Las pantallas repartidas por todo el primer piso seguían mostrando la misma escena.
El General Orco rugiendo en medio del campo de batalla.
El enorme mazo destrozando piedra y levantando polvo.
Y aquel pequeño grupo de cinco jugadoras que, de alguna forma, seguía resistiendo.
Hasta ese momento, todos los grupos que habían logrado derrotar al jefe del primer piso lo habían hecho gracias a la suerte.
Si el General Orco sacaba la espada larga, todavía era posible aprender su patrón.
Si usaba las dos espadas cortas, la pelea se volvía más rápida, pero seguía teniendo aberturas.
Incluso el hacha podía ser manejable si el grupo tenía suficiente daño.
Pero la maza...
La maza era distinta.
La maza era el final.
Cuando el General Orco entraba en modo berserker, la mayoría de los equipos apenas lograban sobrevivir unos minutos más.
Algunos ni siquiera podían bajarle un diez por ciento de vida.
Los mejores grupos apenas llegaban a la mitad de la barra antes de ser aplastados.
Y eso ya era considerado una locura.
Pero este grupo...
Este grupo ya había pasado ese límite hacía rato.
En la transmisión principal, la comentarista de cabello corto seguía observando la pantalla con los ojos muy abiertos.
—No puedo creerlo... —murmuró—. Ya le bajaron más de la mitad de la vida incluso con la maza. Ningún grupo había logrado esto antes.
El hombre sentado a su lado tampoco apartó la vista de la transmisión.
Su nombre era Darius, uno de los comentaristas veteranos más conocidos dentro de la comunidad.
A su lado, la comentarista más joven, Mireya, apenas podía ocultar la emoción.
—No estamos viendo una pelea normal —dijo Darius con voz seria—. Estamos viendo algo que probablemente quede registrado como una de las mejores batallas del primer piso.
Mireya tragó saliva.
En la pantalla, Hina esquivó por centímetros un golpe descendente del mazo.
El impacto abrió una grieta enorme en el suelo.
Piedras salieron despedidas.
Una de ellas golpeó el hombro de Reina.
Otra pasó rozando el rostro de Reika.
Pero aun así ninguna se detuvo.
—La maza siempre ha sido el peor escenario porque obliga a los jugadores a mantenerse lejos —continuó Darius—. Un error basta para morir. Pero este grupo encontró la forma de convertir esa lentitud en una debilidad.
La pantalla mostró a Lyn descendiendo otra vez sobre el único ojo del General.
El monstruo rugió y levantó el brazo para cubrirse.
En ese instante, Hina apareció por su lado ciego y clavó la espada en la parte trasera de una de sus piernas.
El General perdió el equilibrio apenas un segundo.
Y eso bastó.
Reina avanzó.
Su espada chocó contra el costado del monstruo con una fuerza brutal.
No logró atravesar la armadura.
Pero sí lo hizo girar.
Entonces Reika entró de frente.
La punta de su lanza golpeó justo en el pecho del General.
Y detrás de ella, Kaede liberó otra explosión de magia helada.
El aire alrededor del jefe se cubrió de vapor.
Fragmentos de hielo chocaron contra la armadura.
La barra de vida volvió a bajar.
Poco.
Pero bajó.
Y eso era suficiente para que el servidor entero contuviera la respiración.
En las ciudades, nadie hablaba de otra cosa.
Las plazas estaban llenas.
Las tabernas rebosaban de jugadores.
Muchos ni siquiera estaban jugando.
Solo observaban.
Solo esperaban.
En Lunvar, un grupo de aventureros que había sido derrotado por el General días antes seguía viendo la transmisión desde una mesa llena de vasos vacíos.
Uno de ellos apretó los puños.
—Nosotros ni siquiera logramos bajarle la mitad...
Otro negó lentamente.
—Ellas están peleando como si llevaran meses juntas.
—No, peor —murmuró otro jugador—. Parecen un grupo de raid de alto nivel.
En otra ciudad, varios gremios completos ya habían dejado de discutir estrategias.
