El viaje duró varios días. Clarisse recorrió senderos de montaña, atravesó valles de niebla y durmió en posadas rústicas donde nadie conocía su nombre ni su linaje. Por primera vez en su vida, el tiempo no estaba dividido por audiencias ni decretos; el tiempo era simplemente el ritmo de sus propios pasos sobre la tierra.
A medida que se alejaba de Valeria, el peso de las expectativas reales comenzaba a aligerarse en sus hombros. Sin embargo, la incertidumbre seguía presente. ¿Qué era exactamente lo que buscaba? No quería simplemente huir de sus responsabilidades, sino descubrir una verdad interior que le permitiera volver a sentir con plenitud.
Aprender a encender una fogata, guiarse por las estrellas y conversar con mercaderes ambulantes le devolvió una frescura que la vida cortesana le había arrebatado. Pero, en el fondo, sabía que el verdadero motivo de su viaje aún no se había revelado.