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Capítulo 12: La trampa silenciosa

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El camino hacia la zona del jefe del primer piso era mucho más silencioso de lo que cualquiera habría esperado.

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El camino hacia la zona del jefe del primer piso era mucho más silencioso de lo que cualquiera habría esperado.

 

No porque faltaran jugadores.

 

De hecho, era todo lo contrario.

 

Mientras más se acercaban a la región del Orc General, más personas aparecían en el camino. Algunos estaban en grupos pequeños, otros en escuadras completas, y muchos simplemente observaban desde lejos, como si quisieran memorizar el lugar antes de atreverse a entrar algún día.

 

La ruta avanzaba entre colinas de piedra oscura, árboles secos y restos de antiguas empalizadas destruidas. En algunos sectores todavía podían verse armas rotas clavadas en el suelo, trozos de armadura abandonados y manchas oscuras sobre la tierra.

 

Pruebas silenciosas de todos los grupos que habían intentado avanzar antes que ellos.

 

El grupo de Aoi caminaba junto por un sendero estrecho que descendía hacia una zona más baja del mapa.

 

Fen iba adelante, olfateando el aire.

 

Lyn volaba por encima de ellos, desapareciendo a ratos entre las nubes bajas para luego volver a aparecer.

 

Puddle rebotaba feliz alrededor de Aoi, ajeno por completo a la tensión.

 

Todos llevaban mejor equipo que una semana atrás.

 

Las armaduras habían cambiado.

 

Las armas también.

 

Incluso las bolsas que llevaban a los costados se veían más llenas.

 

Durante esos siete días habían farmeado todo lo posible.

 

Pociones de recuperación.

 

Pociones de energía.

 

Frascos de veneno.

 

Objetos de parálisis.

 

Bombas de humo.

 

Todo lo que pudiera servir en caso de emergencia.

 

No podían darse el lujo de improvisar.

 

No contra un jefe de piso.

 

Hina caminaba con las manos detrás de la cabeza, como si estuviera dando un paseo normal.

 

—Si todo sale mal —dijo de pronto—, al menos tendremos una muerte bastante épica.

 

Reina soltó una risa.

 

—Habla por ti. Yo no pienso morir.

 

—Eso dicen todos antes de morir —respondió Hina.

 

—Y aun así aquí sigo.

 

Kaede soltó un pequeño suspiro mientras revisaba una interfaz flotante.

 

—¿Podrían dejar de hablar de morir antes de llegar?

 

—Ay, qué aburrida eres —murmuró Reina.

 

Reika caminaba un poco más adelante, observando el camino sin dejar de mantenerse atenta al entorno.

 

—Prefiero aburrida a imprudente.

 

Reina sonrió de lado.

 

—Eso sonó como algo que diría una profesora.

 

—Y eso sonó como algo que diría alguien que necesita una profesora.

 

Hina soltó una carcajada tan fuerte que hasta Puddle vibró de emoción.

 

Reina miró a Reika con falsa ofensa.

 

—¿Escuchaste eso, Aoi? Me acaba de insultar.

 

Aoi, que caminaba unos pasos detrás junto a Fen, levantó un poco la vista.

 

—Creo que solo dijo la verdad.

 

Hubo un segundo de silencio.

 

Luego Hina comenzó a reír todavía más fuerte.

 

Incluso Kaede tuvo que cubrirse la boca para no sonreír demasiado.

 

Reina abrió un poco los ojos.

 

—¿Tú también?

 

Aoi apartó la mirada casi de inmediato, un poco avergonzada por haber respondido tan natural.

 

—Lo siento...

 

—No, no —dijo Reina—. Me sorprendió, eso es todo.

 

Reika observó a Aoi un momento antes de desviar de nuevo la mirada hacia el frente.

 

La tensión seguía ahí.

 

Todos podían sentirla.

 

No importaba cuánto bromearan o cuánto intentaran actuar como si fuera una misión más.

 

No lo era.

 

Era un jefe de piso.

 

Y eso significaba algo muy distinto.

 

Los jefes de piso no eran simplemente monstruos grandes.

 

Eran barreras.

 

Pruebas.

 

Muros que separaban una parte del mundo de la siguiente.

 

Y por eso mismo, cada vez que un grupo decidía enfrentarlos, todo el servidor lo sabía.