Ahora simplemente miraban.
Porque la batalla ya había dejado de ser una simple pelea contra un jefe.
Ahora era un espectáculo.
Era el tipo de combate que uno recordaba incluso semanas después.
El tipo de pelea que terminaba convertido en clips, videos y discusiones en todos los foros.
Y en medio de todo eso...
Aoi seguía moviéndose sobre Fen.
Su respiración era más pesada que antes.
El sudor se pegaba a su cuello.
La barra de maná de Kaede ya estaba por debajo de la mitad.
Las pociones de Hina comenzaban a agotarse.
Reina tenía grietas en parte de su armadura.
Reika respiraba con dificultad cada vez que bloqueaba un golpe.
Y Fen también estaba cansado.
Sus movimientos seguían siendo rápidos.
Pero ya no tanto como al principio.
Lyn volaba más bajo.
Puddle apenas rebotaba.
Todos estaban llegando al límite.
Y aun así...
El General Orco seguía de pie.
Herido.
Cansado.
Furioso.
Pero todavía de pie.
Aoi apretó con fuerza las riendas improvisadas del pelaje de Fen.
Su mirada se movió de una barra a otra.
La vida del jefe.
La vida de sus compañeras.
Las pociones.
El maná.
Las habilidades en enfriamiento.
Cada segundo importaba.
Cada error podía arruinarlo todo.
Fen soltó un gruñido bajo.
Como si sintiera la tensión de su dueña.
Aoi respiró hondo.
—Tenemos que terminar esto pronto... —murmuró.
Frente a ellas, el General Orco volvió a levantar la maza.
Sus músculos se inflaron.
El suelo comenzó a romperse bajo sus pies.
Y por primera vez desde que comenzó la segunda fase...
El monstruo parecía prepararse para algo distinto.
Algo peor.
Algo que ninguna de ellas había visto antes
El General Orco respiraba con dificultad.
Cada rugido sonaba más pesado que el anterior.
Su armadura estaba rota en varios puntos.
La sangre oscura caía desde el ojo destruido y desde las heridas de sus piernas.
Y aun así…
seguía de pie.
La barra de vida brillaba sobre su cabeza.
12%.
11%.
10%.
Por un segundo…
todo el servidor quedó en silencio.
Porque nadie había visto eso antes.
Nadie.
La comentarista Mireya se levantó de su asiento.
—¡Diez por ciento! ¡Le bajaron al diez por ciento!
Incluso Darius abrió un poco más los ojos.
En Lunvar, las tabernas explotaron en gritos.
En las plazas, la gente comenzó a ponerse de pie.
Algunos levantaban los brazos.
Otros apretaban los puños.
Porque de repente ya no parecía imposible.
Ya no parecía una pelea destinada a terminar en derrota.
Ahora se veía cerca.
Demasiado cerca.
En el campo de batalla, Hina también lo sintió.
Lo vio.
La barra de vida tan baja.
El General respirando pesado.
La maza clavada contra el suelo mientras el monstruo permanecía quieto apenas unos segundos.
Parecía agotado.
Parecía lento.
Parecía que por fin estaba llegando a su límite.
Hina sonrió.
—¡Podemos ganar!
Sin esperar respuesta, impulsó el cuerpo hacia adelante.
Su espada brilló mientras corría a toda velocidad hacia el General Orco.
—¡Hina, espera! —gritó Reika.
—¡No te lances sola! —gritó Kaede.
Pero Hina ya había acelerado.
Aoi fue la primera en verlo.
Lo sintió antes que nadie.
Porque el General no estaba cansado.
No estaba derrotado.
No estaba lento.
Estaba esperando.
Los ojos de Aoi se abrieron.
—¡Hina, no!
La voz salió demasiado tarde.
El General Orco soltó un rugido.
Y de repente se movió.
No lento.
No pesado.
No como antes.
Se lanzó hacia adelante con una velocidad absurda.
Antinatural.
Como si el peso de su cuerpo hubiera desaparecido de golpe.
