El auditorio explotó. Literalmente. No por una detonación, sino por el estruendo de cientos de voces solapándose unas sobre otras:
—¡¡¿Qué acaba de pasar?!!
—¡¡La presidenta acaba de declararse!!
—¡¡No dijo compañera de convivencia!!
—¡¡¡Dijo ESPOSA!!!
—¡¡¿Quién demonios es ese chico?!!
Los profesores alzaban la voz intentando recuperar el orden, pero era inútil; incluso algunos docentes permanecían rígidos, sin dar crédito a lo que acababan de presenciar.
En medio de todo aquel alboroto, Haruto seguía petrificado. Su mente simplemente se había apagado. Lentamente giró la cabeza hacia Yūto. Su mejor amigo lo miraba fijamente, con esa sonrisa que conocía demasiado bien: la misma que ponía cuando estaba a punto de interrogarlo durante horas sin descanso.
—Haruto...
—...
—Haruto, responde.
—¿S-Sí?
Yūto le puso ambas manos sobre los hombros y lo miró a los ojos.
—Te doy exactamente tres segundos para empezar a explicarme.
Haruto tragó saliva con dificultad.
—¿Explicar qué?
Una vena se marcó en la frente de Yūto.
—¡¡¡¿DE QUÉ CREES?!!!
Lo sacudió suavemente pero con fuerza.
—¡¡¿CÓMO DEMONIOS LOGRASTE QUE LA PRESIDENTA DEL CONSEJO ESTUDIANTIL SE TE DECLARARA DE ESA FORMA?!!
—¡¡¡NO LO SÉ!!!
—¡¡¡NO TE CREO NI UNA PALABRA!!!
—¡¡¡YO TAMPOCO ME CREO LO QUE ACABA DE PASAR!!!
Las tres chicas tampoco podían contener la sorpresa y la curiosidad. Aoi levantó tímidamente la mano:
—Haruto... ¿la conocías?
—Creo que no... —respondió él con voz vacilante.
Misaki ladeó la cabeza, extrañada.
—¿"Crees"?
—Bueno... estoy bastante seguro de que no la he visto antes.
Rina se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.
—Entonces... ¿por qué dijo que llevaba mucho tiempo esperándote?
Haruto abrió la boca para contestar, la cerró, volvió a abrirla... y finalmente dijo con total sinceridad:
—...No tengo ni la más remota idea.
Las tres lo observaron unos segundos, luego se miraron entre sí y volvieron a fijarse en él. No mentía. Estaba tan confundido como todos los presentes.
A pocos metros, Hina seguía con los brazos cruzados mirando a Reina con una mezcla de asombro y exasperación.
—Muy bien. ¿Qué se supone que fue eso?
Reina permanecía imperturbable.
—¿Qué ocurre?
—¡¿Qué ocurre?! —Hina señaló todo el recinto con un gesto amplio—. ¡Mira a tu alrededor!
Reina recorrió con la mirada el mar de rostros atónitos.
—¿Qué tiene de extraño?
—¡¡Eso tiene!! —repitió ella, casi gritando—. ¡Acabas de provocar el mayor caos que esta academia ha vivido en años!
Reina reflexionó un instante.
—Es posible.
—¡¿ES POSIBLE?!
Hina respiró hondo varias veces antes de volver a hablar:
—Reina... respóndeme una sola cosa. ¿Desde cuándo conoces a Haruto?
Hubo unos segundos de silencio absoluto entre ellas. Finalmente, la presidenta respondió con calma:
—Eso... es algo personal.
Hina parpadeó, sin dar crédito.
—¿...?
—No tengo obligación de explicarlo públicamente.
La vicepresidenta tardó unos segundos en reaccionar, señalándose a sí misma con el dedo.
—¡¿Perdón?! ¿Nos oyes bien? ¡Somos amigas desde que teníamos cinco años! ¡Crecimos juntas! ¿Y me dices que no tienes obligación de contármelo?
—Correcto —asintió Reina sin dudar.
