The Perks of Being a Wallflower es una película sobre crecer cuando sentís que llegaste tarde a todo. No tarde en edad, sino tarde en estar vivo. Charlie mira el mundo desde afuera, como si la vida fuera una fiesta a la que no lo invitaron… o a la que fue, pero sin saber muy bien qué hacer.
Y creo que ahí está lo que hace que Charlie llegue tanto. La película no romantiza su sensibilidad. No lo convierte en el típico personaje “especial” porque es más profundo que los demás. Lo muestra frágil, confundido, lleno de miedo y bastante perdido. Charlie no está buscando popularidad. Ni siquiera está buscando ser interesante. Está buscando pertenencia. Un lugar donde no tenga que actuar, donde no tenga que inventarse una personalidad para encajar y simplemente pueda ser él mismo.
Y en el medio aparece una escena que, en apariencia, parece bastante menor: Charlie se queda hablando con su profesor. Es un alumno pidiendo consejo, una charla casi intelectual. Pero en realidad es otra cosa. Es un pedido de ayuda disfrazado de conversación.
Charlie le pregunta:
“¿Por qué la gente buena sale con personas malas?”
Y el profesor le responde con una frase que probablemente sea la más importante de toda la película:
“Aceptamos el amor que creemos merecer.”
Y esa frase no es una reflexión linda para poner en una taza. Es una explicación bastante dolorosa.
Porque te hace pensar que muchas veces el problema no es solamente quién tenemos enfrente, sino lo que nosotros creemos que valemos. Si te acostumbraste a recibir migajas, podés terminar aprendiendo a llamarlas amor. Y cuando alguien aparece y te trata de una manera diferente, la sensación no necesariamente es alivio. A veces es desconcierto, porque lo conocido, incluso cuando nos hace mal, puede sentirse más seguro que algo que no sabemos si merecemos.
Y Charlie repregunta, pero en realidad no está preguntando por otra persona. Está preguntando por él. ¿Y si uno puede ayudar a alguien a entender que merece un amor mejor?
Y ahí el profesor no le responde con optimismo barato. No le dice que alcanza con que alguien aparezca y lo quiera bien para que todo se solucione. Le dice algo mucho más real: Que sí, que podemos ayudar a alguien a entender que merece algo mejor, podemos acompañarlo, estar presentes y mostrarle con hechos que existe otra forma de ser querido, pero que al final hay una parte de ese proceso que nadie puede hacer por nosotros. La persona tiene que llegar a creerlo por sí misma.
Y creo que ahí aparece una de las ideas más fuertes de la película. El amor puede sostener, pero no puede reemplazar la autoestima, podes tratar bien a alguien, hacerlo sentir visto, escucharlo, acompañarlo y darle una experiencia completamente distinta a todo lo que conoció antes. Pero si en el fondo sigue creyendo que no vale lo suficiente, tarde o temprano puede volver a aceptar aquello que ya conoce. Porque no siempre elegimos lo que nos hace bien. Muchas veces elegimos lo que sentimos que está a nuestra altura.
Después aparecen Sam y Patrick, y creo que lo lindo es que ellos no funcionan como los salvadores de Charlie. No llegan para solucionarle la vida ni para convertirlo mágicamente en una persona feliz. Son simplemente las primeras personas que le hacen un lugar. Son los que, de alguna manera, le dicen “vení, sentate con nosotros”. Y para alguien como Charlie, que pasó tanto tiempo mirando desde afuera, eso puede significar muchísimo más de lo que parece.
Porque a veces una amistad puede ser el primer amor verdadero. No necesariamente en el sentido romántico, sino en el sentido de encontrar por primera vez un espacio donde no tenes que demostrar nada para ser aceptado. Un lugar donde podes ser raro, sensible, callado o incluso no saber qué decir y aun así sentir que perteneces. Sam y Patrick no le piden a Charlie que cambie para entrar en su mundo. Le permiten entrar siendo quien es.
Y ahí la película empieza a ponerse muy linda, porque aparecen todas esas escenas que parecen recuerdos ajenos pero que, de alguna manera, también se sienten propios. El túnel, la música, las charlas en el auto, las fiestas, los silencios. Son momentos en los que aparentemente no está pasando nada demasiado importante, pero que justamente por eso terminan teniendo algo especial. Porque muchas veces son esas pequeñas cosas las que años después terminamos recordando más. Una canción que escuchábamos con alguien, una conversación de madrugada, una noche en la que nos quedamos hablando hasta cualquier hora o simplemente estar con un grupo de personas y sentir, por primera vez, que realmente pertenecemos a algún lugar.
