Ese pequeño pueblo del sur argentino es el mismo que le prometió, a los antepasados de Don Julián, una vida tranquila y relajada a los pies de las cordilleras, y además, un privilegiado y edénico acceso a su extenso lago azul, que replica a Los Andes en los días de cielo limpio.
Una tarde, varios años atrás, mientras Don Julián, a orillas del lago miraba el reflejo de las cordilleras buscando diferencias entre las originales y sus reflejadas, creyó ver el vislumbre de alguna diosa, de esas que leía en las noches sin luna encerrado con velas, o quizás, algún ser angelical. Las piernas le temblaban y los pelos de sus brazos estaban electrizados. Fueron dos largos segundos los que demoró en darse cuenta que ese ser divino se acercaba hasta él. No era una diosa, ni un ser angelical, era María, la joven hija de la nueva familia del pueblo. Sus miradas se entrecruzaron en el camino, dejando una estela de fuego parpadeante que ni siquiera el sol de enero se atrevió a desafiar. En aquel momento, no se veía el menor indicio de la tristeza que lo iba a consumir como a hojarasca seca.
Don Julián abandona la ventana refunfuñando por lo bajo, enderezando el rumbo hacia el ceniciento hogar de leñas, donde reposan sobre su tablón, las fotos que atestiguan los viejos momentos de felicidad. Allí ya no encuentra paz; sólo la pena se hace presente sabiéndose sólo en una casa gris, de un pueblo vacío, que se cargó las vidas de sus amados María y Ariel.
Su memoria otra vez lo quiere arrancar de la realidad y llevarlo lejos. Hacia esos momentos cuando le pidió a María que sea su esposa. Las rodillas se sacudían contra el verde césped, casi como se sacuden hoy por la vejez. La fiesta de bodas bajo la sombra del corpulento Pehuén. La luna de miel a orillas del lago en una carpa prestada. Los mates cebados junto a los primeros trabajos de carpintería que les dejaban más sueños e ilusiones que dinero ganado. Las escasas discusiones que finalizaban con la aparición de la luna; el beso de buenos días; el beso de buenas noches; la feliz noticia del hijo por venir; los primeros síntomas de la enfermedad; los sosegados viajes hacia las quimioterapias; los vómitos que irrumpieron el silencioso regreso; el significativo momento lampiño; y la llegada de la anunciada muerte.
Don Julián piensa en el gasoducto del pueblo, y luego de sus más profundos insultos, vuelve el pensamiento recurrente de los últimos años: -¡Cuánto daño que me hiciste!-
...CONTINUARÁ.