Se apartó unos metros para que el humo no molestara a nadie, y resultó ser lo último que hizo. Lo raro de este capítulo es que la guerra no tuvo nada que ver, fue adentro del batallón y en un martes cualquiera. Me quedé pensando en que después de ese día nadie ahí volvió a tomarse un tinto igual. Gracias por seguir contándolo!
Capitulo 18 Historias de soldados parte 3
Habían pasado aproximadamente dos meses desde la muerte de aquel soldado. Poco a poco habíamos retomado la rutina y continuábamos cumpliendo nuestras funciones, tratando de dejar atrás una situación…
In groups
Pensamiento
Se apartó unos metros para que el humo no molestara a nadie, y resultó ser lo último que hizo. Lo raro de este capítulo es que la guerra no tuvo nada que ver, fue adentro del batallón y en un martes cualquiera. Me quedé pensando en que después de ese día
Contenido de la publicación
DOS MESES DESPUÉS
Habían pasado aproximadamente dos meses desde la muerte de aquel soldado. Poco a poco habíamos retomado la rutina y continuábamos cumpliendo nuestras funciones, tratando de dejar atrás una situación que todavía permanecía en la memoria de todos.
Pero la tranquilidad duró poco.
Cuando pensábamos que aquella tragedia había quedado atrás, recibimos nuevamente una noticia que nos golpeó.
Otro soldado había fallecido.
Una vez más, el radio volvió a traer una noticia que nadie quería escuchar. Y nuevamente tuvimos que prepararnos para enfrentar una situación que nos recordaba que, en aquella guerra, el dolor podía aparecer en cualquier momento.
UNA MUERTE INESPERADA
Era martes y yo ya llevaba aproximadamente un año en la unidad. Aquella mañana iniciamos la jornada como cualquier otro día. En la Plaza de Armas hicimos la iniciación del servicio, izamos el pabellón nacional, verificamos el armamento de las compañías y pasamos revista al personal. Todo estaba completo.
Después de terminar la formación, cada uno regresó a sus responsabilidades.
Yo me dirigí a la oficina de enlace, ubicada cerca del comando, para continuar organizando la documentación y las tareas propias del cargo. La mañana transcurría con normalidad cuando me encontré con un sargento amigo mío.
—Vamos a tomarnos un tinto —me dijo.
Acepté.
Nos dirigimos a la cafetería del batallón. Mientras tomábamos el café, él encendió un cigarrillo. Después de unos minutos me dijo que prefería fumarlo en otro lugar, un poco apartado, porque quizá a algunas personas no les agradaba el humo.
Se levantó y se alejó unos metros.
—Ya regreso —me dijo.
Yo me quedé terminando mi tinto.
De repente escuché un grito de mujer.
No entendíamos qué estaba pasando. Era la secretaria, una funcionaria civil que trabajaba para el batallón. Su grito hizo que todos los que estábamos cerca saliéramos inmediatamente a mirar.
Entonces lo vimos.
Mi amigo estaba tendido en el suelo.
A un lado estaba el cigarrillo que acababa de encender y, cerca de él, había quedado el pocillo del tinto que habíamos estado tomando. El pocillo se había caído y se había quebrado contra el piso.
Por unos segundos nadie entendía lo que estaba sucediendo.
Nos acercamos y comprobamos que todavía respiraba.
Inmediatamente mandamos a llamar al personal médico del dispensario. Un sargento salió en busca del enfermero mientras nosotros tratábamos de mantener despejado el lugar.
El enfermero llegó rápidamente y comenzó a revisarlo. Nos pidió que nos apartáramos mientras realizaba la valoración.
Todavía teníamos la esperanza de que pudiera recuperarse.
Pero esa esperanza duró muy poco.
Después de examinarlo, el enfermero nos informó que había fallecido.
Fue un golpe muy fuerte.
Apenas unos minutos antes habíamos estado hablando y tomando un café. Lo había visto levantarse, encender su cigarrillo y decirme que ya regresaba.
Ahora estaba muerto.
No había disparos.
No había combate.
No había un ataque enemigo.
No sabíamos qué había ocurrido.
Y eso hacía que la situación fuera todavía más desconcertante.
Llamamos inmediatamente al mayor ejecutivo, quien en ese momento hacía las veces de segundo comandante, porque el comandante de operaciones se encontraba fuera de la unidad acompañando al comandante del batallón. Le informamos lo sucedido y llegó al lugar para verificar personalmente la situación.
La oficina de personal inició entonces el procedimiento correspondiente y se comunicó con la esposa del sargento para informarle que su esposo había fallecido.
