El viento fresco de los Alpes suizos acariciaba las fachadas de cristal y piedra de la residencia más exclusiva de la ciudad. Andrew Anderson, a sus treinta años, contemplaba el paisaje desde el gran ventanal de su salón. Magnate inmobiliario y arquitecto de formación, poseía una mente acostumbrada al diseño exacto y a las estructuras perfectas.
Esa mañana de domingo, como era su costumbre, bajó las escaleras de mármol hacia la cocina principal. Elena, su esposa de veintiocho años, revisaba un expediente judicial mientras daba pequeños sorbos a su té. Elena no solo era una abogada brillante y elocuente; era la única mujer a la que Andrew había amado en su juventud, su primera novia y la reina indiscutible de su vida.
—Buenos días, mi vida —dijo Andrew, acercándose para besarle la frente con profunda ternura y acomodarle el cuello de la bata—. ¿Descansaste?
—Perfectamente, amor. Aunque este caso me tiene revisando cláusulas desde temprano —sonrió ella, mirándolo con esos ojos seguros de sí misma que a él tanto le fascinaban—. ¿Vas a tu recorrido habitual de cafeterías?
—Sabes que es mi debilidad del domingo —respondió él dedicándole una sonrisa devota—. Regresaré a tiempo para nuestra cena en el club. No me olvides.
—Nunca lo hago —respondió Elena con elegancia.
Andrew la cuidaba con un esmero absoluto; para él, Elena era el pilar de su presente y la futura madre de sus hijos. Salía de casa convencido de que su vida matrimonial era inquebrantable. Vestido con unos vaqueros oscuros de diseñador, una camiseta Nike blanca de corte impecable y calzado deportivo exclusivo, Andrew subió a su deportivo y se dirigió al centro histórico en busca de un nuevo rincón donde degustar un buen grano tostado.