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Capitulo 10: El primer paso hacia las alturas

DNavarrete
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—Academia Aokigahara, azotea — atardecer —

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—Academia Aokigahara, azotea — atardecer —

 

El día había terminado, pero la escuela todavía conservaba restos de su agitación.

 

En algunos pasillos aún se escuchaban pasos apresurados, voces apagadas y el sonido ocasional de una puerta cerrándose en la distancia. Sin embargo, conforme uno se alejaba de las aulas y subía los últimos tramos de escalera, todo ese ruido iba quedando atrás, como si perteneciera a otro lugar.

 

Reika empujó la puerta de la azotea y salió al exterior.

 

Una corriente de aire fresco la recibió de inmediato, moviéndole ligeramente el cabello. El cielo estaba teñido por los colores suaves del atardecer, y las rejas de seguridad proyectaban sombras largas sobre el suelo de cemento. Desde allí arriba, la ciudad parecía más lejana, más silenciosa.

 

Necesitaba ese momento.

 

Había sido un día agotador.

 

Las propuestas para nuevos clubes habían llenado buena parte de la tarde. La mayoría habían sido rechazadas casi de inmediato, algunas por falta de sentido, otras por no cumplir con los requisitos mínimos. Solo unas pocas habían conseguido avanzar, siempre con la aprobación final del director.

 

Incluso así, el cansancio no venía solo del trabajo.

 

Todo el día había estado envuelto en la misma conversación.

 

El evento global del juego.

 

Los estudiantes no hablaban de otra cosa.

 

Y por primera vez en mucho tiempo, incluso ella había sentido que la escuela se movía con una energía distinta, desordenada, más impulsiva de lo habitual.

 

Reika avanzó unos pasos, dispuesta a disfrutar por fin de unos minutos de calma.

 

Entonces se detuvo.

 

No estaba sola.

 

Cerca de la reja, de pie y con el cuerpo ligeramente inclinado hacia el paisaje exterior, había otra persona.

 

Aoi Mizuchi.

 

Llevaba el uniforme masculino de la academia como siempre. La ropa estaba bien puesta, sin detalles llamativos. El cabello oscuro le caía sobre la frente y parte del rostro, mientras los lentes ocultaban aún más su mirada. Con los hombros apenas encogidos y las manos quietas a los costados, parecía un chico que intentaba pasar desapercibido incluso cuando no había nadie alrededor.

 

Reika lo reconoció de inmediato, aunque tardó un segundo en decidir si debía irse y dejarlo solo o simplemente quedarse.

 

Fue Aoi quien notó su presencia primero.

 

Giró un poco la cabeza hacia la puerta, y apenas la vio, pareció tensarse con discreción.

 

—Presidenta… —dijo en voz baja.

 

Reika cerró la puerta detrás de sí con suavidad.

 

—No sabía que había alguien aquí.

 

Aoi apartó la vista casi enseguida.

 

—Perdón. Si quiere, me voy.

 

La respuesta fue tan inmediata que Reika lo miró con una leve sorpresa.

 

—No hace falta —dijo—. La azotea no me pertenece.

 

Aoi se quedó quieto unos segundos, como si no hubiera esperado esa respuesta.

 

—Ah… está bien.

 

Reika caminó hasta la baranda, dejando una distancia prudente entre ambos. No buscaba incomodarlo, y él tampoco parecía alguien que disfrutara demasiado de la compañía inesperada.

 

Durante unos instantes no hablaron.

 

El viento pasaba con suavidad entre los dos, moviendo apenas la tela del uniforme y trayendo consigo el aire frío del final de la tarde.

 

Desde abajo llegaban ecos muy apagados de la escuela: voces lejanas, una pelota rebotando en alguna cancha, el ruido metálico de una puerta cerrándose.

 

—Fue un día largo —dijo Reika al final, más para romper el silencio que por otra cosa.

 

Aoi tardó un poco en responder.

 

—Sí.

 

Su voz salió baja, pero clara.

 

Reika miró hacia el cielo.

 

—No pensé que todo se alteraría tanto por un solo evento.

 

Aoi ajustó ligeramente sus lentes.

 

—A veces pasa. Cuando algo emociona mucho a la gente…

 

No terminó la frase, pero no hacía falta.

 

Reika asintió.

 

—Sí. Supongo que sí.

