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Capítulo 15: El grupo que rompió lo imposible

DNavarrete
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Las pantallas ardían con luz propia en cada rincón del servidor.

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Pensamiento

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La llamada a las hermanas al final pesa más que toda la batalla para mí. Todo el servidor gritando los nombres de las cinco y Aoi, al quitarse el casco, solo puede contárselo a las dos personas que saben quién hay debajo. Me apuesto a que Reika y Reina se

La llamada a las hermanas al final pesa más que toda la batalla para mí. Todo el servidor gritando los nombres de las cinco y Aoi, al quitarse el casco, solo puede contárselo a las dos personas que saben quién hay debajo. Me apuesto a que Reika y Reina se enteran en el instituto antes que dentro del juego. ¿Lo de las hermanas lo tenías pensado desde el principio?

Contenido de la publicación

Las pantallas ardían con luz propia en cada rincón del servidor.

 

En las plazas principales. En las tabernas repletas. En las calles bulliciosas. En las ciudades iniciales. En los pueblos más recónditos y olvidados. E incluso en medio de vastos campos y zonas de farmeo, donde ejércitos enteros habían detenido sus armas, paralizados, solo para ser testigos de la historia.

 

Y en todas y cada una de ellas, se proyectaba la misma, aterradora y majestuosa imagen.

 

El campo de batalla era un caos de destrucción absoluta. La tierra hendida y abierta en profundas grietas que parecían no tener fondo. Piedras gigantescas partidas como si fueran cristal. Y los restos imponentes del General Orco desvaneciéndose lentamente, disolviéndose en millones de partículas luminosas que flotaban en el aire.

 

Y en el centro de aquel infierno, de pie o arrastrándose, estaba el pequeño grupo de cinco. Las únicas que habían sido capaces de doblegarlo.

 

Hina yacía inconsciente, su respiración débil sobre el lomo de Fen, mientras Aoi velaba por ella con una ternura que contrastaba con la brutalidad del entorno. Reika estaba sentada en el suelo, incapaz de dar un paso más, con su lanza clavada firmemente en la piedra como un último bastión de defensa. Reina inhalaba y exhalaba con pesadez, apoyando todo su peso sobre la empuñadura de su espada, que descansaba contra su rodilla temblorosa. Kaede cerraba los ojos, al borde del desmayo, aferrándose únicamente a la conciencia de la victoria.

 

Estaban al límite.Cada gota de energía había sido consumida. Pero seguían ahí. Firmes.

 

Y eso era precisamente lo que rompía la lógica de todos los observadores.

 

Porque derrotar al General Orco ya era una hazaña titánica por sí sola.Pero derrotarlo... en modo berserker...

 

Eso era otra dimensión. Eso era algo que, hasta ese preciso segundo, todo el servidor había grabado a fuego como imposible.

 

Desde el lanzamiento del juego, cada grupo que había conquistado el primer piso lo había logrado sorteando la locura. Lo habían hecho enfrentándolo con sus otras armas.

 

La espada larga.

Las dagas duales.

 El hacha pesada.

 

Todas tenían patrones predecibles. Todas permitían ser estudiadas y memorizadas. Todas daban una oportunidad, un margen para la estrategia y la preparación.

 

Pero el mazo...El mazo era la encarnación de la destrucción pura.

 

El modo berserker era la tumba donde yacían las esperanzas de cientos de equipos. No importaba el nivel alcanzado. No importaba la cantidad de pociones o el equipo legendario. No importaba cuán perfecta fuera su formación.

 

Cuando el General desataba su furia y empuñaba aquella arma, la única meta realista era sobrevivir el mayor tiempo posible, aprender de la masacre y huir para intentarlo otro día.

 

Porque nadie, absolutamente nadie, creía que se podía ganar.

 

Y ahora...Ahora, cinco chicas acababan de hacer añicos esa realidad.

 

El silencio cayó sobre el mundo virtual, denso y pesado.

 

Un segundo.

Dos.

Tres.

 

Hasta que la realidad estalló.

