Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 28: piso 2 (5)

NicolasCheonro
Pensamiento

Pensamiento

turismoDeQueja

Yo después del gólem me habría vuelto a la muralla a pensármelo mejor, así que ya veis quién no sale en esta historia.

Yo después del gólem me habría vuelto a la muralla a pensármelo mejor, así que ya veis quién no sale en esta historia.

Contenido de la publicación

Después de enviar al grupo a descansar, subo a la muralla.

Desde allí observo la montaña que Haejin señaló.

Apenas puedo distinguirla bajo el cielo oscuro. Las nubes ocultan casi por completo la luna, pero su resplandor rojizo delinea la cima y tiñe la llanura con una luz enfermiza.

Entre la ciudad y la montaña se extiende el ejército de muertos.

Miles de esqueletos permanecen dispersos por la pradera. Algunos sostienen armas oxidadas; otros conservan piezas de armadura, escudos partidos o cadenas alrededor de los huesos. También hay criaturas mucho más grandes: caballos esqueléticos, bestias de cuatro brazos y cadáveres de monstruos que no reconozco.

Por ahora están quietos.

La llama ampliada mantiene protegida la zona cercana a la ciudad, pero su influencia se debilita conforme aumenta la distancia.

Cierro los ojos durante unos segundos y organizo el terreno dentro de mi mente.

Concentraciones de esqueletos.

Zonas elevadas.

Pequeños desniveles capaces de ocultar mi cuerpo.

Rutas por las que podría avanzar sin cruzarme con los grupos más numerosos.

Hay tres caminos posibles.

El más corto atraviesa directamente el centro del ejército. El más seguro rodea la llanura por el norte, pero me tomaría varias horas.

Elijo el tercero.

No es el más seguro ni el más rápido, sino el que ofrece más posibilidades de escapar si algo sale mal.

Salto desde la muralla, aterrizo fuera de la ciudad y comienzo a correr.

Durante los primeros dos kilómetros, los esqueletos no reaccionan. Permanecen inmóviles, con las cabezas inclinadas y las armas apoyadas en el suelo. Paso entre pequeños grupos sin producir más ruido que el viento.

Después cruzo el límite de la llama.

Lo siento de inmediato.

La calidez azul desaparece de mi espalda, reemplazada por una presión gélida. El aire huele a tierra húmeda, metal oxidado y carne antigua.

Un esqueleto situado a treinta metros levanta lentamente la cabeza.

Una luz roja se enciende dentro de su cráneo.

Me detengo.

La criatura gira en mi dirección, pero no ataca.

Todavía no me ha identificado.

Así que los núcleos no detectan únicamente la vida. Responden al movimiento, al sonido o quizá al maná.

Reduzco mi respiración y oculto mi presencia tanto como puedo.

La luz dentro de su cráneo se debilita.

El esqueleto vuelve a bajar la cabeza.

Continúo avanzando.

No puedo desaparecer por completo, pero sí convertirme en una señal demasiado insignificante para llamar la atención del ejército.

Paso detrás de una colina baja y encuentro el primer grupo problemático.

Cerca de cien esqueletos bloquean el paso entre dos zonas rocosas. Marchan lentamente en círculos alrededor de una figura cubierta con una túnica negra.

Un nodo de control.

El esqueleto sostiene un bastón formado por varias columnas vertebrales unidas. Dentro de su pecho flota una esfera rojiza que late al mismo ritmo que la luna.

Podría rodearlos, pero eso añadiría casi una hora al trayecto.

Observo la formación.

Los muertos recorren una ruta repetitiva. Tardan doce segundos en completar el círculo y, durante tres de ellos, el nodo queda de espaldas a las rocas.

Suficiente.

Espero.

Uno.

Dos.

Tres.

Corro.

Cruzo cincuenta metros antes de que el primer esqueleto consiga girarse. Salto sobre una piedra, me impulso y aparezco detrás del nodo.

Mi espada atraviesa la esfera roja de su pecho.

La criatura abre la boca, pero no llega a emitir ningún sonido.

El núcleo se quiebra.

Los esqueletos cercanos pierden toda fuerza al mismo tiempo y se derrumban sobre la tierra.

El estrépito de cien cuerpos cayendo resuena por la llanura.

Mala suerte.

