Sentado a los pies de una cama fría, de un cuarto gris, con una tenue y triste lámpara amarilla, Don Julián intenta recordar el momento exacto de la partida de su hijo. Recorre hacia atrás, como una vieja película en formato VHS, cada instante de la vida de Ariel. Cuando la realidad lo vuelve a traer, en cuestiones de segundos, recorrió los 33 luchadores años que a su hijo le llevó cruzar el umbral de la muerte. Un recorrido por momentos luminosos y otros apagados, pero cada momento está coronado con su orgullo de padre.
Ariel había nacido estrangulado por el cordón umbilical. Los médicos pudieron salvar a ese niño endrino que peleaba para que alguna gota de oxígeno acaricie aunque sea uno de sus pulmones. Algunos dijeron que estaba perdiendo la batalla, la que finalmente ganó en el mismo momento en que su llanto rompió como un estruendo cada pedacito del silencio que llenaba al viejo hospital del pueblo. Otros dijeron que esa fue una batalla perdida, porque estaba aferrado al vientre de su madre sin querer venir a conocer las miserias del mundo exterior, y sin embargo llegó. Pero todos coincidían en algo: Ese chico era un peleador nato.
Don Julián se incorpora con esfuerzo, como si fuera aquel viejo Criollo Crespo de rulos tristes, días antes de morir. Quiere llegar hasta la ventana; batallando va con su decrépito cuerpo consumido por la tristeza. Allí observa, no sin esforzar la vista, por aquellos vidrios grises teñidos durante algunos años por la tierra de su pequeño pueblo gris. Su tierra natal, el otrora pueblo feliz, ahora, como si fuera un viejo caprichoso, le dificulta la visión a través del cristal. No quiere que mire por la ventana. Don Julián desobedece. Focaliza sus tristes ojos hacia aquel punto lejano y se enfada. Insulta por lo bajo. Repite viejas palabras que por herencia recibió sin saber hasta hoy el valor de su significado. Agudiza su mirada a través del vidrio gris y vuelve el pensamiento recurrente de los últimos años: -¡Cuánto daño que me hiciste!-
.....CONTINUARÁ.