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Capítulo 15: Volver a nacer después del dolor

amarsinperderme
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“Se puede renacer incluso desde las ruinas, si decidimos construirnos de otra manera.”

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AlmaCorrea

Llorar en la cocina sin hacer ruido para que los chiquitos no despierten, eso lo he visto en muchas mujeres de la fila donde trabajo, y ninguna lo cuenta como debilidad, lo cuentan como parte del turno. A mí me movió la promesa junto a la cuna, que esas h

Llorar en la cocina sin hacer ruido para que los chiquitos no despierten, eso lo he visto en muchas mujeres de la fila donde trabajo, y ninguna lo cuenta como debilidad, lo cuentan como parte del turno. A mí me movió la promesa junto a la cuna, que esas heridas no fueran herencia de Rosario, porque una promesa así se cumple a diario y sin testigos. Colgarlo estuvo bien.

Contenido de la publicación

“Se puede renacer incluso desde las ruinas, si decidimos construirnos de otra manera.”

 Anaïs Nin

La maternidad no fue para mí un punto de llegada; fue el comienzo de una transformación que nunca imaginé. Creí que al nacer mi hija llegaría una respuesta, una especie de orden después del caos, pero ocurrió algo mucho más profundo, la llegada de Rosario abrió una grieta en todo aquello que yo creía ser. Me obligó a mirarme de frente, a revisar mis heridas y a preguntarme qué mujer quería ser de ahí en adelante.

Porque hay momentos en la vida en los que la identidad que construimos ya no alcanza para sostener lo que estamos viviendo. La antigua versión de nosotras comienza a resquebrajarse y, aunque al principio ese quiebre parece una pérdida, con el tiempo descubrimos que también puede ser una oportunidad para volver a nacer.

La maternidad tiene esa fuerza extraña: nos transforma mientras intentamos transformar la vida de otro ser. Nos enfrenta con nuestros miedos más profundos, con nuestras ausencias, con aquello que recibimos y con aquello que juramos no repetir. Nos obliga a preguntarnos qué heredamos y qué estamos dispuestas a dejar atrás.

Tenía veinticuatro años cuando nació mi hija. Todavía recuerdo ese instante como si hubieran nacido dos vidas al mismo tiempo, la de Rosario, que llegaba a este mundo buscando mis brazos, y la mía, que comenzaba a reconstruirse desde un lugar completamente desconocido.

Hacía apenas cuatro meses que me había separado de su padre. Éramos jóvenes, inmaduros y no habíamos sabido sostener una relación que terminó quebrándose antes de que pudiéramos comprender realmente lo que significaba construir una familia. Cuando llegó ese momento, yo no tenía casi nada de aquello que la sociedad suele considerar necesario para empezar una vida, no tenía estudios terminados, no tenía trabajo estable y el futuro parecía una puerta cerrada.

Pero había algo que permanecía intacto dentro de mí. Una fuerza pequeña, casi invisible, que insistía en decirme que mi historia no podía terminar ahí. Que yo podía construir algo diferente.

Quizás no tenía cosas materiales, pero tenía una decisión. Y con los años aprendí que muchas veces la fortaleza no aparece como una seguridad absoluta, sino como esa pequeña voz interior que nos empuja a seguir cuando todavía no sabemos cómo vamos a hacerlo.

Fue en medio de esa incertidumbre cuando llegaste.

Esa tarde-noche, una luna enorme parecía haberse quedado suspendida en el cielo para ser testigo de tu nacimiento. Cuando quedamos solas en aquella sala, su luz entraba suavemente por la ventana, iluminando tu pequeño rostro como si la luna misma hubiera venido a bendecirte y a acompañar el comienzo de tu vida. Yo estaba agotada, vulnerable, atravesada por el dolor físico del parto, pero todo se desvaneció en el instante en que te apoyaron sobre mi pecho. Todavía no habían cortado el cordón que nos unía y, aun así, mi cuerpo ya sabía que no quería separarse del tuyo. Te abracé con una fuerza desesperada, como si al sostenerte pudiera protegerte de todo lo que alguna vez pudiera lastimarte.

En ese momento comprendí que algo dentro de mí había cambiado para siempre, acababa de llegar al mundo mi hija, pero también estaba naciendo una nueva versión de mí.

Te miré y sentí algo que nunca había sentido antes, una parte de mí acababa de salir de mi propio cuerpo para caminar en esta vida.

Después te observé dormir en aquella cunita transparente, envuelta en una pequeña sábana gastada que apenas cubría tu cuerpito diminuto. Recuerdo tus manos pequeñas, tu respiración tranquila, tu rostro indefenso. Y mientras te miraba entendí que mi vida ya no podía pensarse solamente desde mí.

No era solamente amor lo que sentía. Era también una responsabilidad inmensa. Y, una pregunta que apareció sin aviso.