Los ojos de Hina se abrieron por la sorpresa.
Intentó esquivar.
Lo logró a medias.
El mazo pasó rozando su espada.
Pero el impacto la alcanzó de lleno en el costado.
El sonido fue horrible.
El golpe lanzó a Hina por el aire como si fuera una muñeca.
Su cuerpo giró varias veces antes de chocar contra el suelo y arrastrarse entre piedras y tierra.
La barra de vida cayó de golpe.
Rojo.
Crítico.
La transmisión explotó.
—¡¿Qué fue eso?!
—¡Se volvió más rápido!
—¡No puede ser!
—¡Ese ataque no estaba antes!
Mireya se llevó las manos a la boca.
—¡Le dio de lleno!
Darius miraba la pantalla sin apartar la vista.
—Nadie había llegado tan lejos… —murmuró—. Nadie sabía que el General cambiaba otra vez al llegar al diez por ciento.
En la pantalla apareció una nueva línea.
[Estado del jefe: Frenesí terminal]
El General Orco rugió otra vez.
Sus músculos se inflaron aún más.
El vapor salía de su boca como si estuviera hirviendo por dentro.
Y antes de que Hina pudiera siquiera intentar levantarse…
el jefe volvió a moverse hacia ella.
Más rápido.
Más salvaje.
Más desesperado.
Hina apenas podía respirar.
Le dolía todo el cuerpo.
La vista le temblaba.
Intentó mover la espada.
No pudo.
Entonces—
Lyn descendió otra vez desde el cielo.
El ave se lanzó directamente hacia el rostro del General Orco.
Sus garras rasgaron el lado de la cara que aún conservaba intacto.
El monstruo rugió y levantó un brazo para cubrirse.
Ese instante bastó.
—¡Fen, ahora!
El enorme lobo negro salió disparado.
Aoi se inclinó sobre su lomo mientras Fen atravesaba el campo a toda velocidad.
Piedras saltaban bajo sus patas.
El viento golpeaba el rostro de Aoi.
Llegaron junto a Hina apenas un segundo antes de que el General volviera a bajar el mazo.
Fen se deslizó sobre el suelo.
Aoi se inclinó hacia un lado y agarró a Hina por debajo de los brazos.
El siguiente golpe cayó justo donde ella había estado un instante antes.
La explosión de tierra y roca cubrió media arena.
Fen logró salir de la nube de polvo por muy poco.
Hina apenas seguía consciente.
Su cabeza colgaba hacia un lado.
La espada se le escapó de las manos.
Aoi la sostuvo con fuerza mientras Fen seguía alejándose.
Su corazón golpeaba tan fuerte que casi dolía.
Porque si hubieran tardado un segundo más…
Hina quedó fuera de combate.
Su barra de vida apenas se mantenía por encima del cero y su cuerpo colgaba sin fuerzas sobre el lomo de Fen mientras Aoi la sujetaba para que no cayera.
El General Orco seguía rugiendo detrás de ellas.
Y lo peor era que ahora se movía mucho más rápido.
No tanto como Hina.
Pero sí lo suficiente como para que cualquier error significara la muerte.
Aoi apretó los dientes mientras Fen corría alrededor del campo.
Podía escuchar el sonido del mazo rompiendo el suelo cada pocos segundos.
Podía sentir el temblor bajo las patas del lobo.
Y también podía ver las barras de vida de las demás bajando poco a poco.
Kaede ya tenía el maná muy por debajo de la mitad.
Reina respiraba con dificultad.
Reika apenas lograba seguir bloqueando algunos golpes sin salir despedida.
Y aun así…
seguían peleando.
Aoi respiró hondo.
Su mirada pasó rápidamente de una a otra.
Luego levantó la voz.
—¡Modo defensivo!
Reina giró la cabeza apenas un segundo.
—¿Qué?
—¡No intenten matarlo ahora! ¡Solo resistan! ¡Manténganlo ocupado y sobrevivan!
Reika entendió primero.
Asintió de inmediato.
