Argos comenzaba a mostrar los primeros signos evidentes de que la estrategia estaba cumpliendo su efecto.
Sus movimientos, que al principio eran torpes pero firmes, ahora se volvían cada vez más rígidos y pesados. Cada vez que intentaba levantar un brazo, su cuerpo entero parecía oponerse a sí mismo, como si algo invisible estuviera frenando el mecanismo interno que lo mantenía en funcionamiento. Las líneas de energía brillante que recorrían las uniones entre los bloques de piedra ya no ardían con el mismo resplandor intenso; ahora titilaban con luz tenue, parpadeando de forma irregular, señal de que las runas que lo mantenían unido empezaban a perder estabilidad.
—¡Está funcionando! —exclamó Mireya con entusiasmo, inclinándose hacia la pantalla—. Miren cómo se mueve, ¡las corrientes mágicas se están debilitando!
—Sí… pero demasiado despacio —respondió Darius con el ceño fruncido, sin apartar la vista ni un segundo—. No olviden con qué nos enfrentamos. Argos no es solo roca común: su estructura está forjada con minerales de altísima densidad y reforzada con magia antigua de siglos. Es como intentar erosionar una montaña golpeándola con una lluvia suave.
Y la barra de vida en la pantalla confirmaba sus palabras.
Bajaba, sí, pero a un ritmo casi imperceptible, como la arena que se escapa por un orificio muy estrecho:
95% → se mantuvo varios minutos.
93% → tardó casi tres minutos más en descender.
91% → avanzaba con una lentitud desesperante.
Cada pequeño porcentaje costaba tiempo y un gasto constante de energía.
—Es exactamente lo que nos pasa a todos cuando lo enfrentamos —se escuchaba decir en los foros y en las tabernas, mientras los jugadores seguían la transmisión—. Primero logras frenarlo un poco, sí, pero reducir su resistencia lleva una eternidad.
—Y si no tienes guerreros capaces de descargar golpes devastadores para romper esa coraza de piedra… la pelea puede durar horas, y al final te quedas sin fuerzas antes que él.
Mientras tanto, dentro de la sala, la escena se mantenía en un equilibrio tenso y preciso.
Fern seguía moviéndose con una agilidad sorprendente para su tamaño. Cada golpe que Argos lanzaba contra el suelo o contra las paredes era esquivado por apenas unos centímetros; el lobo giraba, saltaba y usaba las propias paredes para impulsarse y cambiar de dirección, manteniéndose siempre fuera del alcance de aquellos puños que podían aplastarlo en un instante.
Sobre su lomo, Aoi permanecía inmóvil y en silencio, con la mirada fija en cada movimiento del golem. No daba órdenes innecesarias ni se apresuraba. Solo observaba, calculaba distancias, medía tiempos y esperaba el momento exacto.
En lo alto, Regulus continuaba sobrevolando con calma, descendiendo de vez en cuando para cubrir el cuerpo de piedra con sus llamas, justo cuando Aoi lo indicaba, asegurándose de que el vapor siguiera penetrando en cada rendija. Lyn, por su parte, vigilaba desde las alturas, atenta a cualquier cambio en el comportamiento o en la energía de Argos.
Todo parecía seguir un ritmo constante, repetitivo… demasiado repetitivo.
—Algo no cuadra… —murmuró Darius de repente, entre dientes.
Mireya giró la cabeza hacia él, intrigada.
—¿Qué pasa? ¿Notas algo raro?
El veterano comentarista entrecerró los ojos y repasó mentalmente cada detalle de la imagen.
—Tenemos a Fern esquivando, a Regulus con el fuego, a Lyn vigilando… pero ¿dónde está Puddle?
La pregunta flotó en el aire unos segundos antes de que todos se dieran cuenta.
—¡Es verdad! —exclamó Mireya—. ¡No lo hemos visto aparecer en pantalla en los últimos minutos!
Los operadores cambiaron rápidamente de ángulo, moviendo las cámaras por toda la sala: una seguía a Fern, otra enfocaba el cuerpo de Argos, otra recorría el techo y las esquinas… pero no había rastro del pequeño slime.
—¿Lo habrá perdido en algún movimiento? —preguntó alguien entre el equipo.—¿O quizás se escondió para protegerse?
