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Capítulo 13: sin rendirse hasta el final

DNavarrete
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El orco sanador soltó un grito ahogado.

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El orco sanador soltó un grito ahogado.

 

La masa azul que cubría su cuerpo comenzó a apretarse más y más alrededor de él.

 

Puddle ya no parecía aquel pequeño slime inofensivo que rebotaba alegremente alrededor de Aoi.

 

Ahora su cuerpo estaba completamente adherido al torso del orco, cubriendo parte de su cuello, un brazo entero y subiendo poco a poco hasta el rostro.

 

Cada vez que el monstruo intentaba arrancárselo de encima, el slime simplemente se dividía, se extendía y volvía a unirse a su piel.

 

El orco sanador retrocedió desesperado, golpeando con su bastón el suelo, intentando lanzar magia de recuperación.

 

Pero ya era tarde.

 

La sustancia azulada cubría cada vez más runas de su cuerpo.

 

Cada hechizo se interrumpía.

 

Cada movimiento se volvía más lento.

 

Y en el campo de batalla, todos lo sintieron.

 

Las heridas ya no desaparecían.

 

Los orcos comenzaron a quedarse dañados.

 

Comenzaron a sangrar.

 

Comenzaron a cansarse.

 

—¡Ahora! —gritó Aoi desde atrás.

 

Su voz se escuchó firme.

 

Más segura que nunca.

 

Hina fue la primera en reaccionar.

 

La paladina giró sobre sí misma esquivando el enorme garrote de uno de los orcos, deslizando una rodilla por el suelo de piedra antes de impulsarse hacia adelante.

 

Su espada brilló.

 

Un corte.

 

Luego otro.

 

Luego un tercero.

 

Las hojas de acero golpearon el costado del monstruo, dejando líneas profundas sobre su armadura improvisada.

 

El orco rugió y levantó el arma por encima de su cabeza.

 

Hina sonrió.

 

Esperó justo un segundo.

 

Y desapareció hacia un costado.

 

El garrote cayó con fuerza brutal contra el suelo, levantando tierra, polvo y piedras.

 

Pero Hina ya estaba detrás.

 

—Muy lento.

 

Su espada atravesó la parte posterior de la rodilla del monstruo.

 

El orco cayó sobre una pierna soltando un rugido de dolor.

 

Y antes de que pudiera levantarse, Hina giró una vez más sobre sí misma.

 

La hoja trazó una línea brillante en el aire.

 

El corte cruzó el cuello del monstruo.

 

La cabeza cayó un segundo después.

 

[Orco guerrero derrotado]

 

—¡Uno menos! —gritó Hina.

 

Por el otro lado del campo, Reina era completamente distinta.

 

Donde Hina era velocidad y precisión, Reina era pura destrucción.

 

Su espada gigantesca descendió desde arriba como una guillotina.

 

El orco que intentó bloquearla apenas logró levantar su arma.

 

El impacto fue tan fuerte que el monstruo se hundió de rodillas.

 

La tierra bajo sus pies se quebró.

 

—¡No te atrevas a frenarme! —gritó Reina.

 

Su cabello se agitó detrás de ella mientras volvía a levantar la espada.

 

El orco intentó responder.

 

Le lanzó un golpe lateral.

 

Reina lo recibió de frente.

 

El impacto la hizo retroceder medio paso.

 

Nada más.

 

Sonrió.

 

Luego giró el cuerpo completo.

 

La espada enorme cortó el aire con un sonido brutal.

 

Golpeó el torso del monstruo de lado.

 

La armadura improvisada se rompió.

 

Las costillas también.

 

El orco salió despedido varios metros, rodando por el suelo hasta chocar contra una roca.

 

Intentó levantarse.

 

No pudo.

 

Reina llegó antes.

 

Saltó.

 

Y bajó la espada con ambas manos.

 

El golpe atravesó el pecho del monstruo y se clavó en el suelo.

 

[Orco guerrero derrotado]

 

Mientras tanto, Kaede y Reika seguían enfrentando al General Orco.

 

La diferencia de tamaño era absurda.

 

El jefe parecía una muralla viva.

 

Cada vez que movía su enorme espada, el aire vibraba.

