En el gélido silencio de una madrugada de montaña, iluminada apenas por el titilar agónico de una vela, Melissa Eliz Gonzales escribe. La falta de electricidad es una constante en su mundo, una oscuridad rutinaria que ella aprovecha para desahogar el peso que su mente analítica se niega a procesar en voz alta. La tinta azul mancha las hojas de su diario con una confesión silenciosa. Escribe sobre él.
Sobre Daniel.
A miles de kilómetros de distancia, separados por fronteras inquebrantables y por las adversidades de un país que se desmorona, existe un hombre de sonrisa arrogante y escudos de hierro. Un hombre que se esconde detrás del sarcasmo y que, sin saberlo, sostiene el corazón de Melissa en sus manos. Su relación es un delicado juego en una peligrosa zona gris: un cruce constante de mensajes, de ironías y de frenos de emergencia que ella misma debe accionar para no romperse en pedazos.
Pero Melissa guarda un secreto que trasciende la lógica que tanto venera.
Últimamente, entre el aire helado y la espesa neblina que envuelve su ciudad, se cuelan destellos de una época que no le pertenece. El roce de una seda pesada sobre sus costillas, el aroma a madera de caoba y lámparas de gas, y el recuerdo fantasma de unos ojos cargados de un dolor antiguo y profundo. Ecos de un universo donde las reglas eran estrictas y los modales, impecables.
En esta vida, Melissa se condena a amarlo en silencio, a mantener la distancia por respeto a una relación ajena y a lidiar con sus propias inseguridades. Es un castigo doloroso, diseñado a la medida de sus miedos al fracaso. Y mientras la cera caliente resbala por el candelabro, finalmente intuye el porqué.
Ella fue la villana en su historia. Ella fue quien destrozó su capacidad de confiar en otra vida.
Y esta historia no es más que el intento desesperado de dos almas por saldar una deuda kármica que lleva siglos esperando.