 

Volvió la calma.

 

Aoi no parecía incómodo exactamente, pero sí cuidadoso. Como si eligiera cada palabra antes de decirla.

 

Reika lo observó de reojo un instante.

 

Hasta ahora, sus interacciones con él habían sido mínimas. Un cruce en el pasillo, alguna presencia silenciosa en reuniones escolares, poco más. Siempre había parecido alguien retraído, de esos estudiantes que se mueven por la escuela sin llamar la atención y que, por lo mismo, suelen quedar fuera de casi todo.

 

—¿Vienes seguido aquí? —preguntó ella.

 

Aoi parpadeó, como si no esperara otra pregunta.

 

—A veces.

 

—¿Cuando quieres estar solo?

 

Aoi bajó un poco más la mirada, aunque la pregunta no parecía haberle molestado.

 

—Sí.

 

Reika apoyó una mano en la baranda.

 

—Te entiendo.

 

Eso hizo que Aoi levantara apenas la vista hacia ella.

 

No mucho.

 

Solo lo suficiente para mostrar cierta sorpresa.

 

—¿Usted también? —preguntó.

 

—A veces —respondió Reika—. Hay días en los que hablar con demasiada gente cansa más de lo que debería.

 

Aoi la observó en silencio unos segundos antes de asentir.

 

—Sí… eso pasa.

 

El comentario era simple, pero había en él una sinceridad tan directa que hizo la escena un poco menos distante.

 

El viento volvió a soplar.

 

A lo lejos, el sol descendía lentamente, tiñendo los edificios y las ventanas de tonos anaranjados.

 

Reika dejó que ese silencio regresara sin prisas. No era uno incómodo. Más bien era de esos silencios tranquilos que no exigen llenarse de inmediato.

 

Fue Aoi quien habló esta vez.

 

—Presidenta…

 

Reika giró el rostro hacia él.

 

—¿Sí?

 

Aoi dudó apenas antes de continuar.

 

—Gracias por no decirme que me fuera.

 

La sinceridad de la frase la tomó un poco por sorpresa.

 

No por lo que decía, sino por la forma en que lo decía. Como si de verdad hubiera esperado que lo echaran solo por estar allí primero.

 

Reika lo miró un momento antes de responder.

 

—No tenía motivo para hacerlo.

 

Aoi apretó apenas los labios, como si no supiera muy bien qué contestar.

 

—Aun así… gracias.

 

Reika apartó la vista hacia el horizonte.

 

—Eres demasiado formal.

 

Aoi pareció confundido.

 

—¿Eh?

 

—No hace falta agradecer tanto por algo tan simple.

 

Por un instante, una expresión muy leve cambió el rostro de Aoi. No era exactamente una sonrisa, pero sí algo más suave que la tensión que había mostrado al principio.

 

—Supongo que… es costumbre.

 

Reika lo escuchó y no insistió.

 

Había algo en esa respuesta que sonaba más profundo de lo que parecía, pero no era el tipo de cosa que se preguntaba en una primera conversación tranquila al final de la tarde.

 

Se limitó a aceptar el comentario con naturalidad.

 

—Entonces deberías descansar de esa costumbre un poco.

 

Aoi soltó una pequeña exhalación que casi pudo pasar por una risa contenida.

 

Muy pequeña.

 

Pero real.

 

Reika lo notó.

 

Y por primera vez desde que había subido a la azotea, sintió que el ambiente se había relajado del todo.

 

Abajo, la escuela continuaba vaciándose.

 

El cielo se oscurecía lentamente.

 

La luz cálida del atardecer iba cediendo lugar a tonos más fríos, y el aire comenzaba a sentirse más cortante sobre la piel.

 

Reika enderezó un poco la postura.

 

—Debería bajar ya.

 

Aoi asintió.

 

—Sí.

 

Ella dio un par de pasos hacia la puerta, pero antes de abrirla se detuvo y miró por encima del hombro.

 

—Mizuchi.

 

Aoi levantó la cabeza.

 

—¿Sí?

 

—No te quedes mucho tiempo aquí. Cuando oscurece, esta parte se pone bastante fría.

 

Aoi pareció sorprendido por la advertencia, pero luego asintió con rapidez.

 

—Está bien.

 

Reika abrió la puerta.

 

—Nos vemos mañana.