 

Kaede fue quien lo mencionó cuando la conversación bajó un poco.

 

—Por cierto... una vez que entremos al área del jefe, ya no habrá vuelta atrás.

 

Aoi levantó un poco la cabeza.

 

—¿Por la barrera?

 

Kaede asintió.

 

—Sí. Y porque el sistema anunciará que un grupo inició el combate contra el jefe del piso.

 

Hina soltó una pequeña risa nasal.

 

—Eso va a ser divertido.

 

Reina arqueó una ceja.

 

—¿Divertido?

 

—Todo el servidor viendo cómo nos va —respondió Hina—. Nada de presión.

 

Aoi se tensó apenas.

 

—¿Todo el servidor?

 

Kaede asintió con calma.

 

—Y no solo este servidor. Todos.

 

Aoi abrió un poco más los ojos.

 

—¿Todos?

 

—Es un sistema heredado de la beta —explicó Hina—. Cuando un grupo inicia una pelea contra un jefe de piso, aparece una transmisión global. Todos pueden verla desde las ciudades, los menús o las pantallas de los gremios.

 

Reina cruzó los brazos.

 

—Una especie de espectáculo.

 

—Exacto —dijo Hina—. Los desarrolladores querían que derrotar a un jefe de piso se sintiera importante.

 

Aoi bajó un poco la mirada.

 

Eso cambiaba mucho las cosas.

 

No era solo que fueran a pelear contra el Orc General.

 

Era que lo harían delante de todo el mundo.

 

Cada error.

 

Cada movimiento.

 

Cada caída.

 

Todo sería visto.

 

Reika notó el cambio en su expresión.

 

—¿Te pone nerviosa?

 

Aoi tardó un segundo en responder.

 

—Un poco...

 

Reina soltó una sonrisa de lado.

 

—Ya estamos aquí. Es tarde para ponerse nerviosa.

 

Kaede miró a Aoi con suavidad.

 

—No tienes que pensar en la gente que estará mirando.

 

—Solo piensa en el grupo —añadió Reika—. Lo demás no importa.

 

Aoi levantó un poco la vista hacia ellas.

 

No sabía si eso bastaba para quitarle la presión del pecho.

 

Probablemente no.

 

Pero ayudaba.

 

Porque, aunque miles de personas fueran a mirar esa pelea...

 

las únicas personas que realmente importaban ahí

 

eran las que caminaban a su lado.

 

El sendero descendió un poco más.

 

Y entonces el ambiente cambió.

 

El aire se volvió más pesado.

 

Más frío.

 

A lo lejos, entre árboles muertos y piedras enormes, comenzaban a levantarse las primeras estructuras derrumbadas del territorio del Orc General.

 

Viejas murallas.

 

Torres destruidas.

 

Empalizadas rotas.

 

Y, por encima de todo eso...

 

una presencia.

 

Una sensación extraña en el ambiente que hacía que incluso el viento pareciera más lento.

 

Fen dejó escapar un gruñido bajo.

 

Lyn descendió un poco en el cielo.

 

Puddle dejó de rebotar.

 

Y el grupo entero entendió lo mismo al mismo tiempo.

 

Habían llegado.

 

La zona del jefe del primer piso

 

estaba justo frente a ellos.

 

El grupo avanzó entre las ruinas sin bajar la guardia.

 

A medida que se internaban más en el territorio del jefe, el paisaje se volvía cada vez más hostil. Las murallas destruidas aparecían a ambos lados del camino, algunas tan enormes que todavía proyectaban sombras sobre el terreno. Restos de carros volcados, lanzas rotas y esqueletos dispersos decoraban el suelo como si el lugar hubiera sido escenario de una guerra que jamás terminó.

 

El cielo también había cambiado.

 

Las nubes se acumulaban sobre la zona del jefe, oscureciendo el entorno y dejando apenas pasar una luz grisácea que hacía todo más pesado.

 

El viento soplaba fuerte.

 

Frío.

 

Fen se mantuvo al frente, con el pelaje erizado.

 

Lyn volaba más bajo de lo normal.

 

Incluso Puddle se había quedado quieto sobre el hombro de Aoi, temblando apenas.

 

Entonces el grupo llegó al límite del territorio principal.

