas está comenzando.

 

Muy lejos de los dominios del Imperio Valtheris…

 

Más allá de las fronteras de los reinos humanos, de los profundos bosques donde moran los elfos y de las inmensas montañas que guardan las ciudades de los enanos… se extendía una vasta meseta que ninguna nación reclamaba como suya. Era un territorio antiguo, marcado por la historia y rodeado de acuerdos inviolables, considerado por todo el continente como tierra neutral por derecho propio.

 

Allí, en lo más alto de aquella meseta, se alzaba la sede central de la Iglesia de la Luminaria Eterna. No era una fortaleza ni una capital, sino una ciudad entera construida en torno a un inmenso templo de mármol blanco, cuyas torres y agujas parecían elevarse sin fin hasta perderse entre las nubes, como si quisieran tocar el cielo mismo. La luz del sol se reflejaba en sus paredes pulidas, haciendo que brillara con una intensidad que se podía ver desde kilómetros de distancia.

 

Durante siglos, reyes, emperadores y grandes gobernantes habían respetado estrictamente la independencia y neutralidad de aquel lugar. No lo hacían por miedo a sus ejércitos, pues la Iglesia no gobernaba tierras ni poseía un imperio propio. Lo hacían por la inmensa influencia que ejercía sobre cada rincón del continente: su doctrina, sus juicios y sus decisiones tenían el poder de cambiar el curso de alianzas, de legitimar o derrocar reinados y de moldear la forma de pensar de millones de personas.

 

En lo más alto del complejo sagrado, en el salón más reservado y vigilado de todo el templo, reinaba una penumbra calculada. Una larga mesa circular de madera oscura y pulida ocupaba el centro de la estancia, y alrededor de ella se sentaban las máximas autoridades de la fe: altos cardenales, arzobispos y los Custodios de la Verdad, los encargados de velar por la pureza de sus enseñanzas. Ninguno de ellos mostraba su rostro; las sombras y la luz tenue de las velas colocadas en soportes de hierro ocultaban sus rasgos, dejando ver solo sus siluetas y manos. Solo sus voces, graves y medidas, rompían el silencio absoluto.

 

—Los informes que nos llegan desde el Imperio Valtheris son cada vez más preocupantes —dijo una de las voces, fría y sin emoción.

 

—Demasiado preocupantes —respondió otra, con un tono que denotaba desaprobación—. Se están saliendo de todos los cauces que habíamos previsto.

 

Un pergamino fue deslizado sobre la superficie de la mesa hasta quedar en el centro, bajo la luz de una vela. En él no había mapas extensos ni cifras complejas; solo aparecía un nombre escrito con tinta negra y firme:

 

Anna D’Valrienne.

 

 

La sala quedó sumida en un silencio profundo, como si aquel solo nombre bastara para detener el tiempo.

 

—Hace apenas un año —continuó la primera voz—, esa mujer era una de nuestras mayores aliadas dentro de la nobleza. Compartía plenamente nuestra visión del orden en el mundo.

 

—Defendía la supremacía de la raza humana sobre todas las demás —añadió otra figura—. Consideraba a elfos, enanos y a las razas salvajes como una amenaza para la estabilidad y la fe. Era alguien en quien podíamos confiar para llevar adelante nuestros principios.

 

Se hizo una nueva pausa, más pesada que la anterior.

 

—Y ahora…

 

Otro pergamino fue abierto y extendido junto al primero, mostrando listas de acuerdos, sellos y noticias que llegaban de todas partes.

 

—Ahora está haciendo exactamente lo contrario de lo que creíamos —concluyó la voz—. Ha abierto las puertas de sus tierras a elfos, enanos, orcos, hombres bestias e incluso a aquellos a los que llamamos seres corruptos: los demonios. Y lo más grave: ha permitido que todos convivan bajo las mismas leyes, bajo el mismo techo, sin distinción de origen.

 

Uno de los cardenales apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa, con los dedos entrelazados con fuerza.