—No —respondió Darius con seguridad, negando lentamente—. Aoi nunca perdería de vista a uno de sus compañeros, y mucho menos lo dejaría fuera de lugar sin un propósito.
Entonces, una cámara secundaria descendió suavemente hasta la base del enorme golem, enfocando el suelo agrietado a sus pies.
Y allí estaba.
Puddle, pegado como una mancha brillante y elástica sobre una de las piernas de piedra, casi camuflado entre las sombras y las grietas. No se movía de su sitio, y no atacaba al cuerpo del jefe. Simplemente, una y otra vez, lanzaba su chorro de agua con fuerza, pero no hacia arriba, sino directamente hacia las profundas hendiduras que recorrían el suelo bajo los pies de Argos.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Mireya, confundida—. ¿Se equivocó de objetivo? ¿Está desperdiciando energía mojando el piso?
La misma duda se extendía entre los espectadores.
—No le está dando al jefe… ¿para qué sirve eso?
—Parece que perdió el foco del combate.
Pero Darius se quedó en silencio, observando con atención cómo el agua caía y se filtraba sin detenerse en las grietas, cómo el nivel iba subiendo poco a poco, acumulándose bajo la superficie rocosa.
Hasta que, unos minutos después, la cámara mostró claramente cómo el suelo comenzaba a brillar con reflejos húmedos, y el agua ya no se perdía, sino que empezaba a llenar todo el espacio subterráneo que rodeaba la base del golem.
Fue entonces cuando Darius golpeó la mesa con el puño, comprendiendo al fin.
—¡No estaba atacando! ¡Estaba almacenando toda esa agua!
En ese mismo instante, sobre el lomo de Fern, Aoi abrió lentamente los ojos. Había esperado pacientemente, contando cada segundo, hasta que el depósito subterráneo estuviera al máximo. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ahora, Puddle.
Al escuchar la orden, el pequeño slime soltó un sonido agudo y alegre, dio un salto lejos de la pierna de Argos y comenzó a brillar con una luz azul intensa que iluminó toda la sala.
En el mismo momento, toda el agua acumulada bajo el suelo respondió a su llamada. Las grietas explotaron con fuerza, y columnas de agua potente surgieron desde abajo, como serpientes líquidas que ascendían rápidamente, rodeando el cuerpo del golem por todos los lados. En cuestión de segundos, las corrientes se unieron y se cerraron por completo, formando una esfera inmensa y opaca que atrapó a Argos en su interior.
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[Habilidad Activada: Prisión de Agua]
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El golem intentó levantar un brazo para romper aquella barrera, pero sus movimientos se detuvieron en seco. El agua, al moverse con gran presión, ofrecía una resistencia mucho mayor que el aire; cada centímetro que quería avanzar requería un esfuerzo descomunal. Quedó suspendido en el centro de la esfera, completamente inmóvil.
—¡Lo inmovilizó! —gritó Mireya, emocionada—. ¡No puede mover ni una sola pieza!
—Es una táctica perfecta —agregó Darius, asintiendo con admiración—. Mientras todos nos centrábamos en lo que veíamos, Puddle estuvo preparando el terreno durante todo el combate. Nos distrajo, nos hizo creer que solo intentaban debilitarlo poco a poco… y en realidad estaban construyendo la trampa final.
Pero su expresión cambió rápidamente, volviéndose seria y preocupada.
—Aunque… hay un detalle que no podemos olvidar.
En la pantalla apareció entonces la barra de maná de Puddle, y todos pudieron ver cómo comenzaba a descender, esta vez sí con mucha más rapidez:
90% →
88% →
87% →
—Mantener una Prisión de Agua de este tamaño requiere una cantidad inmensa de energía —explicó Darius—. Cuanto más grande y pesado sea el objetivo, más magia consume cada segundo. Y Argos es enorme.
La barra siguió bajando sin detenerse.
—No podrá mantenerlo así por mucho tiempo —añadió Mireya, comprendiendo la situación—. Son solo unos minutos, quizás menos.
La tensión volvió a apoderarse de la sala y de todas las pantallas del servidor.