 

Frente a ellos se extendía una explanada inmensa rodeada por murallas destruidas, estandartes rasgados y torres medio derrumbadas. En el centro del lugar, clavada en el suelo como si fuera un monumento de guerra, había una enorme bandera negra marcada con el símbolo de un cráneo orco.

 

Y detrás de ella…

 

algo se movió.

 

Primero fue un sonido.

 

Pesado.

 

Lento.

 

Como si algo gigantesco arrastrara metal sobre piedra.

 

Luego otro.

 

Y otro más.

 

Hasta que finalmente apareció.

 

Una figura enorme salió desde las sombras de las ruinas del fondo.

 

Más de tres metros de altura.

 

Piel verdosa cubierta de cicatrices.

 

Una armadura negra hecha de placas gruesas y gastadas.

 

Hombreras gigantes.

 

Una capa de pieles colgando de la espalda.

 

Y en una mano, una enorme arma apoyada sobre el hombro.

 

El Orc General.

 

Incluso a la distancia, su sola presencia aplastaba el ambiente.

 

No era simplemente grande.

 

Era el tipo de monstruo que hacía que el espacio pareciera más pequeño solo por estar ahí.

 

Sus ojos brillaban con un rojo intenso bajo el casco de guerra que cubría parte de su rostro.

 

Y entonces…

 

rugió.

 

El sonido golpeó la explanada completa.

 

Un grito salvaje, brutal, tan fuerte que hizo vibrar el suelo bajo los pies del grupo.

 

Las murallas rotas temblaron.

 

El viento se agitó.

 

Puddle se escondió de inmediato detrás del cuello de Aoi.

 

Fen mostró los colmillos.

 

Y a la espalda del Orc General comenzaron a aparecer figuras.

 

Una.

 

Dos.

 

Tres.

 

Cuatro.

 

Cinco.

 

Los orcos menores avanzaron desde las ruinas como si hubieran estado esperando esa señal.

 

Cuatro de ellos se posicionaron al frente del jefe.

 

Grandes.

 

Musculosos.

 

Cubiertos con armaduras pesadas y armas de guerra.

 

Uno con un escudo enorme.

 

Otro con una lanza.

 

Uno con un martillo.

 

Y otro con una espada ancha y dentada.

 

El quinto apareció más atrás.

 

Mucho más delgado que los demás.

 

Vestido con túnicas oscuras hechas de cuero y hueso.

 

Llevaba un bastón torcido en una mano y cadenas con pequeños cráneos colgando alrededor del cuello.

 

Sus ojos brillaban de un verde enfermizo.

 

Y apenas apareció, se colocó detrás de todos.

 

Protegido.

 

Oculto.

 

Esperando.

 

El sanador.

 

La formación quedó completa.

 

El Orc General dio un paso al frente.

 

La tierra tembló otra vez.

 

Y en ese mismo instante…

 

el sistema del juego reaccionó.

 

El cielo sobre la explanada se oscureció de golpe.

 

Varias ventanas de sistema aparecieron en el aire, visibles no solo para el grupo…

 

sino para todo Eidralys.

 

Una alarma resonó por todo el servidor.

 

Profunda.

 

Metálica.

 

Imposible de ignorar.

 

Y luego apareció el anuncio.

 

—ATENCIÓN A TODOS LOS JUGADORES—

 

—UN GRUPO HA INICIADO UN DESAFÍO CONTRA EL JEFE DEL PRIMER PISO—

 

—TRANSMISIÓN GLOBAL ACTIVADA—

 

El nombre del jefe apareció en letras gigantes sobre el cielo gris.

 

ORC GENERAL

 

Debajo de él, una barra de vida inmensa surgió lentamente, extendiéndose de un extremo al otro de la pantalla.

 

Y en ciudades, pueblos, gremios y plazas de todo el servidor…

 

las pantallas comenzaron a encenderse.

 

En Lunvar, decenas de jugadores se detuvieron en seco para mirar hacia arriba.

 

En Brastion, grupos completos dejaron de comerciar para observar la transmisión.

 

En foros, chats y transmisiones externas, el anuncio explotó de inmediato.

 

—¡Ya empezó!

 

—¿Quiénes son?

 

—¿Otro gremio grande?

 

—No reconozco al grupo.

 

—¿Van solo cinco?

 

—¿Cinco? ¿Están locos?

 

En una sala enorme de un gremio importante, más de veinte jugadores observaban la transmisión proyectada sobre una pared.