 

Cada golpe dejaba grietas en el suelo.

 

Reika retrocedió esquivando apenas una estocada brutal que atravesó la roca detrás de ella.

 

—¡Ese monstruo está loco! —gritó.

 

Kaede levantó el bastón.

 

Círculos mágicos aparecieron alrededor del General Orco.

 

Cadenas de hielo emergieron desde el suelo y se enredaron en una de sus piernas.

 

No bastaban para detenerlo.

 

Pero sí para hacerlo más lento.

 

—¡Ahora, Reika! —gritó.

 

La vicepresidenta no dudó.

 

Se lanzó hacia adelante.

 

Su lanza trazó una línea recta entre el humo y el polvo.

 

Golpeó el costado del General.

 

No fue una herida profunda.

 

Pero sí suficiente para llamar su atención.

 

El jefe giró hacia ella rugiendo.

 

Y eso era exactamente lo que necesitaban.

 

Fen apareció desde un costado.

 

El enorme lobo negro saltó directamente sobre el brazo del General Orco.

 

Sus colmillos se clavaron en la muñeca del monstruo.

 

El jefe rugió furioso.

 

Intentó arrancárselo de encima.

 

Fen no soltó.

 

Reika aprovechó ese instante.

 

Se deslizó por debajo del enorme brazo del General y golpeó directamente una de sus piernas.

 

El filo de su lanza atravesó la armadura.

 

El monstruo retrocedió medio paso.

 

Kaede volvió a levantar la mano.

 

—¡Explosión de escarcha!

 

El suelo bajo el General explotó.

 

Hielo y roca saltaron por todas partes.

 

El jefe rugió de dolor.

 

Su barra de vida bajó apenas un poco.

 

Pero bajó.

 

Desde atrás, Aoi observaba todo.

 

Sus ojos iban de un lado a otro.

 

Analizando.

 

Midiendo.

 

Lyn volaba alto, marcando posiciones.

 

Cada vez que veía un hueco, chillaba.

 

Y Aoi respondía al instante.

 

—¡Hina, a la derecha! —¡Reina, detrás de ti! —¡Reika, retrocede ahora!

 

Todo el grupo se movía siguiendo su voz.

 

Como si Aoi fuera el centro de una telaraña gigante.

 

Entonces el último orco normal intentó escapar hacia el sanador.

 

Pero ya era demasiado tarde.

 

Puddle terminó de cubrir completamente al orco sanador.

 

El cuerpo del monstruo desapareció lentamente dentro de la masa azul.

 

Y cuando el slime volvió a separarse…

 

No quedaba nada.

 

Solo un pequeño núcleo brillante atrapado dentro de su cuerpo gelatinoso.

 

[Orco sanador derrotado]

 

Puddle rebotó orgulloso.

 

Como si acabara de hacer algo completamente normal.

 

Aoi sonrió apenas.

 

—Buen trabajo.

 

El slime vibró feliz.

 

Y entonces se giró hacia el último orco superviviente.

 

El monstruo apenas alcanzó a mirar hacia atrás.

 

Hina apareció por un costado.

 

Reina por el otro.

 

Las dos atacaron al mismo tiempo.

 

Una espada rápida.

 

Una espada pesada.

 

Un corte cruzado.

 

El orco quedó inmóvil.

 

Luego cayó al suelo.

 

[Orco guerrero derrotado]

 

Silencio.

 

Durante apenas un segundo.

 

Porque después…

 

Todo el campo tembló.

 

El General Orco levantó la cabeza.

 

Miró los cuerpos de sus soldados.

 

Miró el lugar vacío donde antes estaba el sanador.

 

Y soltó un rugido tan fuerte que hizo vibrar las paredes enteras del campo de batalla.

 

Su barra de vida bajó.

 

Pero entonces…

 

Una nueva barra apareció debajo.

 

[Fase 2 iniciada]

 

Los ojos del General comenzaron a brillar de rojo.

 

Y lentamente…

 

Estiró la mano hacia su espalda.

 

Donde descansaban las diferentes armas que podían cambiar el curso de toda la batalla.

 

Las pantallas repartidas por ciudades, tabernas, plazas y zonas seguras del primer piso mostraban exactamente la misma imagen.

