—Lunvar, bar “La Forja Roja” — noche —
El interior del bar estaba lleno.
No al punto de ser incómodo, pero sí lo suficiente para que el ruido constante de conversaciones, risas y metal chocando contra madera creara una atmósfera densa, viva, casi eléctrica. La iluminación provenía de braseros incrustados en las paredes de piedra volcánica, que lanzaban un resplandor rojizo sobre mesas desgastadas y jarras medio vacías.
Era un lugar conocido entre jugadores.
No por ser tranquilo.
Sino porque, entre el ruido, nadie prestaba atención a conversaciones ajenas.
Ideal para hablar de cosas importantes sin atraer miradas innecesarias.
En una mesa al fondo, ligeramente apartada del centro, cinco figuras se habían reunido.
Hina apoyaba ambos brazos sobre la mesa con total naturalidad, como si el lugar le perteneciera. Kaede, a su lado, mantenía una postura más relajada, con una bebida sin tocar frente a ella mientras revisaba una interfaz flotante apenas visible.
Frente a ellas estaban Reika y Reina.
La presidenta observaba el entorno con calma, como si estuviera midiendo cada detalle sin necesidad de moverse demasiado. Reina, en cambio, tenía el codo apoyado sobre la mesa y giraba lentamente una jarra vacía entre los dedos, visiblemente impaciente.
Aoi ocupaba el extremo de la mesa.
No estaba apartado.
Pero tampoco en el centro de la conversación.
Fen permanecía echado a su lado, alerta, mientras Puddle se mantenía quieto sobre la superficie de madera, como una pequeña masa azul que vibraba suavemente. Lyn no estaba dentro; se mantenía en el exterior, vigilando desde el cielo como de costumbre.
—Bien —dijo Hina, rompiendo el ruido de fondo—. Vamos a lo importante.
Reina sonrió de lado.
—Por fin.
Kaede hizo un gesto con la mano y una proyección del mapa del primer piso apareció sobre la mesa, ocupando el espacio entre todos. Varias marcas señalaban rutas, zonas de combate y posibles puntos de encuentro con otros grupos.
—Antes de pensar en el jefe —continuó Kaede—, necesitamos entender cómo vamos a funcionar como equipo.
Reika asintió.
—Roles, tiempos de reacción y límites.
Hina miró a Reina.
—Y cuánto tardas en hacer caso cuando alguien te da una orden.
Reina levantó una ceja.
—Depende de quién la dé.
—Genial —murmuró Hina—. Ya empezamos bien.
Kaede intervino antes de que escalaran.
—Primero lo básico.
Señaló el mapa.
—Formación de cinco. No vamos a entrar como raid grande, así que cada uno tiene que cubrir más de un rol.
Reika apoyó suavemente una mano sobre la mesa.
—Yo puedo encargarme del frente junto a Hina.
Hina la miró de reojo.
—¿Vas de ofensiva directa?
—Ofensiva controlada —respondió Reika—. Puedo mantener presión constante sin perder movilidad.
Reina soltó una pequeña risa.
—Traducción: no va a dejar que nadie la toque.
Reika no respondió, pero su silencio lo confirmó lo suficiente.
Kaede tomó nota mental.
—Entonces tenemos dos en primera línea.
Señaló a Hina.
—Tú absorbes daño.
Luego a Reika.
—Tú mantienes presión y control de ritmo.
Hina asintió.
—Eso me sirve.
Reina apoyó ambos brazos sobre la mesa.
—Yo voy a daño puro.
Kaede la miró.
—Eso ya lo sabemos.
—Rápido, directo y sin rodeos —continuó Reina—. Si algo tiene que caer, lo hago caer.
Hina sonrió de lado.
—Mientras no te adelantes.
—No prometo nada.
Kaede cerró los ojos un segundo.
—Lo prometes si quieres salir viva.
Reina hizo un gesto con la mano.
—Está bien, está bien. Me quedo dentro del rango.
Kaede volvió al mapa.
—Entonces tenemos daño frontal, presión constante y daño explosivo.
Se señaló a sí misma.
—Yo me encargo del soporte. Buffs, control de área, ralentizaciones y ajustes en combate.
Reika asintió.
—Eso nos da estabilidad.
Hina miró hacia el extremo de la mesa.
—Y ahora…
Todos miraron a Aoi.
El ambiente no se volvió incómodo.
Pero sí más consciente.
Aoi se acomodó un poco en la silla.
—Yo no voy a estar al frente —dijo con honestidad.
Reina ladeó la cabeza.
—Eso ya lo notamos.
Aoi ignoró el comentario.
