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Capitulo 1: un mundo muy diferente

DNavarrete
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INFORME ESPECIAL: 20 AÑOS DE LA LEY DE UNIONES COMPARTIDAS – EL CAMINO QUE TRANSFORMÓ AL PAÍS

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INFORME ESPECIAL: 20 AÑOS DE LA LEY DE UNIONES COMPARTIDAS – EL CAMINO QUE TRANSFORMÓ AL PAÍS

 

Transmisión simultánea en todas las pantallas: desde televisores domésticos, pantallas gigantes en cruces y plazas, hasta pantallas de vagones y dispositivos móviles. Estilo visual: trazos definidos, luces suaves y colores vibrantes característicos del anime, con atmósfera cálida y profunda.

 

El sol de la tarde baña las calles de Tokio, tiñendo de tonos naranjas y rosados los tejados de los edificios y los árboles de los parques. En la plaza frente a la estación principal, cientos de personas se detienen ante la pantalla gigante que domina el espacio: jóvenes con mochilas, madres que sostienen a sus hijos, grupos de ancianos que se sientan en los bancos, todos con la vista fija en la emisión. El zumbido habitual de la ciudad –el paso suave de los trenes, el murmullo de las conversaciones, el viento que agita las ramas de los cerezos– se suaviza, como si el propio entorno guardara silencio para escuchar.

 

En el estudio, la imagen es nítida y elegante. Dos presentadoras ocupan el asiento central: Sumire, de cabello negro recogido en un moño con pasadores de perla, mirada serena y voz pausada, que vivió los años de tensión previos a la ley; y Hana, más joven, con cabello castaño suelto y expresión vivaz, nacida cuando el debate ya recorría todo el país. Detrás de ellas, una pantalla muestra imágenes de archivo y tomas en vivo con el estilo visual característico: contornos claros, sombras suaves y movimientos naturales.

 

—Buenas tardes a todos, donde quiera que estén siguiendo esta transmisión –empieza Sumire, su voz llega clara a cada rincón–. Hoy marcamos una fecha que cambió para siempre nuestra historia. Hace exactamente veinte años, tras meses de debates acalorados, marchas que llenaron cada calle y noches de angustia para miles de familias, se promulgó la Ley de Uniones Compartidas. Una medida que muchos calificaron de desesperada, otros de contraria a la tradición, y que hoy forma parte de la vida cotidiana de todos nosotros.

 

Mientras habla, la cámara sale del estudio y recorre una avenida bordeada de cerezos en flor. Se ve pasar un grupo: un hombre de mediana edad camina junto a tres mujeres, todas con sonrisas tranquilas, compartiendo una charla animada. Una lleva de la mano a una niña pequeña que salta entre ellos, otra sostiene una cesta con compras del mercado matutino, y la tercera se apoya suavemente en el brazo del hombre, pero sin perder su paso ni su autonomía. Se cruzan con otro grupo: dos hombres, cada uno acompañado por distinto número de mujeres, se saludan con una reverencia amable; las mujeres entre ellos se conocen y se detienen un instante para intercambiar palabras sobre sus trabajos o los estudios de sus hijos. Nadie mira con extrañeza, nadie comenta en voz baja: es tan natural como ver a una pareja caminar junta hace cincuenta años.

 

—Recordemos cómo empezó todo –continúa Hana, mientras en la pantalla aparecen gráficos suaves con tonos azules y dorados que muestran la evolución de las cifras–. Nadie lo vio venir al principio. Los informes demográficos de hace cuarenta años solo señalaban una ligera variación: ciento diez mujeres por cada cien hombres. Luego ciento veinte. Luego ciento cincuenta. Se creyó que era algo pasajero, un error de conteo, algo que se corregiría solo. Pero año tras año, la diferencia creció sin detenerse. Hasta llegar a lo que vivimos cuando se aprobó la ley: diez mujeres por cada hombre nacido.

