El pacto no escrito quedó sellado para siempre en el tiempo. Andrew continuó siendo el esposo perfecto, el magnate brillante y el padre dedicado que Elena siempre soñó tener a su lado. Elena vivió una vida plena, rodeada de amor, lujo, seguridad y el trato de una verdadera reina, sin saber jamás que en la vida de su esposo existía otra presencia.
Samantha, por su parte, floreció en su carrera y en su arte, disfrutando de la compañía de un hombre que la comprendía como nadie, rodeada del color naranja, el aroma de los tulipanes frescos y los sabores dulces que marcaban sus encuentros clandestinos pero profundos.
Andrew logró sostener dos universos paralelos sin destruir ninguno: la estructura sólida de su matrimonio con la mujer de su vida, y la poesía secreta compartida con su alma gemela.