—Fen puede actuar como unidad ofensiva y defensiva según la situación. Lyn me da visión del campo y me permite anticipar movimientos. Puddle…
Miró al slime.
—Bueno… Puddle es más útil de lo que parece.
El slime vibró con orgullo.
Hina cruzó los brazos.
—Eres soporte táctico.
Kaede asintió.
—Información, control indirecto y apoyo con invocaciones.
Reika lo miró con atención.
—Eso puede ser más importante que el daño directo.
Aoi levantó un poco la vista.
—¿Sí?
—Si puedes anticipar patrones del jefe, podemos ajustar el ritmo antes de que el combate se descontrole.
Reina chasqueó la lengua.
—O sea, si nos dices por dónde va a atacar, evitamos morir como idiotas.
—Básicamente —dijo Kaede.
Aoi asintió despacio.
—Entonces me quedaré atrás.
Hina negó con la cabeza.
—No “atrás”.
Aoi parpadeó.
—¿Eh?
—Detrás de la primera línea, pero dentro del combate —explicó ella—. Si te vas demasiado lejos, pierdes control. Si te acercas demasiado, te expones.
Kaede añadió con calma:
—Tendrás que moverte constantemente. No tienes una posición fija.
Aoi miró el mapa, asimilando la información.
—Entiendo.
Reina lo observó unos segundos más.
—Eres rara.
Aoi levantó la vista, confundido.
—¿Por qué?
—La mayoría de jugadores en tu posición intentaría destacar —dijo ella—. Tú solo estás intentando no estorbar.
Aoi bajó un poco la mirada.
—Prefiero no arruinar el combate.
Hina sonrió.
—Eso ya es más útil que la mitad de los jugadores que he visto.
Un pequeño silencio se instaló.
El ruido del bar volvió a hacerse presente por un momento.
Jarras chocando.
Risas.
Voces superpuestas.
Pero en esa mesa, la atmósfera había cambiado.
Ya no eran cinco personas que coincidían por casualidad.
Eran un grupo.
Uno incompleto aún.
Pero funcional.
Kaede fue quien retomó la conversación.
—Entonces, resumen.
Señaló el mapa.
—Primera línea: Hina y Reika.
Daño principal: Reina.
Soporte: yo.
Control y estrategia: Aoi.
Reika asintió.
—Formación equilibrada.
Hina apoyó una mano sobre la mesa.
—Y lo más importante…
Miró a todos uno por uno.
—Nadie se separa.
Reina rodó los ojos.
—Sí, mamá.
—Lo digo en serio.
El tono de Hina no cambió.
Reina dejó de bromear.
—Lo sé.
Aoi observó la escena en silencio.
No dijo nada.
Pero algo dentro de él se acomodó.
Por primera vez desde que había decidido subir de piso, no se sentía solo con esa decisión.
Fen levantó la cabeza.
Lyn, afuera, dio una vuelta en el cielo.
Puddle vibró suavemente.
Y en medio del ruido del bar, entre desconocidos que hablaban de un mundo que aún no comprendían del todo…
el grupo que enfrentaría al jefe del primer piso
acababa de tomar forma.
El mapa flotante sobre la mesa cambió.
Las marcas de rutas desaparecieron y fueron reemplazadas por una zona más concreta, delimitada por líneas rojas y símbolos de advertencia. Un área amplia, rodeada de terreno irregular, con estructuras en ruinas y puntos elevados que dificultaban la movilidad.
Kaede movió la mano con suavidad.
—Zona del jefe del primer piso —dijo—. Territorio del Orc General.
La proyección se estabilizó.
En el centro, una figura más grande que el resto apareció representada con un icono oscuro.
A su alrededor… cinco puntos más pequeños.
Reina inclinó el cuerpo hacia adelante.
—Así que ese es.
Hina asintió.
—No parece gran cosa cuando lo miras así.
Kaede negó ligeramente.
—Ese es el problema. Muchos pensaron lo mismo.
Reika apoyó la mirada sobre la proyección, sin apartarla.
—Explícalo.
Kaede no necesitó repetir nada más.
—El jefe del primer piso es conocido como el Orc General —comenzó—. No es especialmente rápido, ni tiene ataques imposibles de reaccionar. Su patrón base es directo: golpes pesados, carga frontal y control de zona con su arma.
Reina hizo un gesto con la mano.
—Suena sencillo.
—Lo sería —respondió Kaede—. Si estuviera solo.
El mapa cambió de nuevo.
Los cinco puntos alrededor del jefe se iluminaron.
—El problema real no es él —continuó—. Son ellos.
Aoi levantó un poco la vista.
—Los cinco orcos.