 

La imagen se traslada a un barrio residencial con casas de techos inclinados y jardines cuidados. En un espacio compartido entre varias viviendas, varias mujeres preparan la merienda mientras los niños corren entre los arbustos y juegan con pelotas de colores. Un hombre llega con bolsas con provisiones, y sin que nadie se lo pida, empieza a colocar las bandejas, a servir el té, a sentarse junto a los más pequeños para escuchar sus anécdotas sobre la escuela. No hay actitud de superioridad, ni reverencia excesiva: es el trabajo compartido, el afecto repartido, la construcción de un hogar entre todos. Una de las mujeres le pasa una servilleta con una sonrisa y le dice algo al oído; él ríe y asiente, y luego se levanta para ayudar a otra que está acomodando las sillas de madera.

 

—Lo que siguió fue inevitable –retoma Sumire, con un tono que refleja la dureza de aquellos días–. Hace veinticinco años, las cifras dejaron de ser solo números en un papel para convertirse en soledad compartida. Mujeres que llegaban a los treinta, cuarenta años sin encontrar con quien formar una familia, sin poder compartir su vida con alguien que eligieran. La angustia se convirtió en un problema de salud pública. Las marchas empezaron con grupos pequeños, luego llenaron las plazas con pancartas que decían “Queremos nuestro lugar”, “Queremos construir un hogar”, “No queremos quedarnos solas”. El parlamento tardó en entender que no era un capricho, sino una necesidad vital. Un año entero de sesiones interminables, reuniones con líderes religiosos, asambleas vecinales donde se gritaba, se lloraba y se buscaba una salida. Y al final, la única propuesta que se mantuvo fue permitir que las uniones no se limitaran a dos personas: que un hombre pudiera compartir su vida con cuantas mujeres quisiera, siempre y cuando todas dieran su consentimiento pleno y libre.

 

La cámara pasa por un antiguo santuario sintoísta, cuyas puertas de madera están abiertas. Dentro se ve a algunas personas reunidas en oración, y afuera, un grupo de mayores conversa con tranquilidad. Se recuerda que en los primeros años tras la aprobación, hubo quienes cerraron las puertas de sus templos y santuarios a estas uniones, quienes hablaban de ruptura con las costumbres ancestrales. Pero con el tiempo, muchas comunidades empezaron a adaptarse: reconocieron que el vínculo fundamental sigue siendo el respeto y el afecto mutuo, no el número de personas que lo conforman. Algunos sacerdotes empezaron a realizar ceremonias de unión adaptadas a las nuevas formas, mientras que otros mantuvieron su postura, pero dejaron de enfrentarse a la sociedad para respetar la decisión de cada familia.

 

—Los primeros años fueron duros –reconoce Hana, mientras se ven imágenes antiguas con tonos más apagados: reuniones donde las voces se alzaban, parejas que se separaban, grupos de mujeres que discutían entre sí por celos, por miedo a no ser suficientes, por no saber cómo convivir–. No había manuales, no había experiencias previas. Muchos hombres no sabían cómo equilibrar su tiempo y su corazón; muchas mujeres temían ser desplazadas o no ser tomadas en cuenta. Hubo errores, hubo lágrimas, hubo quienes dijeron que todo esto fracasaría antes de cumplir una década. Pero la gente fue aprendiendo. Aprendieron que la convivencia no se basa en competir, sino en complementarse. Que cada una tiene su espacio, su voz y su valor. Que el hombre no es un jefe ni un dueño, sino un compañero más en el camino.

 

Ahora la imagen muestra distintos rincones de la vida diaria: una oficina donde mujeres dirigen equipos y hombres colaboran en tareas administrativas; un taller de artesanía donde todos trabajan de la mano en piezas de cerámica y tejidos; un mercado donde cada quien atiende su puesto con dedicación, sin importar su género. En una cocina de restaurante, un hombre prepara platos tradicionales junto a cuatro mujeres, y todos se coordinan con la misma destreza y respeto, intercambiando consejos y risas.

 

—Hoy, veinte años después, el cambio no está solo en la ley, sino en el corazón de la gente –afirma Sumire, con una sonrisa suave que ilumina su rostro–. Ya no se pregunta “¿cuántas mujeres tiene?” con curiosidad morbosa; se pregunta “¿cómo se llevan entre todos?” como lo haría con cualquier familia. Ya no hay miedo a decir “somos cuatro en esta unión” o “somos seis”: lo que importa es si se apoyan, si se cuidan, si avanzan juntos. Los niños crecen viendo esto como lo normal: saben que una familia puede ser de dos, de tres, de cinco o más personas, y que lo único que cuenta es el cariño que se dan entre sí.