A lo lejos, varios puntos rojos comienzan a encenderse.

Ya no tiene sentido ocultarme.

Vuelvo a correr.

Los esqueletos despiertan a mi alrededor.

Primero decenas.

Después cientos.

Escucho huesos entrechocando, espadas saliendo de vainas rotas y mandíbulas abriéndose en silencio.

Una flecha pasa junto a mi rostro.

La segunda se dirige hacia mi rodilla.

La desvío con la espada sin reducir la velocidad.

Varios jinetes esqueléticos aparecen por mi derecha. Sus monturas no tienen carne, pero corren a una velocidad imposible para simples cadáveres.

Uno levanta una lanza.

Espero hasta que está lo bastante cerca.

Me inclino.

La punta pasa sobre mi cabeza.

Sujeto el asta, tiro del jinete y lo arranco de la montura. Su cuerpo se desarma al golpear el suelo.

Salto sobre el caballo esquelético.

La criatura intenta arrojarme, pero clavo la espada entre las vértebras de su cuello y destruyo el sello que la controla.

Los huesos comienzan a separarse.

La utilizo durante los pocos segundos en los que todavía se mantiene unida para avanzar otros cien metros.

Después salto.

El caballo se derrumba a mi espalda.

Las flechas oscurecen el aire.

Giro la espada y produzco una corriente que desvía la mayoría. Las restantes golpean mi armadura o pasan a ambos lados.

No son peligrosas por separado.

El problema es la cantidad.

Un proyectil puede esquivarse.

Mil terminan cubriendo cualquier ruta posible.

Cambio de dirección y corro hacia una grieta estrecha entre varias rocas.

Los esqueletos intentan seguirme, pero solo pueden entrar de dos en dos.

El primero pierde la cabeza.

El segundo queda partido por la cintura.

Los cuerpos comienzan a acumularse hasta bloquear la entrada.

Continúo por la grieta y salgo al otro lado.

La montaña está más cerca.

Aproximadamente a un kilómetro.

Sin embargo, la perturbación ha despertado a buena parte del ejército.

La llanura entera comienza a moverse.

Miles de luces rojas se encienden detrás de mí.

—Definitivamente, no sé observar sin provocar problemas...

Kwon habría disfrutado oírme admitirlo.

Sigo corriendo.

Esta vez, varios esqueletos no intentan perseguirme.

Se arrodillan.

Al principio pienso que están preparando sus arcos.

Entonces veo los círculos rojos que aparecen bajo sus cuerpos.

Magia.

Los huesos comienzan a romperse y a unirse unos con otros.

Brazos.

Piernas.

Costillas.

Cráneos.

Todo se retuerce hasta formar una criatura gigantesca de más de diez metros de altura.

Un gólem de cadáveres.

Su cuerpo está compuesto por cientos de esqueletos fusionados y, en el centro del pecho, brilla un núcleo del tamaño de una persona.

La criatura levanta un brazo.

Su sombra cubre la llanura.

El puño desciende.

Salto hacia un costado.

El impacto abre un cráter y lanza piedras en todas direcciones. Una pasa junto a mi cabeza. Otra golpea mi hombro y me hace girar en el aire.

Aterrizo sobre una rodilla.

—Eso estuvo cerca.

El gólem vuelve a levantar el brazo.

No tengo tiempo para rodearlo.

Corro directamente hacia él.

La criatura intenta aplastarme otra vez.

Subo por su brazo mientras desciende, utilizando los huesos como puntos de apoyo. Varias manos esqueléticas surgen de su cuerpo e intentan atraparme.

Corto las primeras.

Piso una clavícula.

Después, un cráneo.

En pocos segundos alcanzo el hombro.

El gólem gira la cabeza hacia mí. Dentro de sus cuencas arden decenas de luces rojas.

Salto.

La espada desciende sobre su pecho.

El núcleo resiste el primer golpe, así que refuerzo los brazos y ataco de nuevo.

Una grieta aparece en la esfera.

El gólem ruge con cientos de voces superpuestas.

Golpeo por tercera vez.

El núcleo explota.

La luz roja se apaga.

Por un instante, la criatura queda inmóvil. Después, su cuerpo comienza a desarmarse.

Salto antes de que la montaña de huesos se desplome.