Kaede asintió.
—Exacto.
Señaló cada uno con calma.
—Siempre aparecen junto a él. Cuatro unidades ofensivas… y una de soporte.
Reika habló en voz baja, más para sí misma que para los demás.
—El quinto.
—El sanador —confirmó Kaede.
La proyección mostró una línea que conectaba a los cinco con el jefe.
—Mientras cualquiera de estos cinco esté en el campo, el Orc General recibe un aumento del veinte por ciento de vida por cada uno.
Reina dejó de sonreír.
—…espera.
Hina hizo el cálculo en voz alta.
—Cinco orcos… eso es cien por ciento adicional.
—Exacto —dijo Kaede.
El mapa resaltó la barra de vida del jefe, que prácticamente se duplicaba.
—En la primera fase del combate, el Orc General tiene el doble de vida base si no se eliminan sus unidades de apoyo.
Un breve silencio recorrió la mesa.
El ruido del bar seguía, pero ahí, en ese espacio, todo se había vuelto más denso.
—Eso explica por qué nadie lo baja —murmuró Hina.
Aoi observaba el mapa con atención.
—No es que sea imposible… es que lo están enfrentando mal.
Reika asintió.
—Van directo al jefe.
—Y mientras tanto, el sanador mantiene a todos con vida —añadió Kaede.
La proyección cambió otra vez.
Ahora mostraba el patrón de movimiento.
Cuatro orcos avanzaban en formación frontal.
El quinto permanecía atrás.
Siempre.
—El sanador no ataca —explicó Kaede—. Se mantiene fuera de alcance, protegido por los otros cuatro. Si alguien intenta rodear, los orcos interceptan.
Reina chasqueó la lengua.
—Un escudo viviente.
—Y uno bastante molesto —añadió Hina.
Aoi apoyó los dedos sobre la mesa, pensando.
—Entonces el orden es claro.
Todos lo miraron.
Aoi levantó apenas la vista.
—Primero el sanador.
Reika asintió sin dudar.
—Siempre.
Kaede continuó.
—Si el sanador sigue activo, cualquier daño que hagamos será inútil. Y si intentamos ignorarlo, el jefe se vuelve prácticamente imposible de bajar por el aumento de vida.
Reina se recostó en la silla.
—Entonces la pelea no es contra el jefe.
Sonrió de lado.
—Es contra el grupo.
—Exacto —respondió Hina—. Y el jefe es solo el final.
Aoi miró la proyección.
Los cinco puntos.
La formación.
La distancia.
—¿Siempre mantienen la misma posición?
Kaede negó.
—No completamente. Se ajustan según el movimiento del jugador, pero el sanador nunca se adelanta más de cierto rango. Siempre intenta mantenerse detrás de la línea ofensiva.
Reika entrecerró ligeramente los ojos.
—Entonces no podemos simplemente cargar.
—No —respondió Kaede—. Si lo hacemos, los cuatro orcos nos rodean antes de que podamos alcanzar al quinto.
La proyección del combate seguía flotando sobre la mesa, mostrando la formación del Orc General y sus cinco unidades.
Cuatro al frente.
Uno atrás.
El sanador.
El verdadero problema.
El grupo había quedado en silencio tras armar la estrategia inicial. Todo encajaba… en teoría. Pero incluso así, había algo incómodo en el ambiente.
No era falta de plan.
Era que el plan dependía demasiado de una ejecución perfecta.
Reina fue la primera en decirlo.
—Sigue siendo arriesgado.
Hina asintió.
—Sí. Si fallamos el primer intento, nos rodean.
Kaede cruzó los dedos frente a ella.
—Y una vez que el sanador empieza a curar… el combate se alarga demasiado.
Reika no apartaba la vista del mapa.
—Necesitamos una forma más limpia de sacar al quinto.
El silencio volvió.
Aoi miraba la proyección con atención.
Los cuatro orcos.
La distancia.
El sanador detrás.
El patrón repetido.
Y entonces…
habló.
—Tengo una idea.
Cuatro miradas se dirigieron hacia él.
Aoi no levantó completamente la vista, pero su voz salió más firme de lo habitual.
—Puedo encargarme del sanador.
Reina arqueó una ceja.
—¿Tú?
Hina también lo miró, esta vez sin bromear.
—Aoi… eso está atrás de toda la línea.
Kaede entrecerró los ojos.
—¿Cómo planeas hacerlo?
Aoi dudó un segundo.
No podía decirlo.
No podía explicar exactamente cómo pensaba hacerlo.
No podía revelar demasiado.
Pero tampoco podía quedarse callado.