 

—¿Qué ocurrió durante su destierro? ¿Qué pudo cambiarla de esa forma en tan poco tiempo?

 

Nadie respondió de inmediato. Porque la verdad era que ninguno de ellos tenía una respuesta clara.

 

—Cuando fue desterrada de la corte imperial —explicó una voz más tranquila, pero cargada de amargura—, la consideramos perdida para nuestros fines. Alguien caído en desgracia, sin poder ni influencia. No creímos que valiera la pena seguir vigilándola ni dedicar recursos a alguien que ya no servía a nuestros planes.

 

—Fue un error —reconoció otro con sequedad—. Un error que hoy estamos pagando.

 

El silencio volvió a extenderse por la sala, hasta que una voz mucho más grave y profunda, que parecía provenir del fondo mismo de la estancia, rompió la calma. Todos los presentes giraron levemente la cabeza hacia aquella figura, situada en el extremo más alejado de la mesa.

 

—No me preocupa únicamente el cambio de esa mujer —dijo con autoridad indiscutible—. Lo que realmente me inquieta es que su ejemplo comienza a extenderse. Si logra mantener esa convivencia y demostrar que funciona, otras naciones podrían empezar a verlo como una alternativa válida.

 

Uno de los presentes abrió un nuevo informe, recién llegado y aún con el sello húmedo.

 

—Tenemos confirmaciones —dijo mientras leía—. El símbolo que han adoptado, la Rosa Blanca, ya es reconocido por comunidades de distintas razas en territorios vecinos. Cada semana llegan más refugiados y familias enteras que viajan largas distancias solo para establecerse en sus tierras.

 

La sala volvió a quedar en silencio, pero esta vez era un silencio cargado de comprensión. Habían entendido la magnitud real del problema: no se trataba solo de una gobernante que había cambiado de opinión, ni de unas tierras alejadas que seguían reglas distintas.

 

Aquello era mucho más peligroso: era una idea.

 

Y las ideas, a diferencia de los ejércitos o las leyes, eran mucho más difíciles de destruir.

 

La voz del extremo de la mesa habló una última vez, con una decisión inamovible:

 

—Necesitamos respuestas. Y luego, necesitamos asegurarnos de que ese error no crezca más de lo que ya ha crecido.

 

En ese momento, un sonido grave y claro resonó por todo el complejo: el tañido de una campana antigua, que marcaba el inicio de una orden de máxima prioridad.

 

—Llamen a la Heroína Lysadra Solis —ordenó la figura en la sombra.

 

Nadie hizo preguntas. Nadie discutió la decisión. Sabían que recurrir a ella significaba que la situación ya no podía resolverse con cartas ni presiones políticas; requería una intervención directa y contundente.

 

Uno de los sacerdotes más cercanos inclinó profundamente la cabeza, con la frente casi tocando la mesa.

 

—Así se hará, Supremo.

 

La pesada puerta de madera tallada del salón comenzó a abrirse lentamente, dejando entrar un poco de luz del pasillo exterior. Un mensajero, vestido con una túnica sencilla pero con el emblema de la orden en el pecho, cruzó el umbral y salió a toda prisa. Su destino estaba fijado: el santuario oculto donde residía la mujer conocida como la Heroína de la Iglesia.

 

Sin saberlo ninguno de los presentes, ni siquiera en el Imperio ni en las tierras de Anna, el destino de dos jóvenes acababa de comenzar a entrelazarse. Y los hilos de una nueva confrontación, mucho más compleja que cualquier guerra anterior, empezaban a moverse en la oscuridad.

Thoughts

  • Sabina

    Mandar a la Heroína por una ciudad con consejo y tribunales propios es que están asustados de verdad. ¿Lysadra ya había aparecido en algún capítulo anterior?

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El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte, tiñendo de tonos dorados y anaranjados los extensos campos verdes que se extendían alrededor de la finca de Anna. La brisa de la mañana traía…

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