Y quizás eso sea lo que The Perks of Being a Wallflower entiende mejor que muchas películas sobre la adolescencia: que crecer no está compuesto solamente de grandes acontecimientos. También está hecho de esos momentos que parecen insignificantes mientras están ocurriendo, pero que después terminan definiendo una etapa entera de nuestra vida. Está hecho de canciones, de amigos, de enamorarse por primera vez, de sentir vergüenza, de equivocarse y de quedarse mirando por la ventana mientras todos los demás parecen saber exactamente qué están haciendo con sus vidas.
Como el túnel. Charlie está ahí con Sam y Patrick, escuchando música, viajando en auto, y durante unos segundos parece que todo encaja. No tiene que pensar en lo que pasó, no tiene que preocuparse por lo que viene ni preguntarse si realmente pertenece. Simplemente está ahí, con ellos, viviendo ese momento. Y alcanza. Porque quizás sentirse infinito no significa que hayas encontrado todas las respuestas. Quizás significa que, por un momento, dejaste de buscarlas y simplemente pudiste disfrutar de estar donde estabas.
Pero la película tampoco se queda solamente con esa felicidad adolescente. Charlie sigue cargando con algo que no sabe cómo manejar y, mientras más lo conocemos, más entendemos que esa sensibilidad que al principio puede parecer simplemente timidez tiene raíces mucho más profundas. Charlie no está simplemente triste. Está tratando de entenderse. Y eso hace que muchas de las escenas anteriores empiecen a verse de otra manera: sus silencios, su manera de observar, la forma en la que se preocupa por los demás mientras casi nunca habla de lo que le pasa a él.
Es alguien que aprendió a mirar desde afuera, quizás porque durante mucho tiempo fue más fácil observar la vida de los demás que animarse a participar de la propia. Y quizás parte de crecer sea justamente eso: animarse a dejar de mirar y empezar a participar. No porque de repente desaparezcan los miedos, sino porque uno empieza a entender que no puede quedarse para siempre esperando a sentirse preparado.
Y por eso el final funciona tan bien. No es un “todo va a estar bien”, porque eso sería demasiado fácil y, sobre todo, poco honesto. Charlie sigue siendo Charlie, con sus miedos, su sensibilidad, su torpeza y todo aquello que todavía tiene que aprender a procesar. La película no pretende que una amistad o una experiencia hermosa puedan borrar lo que le pasó. Lo que cambia es que ahora sabe algo que antes no sabía: No tiene que atravesarlo solo.
Y quizás eso sea lo más importante que encuentra. No una solución definitiva ni una respuesta para todo, sino personas a las que puede volver, personas que lo ven y personas con las que puede ser él mismo sin sentir que tiene que esconder alguna parte de lo que es. Y entonces aquella frase del profesor vuelve a cobrar sentido: “Aceptamos el amor que creemos merecer.”
Quizás crecer también sea aprender a cambiar esa idea. Entender que no tenemos que conformarnos con cualquier cosa solamente porque es lo que conocemos. Que podemos querer mejor y que también podemos dejar que nos quieran mejor. Y que, antes de encontrar ese amor en otra persona, tenemos que empezar a creer que somos dignos de recibirlo.
Porque al final The Perks of Being a Wallflower no es solamente una película sobre un chico tímido que encuentra amigos. Es una película sobre alguien que pasó mucho tiempo mirando la vida desde afuera y que, de a poco, empieza a entender que también tiene derecho a estar adentro. Y quizás todos tenemos un poco de Charlie. Todos tuvimos alguna vez esa sensación de llegar tarde, de mirar a los demás avanzar mientras nosotros todavía estamos tratando de entender dónde estamos parados.
Pero quizás no llegamos tarde. Quizás simplemente todavía no habíamos encontrado nuestro lugar. Y cuando finalmente aparece, aunque sea por un rato, entendemos algo bastante simple: No necesitábamos convertirnos en otra persona para pertenecer. Solo necesitábamos encontrar a alguien con quien pudiéramos ser nosotros mismos.