—No puedo explicarlo bien —dijo al final—. Pero… creo que puedo llegar hasta él.
Reika lo observó en silencio.
—¿Crees… o puedes?
Aoi apretó apenas los dedos sobre la mesa.
—Puedo.
La respuesta fue simple.
Directa.
Y diferente.
Reina se inclinó un poco hacia adelante.
—Eso suena sospechoso.
Hina la ignoró.
—¿Qué necesitas?
Aoi levantó un poco la mirada.
—Tiempo.
La palabra quedó flotando en el aire.
—No mucho —añadió—. Pero no puedo hacerlo si están todos encima de mí.
Kaede comprendió primero.
—Quieres que mantengamos ocupados al jefe y a los otros cuatro.
Aoi asintió.
—Sí.
Reika no apartó la mirada de él.
—¿Cuánto tiempo?
Aoi lo pensó un segundo.
—Lo suficiente para que no puedan retroceder a protegerlo.
Reina dejó escapar una risa corta.
—O sea, quieres que peleemos contra todo el frente mientras tú desapareces.
Aoi no respondió a la provocación.
—Si sale bien… —dijo en voz baja— la pelea se vuelve mucho más fácil.
El mapa seguía flotando entre ellos.
Cinco enemigos.
Un punto clave.
Una oportunidad.
Hina apoyó ambos brazos sobre la mesa.
—Si el sanador cae primero…
—El buff desaparece —añadió Kaede.
—Y el jefe vuelve a su vida base —completó Reika.
Reina sonrió de lado.
—Y ahí sí podemos romperlo.
El plan era claro.
Más simple.
Pero también más arriesgado.
Porque ahora…
todo dependía de Aoi.
Reika lo estudió unos segundos más.
No con desconfianza.
Pero sí con atención real.
—¿Estás segura?
La pregunta salió natural.
Sin darse cuenta.
Aoi levantó un poco más la cabeza al escucharla.
—Sí.
No había duda.
No esta vez.
El viento entró por la ventana del bar, moviendo apenas la luz de la lámpara.
Reina se echó hacia atrás.
—Me gusta.
Hina sonrió.
—A mí también.
Kaede cerró la proyección lentamente.
—Reduce el caos si funciona.
Reika mantuvo la mirada fija en Aoi un instante más.
Luego asintió.
—Entonces lo haremos así.
El ambiente cambió.
Ya no estaban ajustando un plan.
Lo habían decidido.
—Nosotros nos encargamos del frente —dijo Hina—. Orc General y los cuatro.
—Yo me encargo de mantenerlos ocupados —añadió Reika—. No dejaré que rompan formación.
—Y yo los rompo si hace falta —dijo Reina con una sonrisa.
Kaede añadió con calma:
—Controlaré sus movimientos. Les daré el tiempo que necesiten.
Aoi escuchó todo en silencio.
Luego asintió.
—Gracias.
Reina rodó los ojos.
—No agradezcas todavía. Primero sobrevive.
Hina soltó una risa.
—Y haz que funcione.
Kaede lo miró con suavidad.
—Confiaremos en ti.
Reika no dijo nada.
Pero su mirada se mantuvo firme.
Suficiente.
Aoi bajó la vista hacia la mesa.
El plan estaba en marcha.
Y por primera vez…
él no estaba reaccionando al combate.
Lo estaba iniciando.
Fen levantó la cabeza.
Lyn, afuera, dio un giro amplio en el cielo.
Puddle vibró suavemente.
Y en medio del ruido del bar, entre jugadores que hablaban de un jefe que aún no comprendían del todo…
la estrategia había cambiado.
Porque esta vez,
la clave del combate
no sería la fuerza del grupo.
Sino el movimiento de una sola persona
en el momento correcto.
La conversación no terminó cuando definieron cómo eliminar al sanador.
De hecho…
ahí fue donde empezó lo realmente complicado.
Kaede volvió a abrir la proyección del combate, pero esta vez no mostró a los cinco orcos.
Solo quedó el Orc General.
La figura central.
Más grande.
Más pesada.
Más… peligrosa.
—Una vez que el sanador y los otros cuatro caen… —dijo Kaede con calma— comienza la segunda fase.
El ambiente en la mesa cambió de inmediato.
Reina dejó de jugar con la jarra.
Hina se enderezó en su asiento.
Reika apoyó los dedos sobre la mesa, atenta.
Aoi levantó ligeramente la vista.
—¿Qué cambia?
Kaede no respondió de inmediato.
La proyección se movió.
El Orc General levantó su arma…
y luego esta desapareció.
—Todo —dijo finalmente.
El mapa mostró diferentes escenarios.
El mismo jefe.