—¡Kaede, céntrate en barreras y refuerzos!
—¡Lo sé! —respondió la maga mientras levantaba el bastón.
Varios círculos de protección aparecieron alrededor de Reina y Reika.
La armadura de ambas brilló apenas unos segundos.
El General Orco volvió a lanzarse hacia adelante.
Ahora sin Hina para distraerlo.
Ahora con todo su odio concentrado sobre ellas.
Reina recibió el primer golpe de frente.
Su espada logró bloquear parte del impacto, pero aun así salió arrastrada varios metros por el suelo.
Reika entró justo después, usando la lanza para desviar el siguiente golpe hacia un costado.
Kaede levantó un muro de hielo.
El mazo lo rompió de un solo impacto.
Pero eso bastó para darles tiempo de retroceder.
Así continuaron.
Golpe.
Defensa.
Retroceso.
Otro golpe.
Otra barrera.
Otra esquiva.
La vida del jefe seguía bajando.
Pero demasiado lento.
Demasiado poco.
Y el grupo también se estaba agotando.
En las transmisiones, la emoción que había llenado al servidor comenzó a apagarse poco a poco.
Porque todos podían verlo.
Sin Hina, el grupo había perdido a su jugadora más rápida.
La única capaz de entrar y salir del punto ciego del General antes de que reaccionara.
Ahora solo quedaban cuatro.
Cuatro jugadoras cansadas.
Cuatro barras de vida cada vez más bajas.
Mireya observaba la pantalla con tensión.
—Ya casi no tienen recursos…
Darius asintió lentamente.
—Llegaron mucho más lejos que cualquier otro grupo… pero perder a su atacante más veloz en esta fase es demasiado grave.
En las ciudades, muchos jugadores comenzaron a bajar la mirada.
Otros suspiraban.
—Ya fue.
—Igual hicieron historia.
—Llegaron más lejos que cualquiera.
—Pero no van a poder terminarlo.
Aoi escuchaba los rugidos del jefe.
Miraba sus movimientos.
Sus tiempos.
Sus pasos.
Y entonces lo entendió.
Todavía tenían una oportunidad.
Pero solo una.
Apretó con fuerza las riendas improvisadas del pelaje de Fen.
—Ahora… —murmuró.
Esperó.
El General Orco levantó el mazo una vez más y descargó otro golpe brutal contra el suelo. Reina logró apartarse a tiempo, aunque la onda de choque igual la hizo retroceder varios metros. Reika aprovechó ese instante para atravesar una de las piernas del jefe con la lanza, obligándolo a girar el cuerpo hacia ella. Kaede levantó otra barrera para cubrirlas, pero la magia ya no era tan sólida como antes y las grietas comenzaron a extenderse por toda la superficie antes de romperse.
Aoi observó todo desde el lomo de Fen. Sus ojos iban de un lado a otro, siguiendo cada movimiento del General, cada respiración agitada, cada vez que movía la cabeza buscando con su único ojo lo que ocurría a su alrededor. Y entonces entendió que todavía tenían una oportunidad.
—Ahora —dijo con firmeza.
Lyn descendió desde el cielo como una sombra negra. El General la vio de inmediato y reaccionó casi por instinto. Rugió con furia y levantó una de sus manos para cubrir el único ojo que le quedaba. Pero justo cuando iba a hacerlo, una masa azul salió disparada desde una grieta del suelo.
Puddle.
El slime se envolvió alrededor del brazo del General y se pegó a él con todas sus fuerzas. No podía detenerlo por completo, pero sí lo suficiente. El brazo quedó atrapado apenas un segundo, temblando mientras el monstruo intentaba arrancárselo de encima.
Y ese segundo fue todo lo que Lyn necesitó.
El ave se lanzó de frente y sus garras atravesaron el último ojo del General Orco.
El rugido que soltó el monstruo fue tan fuerte que hizo vibrar toda la arena. Sangre oscura salió disparada por su rostro mientras el jefe retrocedía tambaleándose y movía los brazos de un lado a otro, completamente descontrolado.