 

El General Orco inmóvil en medio del campo de batalla.

 

Los cuerpos de los otros orcos caídos alrededor.

 

Y aquel pequeño slime azul rebotando junto a Aoi como si nada hubiera pasado.

 

Durante unos segundos nadie habló.

 

Ni en el juego.

 

Ni fuera de él.

 

Porque nadie esperaba algo así.

 

En una de las transmisiones más vistas del momento, los dos comentaristas observaban la repetición desde distintos ángulos.

 

La pantalla mostraba el momento exacto donde el orco sanador miraba al frente, concentrado en recuperar a sus aliados… mientras detrás de él, pegado al suelo, una pequeña masa azul avanzaba lentamente entre rocas, grietas y polvo.

 

La comentarista, una chica de cabello corto y chaqueta roja, abrió los ojos con sorpresa.

 

—No puede ser… ¿cómo nadie vio venir eso? ¿Cómo un slime logró atravesar todo el campo de batalla sin que el General Orco, los otros enemigos o incluso los espectadores se dieran cuenta?

 

A su lado, el otro comentarista, un hombre de mayor edad y bastante más experimentado, cruzó los brazos mientras observaba la repetición una vez más.

 

—Porque nunca estuvo solo.

 

La imagen cambió.

 

Ahora mostraba a Lyn sobrevolando el combate desde arriba.

 

El ave nunca había atacado.

 

Nunca había descendido.

 

Nunca había llamado demasiado la atención.

 

Simplemente se mantuvo girando sobre la arena desde que comenzó la pelea.

 

—La mayoría pensó que esa ave estaba ahí solo como mascota o apoyo visual —dijo el comentarista—, pero los domadores tienen habilidades de visión compartida. Pueden observar el campo a través de sus criaturas. Mientras el resto peleaba al frente, ella seguramente estaba guiando al slime usando la vista aérea del ave.

 

La chica quedó mirando la pantalla con más atención.

 

En la repetición se veía claramente.

 

Puddle moviéndose justo por los lugares donde no llegaba la vista de los orcos.

 

Deslizándose detrás de columnas rotas.

 

Ocultándose en el humo.

 

Esperando el momento exacto para atacar.

 

—Eso significa que… —murmuró ella— esa invocadora planeó esto desde antes de entrar…

 

—Exacto —respondió el hombre—. Ella nunca intentó ganar por fuerza. Entró sabiendo que el sanador era el problema principal. Todo este combate fue construido alrededor de eliminar a ese orco primero.

 

En las ciudades, los jugadores comenzaron a reaccionar.

 

—Eso estuvo increíble.

—¿Un slime haciendo eso?

—La domadora es mejor de lo que pensábamos.

—Ese Grimfang Wolf ya era raro… pero ahora esto…

 

Muchos comenzaron a abrir los foros.

 

Otros revisaban habilidades de domador.

 

Algunos incluso buscaban slimes de bajo nivel, pensando si realmente podrían hacer algo parecido.

 

Pero el entusiasmo duró poco.

 

Porque el ambiente del campo de batalla cambió.

 

La transmisión volvió al General Orco.

 

El monstruo respiraba pesado.

 

Sus ojos brillaban de rojo.

 

El aire alrededor de él parecía más caliente.

 

Más pesado.

 

Más violento.

 

Las paredes del lugar temblaban con cada paso que daba.

 

La comentarista tragó saliva.

 

—Va a elegir arma…

 

Toda la transmisión se quedó en silencio.

 

Jugadores.

 

Comentaristas.

 

Gremios enteros reunidos frente a las pantallas.

 

Todos sabían lo que eso significaba.

 

Espada larga, velocidad media.

 

Dos espadas, ataques rápidos.

 

Hacha, daño brutal.

 

Todavía podían manejar esas opciones.

 

Pero había una que nadie quería ver.

 

El General Orco llevó lentamente la mano a su espalda.

 

Metió los dedos entre las armas.

 

Y sacó un enorme mazo de guerra cubierto de hierro negro.

 

El impacto de la cabeza del arma contra el suelo hizo temblar todo el escenario.

 

Por un instante…

 

nadie habló.