 

Todo comenzó en una taberna de Lunvar. Un jugador golpeó la madera con tal furia que las jarras saltaron y los vasos se hicieron añicos contra el suelo.

 

—¡LO HICIERON! ¡MIERDA, LO HICIERON DE VERDAD!

 

Otro se puso de pie de un salto, con los ojos desorbitados

 

.—¡DERROTARON AL BERSERKER! ¡HAN VENCIDO AL MODO IMPOSIBLE!

 

Y tras ese grito, el mundo entero estalló en júbilo y shock.

 

Las plazas se convirtieron en un mar de voces y vítores. En las tabernas se alzaron las copas en un brindis universal. Los gremios enteros se levantaron simultáneamente frente a sus pantallas, incapaces de creer lo que sus ojos veían. Algunos lloraban de la emoción, otros aplaudían hasta sangrar las palmas. Muchos gritaban los nombres de las heroínas que acababan de ver nacer. Y la gran mayoría simplemente se quedó congelada, con la boca seca y la mente en blanco, procesando lo inaceptable.

 

En los canales de comunicación, los clips comenzaron a reproducirse a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en fuego que se extendía por todo el servidor.

 

La caída del sanador cayendo en primera línea. El instante exacto donde Lyn destrozó el primer ojo del gigante. El impacto brutal que mandó a Hina al suelo. El momento heroico donde Puddle se interpuso, deteniendo con su propio cuerpo el brazo de la muerte. La ceguera final del monstruo. Y el ataque coordinado, perfecto y letal de Reina y Reika que selló su destino.

 

Cada imagen se repetía una y otra vez, grabándose en la memoria de todos.

 

Los titulos llovían como meteoritos, tan rápidos que era imposible leerlos todos:

 

“El grupo que desafió a los dioses”. “Las cinco que rompieron el sistema”. “La domadora y su lobo: la estrategia perfecta”. “El slime que se convirtió en pesadilla”. “Así cayó el invencible General Orco”. “¿Quiénes son ellas?”. “¿Cómo lograron lo imposible?”.

 

En la cabina de transmisión principal, Mireya seguía de pie, temblorosa, con la mirada fija en la pantalla como si esta fuera a desvanecerse en cualquier momento.

 

—No sé si la gente es consciente de la magnitud de esto... —su voz sonaba ronca, cargada de emoción—. No es solo vencer a un jefe. Este equipo... ellas acaban de derribar el muro que todos pensábamos inquebrantable. Han cambiado las reglas del juego para siempre.

 

A su lado, Darius no apartaba la vista. Su rostro serio mostraba el respeto absoluto que solo se le tiene a la verdadera grandeza. Incluso él, un veterano de mil batallas, estaba visiblemente impactado.

 

—A partir de hoy —sentenció con voz grave—, cada equipo en el servidor querrá ser ellas. Todos intentarán replicarlo. Todos querrán la gloria de derrotar al Berserker.

 

Mireya se giró hacia él, buscando una respuesta.

 

—¿Y crees que lo lograrán?

 

Darius esbozó una media sonrisa, llena de admiración.

 

—No. Ni en un millón de años.

 

La comentarista parpadeó, sorprendida.—

 

¿Fue... realmente tan difícil?

 

—Lo que presenciamos no fue fuerza bruta. No fue suerte. Fue maestría absoluta. Fue coordinación al milímetro, lectura del combate, sacrificio desinteresado, instinto y un talento que nace una vez en generaciones. Muchos lo intentarán, sí. Pero muy pocos comprenderán que la victoria no está en las estadísticas, sino en cómo pelean. Y muy pocas pelean como ellas.

La imagen volvió a mostrar a Aoi, montada sobre Fen, levantando su mano hacia el cielo, gritando órdenes que sonaron como sentencias. El momento donde trazó el camino a la victoria. Donde envió a Lyn a la muerte segura. Donde Puddle dio todo de sí para cegar al coloso.

 

Darius cruzó los brazos, señalando la pantalla con un gesto de cabeza.

 

—Esa chica... ella fue la diferencia. Ella hizo que lo imposible fuera posible.