—¡Voy a volverme loca! —Hina se llevó las manos a la cabeza, respiró profundamente y se acercó un paso más—. Está bien. No me lo digas aquí, delante de todos. Pero me lo contarás después, cuando estemos solas.
—Eso sí puedo hacerlo —aceptó Reina.
—¿De verdad?
—Cuando no haya nadie más escuchando.
Hina soltó un largo suspiro, como si le hubieran quitado un peso de encima... hasta que algo le vino a la mente. Giró lentamente hacia su compañera:
—Aunque... hay un pequeño problema.
—¿Cuál?
—Ya llamaste toda la atención posible —dijo Hina señalando de nuevo a todos los presentes—. Todos te miran solo a ti.
Reina observó a su alrededor. Cientos de ojos seguían fijos en ella, sin apartarse ni un segundo. Se quedó pensativa unos instantes y luego respondió con total serenidad:
—Es verdad.
—¡¡¡CLARO QUE ES VERDAD!!! —casi gritó Hina—. ¡¡¡LE ACABAS DE DECIR "SERÉ TU ESPOSA" DELANTE DE TODA LA ACADEMIA!!!
Un nuevo murmullo estalló entre los estudiantes, pero Reina volvió a mirar directamente a Haruto y habló con la misma firmeza de antes:
—Es que eso seré. No una compañera de convivencia. Su esposa.
El silencio volvió a caer sobre el auditorio de golpe, como si alguien hubiera apagado de golpe todas las voces. Nadie respiraba. Nadie se movía. Ni siquiera Hina encontró palabras para replicar.
Reina aprovechó ese instante de quietud. Caminó directamente hacia donde estaba Haruto, que seguía sin entender nada.
—¿Presidenta...?
Sin responder, tomó suavemente su mano. Haruto dio un pequeño respingo al sentir el contacto; sus rostros quedaron a muy poca distancia.
—Será mejor que nos retiremos —dijo ella con voz tranquila.
—¿Eh? ¿A dónde?
—Antes de que empiecen las preguntas y las dudas —explicó ella, y sin darle tiempo a reaccionar, comenzó a caminar tirando suavemente de su mano.
Haruto apenas pudo balbucear algo ininteligible; su cuerpo pareció moverse por inercia, siguiéndola sin saber hacia dónde iba. Los estudiantes se apartaban automáticamente para abrirles paso, como si un camino se hiciera solo ante ellas. Solo se escuchaba el sonido de sus pasos resonando en el suelo de piedra.
Yūto las miraba alejarse con la boca entreabierta, luego miró a las tres chicas y volvió a mirar a su mejor amigo, que desaparecía entre la multitud junto a la presidenta. Finalmente levantó un dedo lentamente:
—... ¿Acaban de "secuestrar" a mi mejor amigo?
Aoi parpadeó varias veces.
—Creo... que sí.
Misaki asintió despacio.
—Y nadie se atrevió a hacer nada para detenerlas.
Rina soltó una risita nerviosa.
—¿Quién sería tan valiente como para interponerse en el camino de la presidenta?
Las enormes puertas de madera se cerraron lentamente tras ellas, dejando al auditorio en silencio durante exactamente dos segundos. Y entonces...
—¡¡¡¡¡SÍGANLOS!!!!!
Y el caos estalló de nuevo, más fuerte que nunca.
El auditorio había quedado completamente fuera de control.
—¡¡Por favor, mantengan la calma!!
—¡Regresen a sus lugares!
—¡No corran por los pasillos!
Los profesores levantaban la voz una y otra vez, intentando recuperar un orden que, sinceramente, parecía imposible de restaurar. Los alumnos hablaban todos al mismo tiempo: algunos empujaban suavemente para intentar salir tras ellos, otros se agrupaban discutiendo quién era realmente Haruto Aizawa, y unos cuantos chicos permanecían inmóviles, como si algo se hubiera roto dentro de ellos.
—¿La presidenta...?
—No puede ser...