El ruido se extiende por toda la llanura.

Detrás de mí, el ejército continúa acercándose.

Delante, la base de la montaña ya es visible.

Hay una entrada tallada en la roca. Dos columnas negras la rodean y, sobre ellas, está grabado el símbolo que Eunbyeol dibujó.

El círculo atravesado por seis líneas.

La luna roja en el centro.

Los Hijos de la Luna Muerta.

Me aproximo sin reducir el ritmo.

Cuando estoy a menos de cien metros, los esqueletos dejan de perseguirme.

Todos se detienen al mismo tiempo.

No por la llama de la ciudad.

Por otra barrera.

Una línea de piedras negras rodea la entrada de la montaña.

Los muertos no pueden cruzarla.

O no tienen permitido hacerlo.

Camino hasta el límite y observo a los esqueletos reunidos detrás de mí.

Miles de luces rojas permanecen clavadas en mi cuerpo.

Ninguno avanza.

—Así que ustedes tampoco pueden entrar...

Guardo la espada.

Frente a la entrada hay varios cuerpos humanos.

No están descompuestos.

Son recientes.

Llevan armas, mochilas y piezas de equipo que no pertenecen a este mundo.

Participantes de la Torre.

Me agacho junto al más cercano.

Tiene una marca negra en la frente y una expresión de terror congelada en el rostro.

No presenta heridas visibles.

Pero su sombra ha desaparecido.

Miro hacia el interior de la montaña.

La oscuridad se mueve.

No es una ilusión.

Algo se arrastra por las paredes, escondiéndose de la tenue luz rojiza del exterior.

Entonces aparece una ventana.

[Zona oculta descubierta.]

[Santuario de la Luna Muerta.]

[Los muertos no pueden atravesar sus puertas.]

[Los vivos sí.]

[No todos regresan siendo una de las dos cosas.]

Leo la última frase en silencio.

Después vuelvo a mirar los cadáveres sin sombra.

—Muy tranquilizador.

Doy un paso hacia la entrada.

Apenas cruzo la barrera, oigo una voz procedente de las profundidades.

—El general finalmente ha llegado...

Me detengo.

La voz no ha dicho mi nombre, pero tampoco parece sorprendida por mi presencia.

Varias antorchas rojas se encienden al mismo tiempo, revelando un largo corredor que desciende hacia el interior de la montaña.

Al fondo, una figura vestida con túnicas negras espera sentada en un trono de huesos.

—Te hemos esperado durante demasiado tiempo, portador del cielo perdido.

Desenvaino lentamente la espada.

—Entonces espero que hayan preparado una buena explicación.

La figura sonríe.

—No.

A su alrededor, las sombras de los participantes muertos comienzan a levantarse.

—Preparamos un recibimiento.

Avanzo un paso más dentro del santuario.

Las antorchas rojas terminan de encenderse una tras otra, revelando el corredor completo.

Y lo primero que siento no es miedo.

Es asco.

El aire está cargado con olor a sangre vieja, carne quemada y ese perfume dulzón que deja la podredumbre cuando se la encierra demasiado tiempo. Las paredes de piedra están cubiertas de inscripciones negras y charcos oscuros que no son agua. En el suelo hay marcas de uñas. Surcos. Como si muchas personas hubieran intentado arrastrarse hacia la salida hasta que sus dedos dejaron de responderles.

Frente al trono de huesos, varias sombras empiezan a levantarse.

No son espectros comunes.

Reconozco ropas modernas.

Botas de montaña.

Mochilas de excursionista.

Chalecos tácticos.

Participantes de la Torre.

Sus cuerpos ya no están enteros. A algunos les faltan pedazos del rostro. Otros tienen las costillas abiertas y ennegrecidas. Pero lo peor es que sus ojos no están completamente vacíos.

Todavía queda algo en ellos.

Dolor.

Una conciencia rota.

Un joven de no más de veinte años arrastra una pierna destrozada y me mira con la boca temblorosa.

—Sá... came...

Antes de que consiga decir otra palabra, su mandíbula se tensa y el cuerpo se lanza hacia mí con una espada oxidada.

Chasqueo la lengua.

—Así que ni siquiera les das derecho a morir en paz.

El nigromante sonríe desde su trono.