 

Mientras tanto, fuera de las fronteras digitales, la realidad no era muy distinta.

 

En miles de habitaciones, iluminadas únicamente por el resplandor frío de los monitores, la gente seguía inmóvil. Algunos se llevaban las manos a la cabeza, sin encontrar explicación lógica. Otros rebobinaban una y otra vez, analizando cada frame, buscando el secreto.

 

Foros, redes sociales y chats privados colapsaban bajo el peso de la conversación. Analistas desmenuzaban cada movimiento. Teóricos calculaban daños y tiempos de reacción. Y la inmensa mayoría solo podía repetir una y otra vez, incrédulos:

 

—Es imposible...—Lo hicieron. Lo lograron de verdad.—Eso no tenía que pasar. Estaba programado para ser invencible.—¿Quién es esa chica? ¿La domadora? ¿Quién es ella?

 

Detrás del grupo victorioso, la puerta que daba acceso al segundo piso permanecía abierta de par en par.Las enormes cadenas que la sellaban yacían rotas en el suelo, inútiles.El camino de piedra ascendía hacia la oscuridad y lo desconocido, ahora libre por primera vez.

 

Y mientras el mundo entero gritaba, celebraba, discutía o intentaba comprender cómo había sucedido...

 

Las cinco guerreras seguían allí, en el centro del caos.

 

Doloridas.

Magulladas.

Al borde del colapso total.

 

Pero...Indiscutiblemente...Victoriosa.

 

Y sin tener ni la más remota idea de lo que acababa de ocurrir...Acababan de grabar sus nombres en oro. Acababan de convertirse en leyenda.

 

Campo de batalla, después de la transmisión

 

El campo de batalla, que momentos antes había sido un epicentro de caos y furia, se sumió ahora en un silencio casi reverencial tras la desintegración de la transmisión. Las pantallas flotantes, que habían dominado el cielo con su luz artificial, se desvanecieron como humo de incienso, y los anuncios celestiales dejaron de rasgar la atmósfera con sus proclamas. Solo quedaron las cicatrices profundas y abiertas en la piedra, los escombros dispersos que atestiguaban la brutalidad del combate, y el portal colosal, una boca oscura y expectante que se abría hacia lo desconocido del segundo piso, justo detrás del lugar donde el General Orco había sido reducido a polvo luminoso. El aire, espeso y cargado, aún conservaba el aroma penetrante del polvo levantado, el sudor rancio que emanaba de las armaduras y la magia residual, ahora disipada, que dejaba una sensación de agotamiento casi físico.

 

Las cinco guerreras, cada una de ellas un monumento andante al agotamiento extremo, yacían esparcidas sobre el suelo agrietado. Recuperaban el aliento con dificultad, cada inhalación un pequeño y preciado triunfo, tras haber logrado la hazaña que el servidor entero había catalogado como una fantasía imposible.

 

Hina ya había recuperado la consciencia, y su expresión facial era un poema de descontento. Estaba, sin lugar a dudas, haciendo un puchero que rivalizaba con el de un niño al que le han arrebatado su tesoro más preciado.

 

La chica estaba sentada en el suelo, con los brazos cruzados sobre el pecho con una rigidez desafiante, y sus mejillas infladas como dos globos a punto de estallar, dándole un aire cómico a su enfado. Miraba fijamente a un punto vacío en la distancia, como si buscara respuestas en el vacío, murmurando quejas tan bajas que parecían el zumbido persistente de un insecto molesto. Cada vez que el recuerdo del brutal y repentino impacto del General Orco la golpeaba, una nueva oleada de autocrítica y fastidio la invadía, haciendo que sus cejas se fruncieran aún más.

 

—¡No debí haberme lanzado así! —refunfuñó, su voz teñida de pura frustración, casi un gemido—. ¡Si no me hubiera confiado tanto, si no hubiera sido tan impulsiva y tonta, habría seguido peleando hasta el final! ¡No me habrían sacado de la batalla como si fuera una inútil!