¿Sería yo capaz de darte aquello que a mí me había faltado?

Nadie me había enseñado cómo ser madre. Yo sabía de cuidados porque la vida me había enseñado demasiado pronto a ocupar ese lugar. Pero ser madre era algo distinto. No era cargar con una responsabilidad impuesta, sino aprender a acompañar una vida desde el amor, la conciencia y el deseo profundo de hacerlo diferente. Mucho menos cómo criar rompiendo una cadena de dolores que venía atravesando generaciones. Yo conocía demasiado bien el miedo, el silencio, la necesidad de adaptarse para sobrevivir. Sabía lo que era crecer intentando leer el clima emocional de una casa antes de pronunciar una palabra.

Y fue desde ese lugar, desde todo lo que había vivido y todo lo que no quería repetir, que nació en mí una promesa.

Una promesa silenciosa que nació esa noche junto a tu cuna, yo iba a intentar construir para vos un lugar distinto. No podía borrar mi infancia, no podía cambiar el patio de aquella escuela donde tantas veces me sentí sola, ni podía desaparecer los gritos que habían marcado mi historia. Pero sí podía elegir que esas heridas no fueran tu herencia.

Ese fue mi verdadero nacimiento.

Porque ese día no solamente nació Rosario. También nació una mujer que empezaba a comprender que amar no era únicamente cuidar a otro, sino también atreverse a cambiar aquello que había dolido durante años.

Pasó un año en el que intenté encontrar cierta estabilidad dentro de una relación que nunca terminó de ser clara, marcada por las dudas, las idas y vueltas y las promesas que no siempre lograban sostenerse. Y en medio de esa incertidumbre, la vida volvió a sorprenderme con una nueva llegada.

Con el nacimiento de Luciano, en el año 2000, la tierra volvió a moverse debajo de mis pies. Fue como un pequeño terremoto de amor y transformación. Mi cuerpo volvió a abrirse para traer una vida al mundo, esta vez bajo un sol pleno, con el cielo despejado y una luz cálida que parecía abrazar su llegada. Mi gordito llegó con una fuerza arrolladora, reclamando su lugar desde el primer instante. Llegó con hambre de vida, con esa intensidad que tienen los recién nacidos cuando parecen saber que todo lo que necesita es estar en los brazos de su madre.

Rosario apenas comenzaba a dar sus primeros pasos por la vida y yo todavía seguía aprendiendo a ser mamá junto a ella cuando la realidad me colocó frente a un nuevo desafío. Hay momentos en los que crecer deja de ser una elección y se convierte en una necesidad de supervivencia.

Ser madre de dos bebés tan pequeños me obligó a aprender un ritmo que no daba lugar a la espera. Sus vidas dependían de mis manos, de mis decisiones, de mi capacidad para sostenerme incluso cuando por dentro también necesitaba ser sostenida. Cada elección dejó de pensarse solamente desde mí; todo comenzaba y terminaba en ellos.

Sin embargo, no todos en esa casa atravesábamos los procesos al mismo ritmo. Mientras yo intentaba desesperadamente construir estabilidad para nuestros hijos, Gustavo parecía seguir transitando una etapa totalmente diferente, flotando en otra sintonía. Iba y venía; prometía cambios de conducta que nunca terminaban de llegar y le costaba horrores asumir las responsabilidades reales que implica la paternidad cotidiana. Muchas veces sentí que habitábamos en planetas distintos, mientras él contaba los días para irse de gira, yo contaba los centavos en la mesa para ver si llegábamos a fin de mes. Era una distancia que me generaba una impotencia enorme. Aquella diferencia no era solamente económica; era una diferencia de prioridades, de madurez. Yo había organizado mi vida por completo alrededor de las necesidades de mis hijos; él todavía parecía organizar la suya alrededor de sus propios deseos individuales. Y aunque durante mucho tiempo intenté justificarlo, comprenderlo y esperarlo, cada vez resultaba más evidente que había decisiones de vida que una sola persona no puede tomar por dos.

Recuerdo esos primeros años del nuevo milenio como una mezcla extraña de un amor inmenso, luminoso, y un agotamiento físico constante que me calaba los huesos. El país estallaba en el 2001, la incertidumbre era total en cada rincón, faltaba el trabajo y sobraban las deudas. Pero dentro de mi casa había dos pequeños rostros que dependían de mí, y el hambre de los chicos no sabe de crisis económicas ni te deja margen para sentarte a deprimirte. Muchas veces sentía que mi vida entera transcurría atendiendo las necesidades de otros, un llanto a la madrugada, una mamadera que calentar, una fiebre que controlar con paños fríos, una cuenta que no sabía cómo pagar, un nuevo día que comenzaba antes de que el anterior hubiera terminado.