Aoi había logrado lo que nadie creía posible: detener al jefe final del segundo piso completamente. Pero al mismo tiempo, había iniciado una cuenta regresiva. Si no aprovechaban esos escasos segundos en los que Argos estaba indefenso para asestar el golpe decisivo, toda la estrategia, todo el tiempo y toda la energía gastada hasta ese momento se perderían por completo.
La inmensa esfera de agua seguía envolviendo el cuerpo completo de Argos, brillando con una luz azul profunda bajo la iluminación tenue de la sala. Durante unos instantes, el gigante de piedra quedó totalmente inmovilizado: sus brazos se movían con una lentitud desesperada, como si intentaran abrirse paso entre una sustancia mucho más densa que el aire, y cada contracción de su estructura era frenada por la presión uniforme que ejercía el líquido desde todas las direcciones posibles.
—¡Increíble! —exclamó Mireya, inclinándose hacia adelante con los ojos muy abiertos—. ¡Lo ha atrapado por completo! Ni siquiera puede girar la cabeza.
Pero Darius no compartía ese entusiasmo. Su mirada estaba clavada en un solo punto de la interfaz, sin apartarse ni un segundo.
La barra de maná de Puddle descendía con una velocidad alarmante.
90% → 82% → 74% → 65% → 55%…
Cada segundo que pasaba equivalía a una cantidad inmensa de energía consumida. Mantener una prisión de ese tamaño y con esa presión no era algo que una criatura de nivel medio pudiera soportar por mucho tiempo.
—No… —murmuró el comentarista con voz grave—. No podrá aguantarla más de unos minutos.
La misma preocupación se extendía por todos los rincones del servidor. En los foros, los mensajes aparecían a toda velocidad:
“Se le está acabando la magia demasiado rápido”
“Esa técnica es muy potente, pero tiene un costo terrible”
“La prisión va a romperse en cualquier momento”
Y mira su vida: sigue en el 87%. Si no le hacen daño ahora, todo habrá sido en vano”
En la Academia — Habitación compartida
Reika y Reina permanecían inmóviles frente a la pantalla, con la respiración contenida. Cada movimiento en la sala de combate les parecía eterno.
—Así no va a ganar —dijo Reina en voz baja, negando con la cabeza—. En cuanto se acabe el maná, Argos quedará libre y volverá a atacar con toda su fuerza.
Reika no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la figura de Aoi, montado sobre el lomo de Fern. No había en él ni rastro de prisa ni de nerviosismo; se mantenía erguido, tranquilo, como si todo estuviera ocurriendo exactamente según lo planeado.
Entonces, una leve sonrisa apareció en sus labios.
—No.
Reina la miró, confundida.
—¿Qué quieres decir?
—Que así no piensa ganar —explicó Reika con seguridad—. Lo conozco mejor que nadie. Aoi jamás habría puesto en marcha una estrategia tan compleja para detenerse justo en este punto.
—¿Crees que todavía tiene algo más preparado?
—Seguro que sí —asintió ella sin dudar—. Ese chico siempre piensa dos o tres pasos por delante. Si está tan tranquilo mientras el tiempo se le acaba… es porque la verdadera jugada todavía no ha llegado.
A la entrada de las Ruinas Eternas
Kaede y Hina también seguían cada detalle con los puños apretados por la tensión. El aire parecía más pesado mientras veían cómo la barra de energía de Puddle bajaba sin detenerse.
—Vamos… por favor… —murmuró Hina con voz entrecortada.
Kaede no apartaba la vista de la pantalla. Sus dedos se entrelazaban con fuerza.
—Date prisa, Aoi… Puddle ya no aguantará mucho más. Un segundo más y la prisión se desmoronará.
En el mercado del Segundo Piso
Kyouka, apoyada en el mostrador de su tienda, observaba la transmisión con una expresión que pasó de la satisfacción a la perplejidad en cuestión de minutos. Al principio, al ver cómo usaban el agua para debilitar las articulaciones, había sonreído; era la misma lógica que ella misma le había explicado tiempo atrás.
Pero cuando apareció aquella inmensa prisión líquida, su sonrisa se desvaneció por completo.
—Eso… —susurró, frunciendo el ceño—. Esa aplicación nunca se me ocurrió a mí.
