La realidad lo vuelve hacia la foto de María. Foto carcomida por el paso de los años y los dejes en la casa. Con un beso cargado de amor, angustia y melancolía, devuelve la foto al tablón. La mano no vuelve sino con la foto de Ariel. Otra vez la memoria lo quiere arrancar de la realidad y llevarlo lejos. Y como si fuera un trapo en desuso lo deposita en la distancia del tiempo. En esos momentos cuando Ariel luchaba al nacer. En las primeras peleas con los vecinitos que molestaban a los más chicos. El primer día en la escuela rural. Su maestra que hablaba maravillas del niño que defendía a los más débiles del curso. Su viaje y estadía en la gran ciudad para estudiar derecho. Las manifestaciones estudiantiles que él mismo encabezaba. Su participación en la conquista de derechos universitarios. Su esperanza siempre intacta. Su regreso al pueblo al saber de su madre enferma. La pintada de carteles denunciando su nueva lucha. Su pelea feroz contra la contaminación del lago. Sus protestas constantes sobre el mismísimo portón de entrada al gasoducto. Los primeros síntomas de su enfermedad. Los sosegados viajes hacia las quimioterapias. Los vómitos que irrumpieron el silencioso regreso. El significativo momento lampiño. La llegada de la anunciada muerte. Y otra vez, todo otra vez. Y ese pensamiento que vuelve más justificado que nunca: —¡Cuánto daño que me hiciste!
Dejando la foto en su lugar con todo el afecto del mundo, Don Julián comienza a enfocar sus pasos hacia la puerta de calle. Se va pensando en el gasoducto, la contaminación del lago, el daño causado por el “fracking”; esa maldita palabra difícil que escondía tanta maldad; todas las muertes que maduraron demasiado rápido en las últimas décadas. Antes de salir de su casa y luego de sus más profundos insultos susurrados entre labios, el pensamiento recurrente de los últimos años sale expulsado de su boca como el peor de los demonios y grita con furia: —¡Cuánto daño que me hiciste!
Continuará...