Mientras tanto, desde el dispensario se coordinó con la Fiscalía para realizar el levantamiento y establecer las circunstancias de la muerte. No podíamos afirmar qué había ocurrido. Para nosotros seguía siendo una muerte repentina e inexplicable.
La respuesta llegó después.
Casi dos días después de realizada la inspección y los estudios correspondientes, se determinó que el sargento había fallecido a causa de un aneurisma cerebral.
La noticia produjo una sensación extraña.
Durante aquellos meses habíamos enfrentado ataques, explosiones, amenazas sobre la carretera, vehículos incinerados y la muerte de otro soldado. Veníamos de una etapa particularmente difícil para la unidad.
Pero esta vez la muerte había llegado sin aviso.
Había ocurrido allí mismo, dentro del batallón, durante una mañana que había comenzado como cualquier otra.
Después vino una de las partes más difíciles: preparar todo para recibir a su familia.
Buscamos su uniforme, organizamos sus pertenencias y preparamos el lugar donde serían realizados los honores. Poco después llegó su esposa.
Era una mujer joven.
Venía acompañada por sus dos hijos.
Recibirlos fue uno de los momentos que más recuerdo de aquella experiencia. Nosotros conocíamos al sargento, habíamos compartido con él, habíamos hablado aquella misma mañana. Para nosotros era un compañero que había salido a fumar un cigarrillo y que minutos después había muerto.
Para aquella mujer, en cambio, acababa de comenzar una vida completamente diferente.
Para aquellos dos niños, su padre ya no volvería a casa.
El cuerpo fue trasladado posteriormente a la capilla del batallón. Allí le rendimos los honores correspondientes y se realizó la misa de despedida. Después, el Ejército hizo los trámites para trasladarlo hacia Medellín, ciudad de la que era oriundo.
Yo nunca olvidaré aquella mañana.
No solamente por la muerte de mi amigo, sino por la forma inesperada en que ocurrió.
Habíamos comenzado el día haciendo la formación, verificando el personal y cumpliendo nuestras actividades normales. Unas horas después estábamos despidiendo a un compañero.
La guerra ya nos había enseñado que la muerte podía llegar en cualquier momento.
Pero aquel día aprendimos algo diferente:
también podía llegar sin un disparo, sin una explosión y sin que nadie pudiera verla venir.
Y detrás de cada uniforme había una familia que, al final de la jornada, esperaba que su esposo, su padre o su hijo regresara a casa.
Aquel sargento no regresó.
Dejó una esposa y dos hijos, y en la memoria de quienes lo conocimos quedó para siempre aquella última mañana: un tinto compartido, un cigarrillo encendido y unas palabras sencillas antes de alejarse.
—Ya regreso.
Nunca regresó.
LA AVALANCHA
Habían pasado aproximadamente cinco meses desde la muerte de mi compañero. La situación en el batallón había comenzado a mejorar. No se habían presentado nuevos combates con muertos y la seguridad sobre la vía parecía estar más controlada.
Aquella noche me encontraba de servicio en el COT, desde la 1:00 de la madrugada hasta las 6:00 de la mañana. Mi función consistía en recibir los reportes de las unidades, registrar las novedades y mantener informado al mando. Cada hora, las unidades debían reportar su situación.
La madrugada transcurría con normalidad.
Aproximadamente a las 4:00 de la mañana, el radio cambió completamente el ambiente.
Era el sargento comandante de un pelotón de soldados profesionales. Su reporte era urgente: una avalancha había golpeado el sector donde se encontraba una de sus escuadras y varios soldados habían sido arrastrados por la corriente.
En ese primer reporte se informó que había un soldado fallecido y tres desaparecidos.
Inmediatamente hice la alarma y comuniqué la situación al oficial de operaciones y al comandante del batallón. En pocos minutos llegaron al COT y comenzaron a comunicarse directamente con el sargento para reconstruir lo ocurrido.
Mientras recibíamos la información, apareció otro dato importante.
La noche anterior, alrededor de las 6:00 de la tarde, el oficial de operaciones había impartido una orden al pelotón: debían desplazarse aproximadamente un kilómetro de su posición habitual. La medida obedecía a razones de seguridad, porque las unidades no podían permanecer demasiado tiempo en un mismo sector sin exponerse a ser detectadas por el enemigo.
Sin embargo, durante la madrugada supimos que el desplazamiento no se había realizado.
La escuadra había permanecido en el mismo lugar.