Y todo eso lo seguía remando. No porque me sintiera fuerte o tuviera una capa de heroína; seguía porque no había aprendido a rendirme, porque mis hijos me necesitaban y porque, aun con el cansancio atravesándome los ojos, existía dentro de mí esa convicción de hierro, ellos merecían una infancia más segura, más feliz y más libre que la que yo había conocido.

Recuerdo llorar a escondidas. Esperar pacientemente a que los dos chiquitos por fin se durmieran para permitirme, recién ahí, aflojar los hombros y llorar en silencio en la cocina. Lloraba sin hacer ruido, tal como había aprendido a hacerlo desde nena en mi casa paterna, sin molestar, sin pedir consuelo, sin que nadie notara cuánto me estaba costando el día. Porque incluso entonces seguía creyendo, erróneamente, que mostrar el dolor era una forma de debilidad. Y, sin embargo, no era debilidad; era mi más pura humanidad cansada. Era el peso enorme de intentar criar bien a dos niños mientras todavía estaba en carne viva aprendiendo a curar mis propias heridas del pasado.

Muchas veces me envolvía la duda en la oscuridad: ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Les estaré dando lo suficiente? ¿Lograré ofrecerles la seguridad que yo nunca tuve en mi infancia? ¿Alcanzará con todo este amor que siento? Porque el amor que les tenía era inmenso, inagotable, pero ahí descubrí algo que los manuales de maternidad nunca te dicen, el amor no te quita el cansancio físico. El amor no elimina los miedos económicos ni borra las dudas. Ni la falta de ser acompañada.

Una madre puede amar con el alma a sus hijos y, al mismo tiempo, sentirse completamente perdida y sobrepasada en una tarde cualquiera. Durante mucho tiempo me exigí demasiado por sentir eso; había crecido escuchando el mito de que las madres pueden con todo, que deben sacrificarse con una sonrisa y encontrar fuerzas infinitas del vacío. Pero la realidad real era mucho más compleja. Había días en los que me sentía invencible y otros en los que apenas podía arrastrar los pies; días en los que la angustia aparecía sin aviso y el pasado regresaba disfrazado de miedo a fallar. Porque las heridas que no terminamos de sanar suelen encontrar formas inesperadas de filtrarse en el presente, y la maternidad, con toda su intensidad, tiene la capacidad de iluminar esos rincones oscuros que creíamos cerrados bajo siete llaves.

Sin embargo, hubo un norte que nunca perdí, la certeza absoluta de que mis hijos merecían una historia limpia de violencia. Esa convicción se convirtió en mi única brújula. Cuando el miedo me paralizaba o el cansancio me decía "basta", volvía a mirarlos dormir y recordaba por qué seguía adelante. No buscaba ser una madre perfecta de revista; buscaba ser una madre presente, capaz de escuchar, de abrazar sin imponer temor y de enseñarles que el respeto no necesita de los gritos ni de la violencia para hacerse valer.

Mientras mis hijos crecían, yo también comenzaba a crecer de una manera diferente. No hacia una perfección idealizada, sino hacia una mayor conciencia de mi propio valor. Comprendí la enseñanza más profunda de esa etapa de mi vida, que las historias que heredamos de nuestros padres no son destinos inevitables grabados a fuego. Siempre, siempre existe la posibilidad de plantarse, interrumpir aquello que nos lastimó y elegir, un paso a la vez, una forma distinta de vivir, de amar y de cuidar.

© Alejandra, 2026. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción sin autorización.

Thoughts

  • versos88

    La cocina, uf.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Mirá, me quedé en el contraste entre los dos nacimientos: Rosario con esa luna enorme metida por la ventana y Luciano bajo un sol pleno, y vos en el medio contando centavos mientras Gustavo contaba los días para irse de gira. Ahí ya no lo quiero a Gustavo, che, y todavía falta lo peor del 2001. La cunita transparente con la sábana gastada se me quedó grabada, posta, y apuesto a que a vos también. Me quedo esperando lo que viene después de las giras.

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  • Ovid

    Lo del 2001 con dos bebes en casa y el hambre de los chicos que no sabe de crisis a mi me deja claro que una crisis se mide en mamaderas mucho antes que en noticieros. Y la luna enorme la noche de Rosario se nota que la sigues viendo cada vez que la miras a ella. Gracias por seguir con la historia aqui!

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  • AlmaCorrea

    Llorar en la cocina sin hacer ruido para que los chiquitos no despierten, eso lo he visto en muchas mujeres de la fila donde trabajo, y ninguna lo cuenta como debilidad, lo cuentan como parte del turno. A mí me movió la promesa junto a la cuna, que esas heridas no fueran herencia de Rosario, porque una promesa así se cumple a diario y sin testigos. Colgarlo estuvo bien.

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