Es alto, demasiado delgado, con la piel grisácea adherida a los pómulos. Su túnica negra parece hecha de tela y ceniza. Del cuello le cuelgan cinco pequeños cráneos humanos, todos con runas rojas grabadas en la frente.

—La paz es una virtud de los débiles —dice con calma—. Nosotros damos utilidad hasta al último grito.

Entonces veo el resto de la sala.

Y entiendo por qué huele así.

Detrás del trono se abre una cámara mucho más grande, como el vientre de una bestia. De sus paredes se alzan columnas de huesos unidas por tendones ennegrecidos y, entre ellas, cuelgan personas vivas.

Rehenes.

Participantes de la Torre.

No menos de quince.

Algunos están sujetos por lanzas de hueso que les atraviesan los brazos y las piernas, manteniéndolos abiertos contra la piedra como animales sacrificados. Otros tienen clavos negros incrustados en la espalda y cadenas que les cuelgan del pecho. A varios les han abierto pequeñas incisiones a la altura de las costillas para que la sangre descienda por canales tallados en el suelo y alimente los círculos mágicos.

Todos siguen vivos.

Lo sé porque se retuercen.

Porque respiran.

Porque lloran.

Porque uno de ellos todavía encuentra fuerzas para suplicar.

Una mujer con el cabello pegado al rostro por la sangre me mira con los labios partidos.

—Por... favor...

Su voz no alcanza a formar una segunda frase.

Una sombra sale de debajo de su cuerpo, como si la estuvieran arrancando desde la columna, y ella suelta un grito tan seco que el eco rebota por toda la montaña.

Siento que se me endurece la mandíbula.

Crueldad.

No por necesidad.

No por estrategia.

Crueldad por convicción.

El nigromante abre una mano.

—Los muertos obedecen mejor cuando los vivos todavía pueden verlos.

Cuatro cadáveres más se incorporan.

Uno lleva uniforme policial.

Otro, un abrigo civil.

Han muerto allí hace poco.

El proceso todavía no ha terminado del todo. Sus sombras se estiran desde el suelo como raíces oscuras, atadas a las muñecas y a la nuca por hilos rojos que terminan en el bastón del nigromante.

—Capaz de salvar una ciudad —murmura mientras me observa—. Capaz de comprender una llama. Pero llegaste tarde para ellos.

Levanto la espada.

—No.

Doy un paso.

—Llegué justo a tiempo para matarte.

El primer cadáver se abalanza sobre mí.

Corto su brazo antes de que complete el tajo, giro la cintura y atravieso su cuello de lado a lado. La cabeza cae, pero el cuerpo da dos pasos más antes de desplomarse.

El segundo intenta clavarme una lanza.

La desvío con la muñeca y le hundo la punta del pie en la rodilla. El hueso cruje. Un corte vertical le parte el cráneo junto con la runa roja que lo sostiene.

Los otros tres atacan al mismo tiempo.

Rápidos.

Más de lo que un cadáver común debería ser.

El nigromante no está usando simples marionetas. Refuerza sus cuerpos con maná oscuro.

Retrocedo medio paso.

La primera espada roza mi hombro.

La segunda pasa junto a mi costado.

La tercera apunta al cuello.

Inclino el cuerpo hacia el espacio vacío entre los ataques y libero fuerza en las piernas.

Primera forma: Masacre de masas.

Mi espada desaparece durante un instante.

Cuando vuelve a hacerse visible, tres líneas de sangre negra cruzan el aire.

Los cuerpos se detienen.

Después se parten.

Brazos.

Mandíbulas.

Costillas.

Pedazos de carne muerta caen al suelo con un sonido húmedo.

Las runas rojas parpadean una vez y se apagan.

El nigromante apenas levanta una ceja.

—Qué violento.

—Mirá a tu alrededor antes de decir esa palabra.

Corro hacia él.

No pienso darle tiempo para reaccionar.

Las sombras del suelo se alzan como lanzas negras y cortan mi avance. Salto sobre la primera, uso la segunda como apoyo y paso por encima de un círculo de invocación que comienza a abrirse bajo mis pies.

Surgen manos.

Decenas.

Manos hechas de hueso y humo, intentando atrapar mis tobillos.

—Demasiado lento.

Aterrizo frente al trono y lanzo un tajo horizontal.