—Ni siquiera me dio la menor oportunidad...
—Dijo... esposa...
Uno de ellos cayó de rodillas, con la mirada perdida.
—Perdí... antes de siquiera empezar...
A unos metros del escenario, la directora Akiko Takamori observaba todo con una mezcla de sorpresa y profunda resignación. A su lado, la profesora Kaori Shimizu se cubría la boca con una mano, aunque sus hombros temblaban ligeramente. Intentaba contener la risa, pero le resultaba casi imposible.
—Profesora Kaori... —la llamó la directora con suavidad.
La orientadora respiró hondo para calmarse.
—Lo... lo siento, directora... —dijo, volviendo a mirar el desorden—. Pero jamás imaginé que la presidenta Reina Saegusa escogería a alguien este año. Y mucho menos... —una sonrisa sincera terminó escapándosele— a un estudiante de primer año.
Akiko soltó un largo suspiro.
—Yo tampoco.
Sus ojos permanecían fijos en las puertas por donde ambos acababan de salir. Conocía a Reina desde hacía años: era una joven incapaz de dejarse llevar por impulsos o caprichos. Si había hecho algo semejante delante de todo el centro... era porque llevaba mucho tiempo pensándolo.
—Debe tener sus motivos... —murmuró casi para sí misma.
Kaori se cruzó de brazos, con la mirada brillante de curiosidad.
—Ahora tengo muchas ganas de conocerlo mejor.
—¿A Haruto Aizawa? —preguntó la directora, esbozando una leve sonrisa—. No eres la única.
Mientras tanto, muy lejos del ruido y el caos...
Haruto caminaba en silencio absoluto. O mejor dicho: era llevado. Su mano seguía sujeta por la de Reina, que avanzaba con total tranquilidad por los senderos de la academia, como si no hubiera provocado una conmoción sin precedentes apenas unos minutos antes.
Él apenas lograba seguirle el paso. Su mente seguía atascada, repitiendo una y otra vez las mismas preguntas sin respuesta: ¿Qué está pasando? ¿Por qué yo? ¿Y por qué nadie hizo nada para detenerla? Quiso preguntar, pedir explicaciones, decir cualquier cosa... pero cada vez que abría la boca, las palabras se le desvanecían antes de salir.
Tras varios minutos alejándose de las aulas y los edificios administrativos, el paisaje cambió por completo. Frente a ellos apareció una zona tranquila, con calles adoquinadas, árboles podados con esmero y casas de dos plantas separadas por amplios espacios. No parecían dormitorios escolares: eran auténticas viviendas, cada una con su pequeño jardín, terraza y ventanas amplias que dejaban pasar la luz del sol.
Haruto observó todo con los ojos muy abiertos.
—¿Aquí...?
Reina asintió sin detenerse.
—Las residencias de convivencia.
—¿Residencias?
—La academia las construyó para quienes ya han decidido formar una familia juntos.
Mientras hablaban, vio en una de las casas a un chico regando flores mientras dos chicas discutían amistosamente dónde colocarían unas macetas; de otra ventana salía el aroma a comida recién hecha; más adelante, otro estudiante barría la entrada mientras varias alumnas tendían ropa en el patio trasero. Todo se sentía extrañamente cotidiano, como un pequeño barrio tranquilo, muy lejos de la rigidez de las aulas.
—Es... mucho más grande y acogedor de lo que imaginaba —susurró Haruto.
—Aquí aprenderán a vivir como una verdadera familia —respondió Reina con total naturalidad.
Caminaron unos metros más hasta detenerse frente a la última casa de la calle: una vivienda amplia, de paredes color marfil y techo oscuro, con un jardín delantero aún vacío y una pequeña placa electrónica junto a la puerta principal.
—¿Esta casa...? —preguntó él con voz entrecortada.
—Será nuestro hogar —dijo ella sin la menor duda.
Haruto sintió cómo el corazón se le aceleraba de nuevo al escuchar esa palabra: Nuestro.