 

Algunos estaban sentados.

 

Otros de pie.

 

Uno de ellos soltó una pequeña risa al ver el grupo.

 

—Van a morir.

 

Otro negó lentamente.

 

—No tan rápido.

 

Sus ojos se quedaron fijos en Reika.

 

—Esa chica de la espada… se mueve bien.

 

En otra ciudad, un grupo de jugadores de alto nivel observaba desde una taberna.

 

Uno de ellos señaló a Fen apenas apareció en pantalla.

 

—¿Ese no es el Grimfang Wolf raro del primer piso?

 

—Sí… y esa domadora…

 

—¿Es la misma del evento de la ciudad del inicio?

 

La duda quedó en el aire.

 

Porque el rostro de Aoi seguía sin ser famoso.

 

Pero el lobo negro gigante…

 

ese sí comenzaba a ser reconocido.

 

En la explanada, el grupo sintió el peso de la transmisión sobre ellos.

 

Todo el mundo estaba mirando.

 

Miles de personas.

 

Quizá más.

 

Aoi tragó saliva.

 

Hina se golpeó ambos puños entre sí.

 

Reina sonrió.

 

Reika dio un paso al frente.

 

Kaede levantó una ventana mágica llena de buffs y efectos listos para activar.

 

El Orc General levantó lentamente su arma.

 

Y entonces…

 

la música del combate comenzó a sonar en todo el campo.

 

Pesada.

 

Violenta.

 

Como tambores de guerra.

 

El jefe dio otro paso.

 

Sus cuatro orcos avanzaron junto a él.

 

Y el sanador permaneció atrás.

 

Esperando.

 

Protegido.

 

Exactamente como habían dicho.

 

Reika desenvainó lentamente su espada.

 

La hoja reflejó el cielo oscuro de la zona del jefe.

 

—Comienza —dijo con calma.

 

Y el grupo entero se lanzó hacia adelante.

 

El combate continuó.

 

Los golpes se sucedían uno tras otro sobre la explanada destruida.

 

Hina esquivaba por centímetros.

 

Reina chocaba de frente contra los otros dos orcos.

 

Reika seguía moviéndose alrededor del Orc General junto a Fen, obligándolo a girar constantemente para no perderlos de vista.

 

Kaede mantenía las mejoras activas mientras lanzaba ralentizaciones sobre los enemigos cada vez que encontraba una ventana.

 

Pero aun así…

 

seguían perdiendo terreno.

 

Cada herida que lograban hacer desaparecía segundos después.

 

Cada golpe importante quedaba reducido por la curación constante del quinto orco.

 

Las barras de vida apenas bajaban.

 

La presión aumentaba.

 

Y en la transmisión, los comentarios comenzaban a cambiar.

 

—Buen intento, pero ya se nota el desgaste.

 

—Las chicas están jugando bien, pero no pueden sostener esto eternamente.

 

—El sanador sigue intacto.

 

—Van a tener que retirarse o van a terminar agotadas antes de llegar a la segunda fase.

 

Hina lo sabía.

 

Reina también.

 

Incluso Reika, que seguía manteniendo la calma, empezaba a notar que algo no estaba funcionando.

 

El Orc General seguía entero.

 

Los otros cuatro orcos también.

 

Y ellas ya comenzaban a respirar más pesado.

 

Entonces ocurrió.

 

Hina esquivó un golpe del martillo girando sobre sí misma y, aprovechando la apertura, se deslizó hacia adelante.

 

Su espada brilló.

 

Cortó con fuerza.

 

El golpe impactó directamente en la pierna de uno de los orcos.

 

La hoja atravesó parte de la armadura y dejó una herida profunda.

 

Tan profunda que el monstruo perdió el equilibrio por un momento.

 

La sangre oscura brotó de inmediato.

 

Todos lo vieron.

 

El orco rugió de dolor.

 

Y de forma automática…

 

todos esperaron la curación.

 

Era lo que siempre pasaba.

 

El sanador levantaba el bastón.

 

La luz verde aparecía.

 

La herida desaparecía.

 

Pero esta vez…

 

no ocurrió nada.

 

El orco herido tambaleó.

 

La sangre siguió cayendo.

 

La herida permaneció abierta.

 

Hina fue la primera en notarlo.

 

Reina también giró apenas la cabeza.

