De regreso en L’Arôme, el lugar donde todo había comenzado, Andrew y Samantha se sentaron en la misma mesa junto al ventanal. Samantha vestía con la elegancia madura de una joven profesional que estaba a punto de abrir su propia clínica odontológica en la ciudad, sin dejar jamás su pasión por las letras.
—Tu vida entra en una etapa hermosa con Elena —comentó Samantha serenamente, mirando el anillo en la mano de Andrew.
—Así es. Ella es mi esposa, la mujer que elegí para toda la vida y la madre de mis hijos. La amo profundamente en su lugar sagrado —respondió Andrew—. Y tú sigues siendo el refugio de mi mente, la mujer que comprende cada rincón de mi espíritu artístico.
Samantha sonrió con esa dulzura que no había cambiado con el tiempo, tomó un sorbo de su café con sabor a naranja y asintió con la cabeza.
—Y yo siempre seré tu alma gemela, feliz en este espacio que solo nos pertenece a los dos.