 

La transmisión regresa a la plaza principal. El sol empieza a ocultarse detrás de los rascacielos, y las luces de neón y faroles tradicionales se encienden una a una, tiñendo la noche de azules, rojos y blancos. En la pantalla gigante, las presentadoras se despiden:

 

—Siempre habrá quienes piensen distinto, siempre habrá aspectos que mejorar –dice Hana–. Pero lo que hemos logrado es demostrar que nuestras tradiciones no son algo rígido, sino algo que crece con nosotros, cuando lo que está en juego es la felicidad y el derecho de cada persona a elegir su camino. Hoy celebramos veinte años de aprendizaje, de esfuerzo y de convivencia. Gracias a todos por acompañarnos.

 

La pantalla se queda con la imagen de una familia numerosa que posa para una foto bajo un cerezo en flor: el hombre en el centro, rodeado de mujeres que lo abrazan y se abrazan entre sí, con los niños que saltan delante de ellos con sonrisas radiantes. La gente en la plaza empieza a dispersarse, pero ya no con la prisa de siempre: muchos caminan juntos, charlando sobre lo que acaban de ver, compartiendo sus propias historias, sabiendo que lo que antes parecía imposible hoy es simplemente su vida. El viento sigue soplando, llevando consigo el aroma de las flores y el sonido de las risas, y la ciudad avanza, llevando consigo todo lo que ha aprendido.

 

ENTREVISTAS EN EL PARQUE: ASÍ VIVIMOS NUESTRAS UNIONES

 

Estilo anime: trazos suaves, colores cálidos y expresiones llenas de vida. El sol de la tarde se filtra entre las hojas de los arces y cerezos del parque Yoyogi, donde dos jóvenes youtubers independientes recorren los senderos con sus cámaras portátiles. Sus nombres son Aoi, de cabello corto y mirada inquieta, y Mio, con largas coletas y una sonrisa cálida. Su canal se llama “Voces de Casa” y buscan mostrar lo que nadie cuenta en las noticias oficiales: la vida cotidiana, con sus luces y sombras.

 

—¡Hola a todos! —saluda Aoi acercando su rostro a la cámara—. Hoy estamos aquí, en pleno corazón de Tokio, hablando con familias que forman parte de las Uniones Compartidas. Queremos saber de verdad: ¿cómo es compartir la vida, el hogar y el mismo hombre? ¿Cómo se llevan entre ustedes? Vamos a escucharlas.

 

PRIMERA ENTREVISTA: LA FAMILIA DE KENTARO

 

Se acercan a un grupo reunido bajo un gran árbol: un hombre de rostro amable y tres mujeres, mientras cuatro niños juegan cerca con cometas de colores.

 

—Buenas tardes —dice Mio con respeto—. ¿Nos permitirían hacerles unas preguntas?

 

—Claro que sí —responde la mayor de ellas, Sakura, con una sonrisa tranquila—. Me llamo Sakura, ellas son Hina y Rin. Y él es Kentaro.

 

—¿Cómo se conocieron con él? —pregunta Aoi.

 

—Yo lo conocí en la universidad —empieza Sakura—. Éramos compañeros de clase. Al principio solo éramos amigos, luego empezamos a salir. Un día, me contó que había conocido a alguien más y me preguntó si estaría dispuesta a hablar con ella. Me quedé helada… pero cuando conocí a Hina, sentí que ya la conocía de antes.

 

—Yo lo conocí en la biblioteca —dice Hina, con una risa suave—. Estaba buscando un libro y él me ayudó a encontrarlo. Nunca imaginé que terminaríamos todas juntas. Y luego llegó Rin, que trabaja en la misma tienda que él.

 

—Y entre ustedes, ¿cómo es la convivencia? ¿Siempre va todo bien?