 

Incluso Reika frunció ligeramente el ceño mientras desviaba otro golpe del jefe.

 

El orco no estaba siendo curado.

 

Y el desconcierto no fue solo del grupo.

 

La transmisión explotó de inmediato.

 

—¿Eh?

 

—¿Por qué no lo sanó?

 

—¿Qué pasó?

 

—¿Se quedó sin maná?

 

—No, los sanadores de jefe no se quedan sin maná.

 

Las cámaras del sistema reaccionaron de inmediato.

 

Una de ellas giró.

 

Buscó al quinto orco.

 

Y entonces…

 

lo mostró.

 

El sanador seguía en la parte trasera del campo.

 

Pero ya no estaba solo.

 

Algo azul cubría parte de su cuerpo.

 

Una masa gelatinosa.

 

Pequeña.

 

Temblorosa.

 

Que avanzaba lentamente por su torso, su brazo y su cuello.

 

Puddle.

 

El pequeño slime que nadie había considerado una amenaza.

 

El mismo que durante toda la pelea había desaparecido de la vista de casi todos.

 

Ahora estaba pegado al cuerpo del orco sanador.

 

Y mientras el monstruo intentaba arrancárselo de encima…

 

la masa azul comenzaba a hundirse lentamente en su carne.

 

El orco gritó.

 

Un sonido desagradable.

 

Desesperado.

 

Y justo después, una nueva ventana apareció sobre él.

 

—Estado alterado: Digestión—

 

El silencio recorrió la transmisión global.

 

Por un instante…

 

nadie entendió lo que estaba viendo.

 

Darius fue el primero en reaccionar.

 

—¿Qué demonios…?

 

Mirel abrió los ojos un poco más.

 

—Ese slime…

 

La cámara mostró cómo el cuerpo del sanador comenzaba a perder vida lentamente.

 

No mucha.

 

Pero constante.

 

Y cada vez que intentaba lanzar una curación…

 

Puddle absorbía parte de la energía antes de que pudiera activarse.

 

El bastón verde brilló una vez.

 

Dos.

 

Y luego se apagó.

 

La barra de vida del orco sanador comenzó a bajar.

 

Lenta.

 

Pero inevitablemente.

 

Entonces apareció otra ventana.

 

—Habilidad especial desbloqueada: Depredación gelatinosa—

 

—El slime puede consumir lentamente monstruos de rango igual o inferior—

 

La transmisión explotó.

 

—¿¡Qué!?

 

—¡¿Ese slime puede hacer eso?!

 

—¡Eso estaba oculto!

 

—¡Nunca había visto esa habilidad!

 

—¿Cómo consiguió evolucionarlo tanto?

 

—¡La domadora estaba jugando a otra cosa!

 

La cámara buscó a Aoi.

 

Y finalmente la mostró.

 

Escondida detrás de unas rocas derrumbadas, con la mano extendida hacia el campo y la mirada fija en el sanador.

 

No estaba huyendo.

 

No estaba escondiéndose por miedo.

 

Había esperado el momento exacto.

 

Todo ese tiempo.

 

Esa había sido su estrategia.

 

Hina sonrió apenas al verlo.

 

Reina soltó una carcajada corta en medio del combate.

 

—¡Ja! ¡Así que era eso!

 

Incluso Reika, mientras desviaba otra embestida del Orc General, no pudo evitar girar apenas la vista hacia Aoi.

 

Por un segundo.

 

Solo uno.

 

Pero suficiente para entenderlo.

 

Ella nunca había querido abrirse paso hacia el sanador.

 

Había querido que todas miraran al frente…

 

mientras su monstruo se movía por atrás.

 

Darius seguía mirando la pantalla con una mezcla de sorpresa y emoción.

 

—Ese slime…

 

Mirel sonrió lentamente.

 

—No era una mascota inútil.

 

En el campo, el orco sanador rugió de nuevo.

 

Intentó arrancarse a Puddle de encima.

 

Pero ya era tarde.

 

La masa azul se había extendido demasiado.

 

Y mientras el monstruo caía lentamente de rodillas…

 

las heridas del resto dejaron de cerrarse.

 

Por primera vez desde que comenzó la pelea…

 

la balanza se inclinó.

 

Y todo el servidor lo entendió al mismo tiempo.

 

La domadora silenciosa del grupo…

 

acababa de cambiar por completo el combate.

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