Las semanas siguientes transcurrieron con la precisión de un reloj suizo. En la residencia Anderson, el trato de Andrew hacia Elena continuó siendo impecable. Cada noche, Andrew llegaba a casa con detalles: flores frescas, joyas discretas para sus presentaciones en el tribunal o simplemente el tiempo exclusivo para escuchar sobre sus alegatos y triunfos legales.
—Eres mi mayor orgullo, Elena —le decía Andrew mientras cenaban a la luz de las velas—. Nada en este mundo se compara a la paz que me da verte feliz.
—Y tú eres el hombre perfecto, Andrew —respondía Elena, acariciando su mano—. Me haces sentir la mujer más afortunada y valorada del mundo.
Para Andrew, esto no era una fachada. El amor y el respeto por su esposa eran sinceros, profundos y absolutos. Elena era la reina de su corte y la prioridad indiscutible en su vida pública y privada. Sin embargo, en el ámbito más recóndito de su mente, el recuerdo de la chica de la cafetería permanecía vivo, despertando un tipo de curiosidad intelectual y estética que nunca antes había experimentado.