 

—¡Claro que no! —ríe Rin, y las otras dos asienten—. Discutimos, ¡vaya si discutimos! A veces por quién lava los platos, quién lleva a los niños al colegio, o si compramos matcha o té verde normal. Una vez nos peleamos tres días seguidas por el orden del armario de ropa. Pero al final nos sentamos a hablar, nos reímos y lo arreglamos. Somos hermanas, no rivales.

 

—¿Y qué dicen de él? —pregunta Mio mirando a Kentaro, que está ayudando a un niño a levantar su cometa.

 

—Es un torpe adorable —dice Sakura, y las otras ríen—. Se le queman los fideos casi siempre. Pero cuando yo estuve embarazada, no me dejaba levantar ni una taza. Me hacía infusiones cada dos horas, me acompañaba a todas las citas…

 

—Es muy trabajador —añade Hina—. Trabaja en el taller hasta tarde, pero nunca llega sin antes mandarnos un mensaje preguntando si necesitamos algo. Y los domingos se levanta él solo para preparar el desayuno y que nos quedemos un rato más en la cama.

 

—Sí, es un poco idiota a veces —interviene Rin con cariño—, pero es nuestro idiota. Y nunca se cree el dueño de nada: si le decimos que algo no nos gusta, lo escucha y lo cambia.

 

SEGUNDA ENTREVISTA: LA FAMILIA DE DAICHI

 

Un poco más adelante, encuentran a Misaki, Yumi y Aya, sentadas en un banco con una cesta de dulces. Daichi juega al fútbol con dos niños más lejos.

 

—¿Cómo se conocieron ustedes entre sí? —pregunta Aoi después de presentarse.

 

—Yo fui la primera —cuenta Misaki—. Llevaba un año con Daichi cuando él me dijo que había conectado con alguien más en una red de apoyo para familias. Me dio miedo, mucho miedo. Quería terminar con él. Pero me dijo: “No te pido que lo aceptes por mí, te pido que la conozcas por ti”. Y cuando vi a Yumi… entendí.

 

—Yo vivía sola desde hacía mucho —dice Yumi—. Pensaba que nunca tendría familia. Cuando Misaki me abrazó la primera vez, lloramos las dos. Y luego llegó Aya, que venía de otra ciudad buscando una nueva vida.

 

—¿Y las discusiones? —insiste Mio.

 

—¡Hay muchas! —dice Aya con energía—. ¡Ustedes no saben! Misaki es muy ordenada, Yumi es muy relajada y yo soy un desastre. Una vez nos peleamos porque yo dejé mis cuadernos por toda la sala y Misaki casi se vuelve loca. Pero después nos dimos cuenta: no es por él, es por nosotras. Aprendimos a ceder.

 

—¿Y él? ¿Cómo se porta?

 

—Es el hombre más atento del mundo —asegura Misaki—. Cuando tuve a mi hija, se quedó despierto conmigo todas las noches sin que se lo pidiera.

 

—También es muy despistado —dice Yumi sonriendo—. Se le olvidan las llaves, se le olvida la compra… pero nunca se le olvida preguntarnos cómo nos sentimos, qué nos preocupa o qué nos hace felices.

 

—A veces nos da rabia —añade Aya—, pero al día siguiente llega con nuestras golosinas favoritas y se ríe como si nada. Es un bobo entrañable.

 

TERCERA ENTREVISTA: LA FAMILIA DE TAKUMI

 

Cerca de la fuente, Emi, Natsuki y Reina conversan tranquilamente. Takumi está enseñando a un grupo de niños a hacer figuras de papel.

 

—¿Qué dirían a quienes creen que solo están juntas por él? —pregunta Aoi con tono serio.

 

—Les diría que no saben nada —responde Emi con firmeza—. Lo quiero mucho, sí. Pero a ellas las quiero como a las hermanas que nunca tuve. Si él faltara mañana, seguiríamos estando juntas.

 

—¿Cómo fue al principio? —pregunta Mio.

 

—Al principio fue difícil —admite Natsuki—. Yo tenía celos, no lo negaba. Creía que si él le daba un abrazo a ella, me lo estaba quitando a mí. Pero un día estuve enferma y las dos se quedaron cuidándome, turnándose para darme medicinas y sopa. Entendí que el cariño no se divide, se suma.