El nigromante sonríe.

Su cuerpo estalla en una bandada de cuervos oscuros.

La espada solo atraviesa sombras.

—Jaula trasera —susurra su voz.

El aire cambia detrás de mí.

Giro.

Tres rehenes comienzan a convulsionar al mismo tiempo. Las runas de sus pechos se encienden y sus sombras empiezan a separarse de sus cuerpos con violencia. Sus espaldas se arquean tanto que parece que sus columnas fueran a partirse.

Uno de ellos, un hombre de barba corta, me ve y comienza a forcejear con las cadenas.

—¡No... no lo mates todavía! —grita con desesperación—. ¡Rompé los pilares!

Miro alrededor.

Los círculos de sangre del suelo convergen en cuatro columnas negras detrás del trono.

No son adornos.

Son conductos.

Cada sombra arrancada de los rehenes fluye hacia ellas antes de alimentar el santuario.

Así que ese es el verdadero mecanismo.

Si mato al nigromante sin cortar antes la red, probablemente las almas —o lo que quede de ellas— colapsen junto con el hechizo.

—¡Interesante! —grita el nigromante desde algún lugar de la sala—. ¿Salvarás a los vivos o matarás al muerto? Siempre me gustó ver elegir a los héroes.

Chasqueo la lengua.

Primero, los pilares.

Las sombras que me rodean vuelven a materializarse, esta vez como bestias cuadrúpedas con espinas saliendo del lomo. Una salta hacia mi espalda.

Me agacho.

Su cuerpo pasa sobre mi cabeza y se estrella contra una columna.

Aprovecho el movimiento y atravieso el pilar con la espada.

La piedra negra no se rompe por completo, pero una grieta roja la recorre de arriba abajo.

Los rehenes gritan.

No de dolor.

De alivio.

Uno de los hilos de sombra se corta.

Bien.

Una bestia me alcanza el brazo con las garras. La armadura de Clemen desvía gran parte del daño, pero aun así siento el ardor del maná oscuro intentando penetrar en la herida.

La decapito con un giro.

Otra se abalanza desde la izquierda.

La recibo con una patada en la mandíbula y le reviento el cráneo contra el suelo.

El nigromante finalmente deja de esconderse.

Aparece sobre una plataforma elevada detrás del trono, con el bastón en alto y cinco círculos girando a su alrededor.

—Portador del cielo perdido —dice mientras sus ojos se vuelven completamente rojos—. Voy a vaciarte hasta que olvides por qué luchás.

Las cinco calaveras de su collar explotan.

Cinco rostros de sombra se forman frente a él.

Cada uno grita con una voz diferente.

Y toda la sala tiembla.

Siento un tirón dentro de la cabeza.

Un recuerdo intenta desprenderse.

Veo a Eunbyeol en mis brazos, pero, durante una fracción de segundo, no consigo recordar su nombre.

Mi expresión se endurece.

—Error.

Clavo la espada en el suelo y afirmo mi conciencia en la única certeza que no estoy dispuesto a entregar. Regulo la respiración y separo el recuerdo verdadero de la fuerza que intenta arrancarlo.

El maná oscuro deja de propagarse por la herida de mi brazo. Los hilos mentales se tensan, pero más de mil años protegiendo ese nombre pesan más que el conjuro de un cadáver.

Vuelvo a mirar al nigromante.

—Vas a tener que esforzarte más.

Corro hacia el segundo pilar.

El nigromante lanza una lluvia de agujas de hueso.

Desvío las primeras con la espada. Las siguientes impactan en mi hombro y mi costado. El dolor llega de inmediato, agudo y caliente.

No importa.

Sigo avanzando.

Golpeo el segundo pilar.

Una vez.

Dos.

A la tercera, se parte por completo.

La mujer de cabello ensangrentado cae de rodillas, tosiendo. La sombra que salía de su espalda se retrae de golpe y vuelve a pegarse a su cuerpo como una tela húmeda.

—A... aún...

Intenta hablar, pero no tiene fuerzas.

El nigromante chasquea la lengua por primera vez.

—Qué molesto.

Alza el bastón.

Los cadáveres de los participantes que corté comienzan a recomponerse.

Brazos arrastrándose.

Dedos reuniendo costillas.