Se quedó en silencio, con los brazos cruzados, observando con auténtica curiosidad y respeto.
—¿Qué estás tramando ahora, Aoi?
Dentro de la sala de combate
La barra de maná seguía cayendo sin piedad:
42% → 35% → 27%…
Puddle ya no podía mantener su forma brillante y firme. Su cuerpo gelatinoso temblaba visiblemente, reduciéndose un poco con cada segundo que pasaba, y pequeñas grietas de agua empezaron a aparecer en la superficie de la esfera, dejando escapar hilos de líquido.
—¡Se rompe! —gritó alguien en la cabina de transmisión—. ¡Ya no puede contener más la presión!
El nerviosismo crecía entre todos los espectadores. Parecía que todo el plan se desmoronaba justo cuando habían logrado detener al jefe.
Entonces, en medio de esa tensión, Aoi levantó lentamente una mano y dio una orden corta y serena:
—Ahora.
Puddle abrió los ojos con un último esfuerzo. No le quedaba casi energía, pero entendió la señal perfectamente. Su cuerpo volvió a brillar con una luz tenue pero concentrada, y esta vez no reforzó la prisión: todo lo contrario.
Parte del agua que formaba la esfera comenzó a moverse, girando cada vez más rápido, comprimiéndose hacia un mismo punto hasta formar una estructura estrecha y alargada, como un embudo gigante unido directamente a la superficie de la prisión.
—¿Qué…? —preguntó Mireya, sin entender—. ¿Un embudo? ¿Para qué sirve hacer eso justo ahora?
Nadie comprendía la jugada. Ni los comentaristas, ni Kyouka, ni los miles de jugadores que seguían la batalla. Solo una persona empezó a ver el camino.
Darius recorrió con la mirada la forma del embudo, siguiendo su trayectoria hasta la abertura exterior. Luego dirigió la vista hacia Fern: el enorme lobo ya se había colocado en la posición exacta, con la cabeza alzada y el pecho inflado. Y finalmente, vio a Aoi, que con toda calma y tranquilidad, se tapaba cuidadosamente los oídos con ambas manos.
Los ojos de Darius se abrieron de golpe, comprendiendo al instante el propósito de aquella estructura.
—¡NO…! —gritó, poniéndose de pie de un salto—. ¡¡NO PUEDE SER…!!
Pero no alcanzó a terminar la frase.
—¡¡FERN!!
Aoi dio la orden final.
El lobo abrió las fauces y soltó el aullido más potente, más profundo y más resonante que había emitido en toda la batalla.
¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU!
La onda sonora, concentrada y enfocada, entró directamente por la abertura del embudo. Allí, el espacio reducido la comprimió aún más, aumentando su intensidad antes de dispararla con toda su fuerza hacia el interior de la esfera de agua.
En el momento en que el sonido tocó el líquido, todo cambió.
El sonido viaja cuatro veces más rápido y con mucha mayor intensidad en el agua que en el aire. Una vez dentro de la prisión, no tenía forma de escapar: rebotaba una y otra vez contra las paredes de agua, concentrándose en cada vuelta, hasta transformarse en una vibración constante y potente que recorría cada centímetro del cuerpo de Argos.
Las ondas penetraron por todas las rendijas, por las articulaciones debilitadas por la humedad, por los conductos donde antes solo había podido entrar vapor. Golpeaban desde adentro, haciendo vibrar la roca, las runas y la energía mágica que mantenía unido al golem.
Durante unos segundos, no hubo más que un zumbido profundo que resonó en toda la sala. Y entonces…
CRACK.
Una pequeña grieta apareció en el centro del pecho de Argos.
Al instante, se multiplicó: otra en el hombro, otra en la pierna, otra en la frente. Las líneas de energía que antes titilaban con debilidad ahora parpadearon violentamente y se apagaron por momentos. Los bloques de piedra comenzaron a moverse de forma desordenada, como si una fuerza interna los estuviera separando desde el núcleo.
—¡¡Es resonancia acústica!! —gritó Darius, con la voz quebrada por la emoción—. ¡¡No está intentando romper la piedra con golpes! ¡¡Está haciendo vibrar toda su estructura hasta que se desmorone por sí misma!!