 

La comentarista fue la primera en reaccionar.

 

—No… no, no, no…

 

El hombre cerró los ojos apenas un segundo.

 

—Es el peor escenario posible.

 

La barra del General Orco cambió de color.

 

Sus músculos comenzaron a inflarse.

 

El vapor salió de su boca como si fuera un animal salvaje.

 

Y entonces apareció sobre su cabeza.

 

[Modo Berserker activado]

 

El rugido que soltó hizo vibrar la pantalla entera.

 

En las ciudades se escucharon suspiros.

 

Algunos jugadores incluso apartaron la mirada.

 

Porque todos sabían lo que venía ahora.

 

—Ese grupo está perdido… —murmuró alguien frente a una de las pantallas.

 

Y por primera vez desde que empezó la batalla…

 

la gente dejó de preguntarse si podrían ganar.

 

Y empezó a preguntarse cuánto tiempo lograrían sobrevivir.

 

El General Orco levantó el enorme mazo por encima de su cabeza.

 

Solo verlo bastaba para entender que un solo golpe de esa cosa podía aplastar a cualquiera del grupo.

 

La atmósfera entera había cambiado.

 

Ya no era la presión de una pelea difícil.

 

Era la sensación de estar frente a algo imposible de detener.

 

El monstruo respiró hondo.

 

Vapor salió de su boca.

 

Sus músculos se tensaron bajo la armadura rota.

 

Y luego dio un paso adelante.

 

El suelo tembló.

 

Hina apretó con fuerza el mango de su espada.

 

Reina ajustó la postura, clavando la enorme hoja en el suelo por un segundo.

 

Kaede respiró profundo mientras pequeñas partículas de magia comenzaban a girar alrededor de su bastón.

 

Reika giró la lanza una vez entre sus dedos.

 

Las cuatro sabían lo que significaba esa arma.

 

La maza era el peor escenario posible.

 

No porque el General fuera más rápido.

 

Todo lo contrario.

 

Era lento.

 

Pesado.

 

Brutal.

 

Cada golpe tenía suficiente fuerza como para borrar media barra de vida de un solo impacto.

 

Y aunque lo esquivaran…

 

el suelo roto, las ondas de choque y los escombros seguían siendo peligrosos.

 

Era una forma pensada para destruir grupos completos.

 

Hina soltó una risa nerviosa.

 

—Bueno… si vamos a perder…

 

Reina sonrió apenas.

 

—Al menos que sea dando un buen espectáculo.

 

Kaede cerró los ojos un segundo.

 

—Con que logremos hacerle daño, ya será impresionante.

 

Reika observó al monstruo.

 

—Un uno por ciento… quizá menos…

 

Entonces—

 

—Vamos a ganar.

 

Las cuatro giraron al mismo tiempo.

 

Aoi estaba sobre Fen.

 

El enorme lobo negro avanzó unos pasos, dejando escapar vapor por la nariz.

 

Aoi sostenía las riendas improvisadas de su pelaje con una mano, mientras la otra seguía levantada hacia el cielo.

 

No estaba temblando.

 

No estaba dudando.

 

Sus ojos seguían clavados en el General Orco.

 

Como si ya hubiera visto algo que nadie más había notado.

 

En las transmisiones, varios espectadores soltaron pequeñas risas.

 

—¿Ganar?

—Claro…

—Ya están acabados.

—Está delirando.

 

Pero Aoi no apartó la mirada del jefe.

 

—Lyn.

 

El chillido descendió desde las alturas.

 

Hasta ese momento, el ave había permanecido sobrevolando la arena, lejos del combate.

 

Invisible para la mayoría.

 

Ignorada por todos.

 

El General Orco rugió y levantó el mazo.

 

Pero antes de que pudiera atacar—

 

Una sombra atravesó el cielo.

 

Lyn se lanzó en picada.

 

Rápida.

 

Precisa.

 

Como una flecha negra descendiendo desde las nubes.

 

El General apenas alcanzó a levantar la cabeza.

 

Y entonces—

 

Las garras del ave atravesaron uno de sus ojos.

 

El rugido que soltó el monstruo fue tan fuerte que toda la arena tembló.