Antes de que pudiera reaccionar o decir nada, Reina dio un paso hacia él. Quedaron tan cerca que por un instante él olvidó incluso cómo respirar. Hasta ese momento no había tenido oportunidad de mirarla con calma: su cabello negro caía suavemente hasta la cintura, sus ojos violetas brillaban con una serenidad casi hipnótica, y cada uno de sus rasgos reflejaba esa elegancia que hacía que todos la respetaran... y que tantos la admiraran en silencio.
Es... realmente hermosa, pensó sin darse cuenta.
Reina, ajena a sus pensamientos —o fingiendo estarlo—, metió la mano con total naturalidad en el bolsillo del pantalón de Haruto.
—¿¡Eh!? —él dio un pequeño salto sorprendido—. ¿P-Presidenta?
Ella sacó la tarjeta electrónica plateada que todos habían recibido esa mañana al ingresar.
—La llave —dijo con calma.
La acercó al lector de la puerta: un sonido agudo y claro resonó, seguido del clic suave de la cerradura al abrirse. Reina giró el picaporte, abrió la entrada y se apartó un poco hacia un lado. Lo miró directamente a los ojos, con esa pequeña sonrisa suave que solo él había visto hasta entonces, y dijo con la misma sencillez con la que se habla de algo cotidiano:
—Bienvenido a casa, Haruto.
El muchacho sintió que su cerebro acababa de apagarse por segunda vez en menos de una hora.
La puerta se cerró suavemente detrás de ambos. El silencio que reinaba dentro contrastaba de forma absoluta con el alboroto que habían dejado atrás en el auditorio.
La residencia era amplia y luminosa: una sala principal con un sofá en forma de L frente al televisor, una cocina integrada con isla central y una mesa de comedor espaciosa. Grandes ventanales dejaban pasar la luz del mediodía, iluminando cada rincón con claridad. Al fondo, una escalera de madera subía hacia el segundo piso. Todo estaba impecable, ordenado y listo... como si hubiera estado esperando desde siempre a que ellos llegaran.
Reina caminó despacio por la estancia. Sus ojos recorrían cada rincón con una curiosidad que rara vez mostraba en público. Abrió una puerta, miró una habitación, luego otra, y se detuvo unos instantes junto a la encimera de la cocina.
—Ya había revisado estas residencias muchas veces como presidenta... —murmuró para sí misma—. Pero es la primera vez que entro sabiendo que será mi hogar.
En su voz había una calma sincera, sin rastro de fingimiento ni formalidad.
Mientras tanto, Haruto permanecía inmóvil junto a la entrada. No dejaba de observarla: cada paso, cada gesto, cada palabra. Su mente seguía llena de preguntas que no encontraban respuesta: ¿Por qué yo? ¿Por qué alguien como ella? ¿Qué es lo que realmente está ocurriendo aquí?
Finalmente reunió el valor necesario para hablar.
—Presidenta...
Reina se giró lentamente hacia él.
—¿Sí?
Haruto respiró hondo, apretando los dedos contra el borde de su mochila.
—¿Por qué... yo?
La joven guardó silencio unos segundos. Luego, sonrió: una sonrisa mucho más cálida y cercana que cualquiera que hubiera mostrado ante el resto de los estudiantes.
—¿Ya se te olvidó?
Haruto parpadeó, confundido.
—¿Olvidar... qué?
Reina soltó una risita suave, casi divertida.
—Sigues siendo tan despistado como siempre.
Aquellas palabras lo dejaron aún más desconcertado.
—Lo siento... pero de verdad no entiendo nada.
Sin responder, ella caminó despacio hasta quedar justo frente a él. Haruto sintió cómo el corazón se le aceleraba de nuevo. Entonces, Reina levantó las manos y empezó a desabotonar con calma la parte superior de su blusa.
—¡¿P-Presidenta?! —Haruto se puso rojo como un tomate y desvió la mirada por instinto—. ¡¿Q-Qué está haciendo?!