 

—Sí… hasta mañana.

 

La puerta se cerró suavemente tras ella.

 

Aoi permaneció unos segundos más junto a la baranda, con el viento rozándole el rostro y el último color del atardecer apagándose poco a poco frente a sus ojos.

 

La azotea seguía siendo la misma.

 

El aire, el cielo, el ruido lejano de la ciudad.

 

Y sin embargo, algo en ese final de día se sentía distinto.

 

No grande.

 

No dramático.

 

Solo distinto.

 

Mientras tanto, Reika descendía por las escaleras con las manos relajadas a los costados y la mente, por primera vez en todo el día, un poco más ligera.

 

Había subido buscando silencio.

 

Y, de alguna manera inesperada, lo había encontrado compartiéndolo con alguien más.

 

No significaba nada todavía.

 

Solo había sido una conversación breve en una azotea al final de clases.

 

Pero incluso los encuentros más pequeños,

 

a veces,

 

eran los que permanecían más tiempo en la memoria.

 

—Eidralys Online — una semana después —

 

La semana pasó más rápido de lo que Aoi habría querido.

 

O quizá no.

 

Tal vez solo se sintió así porque desde el día en que obtuvo el título de Madre de los Dragones, todo dentro del juego pareció avanzar con una velocidad distinta.

 

Durante esos siete días, Aoi había entrado cada noche con el mismo objetivo.

 

Buscar.

 

Buscar rastros.

 

Buscar señales.

 

Buscar cualquier indicio que pudiera conducirlo hacia los demás dragones antiguos.

 

Pero no encontró nada.

 

Ni una voz en la distancia.

 

Ni una marca extraña en el mapa.

 

Ni un evento oculto.

 

Nada.

 

Y eso, al final, terminó obligándolo a aceptar una realidad simple:

 

el dragón de fuego había estado en el primer nivel del mundo…

 

pero los demás no tenían por qué estar allí.

 

Esa noche, Aoi se encontraba junto a sus dos hermanas sobre una colina desde la que podía verse buena parte del territorio inicial. A lo lejos, Lunvar brillaba con sus luces cálidas, rodeada por caminos de piedra, bosques bajos, campos de caza y pequeñas ruinas donde los jugadores novatos solían pasar sus primeras horas.

 

Fen permanecía echado a su lado, atento pero en calma.

 

Lyn volaba en círculos amplios por encima del grupo, vigilando desde el aire.

 

Puddle, como siempre, rebotaba cerca de las botas de Aoi sin la menor preocupación del mundo.

 

El paisaje se extendía frente a ellos con una paz engañosa.

 

Porque ese primer nivel, aunque inmenso para quien recién comenzaba, no era más que la base del verdadero mundo de Eidralys.

 

Aoi miraba el horizonte mientras escuchaba a Kaede terminar de explicar algo que Hina ya le había repetido antes.

 

—Eidralys no está construido como un mundo plano —dijo Kaede con paciencia, señalando el mapa flotante que tenía abierto frente a ella—. Está diseñado como una pirámide.

 

Aoi bajó la mirada hacia el mapa holográfico.

 

Desde arriba, la estructura del juego parecía un enorme territorio dividido en capas.

 

La parte más baja, la más ancha, correspondía al Nivel 1.

 

Era el punto de partida.

 

El lugar donde todos los jugadores aparecían por primera vez.

 

El mundo inicial.

 

La base más extensa, más abierta y también más poblada de todo Eidralys.

 

—Aquí empiezan todos —continuó Kaede—. Por eso esta zona es tan grande. Está diseñada para contener a la mayor cantidad posible de jugadores nuevos.

 

Hina cruzó los brazos, apoyando el peso en una sola pierna.

 

—Pero mientras más subes, menos espacio hay.

 

Aoi observó cómo el mapa se estrechaba poco a poco hacia arriba.

 

Cada nivel superior ocupaba menos territorio que el anterior.

 

Menos ciudades.

 

Menos rutas seguras.

 

Menos zonas de farmeo.

 

Y, según parecía, más dificultad.

 

—Treinta niveles en total —murmuró Aoi.

 

Kaede asintió.

 

—Treinta pisos, treinta territorios principales. Y para pasar de uno a otro no basta con caminar o encontrar una salida oculta.

 

Hina señaló uno de los puntos marcados entre el Nivel 1 y el Nivel 2.