 

Aoi, acurrucada a su lado, intentaba mantener una máscara de seriedad férrea, una fachada de madurez digna de la líder que era. Pero cada vez que su mirada se cruzaba con la de Hina, con esa pose de niña pequeña enfurruñada, una sonrisa traviesa y rebelde pugnaba por escapar de sus labios. Tenía que disimular con carraspeos repentinos, miradas al techo fingiendo interés por las grietas del suelo, y movimientos de cabeza exagerados, solo para evitar estallar en carcajadas.

 

Ver a Hina, la arquera normalmente tan veloz, tan segura de sí misma, siempre con una sonrisa radiante que iluminaba el campo de batalla, ahora convertida en una niña pequeña molesta porque la habían "dejado fuera del juego", era sencillamente irresistible. Era una imagen que rompía con toda la tensión previa.

 

Kaede fue la primera en sucumbir a la risa. Se llevó una mano a la boca, intentando sofocar el sonido, pero sus hombros empezaron a sacudirse de forma incontrolable, traicionando su lucha interna. Unos pequeños hipidos se escapaban de su garganta. Reina, a pesar de su temple habitual y su experiencia en combate, tampoco estaba mucho mejor. Sus ojos se desviaban constantemente hacia Hina, y tuvo que apoyarse con más fuerza en su espada, que crujió bajo su peso, para no caerse de la risa, con el estómago empezando a dolerle de verdad. Incluso Reika, la más imperturbable y serena de todas, dejó escapar una pequeña y cansada sonrisa que iluminó su rostro magullado, como un rayo de sol tras la tormenta.

 

Hina, sintiendo las miradas, las alzó una por una, sus ojos brillando con una mezcla de enfado y súplica.

 

—¡No se rían de mí! ¡En serio!

 

Esa súplica fue la chispa que encendió la pradera.

 

Aoi, incapaz de reprimirlo más, soltó una risita aguda y clara, un sonido que resonó en el silencio. Y Hina, con sus oídos de arquera, la captó al instante, como si hubiera sido un grito de guerra.

 

La arquera giró la cabeza bruscamente, sus ojos fijos en Aoi, una expresión de pura traición pintada en su rostro.

 

—¡Tú te reíste! ¡Te oí perfectamente! ¡No intentes negarlo!

 

Aoi desvió la mirada de inmediato, sintiendo cómo el rubor le subía por el cuello como una marea roja.

 

—¡Que no! ¡Solo fue un... un sonido de alivio! ¡Un suspiro!

 

—¡Mentira! ¡Te estabas burlando de mí! ¡Lo vi en tu cara! ¡Esa sonrisa malvada!

 

—¡No estaba haciendo nada de eso! — decía Aoi tratando de calmarla— ¡Estaba... meditando sobre la estrategia! ¡Reflexionando sobre mis errores!

 

—¡Sí lo estabas haciendo! ¡Y tú te reíste de mi reflexión! ¡Qué traidora!

 

Aoi no tuvo tiempo de responder.

 

Hina, con la furia de una niña agraviada y la fuerza que aún le quedaba, se lanzó sobre ella de golpe, como un pequeño torbellino enfadado.—¡Traidora! ¡Te reíste de mi dolor! ¡De mi humillación!

 

—¡Hina, espera! ¡No es para tanto! ¡Solo fue un poquito! —gritó Aoi, cayendo hacia atrás sobre la dura piedra, intentando defenderse de los manotazos y empujones de Hina, mientras su propia risa comenzaba a escaparse de forma incontrolable.

 

—¡Porque estabas haciendo puchero! ¡Parecías una niña pequeña a la que le quitan el helado!

 

—¡No estaba haciendo puchero! ¡Estaba... contemplando la inmensidad del universo y mi lugar en él!

 

Hina, ignorando por completo las excusas cósmicas de Aoi, comenzó a pellizcarle las mejillas con ambas manos, tirando de ellas con fuerza mientras Aoi intentaba apartarla, su risa ahora descontrolada, resonando en el campo de batalla.