 

—¿Y qué les gusta más de él?

 

—Que no se cree importante —dice Reina—. Llega del trabajo y se pone a fregar los platos sin que nadie se lo diga. Juega con los niños hasta que se cansa. Cuando estuve embarazada, me leía poemas todas las noches porque yo no podía dormir.

 

—Y sí, discutimos —concluye Emi—. Por dinero, por horarios, por qué programa ver en la tele. Pero es lo mismo que pasa en cualquier casa. Solo que aquí somos más manos para ayudar… y más voces para regañarlo cuando se pasa de tonto.

 

Aoi y Mio se despiden de todas con una reverencia y vuelven a la cámara mientras el sol empieza a teñir de dorado el parque.

 

—Como ven —dice Aoi bajando la voz con emoción—, no hay una sola forma de vivir esto. Hay risas, hay peleas, hay cariño… y hay hombres que son compañeros, no amos.

 

—No es perfecto —añade Mio—. Pero es su vida. Y la construyen día a día, entre todas.

 

La cámara se apaga con una última toma de todos los grupos reunidos, compartiendo comida y risas bajo los árboles.

 

El pesado chirrido del hierro forjado rompió por un instante la calma del amanecer. Las grandes puertas de la Academia Nacional Kōsei se deslizaron lentamente hacia los costados, revelando el mundo que se extendía más allá de sus muros altos y cubiertos de hiedra.

 

No era solo una escuela. Era una pequeña ciudad construida con piedra pulida y madera de roble, diseñada para formar a quienes algún día guiarían al país en esta nueva era. Edificios de cinco plantas se alzaban con líneas elegantes, mezclando la arquitectura tradicional japonesa con estructuras modernas de cristal y acero. Se distribuían alrededor de amplios patios y jardines donde los cerezos apenas comenzaban a teñir de rosa sus ramas; el aire llevaba el aroma fresco de la tierra mojada y la flor de ciruelo. Fuentes de piedra tallada goteaban con suavidad en las plazas centrales, y senderos de adoquines perfectamente alineados conectaban aulas, bibliotecas inmensas, gimnasios techados, laboratorios de última generación y los bloques residenciales donde vivirían los estudiantes durante todo el año.

 

Cada temporada de admisiones, decenas de miles de jóvenes de todo Japón enviaban sus solicitudes. Solo los más preparados, los con mayor voluntad y quienes demostraban comprender el valor de la convivencia lograban cruzar ese umbral.

 

La cámara avanzó por los caminos principales, siguiendo el ritmo pausado de quienes ya habitaban allí. Bajo los árboles, grupos de chicas estudiaban en silencio o intercambiaban apuntes. En las canchas al aire libre, algunos entrenaban deportes con dedicación. Y en cada rincón se veía lo que en otras partes aún sorprendería: un solo muchacho caminando junto a tres, cuatro o cinco compañeras, compartiendo risas, discutiendo tareas o simplemente disfrutando del aire libre. Nadie los miraba con curiosidad ni juicio; para todos allí, esa forma de convivir era tan natural como respirar.

 

En el corazón del complejo se alzaba el edificio administrativo, el más alto y solemne de todos. Al subir hasta su último piso y cruzar la ancha puerta de madera de cerezo pulida, el ambiente cambiaba: se volvía más sereno, cargado de historia y responsabilidad.

 

El despacho de la directora ocupaba todo el frente del nivel. Estanterías de caoba oscura cubrían una pared completa, repletas de libros con encuadernaciones antiguas y archivos ordenados con precisión. Cerca de los grandes ventanales que daban a los jardines centrales, macetas con bambú y orquídeas crecían cuidadas al detalle. Y justo en el centro, sobre una alfombra de tejido sutil, descansaba un escritorio de madera maciza sin un solo papel fuera de lugar.