En ese preciso instante, la prisión de agua perdió toda su forma y se deshizo en una lluvia que cayó al suelo. Puddle cayó también, reducido a una pequeña mancha brillante, sin una sola gota de maná restante, completamente agotado.
Pero ya era demasiado tarde para Argos.
Su barra de vida comenzó a caer en picada, bajando de golpe sin detenerse:
87% → 79% → 71% → 63% → 58% → 52% → 49%…
La sala entera quedó en un silencio absoluto. Nadie hablaba, nadie respiraba con normalidad. Ni siquiera los comentaristas encontraban palabras. Solo se escuchaba el eco de las vibraciones que seguían recorriendo las grietas del gigante de piedra.
Mireya tenía la boca entreabierta, incapaz de articular una sola frase. Darius seguía de pie, con la mirada fija en la pantalla, sin poder creer lo que acababa de ver.
En cuestión de segundos, Aoi había logrado reducir casi la mitad de la vida de uno de los jefes más resistentes y temidos de todo el juego. Y millones de jugadores, repartidos por todos los rincones del servidor, permanecían inmóviles frente a sus pantallas.
Acababan de presenciar una estrategia que nadie —absolutamente nadie— había imaginado jamás. Una combinación de elementos, física y control que rompía todas las reglas establecidas hasta ese momento.
El silencio se apoderó de cada rincón de la sala.
Nadie se movía. Ni siquiera el propio Argos.
El gigantesco golem permanecía inmóvil en el centro de la cámara, su figura imponente ahora marcada por cientos de grietas profundas que recorrían cada bloque de piedra. Por cada una de ellas se filtraban destellos débiles de luz azulada, mientras pequeños fragmentos se desprendían lentamente y caían al suelo con sonidos secos y apagados.
Intentó levantar su brazo derecho.
CRACK...
Una placa entera de roca se separó de su hombro y cayó con un estruendo sordo, dejando el miembro colgando sin fuerza.
Luego quiso dar un solo paso hacia adelante.
Otra grieta, mucho más ancha, atravesó toda su pierna de arriba abajo. Más fragmentos se hicieron añicos, y el cuerpo entero se inclinó peligrosamente antes de volver a quedarse quieto.
Era evidente: cada movimiento que intentaba hacer solo empeoraba su propio estado.
Dentro de la sala, Aoi sostenía con suavidad entre sus brazos al pequeño Puddle. El slime apenas podía mantener la consciencia; su cuerpo había perdido casi todo su brillo característico y se veía más delgado y blando, señal de que había agotado hasta la última gota de su energía mágica.
—Pui... —emitió un sonido débil y entrecortado.
—Lo hiciste muy bien —le respondió Aoi con voz suave, acariciando su superficie gelatinosa con mucho cuidado—. Ahora descansa, te lo has ganado.
Puddle cerró lentamente los ojos, relajándose por completo mientras su respiración se volvía más pausada.
A su lado, Fern mantenía una postura alerta, listo para actuar si algo inesperado ocurría. Más arriba, Lyn seguía vigilando desde el aire, atenta a cualquier cambio en el entorno. Y Regulus, aunque respiraba con dificultad tras haber mantenido las llamas durante tanto tiempo, seguía con las alas desplegadas y la mirada fija en el golem, preparado para intervenir si fuera necesario.
En la interfaz, la barra de vida de Argos se mantenía inmóvil en ese mismo punto:
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ARGOS
Vida: 49%
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En ese instante, la transmisión estalló en una oleada de emoción colectiva que recorrió todo el servidor.
—¡¡LO LOGRÓ!!—¡¡LE HA QUITADO MÁS DE LA MITAD DE SU VIDA EN UN SOLO ATAQUE!!—¡¡ES IMPOSIBLE!! ¡Nadie lo había hecho nunca!
—¡¡Entendí todo: usó el agua para conducir el sonido y romperlo desde adentro!!—¡¡Es una estrategia que nadie había imaginado jamás!!
Incluso Mireya, que solía mantener la compostura ante la cámara, se había puesto de pie de un salto, con los ojos muy abiertos y las manos apoyadas en el borde de la mesa.
—¡Increíble... simplemente increíble! —exclamó—. Acabamos de ver algo que cambiará para siempre la forma en que todos enfrentaremos a Argos de ahora en adelante.