Mandíbulas acercándose a cuellos partidos.

Una visión grotesca.

La muerte convertida en artesanía.

Uno de los cadáveres medio deshechos me mira desde el suelo. Le falta la mitad del rostro.

—Matá... lo... —gorgotea.

Y su cuerpo vuelve a lanzarse hacia mí.

Aprieto la espada con más fuerza.

—Lo haré.

Libero un poco más de mi presión.

El aire explota a mi alrededor.

Los cuerpos incompletos salen despedidos. Varias antorchas rojas se apagan y las cadenas de hueso vibran.

Aprovecho la apertura y me muevo de pilar en pilar.

Tercero.

Cuarto.

Cada uno cae bajo mi espada en una lluvia de fragmentos negros y sangre coagulada.

Las runas del suelo comienzan a romperse.

Los rehenes se desploman uno tras otro, jadeando, vomitando sangre o quedando inmóviles, aunque todavía respiran.

El santuario entero tiembla.

El nigromante suelta una carcajada aguda, casi histérica.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Entonces sangremos juntos!

Hunde el bastón en su propio abdomen.

No para suicidarse.

Para abrirse.

La sangre negra sale disparada y cubre el círculo bajo sus pies. Del charco emerge una criatura mucho mayor que las anteriores: una masa de vértebras y torsos cosidos entre sí, con sombras humanas atrapadas en la superficie. Todas mueven la boca sin emitir sonido.

Un guardián.

No.

Un receptáculo de dolor.

La criatura da un paso y la montaña tiembla.

Decenas de manos salen de su cuerpo para intentar alcanzarme. Entre ellas distingo rostros de participantes recientes y antiguos habitantes de la ciudad.

—¡Somos una luna eterna! —grita el nigromante, ya medio fusionado con su monstruo—. ¡La noche no termina por una espada!

—No.

Me planto frente a él.

Segunda forma: Postura contra la tormenta.

Relajo la muñeca.

Estiro la pierna derecha.

Toda la fuerza de mi cuerpo se concentra en un único corte.

La criatura lanza sus brazos, sus manos, sus sombras.

Yo avanzo.

La espada brilla.

El primer corte abre el centro del monstruo.

El segundo atraviesa el núcleo escondido tras la caja torácica.

El tercero alcanza el torso del nigromante antes de que consiga terminar otro conjuro.

Un segundo de silencio.

Luego, la masa entera se abre en dos.

Sangre negra.

Huesos.

Sombras.

Todo se derrumba con un rugido final que suena como cien personas dejando de sufrir al mismo tiempo.

El nigromante cae de rodillas, separado ya de su monstruo. La mitad izquierda de su cuerpo apenas continúa unida.

Aun así, me mira con una sonrisa manchada de sangre.

—Tarde...

—No.

Me acerco.

—Llegué justo a tiempo.

—Creés... que esto era una cueva aislada...

Tose sangre negra.

—Solo cortaste un dedo.

Sus ojos se fijan en algo por encima de mi hombro.

—La luna tiene... cinco manos.

Le clavo la espada en el cuello.

La sonrisa se congela.

Después desaparece junto con la cabeza.

El cuerpo cae.

Mientras observo el cadáver del nigromante, una serie de ventanas azules aparece frente a mis ojos.

[Nigromante de la Luna Muerta eliminado.]

[Contribución individual: 100 %.]

[Recompensas obtenidas:]

[Experiencia: +120.000.]

[Bonificación de «Primer conquistador de la Torre — S»: +6.000 de experiencia.]

[Oro obtenido: +3.000.]

[Bonificación adicional: +300 de oro.]

La cantidad de experiencia hace que mi cuerpo se caliente de inmediato.

Una energía desconocida atraviesa mis músculos, huesos y articulaciones. No es tan dolorosa como la sincronización con el equipo de Clemen, pero siento cómo fortalece cada parte de mi cuerpo.

[Has subido de nivel.]

[Nivel 7 → Nivel 8.]

[Puntos libres obtenidos: +2.]

Todavía no ha terminado.

Una energía fría sale del cuerpo del nigromante y se reúne frente a mí. Durante unos segundos, toma la forma de una luna negra atravesada por una espada.

Después entra en mi pecho.

[Has eliminado por primera vez a un nigromante perteneciente a una orden mayor.]