 

Sangre oscura salió disparada junto a fragmentos brillantes.

 

El General retrocedió un paso.

 

Luego otro.

 

Su enorme mano soltó el mazo por un segundo mientras intentaba cubrirse el rostro.

 

El ojo izquierdo había desaparecido.

 

Completamente destruido.

 

Y sin el sanador…

 

no había forma de recuperarlo.

 

El monstruo rugió furioso, moviendo la cabeza de un lado a otro.

 

Golpeó el aire.

 

Golpeó el suelo.

 

Pero ya no veía igual.

 

Su lado izquierdo había quedado completamente ciego.

 

Hina abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿Qué…?

 

Reina sonrió lentamente.

 

Kaede parpadeó.

 

Reika bajó apenas la lanza.

 

Ninguna esperaba eso.

 

Nadie esperaba eso.

 

En las transmisiones, los comentaristas quedaron en silencio por unos segundos.

 

La comentarista fue la primera en reaccionar.

 

—¡Le destruyó el ojo!

 

El hombre a su lado sonrió por primera vez desde que comenzó la segunda fase.

 

—No estaba exagerando… ella realmente cree que pueden ganar.

 

El General Orco rugió de nuevo.

 

Pero ahora ya no se veía invencible.

 

Seguía siendo enorme.

 

Seguía siendo brutal.

 

Seguía siendo el peor escenario posible.

 

Pero por primera vez desde que había comenzado la segunda fase…

 

parecía herido.

 

Parecía vulnerable.

 

Y eso bastó para que las cinco entendieran algo.

 

Todavía tenían una oportunidad.

 

El General Orco seguía rugiendo.

 

Su enorme mano cubría parte del rostro herido mientras sangre oscura caía por la armadura rota.

 

El ojo destruido todavía soltaba pequeños destellos rojos.

 

Pero el otro seguía abierto.

 

Furioso.

 

Lleno de odio.

 

Y aun así…

 

ya no podía verlo todo.

 

Ese era el problema.

 

Y Aoi lo supo de inmediato.

 

—¡Ataquen por la izquierda! —gritó desde el lomo de Fen— ¡No puede ver bien ese lado!

 

Las demás reaccionaron al instante.

 

Hina fue la primera en moverse.

 

Siempre era la más rápida.

 

Su cuerpo prácticamente desapareció entre el humo y los restos de piedra levantados por los golpes anteriores.

 

El General Orco intentó seguirla con el único ojo que le quedaba, pero era imposible.

 

Hina ya estaba demasiado cerca.

 

La espada brilló.

 

Un corte rápido cruzó la parte trasera de la rodilla del monstruo.

 

No era una herida profunda.

 

Pero sí suficiente para hacerlo rugir.

 

El General giró el cuerpo para aplastarla con el mazo.

 

Demasiado lento.

 

Hina ya estaba en otro lugar.

 

Su espada volvió a aparecer.

 

Un segundo corte.

 

Luego otro más.

 

Pequeñas heridas comenzaron a acumularse en la cintura, los brazos y las piernas del jefe.

 

No era daño letal.

 

Pero cada ataque hacía bajar lentamente la barra de vida.

 

—¡Vamos, grandote! —gritó Hina mientras corría alrededor de él— ¡Ni siquiera puedes atraparme!

 

El General rugió furioso y giró para seguirla.

 

Eso abrió un hueco.

 

Reika entró de frente.

 

Su lanza se clavó contra el suelo mientras frenaba el peso de su cuerpo.

 

Kaede levantó el bastón.

 

Varios círculos mágicos aparecieron alrededor de Reika.

 

Primero uno rojo.

 

Luego uno azul.

 

Luego uno dorado.

 

Fortaleza.

 

Protección.

 

Resistencia.

 

El cuerpo de Reika brilló apenas un segundo.

 

Y entonces el General Orco descargó el mazo.

 

El impacto fue monstruoso.

 

La lanza de Reika tembló.

 

Sus pies se hundieron en el suelo.

 

Todo su cuerpo se dobló hacia atrás por la fuerza brutal del golpe.

 

Pero no cayó.

 

No salió volando.

 

Apretó los dientes.

 

Empujó con todo su cuerpo.