Pero antes de que Lyn pudiera escapar, el General golpeó con el mazo hacia abajo.
Puddle recibió el impacto de lleno.
El pequeño slime salió despedido contra el suelo, su cuerpo se deformó por completo y luego desapareció en pequeñas partículas de luz azul.
Ahora el General Orco estaba completamente ciego.
Aoi vio aparecer el pequeño icono de Puddle dentro de su inventario y soltó aire por la nariz al ver que seguía ahí, aunque ahora marcado como agotado. El slime no había desaparecido para siempre. Solo necesitaba tiempo para recuperarse.
Y aun así, había hecho más de lo que cualquiera habría esperado de una criatura tan pequeña.
Ahora el General Orco estaba completamente ciego.
El monstruo seguía rugiendo y golpeando con una fuerza absurda, pero ya no veía lo que tenía delante. Movía el mazo guiándose solo por el sonido, por las vibraciones del suelo y por puro instinto, pero eso no era suficiente.
Cada golpe caía contra lugares vacíos.
Cada barrido destrozaba piedras y tierra, pero no alcanzaba a nadie.
Reina fue la primera en darse cuenta.
—¡Ya no puede seguirnos!
Reika también lo notó de inmediato. El jefe giraba hacia el lugar equivocado, atacaba demasiado tarde y cada vez que alguien cambiaba de posición, tardaba varios segundos en encontrarla de nuevo.
Aoi apretó el pelaje de Fen y levantó la voz.
—¡No hagan ruido de más! ¡Muévanse después de cada golpe y no se queden quietas!
Las demás obedecieron al instante.
Ahora el combate era completamente distinto.
Reika seguía atrayendo la atención del General desde el frente, golpeando su armadura con la lanza para obligarlo a girar hacia ella. Justo cuando el jefe descargaba el mazo, Reina aparecía desde uno de los costados y golpeaba con toda la fuerza de su espada sobre las piernas o la cintura del monstruo.
Kaede continuaba lanzando magia de apoyo, aunque ya casi sin maná. Sus hechizos eran más pequeños y menos destructivos, pero seguían siendo suficientes para ralentizar al jefe y marcarle posiciones falsas.
Lyn seguía descendiendo desde el cielo de vez en cuando, rozando la cabeza del General o chillando cerca de él para hacerlo girar hacia el lugar equivocado.
Y Aoi seguía moviendo a Fen alrededor del campo, observando todo.
Dirigiendo todo.
Poco a poco, la barra de vida del General comenzó a bajar más rápido.
Nueve por ciento.
Ocho.
Siete.
En las transmisiones ya nadie hablaba.
Las tabernas enteras estaban en silencio.
Los gremios reunidos frente a las pantallas apenas respiraban.
Porque todos estaban viendo algo que nunca había pasado.
Un grupo de solo cinco personas había logrado llegar al final de la pelea más difícil del primer piso.
Y no solo eso.
La estaban ganando.
El General Orco seguía rugiendo, seguía destruyendo el suelo, seguía moviéndose con aquella velocidad monstruosa que nadie conocía, pero ya no importaba.
Porque no podía ver.
Y sin sus ojos, toda esa fuerza se convertía en golpes lanzados al aire.
Cinco por ciento.
Cuatro.
Tres.
Reina respiraba con dificultad.
Reika ya apenas podía sostener la lanza sin temblar.
Kaede estaba tan baja de maná que su bastón apenas brillaba.
Aoi sentía las manos húmedas sobre el pelaje de Fen.
Pero nadie se detuvo.
Nadie retrocedió.
El General volvió a rugir y levantó el mazo para aplastar a Reika, pero ella retrocedió justo a tiempo. El golpe falló y el monstruo quedó abierto por un instante.
—¡Ahora! —gritó Aoi.
Reina y Reika se movieron al mismo tiempo.
Reina giró el cuerpo y descargó toda la fuerza de su espada contra una de las piernas del General.
El monstruo perdió el equilibrio.