[Has presenciado los rituales de la Luna Muerta.]

[Has liberado las almas y sombras sometidas dentro del santuario.]

[Nuevo título obtenido.]

[Enemigo de la oscuridad — S]

[Los practicantes de la muerte reconocerán instintivamente al usuario como una amenaza.]

[Al enfrentarse directamente a un nigromante:]

[Fuerza: +20 %.]

[Destreza: +20 %.]

[Resistencia: +40 %.]

[El efecto permanece mientras el nigromante continúe participando en el combate.]

Observo el título durante unos segundos.

No es una recompensa menor.

Los nigromantes rara vez luchan solos. Utilizan cadáveres, maldiciones, enfermedades y ejércitos enteros para desgastar al enemigo antes de presentarse.

Aumentar mi resistencia contra ellos será incluso más importante que la fuerza.

Y todavía quedan cuatro.

—Parece que la Torre quiere que continúe cazándolos...

Abro mi estado.

Antes de salir de la ciudad, distribuí los diez puntos que había reservado desde el primer piso: cinco en Fuerza y cinco en Destreza. Un cuerpo incapaz de seguir mis movimientos no me serviría frente a un ejército de muertos.

[Estado]

[Nombre: Kim Cheonro]

[Nivel: 8]

[Piso: 2 — En curso]

[Experiencia: 45.000/166.000]

[Fuerza: 10 + 1 + 15]

[Bonificación activa: Fuerza +10 % durante dos pisos.]

[Destreza: 14 + 20]

[Resistencia: 50 + 80]

[Magia: 0]

[Suerte: 2]

[Puntos libres: 2]

[Habilidades:]

[Masacre — SS]

[Al combatir contra más de cien oponentes sin aliados dentro de un radio de veinticinco metros, el poder de ataque aumenta un 30 %.]

[Héroe de guerra — A]

[Resistencia: +150 al luchar junto a tropas que reconozcan al usuario como su comandante.]

[Corte del comandante — A]

[Al atacar a un enemigo que lidere una tropa, ejército o grupo organizado, el primer golpe exitoso inflige daño adicional.]

[Si el líder muere, la moral de sus subordinados disminuye considerablemente.]

[Títulos:]

[Salvador de Clemen — A]

[Quienes hayan presenciado la defensa de Clemen reconocerán al usuario como un héroe.]

[Al liderar tropas defensoras, la moral inicial aumenta un 20 %.]

[Primer conquistador de la Torre — S]

[Experiencia obtenida en pisos no explorados: +5 %.]

[Aumenta la probabilidad de descubrir misiones ocultas.]

[Enemigo de la oscuridad — S]

[Al enfrentarse directamente a un nigromante:]

[Fuerza y Destreza: +20 %.]

[Resistencia: +40 %.]

Cierro la ventana.

El santuario queda en silencio.

Durante unos segundos, no me muevo.

Mi respiración es pesada, la herida del brazo arde y el olor insoportable de la sala se me ha pegado a la piel.

Los rehenes siguen vivos.

No todos.

Tres ya no respiran.

Los demás apenas pueden moverse.

La mujer ensangrentada se arrastra hasta una pared y rompe a llorar en silencio.

El hombre de barba corta me mira desde el suelo.

—¿Terminó...?

Observo el cadáver del nigromante.

Las runas de la sala se están apagando. Las sombras de los muertos ya no se levantan. El ejército del exterior probablemente ha perdido este nodo.

—No del todo.

Entonces aparece una ventana.

[Santuario de la Luna Muerta despejado.]

[Nigromante principal del santuario eliminado.]

[Participantes vivos rescatados: 12]

[Participantes fallecidos liberados de la sujeción nigromántica.]

[Progreso de la purificación de la noche: parcial.]

Frunzo el ceño.

Parcial.

Ya lo imaginaba.

Pero una cosa es sospecharlo y otra que el sistema lo confirme.

Una segunda ventana aparece más despacio, como si disfrutara dosificando la información.

[Advertencia]

[La fuente de la anomalía no ha sido erradicada.]

[Se han detectado otros focos activos vinculados a la Luna Muerta.]

[Nigromantes supervivientes confirmados: 4]

[Ubicaciones estimadas: desconocidas.]

