El equilibrio que Andrew logró mantener rayaba en lo prodigioso. Su devoción por Elena no menguó un solo milímetro; al contrario, la plenitud que sentía al haber encontrado a su alma gemela parecía aumentar su caballerosidad y atención en el hogar.
Ese viernes por la noche, Andrew organizó una gala benéfica para la fundación de Elena. La acompañó luciendo un esmoquin a medida, sirviéndole como el mejor de los anfitriones y mirándola con admiración genuina ante los medios y los empresarios más influyentes de Suiza.
—Mi esposa no solo es la abogada más talentosa de esta nación, sino el centro de mi universo —declaró Andrew en su discurso, tomando la mano de Elena y besándola frente al aplauso de los invitados.
Elena resplandecía de dicha. Sabía que su esposo la idolatraba, que no había secretos económicos ni faltas de atención, y que su lugar como la única reina de la vida de Andrew era indiscutible.