 

—Tienes que derrotar al jefe final del piso.

 

Aoi levantó un poco la vista.

 

—Uno por cada nivel…

 

—Exacto —respondió Hina—. Cada capa del juego está sellada por un jefe principal. Hasta que ese jefe no cae, el acceso al siguiente piso permanece bloqueado o limitado.

 

Aoi volvió a mirar el mapa.

 

Ahora entendía mejor por qué durante toda una semana no había encontrado nada más.

 

Había recorrido con sus hermanas prácticamente todo el primer nivel.

 

Bosques.

 

Llanuras.

 

Cuevas menores.

 

Ruinas abandonadas.

 

Rutas escondidas.

 

Incluso zonas donde los jugadores normales apenas entraban por el riesgo de los monstruos hostiles.

 

Y en ninguna de ellas apareció el más mínimo rastro de otro dragón.

 

Ni un llamado.

 

Ni una señal parecida a la del volcán.

 

Nada.

 

Fen alzó la cabeza al notar que Aoi se había quedado callado.

 

Puddle rebotó una vez contra su bota como si intentara llamar su atención.

 

Aoi lo miró por un momento antes de volver los ojos al mapa.

 

—Entonces es eso… —murmuró.

 

Kaede lo observó con calma.

 

—Sí.

 

Aoi cerró lentamente la mano.

 

—Los otros no están aquí.

 

El viento nocturno recorrió la colina, moviendo la hierba alta alrededor del grupo.

 

A lo lejos, las luces de Lunvar parecían pequeñas estrellas ancladas en la tierra.

 

Hina dejó escapar un suspiro.

 

—Era lo más lógico. El dragón de fuego estaba escondido en una zona casi imposible para jugadores normales del primer nivel. Si los otros hermanos son igual de importantes, no tendría sentido que todos estuvieran en la misma capa.

 

Kaede deslizó los dedos sobre el mapa y este mostró una imagen general más amplia del mundo.

 

La estructura completa era impresionante.

 

Treinta niveles.

 

Treinta territorios superpuestos como si el mundo mismo se estrechara hacia un punto más alto, más lejano y más peligroso.

 

—Mientras más arriba subes —dijo Kaede—, más difíciles son los monstruos, más complejos los jefes y menos información existe. La mayoría de jugadores ni siquiera supera los primeros pisos en sus primeras semanas.

 

Hina sonrió de lado.

 

—Y tú apenas llevas una.

 

Aoi desvió la mirada, un poco molesto por cómo sonó eso.

 

—Lo sé.

 

—No lo digo para burlarme —añadió ella—. Lo digo porque esto significa que no puedes seguir buscando a ciegas.

 

Aoi guardó silencio.

 

Sabía que tenía razón.

 

Hasta ahora había podido avanzar porque el primer dragón prácticamente lo había llamado.

 

Porque había una voz guiándolo.

 

Porque algo dentro de ese evento lo había llevado directamente hasta la cueva bajo el volcán.

 

Pero si los demás estaban en niveles superiores, entonces las cosas cambiaban.

 

Ya no bastaba con vagar por el mapa esperando otra señal.

 

Tendría que crecer.

 

Tendría que volverse más fuerte.

 

Tendría que subir.

 

Lyn descendió desde el cielo y se posó en una roca cercana, plegando sus alas con elegancia. Sus ojos brillaron suavemente en la oscuridad, atentos a Aoi como si también comprendiera que algo importante acababa de quedar claro.

 

—¿Y el jefe del primer piso? —preguntó Aoi después de unos segundos.

 

Hina y Kaede intercambiaron una mirada rápida.

 

Fue Hina quien respondió.

 

—Sigue vivo.

 

Aoi frunció apenas el ceño.

 

—Entonces nadie ha abierto aún el segundo nivel.

 

Kaede negó con la cabeza.

 

—No. Hay grupos intentando organizarse desde hace días, pero el aumento masivo de jugadores tras el evento hizo que todo se volviera caótico. Mucha gente sube nivel, farmea equipo, forma clanes… pero derrotar al jefe del primer piso no es algo que cualquier grupo pueda hacer.

 

Aoi volvió a mirar la estructura del mapa.

 

Una pirámide invertida.

 

Un mundo construido para obligar a los jugadores a ascender por fuerza.