 

Sentada detrás de él, Akiko Takamori observaba el amanecer terminar. Su cabello negro azabache estaba recogido en un moño tradicional impecable, sin un solo mechón desordenado. Sus ojos color ámbar brillaban con una mezcla de calma y firmeza; cada rasgo de su rostro hablaba de años de servicio y decisión. Vestía un traje sastre negro de corte clásico, con una blusa blanca impecable y un pequeño broche dorado en el cuello: el emblema de la academia, una flor de cerezo con tres pétalos entrelazados. Quince años llevaba al frente del comité que diseñó el Programa de Convivencia, convirtiéndose en una de las voces más respetadas de todo el país en esta nueva etapa.

 

Un suave golpe en la madera la devolvió al presente.

 

—Adelante —dijo con voz clara y pausada.

 

La puerta se abrió despacio. Entró Kaori Shimizu, profesora de orientación y responsable directa del programa en la academia. Su cabello castaño oscuro caía suelto hasta los hombros, con un flequillo que le daba un aire juvenil pero serio; unos ojos color miel tras gafas de montura plateada observaban todo con atención. Llevaba el uniforme reglamentario: blazer azul marino con el emblema bordado en el pecho, falda gris plisada y una cinta azul en el cuello. Entre sus manos sostenía una tableta electrónica con la cubierta de cuero oscuro.

 

—Buenos días, directora Takamori.

 

—Buenos días, profesora Shimizu. ¿Ya tenemos los resultados definitivos de la admisión?

 

Kaori asintió con un leve gesto y dejó la tableta sobre el escritorio, girándola suavemente hacia ella.

 

—Sí. El proceso finalizó a primera hora de esta mañana. Todo ha salido según lo previsto.

 

Akiko deslizó el dedo por la pantalla, recorriendo listas y gráficos con atención.

 

—Cien alumnos varones de primer año... —murmuró, deteniéndose un instante antes de pasar a la siguiente hoja—. Y trescientas alumnas nuevas ingresan con ellos.

 

—Exactamente —respondió Kaori con una sonrisa tranquila—. Una proporción casi idéntica a la media nacional. No es una cifra que nos sorprenda, pero cada año nos recuerda por qué hacemos esto.

 

La directora apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos.

 

—¿Y el resto? ¿Los dormitorios, los tutores, las charlas iniciales? ¿Todo está listo?

 

—Completamente —aseguró la profesora—. Los bloques residenciales fueron revisados y equipados la semana pasada, con espacios diseñados para adaptarse a cualquier tipo de grupo. Cada tutor ya conoce sus funciones y ha recibido la formación necesaria. Las sesiones de bienvenida y orientación comenzarán el mismo día de la inauguración.

 

Akiko miró hacia el jardín que se extendía bajo sus ventanas, donde los primeros estudiantes comenzaban a aparecer.

 

—Han pasado veinte años desde que se aprobó la Ley de Uniones Compartidas —dijo con voz pausada, llena de reflexión—. Y dieciocho desde que este programa no fue más que una propuesta sobre un papel, que muchos calificaron de utópica o innecesaria. Quién nos diría que terminaría siendo el modelo que todo el país sigue hoy.

 

—Aún hay quienes lo miran con recelo —reconoció Kaori—. Muchos padres se ponen inquietos al escuchar cómo funciona. Otros simplemente no encuentran palabras para explicarlo.

 

—Es comprensible —asintió la directora, soltando una suave risa—. La convivencia nunca se aprende de un libro. No hay fórmulas exactas ni reglas que sirvan para todos. Solo hay experiencia, paciencia y la voluntad de ponerse en el lugar del otro.

 

—Y ese es precisamente el sentido de todo esto —continuó la profesora con firmeza—. Durante los tres años que permanezcan aquí, los jóvenes podrán acercarse, conocerse y formar grupos con total libertad. Pueden elegir compañeros de su mismo curso, de años superiores o de los recién llegados. Y al terminar, nadie está obligado a seguir juntos. Nadie debe contraer matrimonio ni compromiso alguno. Nuestro fin no es unir a la gente, sino enseñarles a convivir: a dialogar, a resolver conflictos, a repartir responsabilidades, a respetar espacios y sentimientos. Que cuando salgan al mundo adulto, lo hagan sabiendo qué quieren y con quién quieren estar.

 

Akiko la miró directamente a los ojos y completó la idea con la solemnidad que merecía:

 

—Y sobre todo...

