No pude dejar de pensar en la historia que me contaste.
Todavía la recuerdo y me estremezco al recordarla.
Compartirla ni me imagino mas solo quiero que sintáis compasión.
Hoy, aquí, ante vosotros, muestro mis desvelos.
Todo comenzó en aquel cesto a las puertas de la Iglesia.
Aquella noche donde mi querido hermano entró al dulce hogar de Dios.
Las monjas le cuidaron y le protegieron.
Le otorgaron el nombre de Clemente.
Su gracia y alegría se extendió por todo el convento.
Eras lo más bonito que existía en la faz de la Tierra.
Nunca le conté el motivo de su abandono, ya que madre me lo arrebato.
Le dejé en las puertas de aquel convento.
Le abandoné a su suerte porque no quería que recibiera los golpes de mi cruel padre.
Le quise dar una mejor vida a mi hermano.
Le regalé un último beso para que no olvidara mi calidez.
Desde su juventud mi hermano tuvo el don del cante.
Las monjas le enseñaron las más bellas canciones.
Él las aprendía de manera veloz.
No tardó mucho en entrar al servicio de la iglesia.
Al coro le apuntaron, y cierto es que la elección de ese trabajo no fallaron.
Clemente era un chico tímido, más no siempre mostraba sus sentimientos.
Reservado decían que era.
Silencioso y introvertido también esos defectos le anotaron.
Esos cuatro defectos le costaría en parte su desgracia.
El monje Gonzalo que no podía tener hijos se apropió del muchacho.
Las malas leguas decían que era del otro lado y violento también le atribuían.
El primer golpe sucedió cuando Clemente se negó a intimar con Gonzalo.
Gonzalo bien ardido, lo agarró y como poder poseía dos golpes en el costado le asestó.
Clemente no pudo protestar, mas solo se prestó a marchar.
El segundo golpe ocurrió cuando desafinó una nota y Gonzalo bien enfurecido un guantazo en la cara le dio.
Gonzalo con su poder difundió que Clemente estaba al borde de la locura.
¿Quién le iba creer?
El pueblo a favor de Gonzalo creyó que Clemente ante su condición de huérfano había enloquecido.
Esto solo dio pie a que Gonzalo con tanto poder fuera más allá.
Empezaron los toqueteos.
Empezó a llegar más allá.
Clemente que no podía hacer nada, se dejó llevar.
Pobre, Clemente, decían las monjas.
Clemente, fuistes demasiado convincente, y mira ahora lo que te has encontrado al frente.
Clemente ciego, estaba acabado.
Sin ganas de seguir, una nota me fue a escribir:
"Sor Ana, tu me criaste, fuiste mi confidente durante muchos años. Hoy, aquí, quise confesar que loco yo no he de estar, ya que mi amo al pueblo ha de comprar para mi silencio en un baúl quiere guardar. Solo quise ser cantor, pero hoy con gran pudor y temor mi vida veo por el patíbulo correr. El miedo se apodera de mi ser, me paraliza. No le cuentes a nadie que por condición he sucumbido ante tal horror, solo os pido el perdón aunque hoy crimen atroz voy a cometer.
Con amor,
Clemente."
Clemente con gran disposición mientras su amo fue a dormir un cojín fue a coger.
Rezó dos veces ante el crimen que iba a cometer.
Dios, no le perdonaría, ya que el pecado era grave.
Clemente mientras dormía su dueño se acercaba.
Con gran determinación asfixio a este gran patán.
En su locura pensó que lo había matado, pero solo era uno de sus sueños antes de ser encarcelado.
Las noches que pasó en vela le sirvió para imaginar cual hubiera sido su final.
Él solo quería ser un cantor, pero otro final le aconteció.
En sus últimos recuerdos que me dejó, me comentó que nunca había perdido la cordura.
En sus últimos momentos solo pudo contemplar como un hacha cayó con ternura.
Clemente, solo era un niño cuando Gonzalo ya se había apoderado de él y lo anotaba como su segunda víctima.