 

Un camino vertical disfrazado de mundo abierto.

 

Hasta ahora él había vivido solo en la base.

 

Solo en el primer nivel.

 

Solo en el punto más amplio, más seguro y más accesible de todo Eidralys.

 

Y aun así, ahí había encontrado un dragón legendario.

 

Pensar en lo que podía esperarle más arriba le produjo un leve escalofrío.

 

No de miedo exactamente.

 

Sino de presión.

 

Porque ahora lo entendía.

 

Si quería encontrar a los otros seis…

 

tendría que empezar a subir por el verdadero mundo.

 

Fen se puso de pie con un movimiento pesado y firme, como si percibiera el cambio en el ánimo de su ama.

 

Aoi apoyó una mano sobre su lomo sin pensar.

 

El calor del Grimfang Wolf lo ayudó a aterrizar un poco sus pensamientos.

 

—Entonces ya no tenemos opción —dijo al final.

 

Hina arqueó una ceja.

 

—¿No tenemos?

 

Aoi la miró.

 

—Si los demás están en pisos superiores, tendré que llegar hasta ellos.

 

Kaede cerró el mapa con un gesto suave.

 

—Eso significa enfrentarte al sistema real del juego.

 

—Lo sé.

 

—Significa clanes, raids, jefes de piso y zonas que ya no podrás recorrer solo como si nada.

 

—Lo sé.

 

Hina lo estudió unos segundos antes de soltar una media sonrisa.

 

—Sigues decidido.

 

Aoi bajó un poco la mirada, pero esta vez no por vergüenza.

 

Más bien porque no necesitaba alzar la voz para tener clara su decisión.

 

—Ellos me esperaron quinientos años —dijo en voz baja—. No puedo quedarme en el primer nivel para siempre.

 

El viento volvió a pasar entre los tres.

 

Por un instante, nadie dijo nada.

 

Ni siquiera Hina bromeó.

 

Porque, más allá de que aquello fuera un juego…

 

esa convicción en Aoi se sentía real.

 

Demasiado real.

 

Kaede fue la primera en romper el silencio.

 

—Entonces tendremos que prepararte para subir.

 

Aoi levantó la vista.

 

Hina sonrió, esta vez con una energía más firme.

 

—Y eso significa una sola cosa.

 

Aoi las miró a ambas.

 

—¿Qué cosa?

 

Hina dio un golpe suave con el puño contra la palma de su mano.

 

—Que primero vamos a derribar al jefe del Nivel 1.

 

Aoi abrió un poco los ojos.

 

A lo lejos, Lunvar seguía brillando bajo la noche.

 

Por encima de ellos, el cielo digital de Eidralys se extendía inmenso, lleno de estrellas artificiales que parecían tan reales como cualquier cielo del mundo verdadero.

 

Y en ese instante, mientras el mapa del juego ya no parecía un lugar para explorar libremente sino una montaña que debía escalar…

 

Aoi comprendió que su viaje acababa de cambiar.

 

Hasta entonces había estado buscando.

 

A partir de ahora,

 

tendría que conquistar el camino que lo llevaría hacia los dragones.

 

—Lunvar, posada del ala norte — noche —

 

La habitación que habían alquilado esa noche no era grande, pero sí lo bastante amplia para cinco personas.

 

Una mesa de madera ocupaba el centro, rodeada por sillas desiguales que parecían haber sido reparadas más de una vez. En una esquina, una lámpara de cristal mágico lanzaba una luz cálida y temblorosa sobre las paredes, mientras por la ventana abierta entraba el murmullo lejano de la ciudad nocturna.

 

Abajo, Lunvar seguía viva.

 

Se oían voces, pasos, comerciantes tardíos y el ruido apagado de armaduras chocando unas con otras. Desde el anuncio global de la Madre de los Dragones, la ciudad parecía no dormir del todo.

 

Aoi estaba de pie junto a la mesa, mirando el mapa del primer piso extendido frente a él.

 

Las zonas exploradas estaban marcadas.

 

Las rutas de farmeo también.

 

Incluso los puntos donde se habían visto grupos organizando incursiones hacia el jefe del nivel aparecían señalados con pequeñas marcas rojas que Kaede había añadido durante los últimos días.

 

Hina estaba sentada con los brazos cruzados, moviendo una pierna con impaciencia.