Y en ese mismo instante, Reika clavó la lanza directamente en el pecho del jefe.
La barra de vida llegó a cero.
Durante un segundo, el General Orco quedó completamente inmóvil.
El mazo cayó de sus manos.
Luego su cuerpo comenzó a romperse lentamente en partículas de luz.
El rugido final del monstruo resonó por toda la arena antes de desaparecer.
Y entonces apareció frente a todo el servidor.
[Jefe de Piso Derrotado]
El silencio duró apenas un segundo.
Porque al siguiente…
todo el mundo explotó.
El silencio apenas duró un instante.
Porque al segundo siguiente, todo el servidor explotó.
Las tabernas se llenaron de gritos. Las plazas comenzaron a vibrar con jugadores saltando, levantando los brazos y golpeando mesas. En los gremios, incluso aquellos que habían pasado días enteros intentando derrotar al General Orco se quedaron mirando las pantallas sin poder creer lo que acababan de ver.
Habían derrotado al jefe.
Y no de cualquier forma.
Lo habían derrotado en modo berserker.
En la peor versión posible.
La que todos consideraban imposible.
En la transmisión principal, Mireya tenía los ojos completamente abiertos mientras miraba la pantalla donde las partículas de luz del General seguían desapareciendo.
—No puedo creerlo… —murmuró—. Lo hicieron… de verdad lo hicieron…
Darius dejó escapar una pequeña risa antes de cruzarse de brazos.
—Acabamos de ver la primera derrota oficial del General Orco en modo berserker. Y dudo mucho que alguien vaya a olvidar este grupo.
Los foros oficiales del juego colapsaron casi de inmediato.
Los clips de la pelea comenzaron a aparecer por todas partes.
El slime atrapando al sanador.
El ave destruyendo los ojos del jefe.
La coordinación del grupo.
La frase de Aoi diciendo que iban a ganar.
Todo comenzó a repetirse una y otra vez.
Ya había títulos nuevos apareciendo en los foros.
“La mejor pelea del primer piso”.
“¿Quién es la domadora del lobo?”
“El grupo que derrotó al jefe imposible”.
“Así se mata al General Orco berserker”.
Mientras tanto, dentro del campo de batalla, el grupo apenas podía mantenerse en pie.
Reina dejó caer la espada sobre el suelo y se sentó de golpe, respirando como si acabara de correr durante horas. Reika clavó la lanza frente a ella para no perder el equilibrio. Kaede simplemente terminó sentada sobre una roca, demasiado agotada incluso para hablar.
Aoi bajó lentamente de Fen mientras ayudaba a Hina a apoyarse mejor sobre el lobo. Incluso Fen respiraba pesado y Lyn apenas seguía volando.
Nadie habló durante unos segundos.
No porque no quisieran.
Sino porque estaban demasiado cansadas.
Y entonces aparecieron las notificaciones.
Una detrás de otra.
[Has derrotado a un Jefe de Piso]
[Bonificación especial obtenida]
[Condición cumplida: Jefe derrotado en modo berserker]
[Experiencia adicional otorgada]
Las barras comenzaron a subir de golpe.
Un nivel.
Dos.
Tres.
Incluso más.
Cada una recibió mucho más de lo normal.
Y junto a eso, aparecieron nuevas habilidades para elegir.
Habilidades especiales.
Bonificaciones raras.
Mejoras que normalmente no aparecían tan pronto.
Pero incluso todo eso quedó en segundo plano.
Porque el fondo de la arena comenzó a temblar.
Las enormes puertas de piedra que permanecían cerradas desde hacía tanto tiempo comenzaron a abrirse lentamente.
Polvo cayó desde arriba.
Las cadenas se rompieron.
Y detrás de ellas apareció un largo camino de piedra que subía hacia arriba.
Hacia el segundo piso.
Nadie dijo nada al principio.
Simplemente se quedaron mirando.
Porque aquello era más que una puerta.
Era la prueba de que lo habían logrado.
Era el final del primer piso.
Y el inicio de algo mucho más grande.