 

Kaori asintió de inmediato, sin dejar espacio a dudas:

 

—Ningún vínculo, ningún acuerdo y ninguna convivencia tiene valor si no nace del consentimiento pleno de cada persona. Cualquier presión, coacción o abuso de poder se sanciona con expulsión inmediata y se pone en conocimiento de las autoridades legales. Esa es la base sobre la que se construye todo lo demás.

 

Las dos mujeres se miraron y asintieron al mismo tiempo. Fuera, el sol ya iluminaba por completo los tejados de la academia. En pocos días, cien muchachos y trescientas chicas cruzarían aquellas puertas cargados de esperanzas, miedos e ilusiones, sin saber aún que esos tres años serían el comienzo de sus vidas en común.

 

La luz suave del amanecer se filtraba por la ventana entreabierta, dibujando rayos pálidos sobre el suelo de madera de la habitación. Todo estaba en un orden casi perfecto: los libros nuevos alineados sobre el escritorio, la mochila esperando junto a la silla, y el uniforme azul marino de la Academia Nacional Kōsei doblado con esmero sobre una silla, listo para ser usado al día siguiente.

 

En el borde de la cama, con las manos apoyadas sobre las rodillas, estaba Haruto Aizawa. Tenía dieciséis años; su cabello negro caía un poco desordenado sobre la frente, y sus ojos azul oscuro no reflejaban la alegría que se suele sentir al cumplir una meta soñada, sino una mezcla de inseguridad y temor. Justo frente a él, sobre la colcha, descansaba la carta de aceptación que miles de jóvenes anhelaban recibir. Sin embargo, no lograba sentirse feliz del todo.

 

Soltó un suspiro largo y profundo.

 

—Supongo que ya no hay vuelta atrás...

 

Tres golpes suaves y rítmicos rompieron el silencio.

 

—¿Puedo pasar?

 

—Claro —respondió él, con voz algo apagada.

 

La puerta se abrió despacio. Entró Kenta Aizawa, su padre. Tenía poco más de cuarenta años, hombros anchos y rasgos fuertes, pero su mirada y su porte eran suaves y tranquilos. Las primeras canas asomaban en sus sienes, y vestía una camisa cómoda y pantalones sencillos de estar por casa. Sin decir nada, se sentó a su lado sobre el borde de la cama. El silencio se prolongó unos segundos, cálido pero cargado de preocupación compartida.

 

—¿Estás nervioso? —preguntó finalmente Kenta.

 

Haruto soltó una pequeña risa sin muchas ganas.

 

—¿Se nota tanto?

 

—Eres mi hijo —respondió él con una media sonrisa—. Claro que se nota.

 

Haruto bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

 

—Bastante... Después de todo... me perdí el mes de convivencia.

 

La expresión de Kenta se volvió más seria. Sabía perfectamente a qué se refería. Cada año, antes de que den comienzo las clases propiamente dichas, la academia organiza cuatro semanas enteras dedicadas solo a conocerse: excursiones, talleres, deportes, trabajos en equipo, actividades al aire libre. No hay exámenes, ni horarios estrictos, ni notas. El único propósito es que los nuevos alumnos se encuentren entre sí. Y es justo en ese tiempo cuando muchas chicas empiezan a acercarse a quienes sienten que podrían formar un buen grupo de convivencia durante los tres años siguientes. Algunos ya tienen su pequeño hogar compartido organizado el mismo primer día de clases.

 

Pero Haruto no pudo estar allí. Dos meses atrás, un accidente de tráfico lo había dejado con varias fracturas y semanas de hospitalización y rehabilitación. Mientras los demás reían, compartían y se conocían, él solo podía mirar el calendario desde su cama, contando los días sin poder hacer nada.

 

—Seguramente todos ya formaron sus grupos... —murmuró casi sin voz—. Yo voy a llegar cuando todo el mundo ya se conoce y se ha decidido.

 

Kenta puso una mano firme y cálida sobre su hombro.

 

—No pienses así. Todavía queda mucho camino por delante. Estoy seguro de que habrá personas que querrán conocerte de verdad.

 

Haruto sonrió, pero la inseguridad seguía ahí.