 

Kaede, en cambio, permanecía en calma, revisando una lista flotante de consumibles y objetos útiles para una batalla larga.

 

Fen descansaba echado cerca de la puerta, vigilante.

 

Puddle dormía como una masa azul temblorosa sobre un cojín improvisado.

 

Lyn observaba desde la parte alta de un estante, con las alas recogidas y la mirada atenta.

 

Aoi llevaba varios minutos en silencio.

 

Mirando el mapa.

 

Pensando.

 

Al final, fue Hina quien rompió la quietud.

 

—Vas a hacer un agujero en la mesa si sigues mirándola así.

 

Aoi parpadeó y apartó apenas la vista del mapa.

 

—Lo siento.

 

Hina soltó un suspiro.

 

—No te disculpes, habla.

 

Kaede levantó la mirada de su lista.

 

—También creo que ya decidiste algo.

 

Aoi guardó silencio un segundo más antes de asentir despacio.

 

—Sí.

 

Se enderezó un poco.

 

Su expresión seguía siendo tranquila, pero había una firmeza más clara en ella que antes no estaba.

 

—Quiero ir al siguiente piso.

 

La frase quedó suspendida en el aire.

 

No era una sorpresa.

 

No realmente.

 

Las tres lo sabían desde el momento en que habían comprendido que los otros dragones no se encontraban en el primer nivel.

 

Pero escucharlo decirlo de forma tan directa hacía que todo se volviera más real.

 

Hina fue la primera en responder.

 

—Eso ya lo sabíamos.

 

Aoi asintió.

 

—Sí. Pero una cosa es quererlo y otra muy distinta intentarlo de verdad.

 

Kaede cerró la lista flotante con un movimiento leve de la mano.

 

—Y también sabes que no bastamos.

 

Aoi levantó la mirada hacia ella.

 

—Sí.

 

No había duda en su voz esta vez.

 

—Fen, Lyn y Puddle pueden ayudar mucho. Ustedes dos también. Pero no soy tan ingenuo como para pensar que con eso alcanzará.

 

La luz cálida de la lámpara tembló apenas, reflejándose sobre el mapa extendido.

 

—El jefe del primer piso no está ahí para decorar la entrada al segundo —continuó Aoi—. Si nadie lo ha derrotado todavía, entonces no podemos ir solo nosotros tres.

 

Hina sonrió de lado.

 

—Bien. Al menos ya no estás pensando como novato.

 

Aoi desvió apenas la mirada, molesto por el comentario, pero no discutió.

 

Porque sabía que era verdad.

 

Hasta ahora había avanzado gracias a situaciones extraordinarias, a sus monstruos y a eventos que parecían haberlo elegido de alguna manera. Pero un jefe de piso era otra cosa.

 

Era una barrera diseñada para detener a los jugadores.

 

Un combate pensado para aplastar grupos mal preparados.

 

No bastaba con desear avanzar.

 

Había que hacerlo bien.

 

Kaede apoyó ambos codos sobre la mesa.

 

—Entonces, si ya aceptaste que no podemos solos… imagino que ya pensaste a quién llamar.

 

Aoi tardó apenas un segundo en responder.

 

—Sí.

 

Hina arqueó una ceja.

 

—¿Y?

 

Aoi respiró hondo.

 

—Quiero pedir ayuda a Reika… y a Reina.

 

Hubo un breve silencio.

 

Hina fue la primera en reaccionar.

 

—¿La presidenta y la vicepresidenta?

 

Aoi asintió.

 

Kaede no pareció sorprendida.

 

Más bien lo miró con atención, como evaluando si esa decisión venía de la lógica o de otra cosa.

 

—Tiene sentido —dijo al final—. Son fuertes, tienen experiencia y ya las conocemos un poco.

 

Hina ladeó la cabeza.

 

—Además, las dos juegan bien.

 

Aoi apartó la vista hacia el mapa.

 

—Necesitamos al menos cinco personas. Un grupo equilibrado.

 

Levantó una mano y fue señalando los roles casi con timidez, aunque cada palabra estaba pensada.

 

—Hina puede recibir daño. Kaede da soporte y control. Yo puedo coordinar a Fen, Lyn y Puddle, pero eso no reemplaza un grupo real. Reika pelea bien y mantiene la calma. Reina… bueno…

 

Hina soltó una risita.