 

Y logró desviar apenas el mazo hacia un costado.

 

El impacto igualmente levantó una onda de choque que rompió parte del terreno.

 

Reika salió arrastrada varios metros.

 

Sus brazos ardían.

 

Las piernas le temblaban.

 

Pero seguía de pie.

 

—¡Todavía puedo! —gritó.

 

Kaede volvió a lanzar magia.

 

Cadenas de hielo se enredaron alrededor de uno de los tobillos del jefe.

 

No lograban detenerlo.

 

Pero sí hacerlo más torpe.

 

Más lento.

 

Más pesado.

 

Y ahí apareció Reina.

 

Su enorme espada chocó contra una de las piernas del General.

 

No buscando cortar.

 

Buscando romper el equilibrio.

 

El impacto hizo que el jefe diera un paso hacia atrás.

 

Luego otro.

 

Reina volvió a atacar.

 

Esta vez contra la otra pierna.

 

El General rugió.

 

Intentó girar.

 

Intentó aplastarla.

 

Pero Hina volvió a cruzar frente a él.

 

Y Lyn descendió otra vez desde el cielo.

 

El ave ya no atacaba para hacer daño.

 

Ahora solo molestaba.

 

Pasaba rozando el único ojo que le quedaba.

 

Picoteaba.

 

Rasgaba.

 

Volvía a elevarse antes de recibir un golpe.

 

El General Orco cada vez veía menos.

 

Cada vez fallaba más.

 

Cada vez se movía peor.

 

Y Aoi lo observaba todo desde el lomo de Fen.

 

Sus ojos recorrían el campo entero.

 

Las posiciones.

 

Los tiempos.

 

Las aperturas.

 

Fen corría de un lado a otro, rápido pese a su tamaño.

 

Cada vez que veía una oportunidad, el lobo se lanzaba.

 

Sus colmillos se clavaban en las piernas del General.

 

En el brazo que sostenía el mazo.

 

En la parte trasera de la cintura.

 

No hacía un daño enorme.

 

Pero obligaba al jefe a dividir su atención.

 

A mirar a demasiados lados al mismo tiempo.

 

Y ya no podía hacerlo.

 

No con un solo ojo.

 

No con Lyn molestándolo desde arriba.

 

No con Hina entrando y saliendo de su punto ciego.

 

No con Reika resistiendo cada golpe.

 

No con Reina rompiendo su equilibrio.

 

No con Kaede reforzando al grupo desde atrás.

 

Por primera vez desde que había comenzado la segunda fase…

 

el General Orco estaba siendo empujado.

 

Y su barra de vida…

 

aunque lentamente…

 

seguía bajando.

 

Las transmisiones explotaron.

 

En cada ciudad del primer piso había jugadores reunidos alrededor de las pantallas gigantes, en las tabernas, en las plazas, incluso sobre las murallas y los techos más altos desde donde se pudieran ver las imágenes flotantes del combate.

 

Y ahora mismo nadie estaba hablando de otra cosa.

 

Porque lo que todos esperaban ver era una derrota rápida.

 

Un grupo valiente siendo aplastado por el peor patrón posible del General Orco.

 

Pero eso no era lo que estaba pasando.

 

Lo que estaban viendo era algo completamente distinto.

 

El General Orco seguía siendo aterrador.

 

Seguía rugiendo.

 

Seguía golpeando el suelo con el mazo como si quisiera romper la arena entera.

 

Pero ya no se veía invencible.

 

Por primera vez parecía estar siendo acorralado.

 

—¿Qué está pasando…?

 

—No puede ser…

 

—Pensé que iban a durar menos de un minuto en esta fase.

 

—Ese grupo está peleando demasiado bien.

 

En una taberna de Lunvar, varios aventureros de nivel alto observaban la transmisión con los brazos cruzados.

 

Uno de ellos, un espadachín enorme cubierto de cicatrices, soltó una carcajada incrédula.

 

—La chica de la espada grande tiene fuerza de sobra… pero no es eso lo raro.

 

Otro jugador a su lado negó lentamente.

 

—No… mira cómo se mueven.

 

Las imágenes mostraban a Hina apareciendo por el lado ciego del jefe justo cuando Reika resistía un golpe de frente.