 

—Ojalá tengas razón...

 

En ese momento la puerta volvió a moverse.

 

—¿Ya terminaron de hablar o puedo entrar?

 

—Mamá...

 

Miyako asomó la cabeza, sosteniendo una bandeja con tres tazas de té humeante. Su cabello castaño largo caía suelto sobre los hombros, y su sonrisa tenía esa calidez que siempre lograba suavizar cualquier tensión. Era la primera esposa de Kenta, madre de sus dos hermanas mayores; no lo había traído al mundo, pero lo cuidaba y lo amaba desde que tenía cuatro años. Para Haruto, no había diferencia: simplemente era su mamá.

 

Dejó la bandeja sobre la mesita y se quedó de pie, mirándolos con los brazos cruzados con total naturalidad.

 

—Escuché toda la conversación —dijo con tono serio pero cariñoso.

 

Haruto sintió que el corazón se le encogía un poco. Kenta también supo lo que venía.

 

—Si ninguna chica te escoge... —empezó ella, y Haruto levantó lentamente la mirada— ...iré personalmente a esa academia.

 

El silencio llenó la habitación de golpe.

 

—Y les preguntaré en la cara qué demonios tienen en los ojos para no fijarse en un chico bueno, educado y trabajador como mi hijo.

 

Haruto abrió los ojos de par en par.

 

—¡¿Qué?!

 

—Exactamente eso les diré —aseguró ella con firmeza.

 

Kenta tosió suavemente, incómodo.

 

—Cariño... creo que eso sería...

 

—¿Una excelente idea?

 

—...un desastre total —terminó él.

 

Haruto casi salta de la cama.

 

—¡Por favor no hagas eso! ¡Voy a tener que estudiar ahí tres años enteros! ¡No quiero que me miren raro por culpa de una discusión tuya!

 

Miyako infló un poco las mejillas, como una niña defendiendo lo que es suyo.

 

—¿Y qué quieres? Que no valoren lo que tienen delante.

 

—¡Pero no puedes ir reclamando porque nadie me haya elegido todavía! —exclamó Haruto, cada vez más agitado.

 

—¿Y por qué no?

 

—¡Porque sería humillante! ¡Para mí y para ellas también!

 

Kenta no pudo contenerse más y soltó una carcajada sincera.

 

—Haruto tiene razón. Si haces eso, las únicas que se acerquen a él lo harán por miedo, no porque realmente quieran estar con él.

 

Miyako se quedó callada unos instantes, pensando, hasta que finalmente soltó un suspiro resignado.

 

—Está bien... no iré.

 

Haruto dejó escapar un suspiro tan largo que pareció aliviar todo su pecho.

 

—...a menos que pasen seis meses —añadió de golpe.

 

El muchacho se quedó inmóvil.

 

—¿Eh?

 

—Seis meses —repitió ella mirándolo a los ojos—. Si después de medio año sigues completamente solo... ahí sí voy.

 

Haruto se llevó ambas manos al rostro.

 

—Papá... por favor, deténla...

 

Kenta levantó las manos con una sonrisa impotente.

 

—Lo siento, hijo. En esta casa nadie logra detener a tu madre cuando ya ha tomado una decisión.

 

Por primera vez en toda la mañana, la risa de Haruto brotó de verdad, mezclada con un poco de desesperación y mucho cariño. La tensión que lo había acompañado durante horas se disipó un poco, al menos por el momento. Sabía que el camino que le esperaba en la academia no sería fácil, pero también sabía que no lo enfrentaría solo.

Thoughts

  • Ovid

    Haruto entra a la academia un mes tarde, con las fracturas recién curadas y todos los grupos ya armados. Me imagino que eso lo va a dejar en un lugar muy distinto al de los otros cien chicos: llega esperando a ver quién se acerca, mientras los demás ya eligieron. Y la amenaza de Miyako con los seis meses me hizo reír mucho, ojalá no tenga que cumplirla hahaha

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  • CapituloTrasCapitulo

    Miyako va a ir a la academia igual, anotalo. Apuesto a que la primera en acercarse a Haruto es otra chica que también se perdió el mes de convivencia, por algo que todavía no nos contaron.

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