Pero Darius, aunque también impresionado, negó lentamente con la cabeza, sin apartar la vista de la pantalla.
—No se trata solo de cambiar estrategias —dijo con voz grave y reflexiva—. Acabamos de presenciar algo que durante años todos creíamos que estaba más allá de lo posible.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, confundida.
—A que nadie, en cientos de intentos y miles de equipos, había logrado causar un daño tan enorme en tan poco tiempo. Durante años, todos aceptamos que ese jefe era lento pero indestructible, que solo se podía desgastar poco a poco. Y hoy... hemos visto que no era así.
En la Academia — Habitación compartida
Reina dio un pequeño salto de alegría, aplaudiendo con entusiasmo.
—¡¡Lo consiguió!! ¡Sabía que no se rendiría!
Reika sonrió con orgullo, cruzándose de brazos mientras observaba la imagen.
—Ya te lo dije. Ese chico nunca va con un solo plan. Siempre tiene preparado el siguiente paso antes de que el primero termine. Nunca deja de sorprenderme.
Las dos miraban cómo Argos seguía inmóvil, debilitado hasta el límite. Todo parecía indicar que el combate estaba decidido y que la victoria era cuestión de minutos.
A la entrada de las Ruinas Eternas
Hina levantó ambos brazos al aire, con una sonrisa inmensa en el rostro.
—¡¡Sí!! ¡Lo lograron!
Kaede soltó por fin el aire que había estado conteniendo durante minutos, relajando los hombros con un suspiro de alivio.
—Después de todo el entrenamiento, de todos los días preparándose... todo ha dado resultado. Ya casi termina.
Ambas se miraron con esperanza, creyendo que el mayor obstáculo ya había quedado atrás.
En el mercado del Segundo Piso
Kyouka se apoyó sobre el mostrador, soltando una pequeña risa entre admirada y sorprendida.
—Me equivoqué —murmuró para sí misma, negando con la cabeza—. Pensé que solo aplicaría lo que le expliqué, pero no... no solo encontró una forma distinta de hacerlo. Inventó una estrategia totalmente nueva que nadie había concebido antes.
Sus ojos seguían fijos en la pantalla, con una mezcla de orgullo y fascinación.
—¿Qué más tendrás preparado, Aoi?
Por todo el servidor, en plazas, tabernas y gremios, se escuchaban aplausos y gritos de celebración. Muchos jugadores ya daban por terminada la batalla, convencidos de que no había vuelta atrás para el golem. Los foros se saturaban de mensajes entusiastas:
“¡Va a ser la primera en derrotarlo sola!”
“Esto hará historia en el juego”
“Ya no hay duda, la victoria es suya”
Pero justo cuando todos creían que el desenlace estaba escrito, algo cambió.
Una voz profunda, metálica y resonante, empezó a escucharse por toda la sala. No provenía del sistema del juego, ni de los comentaristas, ni de ninguna interfaz; parecía salir directamente de las mismas piedras que formaban el cuerpo de Argos.
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Daño severo recibido.
Integridad estructural comprometida.
Unidad principal incapaz de continuar en modo estándar.
Función de defensa primaria activada.
Iniciando Protocolo de Defensa Máxima.
Segunda fase... activada.
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El silencio volvió a caer, esta vez cargado de una tensión helada.
—¿Segunda... fase? —susurró Mireya, como si temiera pronunciar las palabras.
Darius abrió lentamente los ojos, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso.
—No... eso no puede ser...
Argos nunca había mostrado una segunda fase. Durante años, cientos de jugadores lo habían derrotado, miles de equipos habían estudiado cada uno de sus movimientos, y nadie, absolutamente nadie, había mencionado jamás algo parecido.
Dentro de la sala, el golem dejó de hacer cualquier movimiento. Las grietas que lo recorrían se iluminaron de golpe con una luz intensa y blanca, y en cuestión de segundos, todo su cuerpo comenzó a deshacerse. No explotó, ni se derrumbó en pedazos; simplemente se transformó en una fina lluvia de partículas de piedra que descendieron suavemente hasta el suelo, desapareciendo entre las rendijas de la superficie como si fueran agua.