Y fue allí donde los sorprendió la creciente de la quebrada.
Según el relato de los sobrevivientes, el soldado que se encontraba de centinela alcanzó a escuchar primero el ruido de las piedras y el fuerte sonido del agua. Intentó reaccionar, pero la corriente llegó con una fuerza extraordinaria y arrasó el sector.
Cuando amanecía, la situación ya estaba clara: un soldado había muerto y tres permanecían desaparecidos.
No podíamos esperar.
Inmediatamente se alistaron los vehículos y se organizó un pelotón de seguridad para acompañar el desplazamiento. La prioridad era llegar al lugar, establecer qué había sucedido y comenzar la búsqueda.
Salimos durante la madrugada y llegamos aproximadamente a las 6:30 de la mañana.
El panorama que encontramos era desolador. La carretera estaba cubierta de piedras, barro y material arrastrado por la corriente. Los soldados establecieron seguridad mientras comenzábamos a revisar el sector.
El cuerpo del soldado fallecido fue localizado, pero los tres compañeros desaparecidos seguían sin aparecer.
Se solicitó entonces el apoyo del personal especializado del batallón, soldados profesionales entrenados para realizar operaciones de búsqueda y rescate.
El equipo llegó aproximadamente cuatro horas y media después y comenzó una búsqueda que se prolongaría durante varios días.
Durante aquella semana se revisaron diferentes sectores y se siguieron los rastros que había dejado la corriente. Se encontraron algunos elementos personales, parte del equipo y un arma que había sido arrastrada por el agua.
Pero de los tres soldados desaparecidos no encontramos nada.
La espera se convirtió poco a poco en angustia.
Cada día que pasaba aumentaba la incertidumbre de sus familias y de quienes los habíamos conocido.
EL PESO DE UNA ORDEN
En el Ejército existe un principio que todos aprendemos desde el comienzo de nuestra carrera: las órdenes se cumplen. Sin embargo, con los años uno comprende que una orden no es solamente una instrucción que se transmite por radio o que queda escrita en un documento. Cuando se está al frente de hombres, cada decisión lleva consigo una responsabilidad mucho más grande.
Lleva vidas.
Un comandante debe aprender a mirar más allá del momento, valorar los riesgos y entender que una decisión tomada en cuestión de segundos puede tener consecuencias que duren toda una vida. Porque nosotros no manejamos solamente personal, posiciones o movimientos sobre un mapa. Manejamos vidas humanas.
Y detrás de cada soldado hay una familia.
Hay una madre que espera una llamada, una esposa que confía en que su esposo regresará, unos hijos que preguntan cuándo volverá su padre. Por eso, cuando ocurre una tragedia, el dolor nunca se queda únicamente dentro de la unidad. La noticia termina llegando a una casa, a una familia y a personas que muchas veces ni siquiera conocen las circunstancias en las que murió aquel hombre.
La tragedia de aquella madrugada me hizo comprender todavía más profundamente ese peso.
La orden de desplazarse había sido impartida por razones de seguridad. El riesgo había sido advertido y, sin embargo, la unidad permaneció en el lugar donde se encontraba. Horas después, la creciente arrasó el sector.
Uno de nuestros soldados murió.
Tres desaparecieron.
Y desde ese momento comenzó otra batalla, una que ya no se libraba contra un enemigo, sino contra la incertidumbre.
Durante los días siguientes, la búsqueda se convirtió en una espera angustiosa. Cada vez que aparecía algún elemento entre el barro, las piedras o la corriente, surgía la esperanza de que pudiera tratarse de uno de ellos. Pero esa esperanza también llevaba consigo el temor de encontrar algo que confirmara lo que nadie quería aceptar.
Se buscó durante días.
Después pasaron las semanas.
Y finalmente llegaron los meses.
Encontraron algunos elementos de su equipo, pero nunca encontramos sus cuerpos.
Para las familias, aquello debió ser todavía más difícil de soportar. Una muerte, por dolorosa que sea, permite finalmente comenzar un duelo. Pero una desaparición deja una pregunta abierta. Deja a una madre esperando, a una esposa imaginando que algún día puede recibir una noticia y a unos hijos creciendo sin tener la certeza de lo que realmente ocurrió.
Seis meses después, ante la imposibilidad de encontrarlos y sin tener ninguna noticia sobre su paradero, los tres soldados fueron declarados oficialmente muertos.
Recuerdo que aquella decisión tenía un significado muy duro.
No era solamente un trámite.
Era aceptar que probablemente nunca volveríamos a verlos.
