Esa misma noche, bajo la sobria luz de los candelabros de bronce en la gran sala del trono, Clarisse solicitó audiencia con sus padres. Había cambiado su vestido de seda por una túnica sencilla de viajera y llevaba apenas una mochila con lo indispensable.
Los reyes, soberanos sabios que jamás habían priorizado las apariencias sobre la verdad, escucharon en silencio las razones de su hija.
—Hija mía —dijo el rey, con la voz grave pero llena de ternura—. Tienes todo lo que una vida noble puede ofrecer. ¿Por qué buscar la incertidumbre fuera de tus fronteras?
—Porque tengo todo lo que el reino ofrece, padre, pero aún no me tengo a mí misma —contestó Clarisse, sosteniendo la mirada con nobleza—. Si no sé quién soy sin la corona, jamás seré la mujer ni la líder que este pueblo merece. Necesito encontrar la paz para estar bien conmigo misma.
La reina se levantó del trono, caminó hacia la princesa y le tomó las manos. Sabiendo que la inteligencia de Clarisse no se contentaría con respuestas a medias, asintió con una sonrisa comprensiva.
—Ve, Clarisse. Quien busca con el corazón abierto jamás regresa con las manos vacías —le dijo su madre.
Con la bendición de sus padres y tras una despedida silenciosa en los portones traseros del castillo, la princesa cruzó el foso al amanecer.