—¿Qué...? ¿Se desintegró? —preguntó alguien en la transmisión—. ¿Ganó ya?
La alegría duró apenas unos segundos.
Porque en ese momento, el suelo comenzó a temblar.
No era un temblor leve. Era una vibración profunda, constante y creciente que no se limitaba solo a la sala de combate, sino que se extendía por todo el Segundo Piso.
En el exterior — Frente a las Ruinas Eternas
Hina fue la primera en notarlo, agarrándose de la pared para no perder el equilibrio.
—¡Kaede! ¡El suelo se mueve!
Kaede levantó la vista hacia la inmensa estructura de piedra que se alzaba ante ellas, y se quedó paralizada, sin poder creer lo que veían sus ojos.
Todo el complejo de las ruinas estaba cambiando.
Primero, una muralla entera giró sobre su propio eje. Luego, otra sección se elevó desde el suelo. Una torre completa comenzó a rotar lentamente, mientras escaleras gigantescas se movían como piezas de un mecanismo. Pasillos enteros se elevaban o descendían, puentes se doblaban y cambiaban de trayectoria, y columnas nuevas surgían de la nada mientras otras se hundían bajo tierra.
En cuestión de segundos, todo el laberinto se transformaba ante la mirada de todos. Las paredes ya no eran simples muros estáticos: giraban alrededor de un centro invisible, conectándose entre sí, formando plataformas que subían y bajaban, y corredores que cambiaban de dirección en cada instante.
Vista desde fuera, la inmensa estructura parecía una gigantesca esfera compuesta por anillos, muros y pasarelas que giraban a diferentes velocidades, formando un mecanismo perfecto, complejo y vivo. Era un laberinto tridimensional que nunca se mantenía igual.
Los monstruos que habitaban en su interior intentaron huir despavoridos, pero no tuvieron ninguna oportunidad. Una pared giratoria aplastó a un grupo de goblins en cuestión de segundos; una escalera descendió con fuerza sobre varios escorpiones de piedra; un pasillo entero se cerró sobre sí mismo, atrapando a todo lo que había en su interior.
Argos, en su nueva forma, no distinguía entre enemigos o criaturas del entorno. Todo lo que permaneciera dentro de sus límites debía ser sometido o destruido.
Dentro de la estructura
Aoi apenas tuvo tiempo de agarrarse con fuerza al lomo de Fern cuando el suelo bajo sus pies desapareció. Un instante después, la escalera sobre la que estaban comenzó a girar ciento ochenta grados, dejándolos en posición completamente invertida.
Pero para sorpresa de todos, no cayeron.
La gravedad había cambiado junto con la estructura: ahora los atraía hacia la nueva superficie, sin importar si era el suelo, una pared o incluso el techo.
—¿Qué está pasando aquí? —murmuró Aoi, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
A su alrededor, todo se movía sin cesar: los pasillos cambiaban de rumbo, las habitaciones se desplazaban, las puertas aparecían y desaparecían, y la sensación era la de estar dentro de un reloj gigante, donde cada pieza tenía su propio movimiento y función.
En la transmisión, millones de jugadores observaban atónitos, sin encontrar explicación a lo que estaban viendo. Hasta que Darius, con la voz temblorosa pero llena de comprensión, rompió el silencio.
—Ahora por fin lo entiendo...
—Ahora entiendo por qué nadie encontró esto.
—Porque nadie consiguió herir tanto a Argos en tan poco tiempo.
Mireya lo miró, esperando una respuesta.
—Durante todos estos años —continuó él, señalando la pantalla—, todos creímos que Argos era el jefe final de este piso. Pensamos que el laberinto era solo el camino para llegar hasta él.
Hizo una pausa, y sus palabras salieron lentas y claras.
—Pero nunca fue así.
Señaló entonces la inmensa estructura que seguía transformándose sin detenerse.
—Argos no era más que la puerta de acceso. El verdadero jefe... siempre fue el propio laberinto.
Y por primera vez en la historia del juego, todos los jugadores comprendieron el verdadero significado de aquella frase antigua que aparecía en las inscripciones de la entrada, y que durante tantos años nadie había sabido interpretar bien:
“El peligro nunca fue Argos......
el peligro siempre fue el Laberinto.”