 

Un segundo después, Reina golpeaba la pierna contraria para romperle el equilibrio.

 

Y apenas el General intentaba girar, Lyn descendía para distraerlo otra vez.

 

Fen aprovechaba cualquier hueco.

 

Kaede lanzaba magia exactamente en el momento correcto.

 

No había movimientos desperdiciados.

 

No había caos.

 

Parecía algo ensayado durante días.

 

Pero no podía ser.

 

Nadie ensayaba contra un patrón berserker.

 

Era demasiado impredecible.

 

En otra ciudad, un grupo completo de jugadores que había fallado anteriormente contra el General Orco observaba en silencio.

 

Uno de ellos apretó los dientes.

 

—Nosotros éramos más fuertes que ellas…

 

—Sí… pero nosotros nos movíamos como individuos.

 

—Ellas no.

 

En la transmisión principal, la comentarista ya no ocultaba la emoción en su voz.

 

—¡Es increíble! ¡De verdad lo están haciendo! ¡El General no logra conectar golpes directos y su vida sigue bajando!

 

A su lado, el comentarista veterano seguía mirando la pelea sin apartar los ojos de la pantalla.

 

Su expresión ya no era de sorpresa.

 

Era de reconocimiento.

 

Como alguien que entendía exactamente lo que estaba viendo.

 

—No están ganando porque sean más fuertes —dijo finalmente.

 

La comentarista giró hacia él.

 

—¿Entonces por qué?

 

El hombre señaló la imagen de Aoi sobre Fen.

 

No estaba atacando directamente.

 

No estaba haciendo grandes movimientos.

 

Ni siquiera era quien más daño hacía.

 

Pero cada vez que alguien del grupo se movía…

 

ella ya parecía haberlo previsto.

 

—Por ella.

 

La pantalla mostró a Aoi levantando la mano hacia un lado.

 

Un segundo después, Hina cambió de dirección.

 

Luego señaló hacia el otro extremo.

 

Fen atacó.

 

Kaede lanzó una barrera.

 

Reina se movió.

 

Todo antes de que el General Orco siquiera terminara de girar.

 

—Ella es quien está moviendo todo esto —continuó el veterano—. No pelea como una jugadora común. Está viendo el campo completo. No está pensando en un solo enemigo, ni en una sola posición. Está coordinando a todo el grupo al mismo tiempo.

 

La comentarista volvió a mirar la transmisión.

 

Y ahora podía verlo.

 

Aoi no estaba peleando como una domadora.

 

Estaba peleando como alguien que controlaba una manada entera.

 

Fen atacaba cuando ella veía una abertura.

 

Lyn distraía cuando ella necesitaba tiempo.

 

Puddle había eliminado al sanador siguiendo una ruta exacta.

 

Hina y Reina golpeaban donde ella indicaba.

 

Kaede protegía cuando hacía falta.

 

Reika resistía justo donde debía.

 

Nada de eso ocurría por casualidad.

 

—Ella… está controlando toda la batalla… —susurró la comentarista.

 

—Exacto —dijo el veterano—. Esa chica no está viendo una pelea. Está viendo un tablero.

 

En las ciudades, muchos jugadores comenzaron a guardar silencio.

 

Porque hasta ese momento habían pensado que la domadora era la menos importante del grupo.

 

La chica rara del lobo.

 

La que se quedaba atrás.

 

La que no parecía peligrosa.

 

Pero ahora…

 

ahora todos entendían algo.

 

Ella era el corazón del grupo.

 

La razón por la que seguían vivos.

 

La razón por la que el General Orco estaba retrocediendo.

 

La razón por la que, por primera vez en mucho tiempo…

 

un jefe de piso parecía estar perdiendo.

 

Y en ese instante, miles de jugadores alrededor del servidor comenzaron a mirar a la chica sobre el lobo con otros ojos.

 

Ya no como alguien débil.

 

Ya no como alguien arrastrada por un grupo más fuerte.

 

Sino como alguien peligrosa.

 

Alguien que podía cambiar el resultado de una batalla imposible.

 

Y eso…

 

era mucho más aterrador que cualquier espada.

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