[Los santuarios restantes continúan alimentando la noche.]

Cuatro más.

Así que este es apenas uno de cinco.

El hombre de barba corta suelta una risa rota que termina en tos.

—Ja... Claro... No podía ser tan fácil.

Miro las paredes del santuario, cubiertas con los restos del combate.

Sangre.

Huesos.

Cadenas.

Cuerpos mutilados.

Participantes que sufrieron hasta convertirse en herramientas. Otros que siguieron vivos solo para alimentar un ritual.

Y todo esto proviene de un único santuario.

Cuatro más significan cuatro salas parecidas.

Cuatro ejércitos de muertos.

Cuatro nuevos nidos de crueldad.

Guardo la espada.

—¿Pueden caminar? —pregunto a los supervivientes.

Algunos asienten.

Otros no.

La mujer de cabello ensangrentado apenas levanta la cabeza.

—Mis piernas... no responden...

Me acerco y examino sus heridas rápidamente.

Ha perdido mucha sangre y sufre agotamiento y daño por la extracción de su sombra.

Pero sigue viva.

—Entonces te cargarán.

El hombre de barba corta me mira con incredulidad.

—¿Vas a llevarnos... de vuelta?

—Sí.

—¿Aunque tengas que ir por otros cuatro?

Observo la ventana del sistema mientras se desvanece.

—Precisamente por eso.

Si quedan cuatro santuarios, necesito que quienes han visto este lugar hablen.

Y mientras la noche siga viva, esta escena volverá a repetirse en algún otro punto del piso.

Me giro hacia la salida.

Afuera me espera un ejército de esqueletos privado de uno de sus nodos de control. Adentro quedan doce supervivientes destrozados física y mentalmente.

Y sobre nosotros, la luna rojiza continúa suspendida en el cielo como una herida abierta.

He ganado una batalla.

Pero la noche todavía tiene cuatro corazones latiendo.


Thoughts

  • mediatarde

    Ay, no, los rehenes.

    Permalink
  • turismoDeQueja

    Yo después del gólem me habría vuelto a la muralla a pensármelo mejor, así que ya veis quién no sale en esta historia.

    Permalink
  • subrayoTodo

    Mae, desde el piso 1 que no sabe observar sin armar un despiche, ya es marca de la casa. Kwon tiene toda la razón y él lo sabe

    Permalink
  • relatoBreve

    ¡Otro capítulo que no me entra en un descanso ni a palos, che! Lo partí en dos y el gólem me agarró volviendo al turno

    Permalink
  • Baltasar

    Ganó adentro, compadre, pero la vuelta va a ser peor. Afuera sigue el ejército sin su nodo y él ahora carga doce heridos, varios que no caminan. Apuesto a que alguno de esos doce no llega a la ciudad.

    Permalink
  • Nuria

    Cientos de esqueletos, un gólem de diez metros, y yo me paré en el segundo en que tiene a Eunbyeol en brazos y no le sale el nombre. En la residencia veo cada semana a gente mirando a su hija sin encontrar cómo se llama, y ahí no hay espada que valga. Él lo para con un título. Va a ser que el nigromante sabía muy bien dónde apretar.

    Permalink
  • Cecilita

    Yo no leo historias de este tipo, te lo digo de una, pero me lo leí completo. Me quedé con el final, cuando el hombre de barba le pregunta si los va a llevar aunque tenga que ir por otros cuatro y él dice que justamente por eso. Yo creía que los rehenes estaban para que la pelea doliera más, y resulta que los necesita vivos para que cuenten lo que vieron. Lo hace más frío de lo que parece, y aun así es el único que no los deja tirados ahí.

    Permalink
  • pnavarro64

    Acho, a mí me tiene dándole vueltas la raya de piedras negras delante de la montaña. Los esqueletos se paran ahí todos a la vez, pero dentro había participantes muertos levantándose. Mi apuesta es que esa barrera está más para que el ejército no se le escape al nigromante que para proteger el santuario, y con cinco santuarios huele a que las cinco manos no se fían entre ellas. ¿Las piedras negras ya estaban antes de que llegara la Torre?

    Permalink

Related posts

Pública 6 conversaciones 14 pensamientos 28 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Al terminar de hablar con el grupo, subí hasta la muralla.

En series

En grupos