Después de la investigación correspondiente, el sargento responsable de la unidad fue detenido mientras se adelantaba el proceso para establecer su responsabilidad en lo ocurrido. Para quienes habíamos vivido aquella tragedia, también fue un momento difícil. No era fácil comprender cómo una decisión, una omisión o el incumplimiento de una orden podían terminar afectando tantas vidas.
Pero así es el mando.
A veces uno debe tomar decisiones que involucran el riesgo de otros, y por eso no basta con tener autoridad. También se necesita criterio, responsabilidad y conciencia de las consecuencias.
Aquella experiencia me dejó una enseñanza que nunca olvidé durante el resto de mi carrera: mandar hombres no significa simplemente dar órdenes. Significa responder por ellos.
Porque cuando un soldado sale a cumplir una misión, alguien está esperando que regrese.
Y cuando no regresa, el dolor no termina en el lugar donde ocurrió la tragedia.
Continúa en una casa.
Continúa en una familia.
Continúa en la memoria de quienes lo conocieron.
Y, algunas veces, continúa también dentro del comandante que tuvo que tomar las decisiones que llevaron a esos hombres al terreno.
Aquella avalancha me enseñó que no todas las pérdidas ocurren durante un combate. A veces no hay disparos, no hay un enemigo al frente y no existe la posibilidad de responder.
Solo queda la naturaleza, el silencio y la impotencia de mirar cómo cuatro vidas pueden cambiar en cuestión de minutos.
Uno murió allí.
Tres desaparecieron.
Y cuatro familias quedaron marcadas para siempre.
Desde entonces entendí que cada vez que un comandante daba una orden, detrás de ella había mucho más que una misión por cumplir.
Había hombres.
Había familias.
Y había vidas que dependían de las decisiones que tomábamos.
Thoughts
-
PermalinkYo de cuarteles no sé nada. En el 2011 se murió un compañero en el terminal, un despachador, se sentó en la banca a descansar y no se levantó más. Ese día seguimos despachando buses porque había que despacharlos. La esposa llegó como a las dos horas y le entregaron las cosas de él en una bolsa. Lo de buscarle el uniforme y ordenar las pertenencias me llevó derecho a esa tarde.
-
PermalinkSe apartó unos metros para que el humo no molestara a nadie, y resultó ser lo último que hizo. Lo raro de este capítulo es que la guerra no tuvo nada que ver, fue adentro del batallón y en un martes cualquiera. Me quedé pensando en que después de ese día nadie ahí volvió a tomarse un tinto igual. Gracias por seguir contándolo!
-
PermalinkEl pocillo quebrado en el piso al lado del cigarrillo es lo que sobra de una conversación que iba a seguir en cinco minutos. Te vengo leyendo desde el capítulo doce y este es el primero donde la muerte llega sin guerra de por medio, adentro del batallón y en una mañana de trámite. Me quedé pensando en que a ustedes les tocó buscarle el uniforme antes de que llegara la esposa. ¿Eso se lo asignan a alguien o lo hace el que esté más cerca?
Related posts
-
Capítulo 51: Crisis mundial (1)
Durante la semana siguiente, la presión internacional no deja de aumentar.
-
Capítulo 4: Las palabras que nunca debieron existir
El silencio se instaló en la sala.
-
Capítulo 10: Una Prisión Dulce
La mañana llegó sin prisa a la habitación.
-
El bosque consumido
Ella está frente a mí, sus ojos vacíos, pero llenos de todo lo que deseo. El pánico que siente es casi palpable, pero bajo su miedo hay algo más: una espera silenciosa. Su cuello expuesto, suave,…
-
The Perks of Being a Wallflower ¿Por qué aceptamos el amor que creemos merecer?
The Perks of Being a Wallflower es una película sobre crecer cuando sentís que llegaste tarde a todo. No tarde en edad, sino tarde en estar vivo. Charlie mira el mundo desde afuera, como si la vida…
-
ENTRE EL SILENCIO Y LA AMISTAD
Capítulo 1: Un hogar frío
-
EL DAÑO QUE ME HICISTE - Parte 3
L a realidad lo vuelve hacia la foto de María. Foto carcomida por el paso de los años y los dejes en la casa. Con un beso cargado de amor, angustia y melancolía, devuelve la foto al tablón. La mano…
-
capítulo #1 (culpa y asimilación)
A veces cuando crees que todo lo que estás haciendo está bien; te das cuenta de que tu vida se está basando en un error que hay en tu cabeza. Cada cosa que vives es producto de tu imaginación, de…