Distintas armas.
—A diferencia de otros jefes —continuó—, el Orc General no tiene un patrón fijo en su segunda fase.
Reina frunció el ceño.
—¿Cómo que no tiene?
—Que cada combate es distinto —respondió Hina—. No puedes memorizarlo.
Kaede asintió.
—Cuando entra en fase dos, elige un arma… al azar.
La proyección cambió.
Una espada larga apareció en manos del jefe.
—Espada larga —explicó Kaede—. Mayor alcance. Sus ataques cubren más espacio y obliga a mantener distancia constante.
El mapa cambió otra vez.
Un hacha pesada.
—Hacha —continuó—. Menor alcance, pero mayor daño por golpe. Si conecta… rompe la formación.
Reina sonrió levemente.
—Ese suena divertido.
Hina la miró de lado.
—No cuando eres tú la que recibe el golpe.
La proyección volvió a cambiar.
Dos espadas cortas.
—Doble espada —dijo Kaede—. Más rápido. Mucho más rápido. Pierde algo de daño, pero gana movilidad. Puede cambiar de objetivo en segundos.
Reika habló en voz baja.
—Ese es peligroso para el control.
Kaede asintió.
—Mucho.
Aoi observaba en silencio.
Cada variante cambiaba completamente el ritmo del combate.
No era solo un jefe fuerte.
Era un jefe que obligaba a adaptarse.
Pero entonces…
la proyección cambió una última vez.
Y el ambiente se tensó.
Un arma mucho más grande apareció en manos del Orc General.
Un mazo.
Pesado.
Desproporcionado.
—Ese es el peor escenario —dijo Hina sin rodeos.
Kaede no apartó la vista.
—Maza de guerra.
Reina dejó de sonreír.
—Ah… ese.
El Orc General en la proyección golpeó el suelo.
El impacto se expandió en un radio amplio.
Violento.
Destructivo.
—Cuando saca el mazo —continuó Kaede— entra en lo que los jugadores llaman modo berserker.
Reika frunció apenas el ceño.
—Pierde control.
—Y gana poder —añadió Hina—. Mucho poder.
La proyección mostró al jefe atacando sin pausa.
Golpes pesados.
Sin patrón claro.
Sin pausas largas.
—Aumenta su agresividad —explicó Kaede—. Reduce tiempos entre ataques y amplía el área de impacto. No es el más técnico…
—Pero sí el más peligroso —terminó Reina.
El silencio cayó sobre la mesa.
El ruido del bar seguía, pero parecía lejano.
Aoi observaba la imagen del mazo.
El impacto.
La fuerza.
El caos.
—Entonces no hay una estrategia fija para la segunda fase —dijo en voz baja.
Kaede negó.
—No.
Reika levantó ligeramente la mirada.
—Hay una base.
Todos la miraron.
—Pero no una solución única —continuó—. Tendremos que adaptarnos según el arma que saque.
Hina asintió.
—Si es espada larga, mantenemos distancia y lo desgastamos.
—Si es hacha, evitamos intercambios directos —añadió Kaede—. Golpeamos en ventanas cortas.
—Si son espadas cortas —dijo Reina—, lo encerramos. No dejamos que se mueva libre.
Reika asintió.
—Y si es maza…
El silencio volvió.
Hina fue la que habló.
—Sobrevivimos.
Reina soltó una pequeña risa.
—Esa no es una estrategia.
—Es la única que hay —respondió Hina.
Kaede cerró lentamente la proyección.
—Con el mazo, no se trata de ganar rápido.
—Se trata de no caer primero —añadió Reika.
Aoi bajó la mirada hacia la mesa.
El plan era claro.
Primera fase: precisión.
Eliminar al sanador.
Romper la formación.
Reducir el combate.
Pero la segunda…
La segunda era otra historia.
—Entonces… —murmuró Aoi— todo depende de lo que saque.
Reina sonrió de lado.
—Bienvenido a Eidralys.
Hina apoyó una mano sobre la mesa.
—Por eso este jefe sigue vivo.
Kaede asintió.
—No porque sea invencible.
Reika cerró los ojos un segundo.
—Sino porque nadie puede prepararse completamente para él.
El viento entró una vez más por la ventana.
Las llamas de los braseros temblaron.
Y en ese instante, el combate dejó de parecer una simple misión.
Se convirtió en algo más.
Algo impredecible.
Algo que no se podía controlar del todo.
Aoi levantó lentamente la vista.
No había miedo en su expresión.
Pero sí… concentración.
Porque ahora entendía.
La primera fase era el plan.
La segunda…
era donde se vería si realmente podían ganar.