 

—¿Bueno…?

 

Aoi frunció un poco el ceño.

 

—Es impulsiva, pero fuerte.

 

Kaede sonrió apenas.

 

—Eso fue una manera bastante amable de decirlo.

 

Aoi ignoró el comentario.

 

—Con ellas tendríamos una formación más estable.

 

Hina apoyó la mejilla en una mano.

 

—Entonces llámalas.

 

Aoi levantó la vista.

 

—¿Así de fácil?

 

—¿Quieres que te escribamos el discurso también? —preguntó Hina.

 

—No.

 

—Entonces sí. Así de fácil.

 

Kaede tomó la palabra con tono más suave.

 

—Si de verdad quieres subir de piso, vas a tener que empezar a confiar en más personas. No puedes cargar todo tú solo, Aoi.

 

Esa frase se quedó un momento en el aire.

 

Aoi no respondió enseguida.

 

No porque no quisiera.

 

Sino porque, en el fondo, sabía que eso era precisamente lo difícil.

 

Confiar.

 

Apoyarse.

 

Aceptar que no podía seguir avanzando escondiendo siempre la parte más importante de lo que llevaba dentro.

 

Pero esta vez…

 

esta vez no tenía opción.

 

Asintió una sola vez.

 

—Está bien.

 

Unos minutos después, el grupo se reunió en una pequeña sala privada de la posada, reservada para jugadores que quisieran hablar de estrategias sin ser interrumpidos.

 

La habitación era más ordenada que la principal, con una mesa redonda al centro, paredes forradas en madera oscura y una única ventana abierta desde la que entraba el aire fresco de la noche.

 

Reika llegó primero.

 

Su avatar se movía con la misma serenidad que en el mundo real. Entró en la sala, observó a los presentes y luego fijó sus ojos en Aoi.

 

—Dijiste que era importante.

 

No sonó molesta.

 

Pero sí directa.

 

Detrás de ella entró Reina, cruzándose de brazos apenas puso un pie dentro de la habitación.

 

—Si esto termina siendo una misión aburrida, me voy.

 

Hina soltó una risa nasal.

 

—Sigues igual de amable que siempre.

 

—Y tú igual de insoportable —respondió Reina al instante.

 

Kaede intervino antes de que el ambiente se desviara.

 

—Tomemos asiento.

 

Todos lo hicieron.

 

Aoi quedó frente a las dos recién llegadas.

 

Por un instante se sintió un poco extraño estar así, sentado con ellas en una misma mesa, no como encuentros casuales en la ciudad o en la escuela, sino como alguien que iba a pedir algo de verdad.

 

Reika observó el mapa extendido en el centro.

 

Sus ojos recorrieron las marcas, los trazos, los puntos señalados.

 

Luego alzó la mirada hacia Aoi.

 

—Quieres ir al jefe del piso.

 

No fue una pregunta.

 

Aoi asintió.

 

—Sí.

 

Reina dejó escapar un pequeño silbido.

 

—Directo al grano. Me agrada.

 

Reika siguió observándolo.

 

—¿Por qué ahora?

 

Aoi sintió que la pregunta se clavaba en el punto exacto que no podía revelar.

 

No podía decirles que necesitaba subir porque los otros seis dragones probablemente lo estaban esperando en niveles superiores.

 

No podía hablar del huevo guardado en su inventario.

 

No podía contarles que cada piso era, para él, una posibilidad de acercarse a algo mucho más grande que un simple avance en el juego.

 

Así que eligió una verdad incompleta.

 

No una mentira.

 

Solo… no toda la verdad.

 

—Porque ya recorrí todo lo que podía del primer piso —dijo—. Y si quiero seguir avanzando, necesito llegar más arriba.

 

Reika mantuvo la mirada fija en él unos segundos más.

 

Era difícil saber si le bastaba esa respuesta o si notaba que había algo más detrás.

 

Pero al final no insistió.

 

—Y necesitas ayuda.

 

—Sí —respondió Aoi.

 

Reina se echó un poco hacia atrás en la silla.

 

—Eso ya suena más razonable. Pensé que ibas a decir que querías ir tú solo con tu lobo y tu slime.

 

Puddle, al escuchar la palabra, vibró suavemente desde el rincón donde descansaba.