Ella no dijo nada. Solo abrió lo suficiente la prenda para meter una mano bajo el cuello. Un instante después, sacó un fino collar de cadena plateada. Y colgando de él, un pequeño colgante metálico con la forma de un personaje de una serie muy popular hacía años.
Reina lo sostuvo entre sus dedos, dejándolo a la vista.
—¿Y ahora? —preguntó con suavidad—. ¿Lo recuerdas?
Los ojos de Haruto se abrieron de golpe. El color desapareció por completo de su rostro. Aquel colgante... lo conocía. No podía ser. Su respiración se detuvo en seco, y de repente, los recuerdos empezaron a fluir como si hubieran estado esperando solo esa señal para volver.
Muchos años atrás...
Un parque soleado. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas de los árboles mientras un niño de siete años corría sin mirar atrás, con las mejillas sonrosadas y el aliento entrecortado.
—¡¡Espérenme!! ¡¡No me escondan los zapatos!!
Las risas de sus dos hermanas mayores resonaban a sus espaldas. Como casi todos los días, habían vuelto a jugarle una broma. Él corrió hasta atravesar unos arbustos, hasta llegar al único lugar donde siempre encontraba calma: un banco de madera bajo la copa de un enorme cerezo en flor.
Allí estaba ella. Sentada, con un libro entre las manos: una niña de unos diez años, de cabello negro largo y ojos violetas, con aquel mismo colgante brillando suavemente sobre su pecho. Al escuchar sus pasos, levantó la vista y su expresión seria se transformó al instante.
—Llegaste.
El niño corrió hasta ella y se escondió contra su pecho para recuperar el aliento. Ella cerró el libro y lo rodeó con sus brazos con ternura.
—¿Tus hermanas otra vez? —preguntó acariciando su cabello.
Él asintió con la cabeza baja.
—¿Y Mi-senpai no estaba contigo?
—Está ocupada —murmuró él.
La niña infló un poco las mejillas, fingiendo enfado.
—Entonces vienes a buscarme a mí porque ella no está.
—¡No es por eso! —protestó el niño, cruzando los brazos—. ¡Siempre vengo porque tú me tranquilizas!
Ella sonrió con diversión.
—Solo bromeaba. No pongas esa cara.
—Eres muy mala... —se quejó él, aunque volvió a recostarse contra ella.*
—Lo siento —susurró ella volviendo a acariciarle el pelo—. ¿De verdad te sientes tranquilo conmigo?
—¡Claro que sí! —respondió él con toda la seriedad que un niño podía tener—. ¡Confío en ti más que en nadie!
—Entonces tendrás que demostrármelo algún día —dijo ella con una sonrisa misteriosa.*
El niño se quedó pensativo un momento, hasta que sus ojos se iluminaron de golpe.
—¡Ya sé! ¡Cuando entremos los dos al sistema... te escogeré a ti! ¡Serás mi primera esposa!
La niña se quedó inmóvil, sorprendida por la promesa tan espontánea. Pero al verlo levantar el meñique con una sonrisa enorme, ella también alzó el suyo y lo entrelazó con el de él.
—Prometido.
—¡Prometido!
Bajo la lluvia suave de pétalos rosados, sellaron aquella palabra dicha desde la inocencia.
El recuerdo se desvaneció lentamente. Haruto volvió a mirar a Reina: la niña de aquel parque ya no existía, pero esos ojos violetas, esa calma, esa forma de mirarlo como si el tiempo no hubiera pasado... eran exactamente iguales.
Reina dejó caer suavemente el colgante sobre su pecho y volvió a encontrarse con su mirada.
—Tú hiciste una promesa hace ocho años, Haruto —dijo con voz serena, pero llena de todo ese tiempo de espera—. Y yo jamás la olvidé.
Haruto se quedó sin palabras. Ahora entendía todo: por qué ella dijo que llevaba tiempo esperándolo, por qué lo eligió a él, por qué para ella aquel día bajo el cerezo nunca se había terminado.