El cuarto año de odontología de Samantha llegó a su fin con las calificaciones más altas de su promoción. Para celebrarlo, Andrew preparó una sorpresa en el estudio privado: la habitación estaba iluminada únicamente por decenas de velas con aroma a vainilla y azahar, y el centro del espacio estaba decorado con un enorme lienzo en blanco y una cesta llena de tulipanes naranjas y chocolates importados de Francia.
—Esto es por tu disciplina, tu inteligencia y tu brillo —dijo Andrew, entregándole una elegante pluma estilográfica con incrustaciones de ámbar.
—Es el gesto más hermoso que he recibido —dijo Samantha, abrazándolo con calidez—. Me has dado un espacio para ser completamente yo, sin presiones, sin pedirme más de lo que puedes dar.
—Nuestra afinidad no necesita moldes sociales, Samantha. Es eterna en su propia forma.