 

Fen no levantó la cabeza, pero una de sus orejas se movió.

 

Aoi negó.

 

—No soy tan imprudente.

 

—Bien —dijo Reina—. Entonces aún tienes salvación.

 

Hina rodó los ojos, pero no comentó nada.

 

Kaede tomó la palabra con calma.

 

—Queremos formar un grupo de cinco para intentar la incursión. No improvisar, no seguir a una raid masiva sin plan. Un equipo pequeño, coordinado y capaz de moverse con rapidez.

 

Reika volvió a mirar el mapa.

 

—Eso reduce los errores.

 

—Y también las variables —añadió Aoi.

 

Reina apoyó un codo sobre la mesa.

 

—¿Y por qué nosotras?

 

Aoi dudó apenas, pero respondió con honestidad.

 

—Porque son fuertes.

 

Reina sonrió con satisfacción inmediata.

 

—Correcto.

 

—Porque tienen experiencia —continuó él, antes de que ella pudiera interrumpir más—. Y porque cuando actúan, no parecen perder la cabeza en medio de una situación complicada.

 

Eso último hizo que Reina arqueara una ceja.

 

—Oye.

 

Hina soltó una pequeña risa.

 

Reika, en cambio, permaneció tranquila.

 

—Quieres un grupo que no se desmorone cuando empiece el combate.

 

—Sí —dijo Aoi.

 

Reika bajó la vista un instante hacia la mesa, pensativa.

 

La habitación quedó en silencio durante unos segundos. Se escuchaba a lo lejos el ruido apagado de la posada, pasos en el pasillo, el murmullo de otras conversaciones detrás de la madera.

 

Finalmente, Reina habló primero.

 

—Yo acepto.

 

Todos giraron hacia ella.

 

Reina se encogió de hombros.

 

—¿Qué? Suena interesante. Además, ya quería enfrentarme a ese jefe tarde o temprano.

 

Hina sonrió.

 

—Sabía que dirías eso.

 

Reika no respondió de inmediato.

 

Seguía observando el mapa.

 

Luego miró a Aoi.

 

—Si lo hacemos, lo haremos bien.

 

Aoi asintió.

 

—Sí.

 

—Nada de impulsos absurdos.

 

Antes de que nadie dijera nada, Reika añadió sin dejar de mirarlo:

 

—Y nada de guardarte información importante en medio del combate.

 

Por un instante, Aoi sintió una ligera presión en el pecho.

 

No porque ella supiera nada.

 

No lo sabía.

 

Pero aun así, esa frase le golpeó donde más le dolía.

 

Bajó apenas la mirada.

 

—Lo intentaré.

 

Reina soltó una risa corta.

 

—Esa no fue una respuesta muy tranquilizadora.

 

Kaede intervino con suavidad.

 

—Con eso basta por ahora.

 

Reika sostuvo la mirada de Aoi un momento más antes de asentir.

 

—Entonces ayudaré.

 

La tensión en los hombros de Aoi se aflojó apenas.

 

No sonrió demasiado.

 

Pero sí lo suficiente para que Hina lo notara de inmediato.

 

—Mira eso —dijo ella—. Hasta parece aliviado.

 

—Lo estoy —respondió Aoi sin darse cuenta.

 

Eso hizo que Reina sonriera de lado.

 

—Bueno. Entonces ya somos cinco.

 

La lámpara mágica sobre la mesa lanzó un brillo más cálido cuando Kaede desplegó de nuevo el mapa y comenzó a mover algunas marcas.

 

La conversación se volvió más práctica a partir de ahí.

 

Rutas de entrada.

 

Posibles patrones del jefe.

 

Objetos necesarios.

 

Pociones.

 

Ángulos de ataque.

 

Líneas de retirada.

 

Pero, aun mientras las voces se sucedían y el plan empezaba a tomar forma, Aoi no podía dejar de sentir el peso real de lo que acababa de hacer.

 

Había dado un paso fuera de su pequeño círculo.

 

Había traído a otras personas hasta el borde de algo importante.

 

Y aunque ellas solo veían una incursión hacia el siguiente piso…

 

para él significaba mucho más.

 

Porque más arriba, en algún lugar de los niveles que aún no conocía,

 

lo esperaban los otros dragones.

 

Y el camino hacia ellos

 

acababa de comenzar a abrirse de verdad.

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