 

Fen, el enorme lobo, que había estado observando la escena con una calma casi paternal, como si fuera un guardián silencioso, reaccionó de inmediato al ver a su dueña, Hina, enzarzada en una pelea juguetona y ruidosa con Aoi. Soltó un gruñido bajo y juguetón, un sonido grave que no transmitía amenaza, sino diversión. Con su hocico poderoso, pero sorprendentemente delicado, empezó a tirar de la ropa de Hina, intentando separarla de Aoi con una fuerza medida, como si estuviera ayudando a su ama a liberarse de un abrazo demasiado efusivo.

 

Al mismo tiempo, Lyn, el ave de combate, que había estado posada en un trozo de roca cercano, observando la escena con sus ojos brillantes, pareció entender la "señal". Con un chillido agudo y juguetón, descendió en picado desde el cielo con la agilidad de un halcón. Aterrizó con un suave thump sobre la cabeza de Hina y, con su pico afilado y sus garras ágiles, comenzó a tirar de su cabello con una energía contagiosa, como si estuviera intentando animarla a seguir la "pelea".

 

—¡Oigan! ¡Eso no vale! ¡Dos contra una! ¡Esto es trampa! —protestó Hina, agitando los brazos en un intento inútil de defenderse de las embestidas de Fen y los tirones de Lyn, su voz ahogada por la risa que empezaba a colarse entre sus quejas.

 

Fen seguía tirando de ella desde un lado, con la lengua fuera y la cola moviéndose frenéticamente como un péndulo de alegría, mientras Lyn revoloteaba sobre su cabeza, picoteando suavemente su cabello con una energía vibrante, como si estuviera dándole ánimos.

 

Aoi, aprovechando ese momento de distracción total de Hina, logró escapar gateando unos centímetros hacia atrás, todavía riéndose a carcajadas, con lágrimas de pura hilaridad corriendo por sus mejillas.

 

Kaede, que había estado intentando contener la risa con todas sus fuerzas, finalmente se dobló por completo, apoyando la frente en el suelo y dejando escapar sonidos ahogados de pura diversión.

 

Reina, por su parte, tuvo que apoyarse con más fuerza en su espada, sintiendo que le dolía el estómago de tanto reír, como si hubiera corrido una maratón de chistes. Y hasta Reika, la más imperturbable y seria de todas, la roca inamovible del grupo, terminó soltando una carcajada sonora y genuina, un sonido hermoso y liberador, al ver a Hina, la guerrera temible, enzarzada en una batalla cómica y caótica contra un lobo gigante, un ave furiosa y una Aoi que no podía parar de reírse de ella.

 

La escena era un torbellino de risas descontroladas, gruñidos juguetones, chillidos alegres y quejas fingidas, un bálsamo perfecto para el alma después de la batalla más épica y aterradora de sus vidas. Era la prueba viviente de que, incluso después de lo imposible, la camaradería y la alegría podían florecer.

 

La piedra de teletransporte brilló bajo sus pies apenas el grupo terminó de organizar el inventario y repartir el botín de la batalla. Una luz azulada las envolvió por completo y, un segundo después, el paisaje devastado del campo de batalla desapareció para dar paso a las bulliciosas calles de Lumvar.

 

El contraste fue tan brutal que durante unos segundos todas se quedaron paralizadas, como estatuas en medio del bullicio.

 

Atrás había quedado el polvo que se pegaba a la piel, la sangre que manchaba la armadura, el eco ensordecedor de los golpes y la tensión de una batalla que había mantenido a todo el servidor al borde del colapso. Ahora, frente a ellas, se alzaban las calles vibrantes y luminosas de la ciudad, las casas de piedra y madera con sus tejados inclinados, las tiendas abiertas que invitaban a entrar y el murmullo constante de los jugadores que iban y venían, ajenos al infierno que acababan de dejar atrás.

 

Pero Lumvar ya no era la ciudad tranquila que habían abandonado horas atrás.

 

Apenas aparecieron sobre la plataforma de teletransporte, varias miradas se giraron hacia ellas de inmediato, como si fueran imanes.

 

Primero fueron unos pocos jugadores que las reconocieron por la transmisión, susurrando entre ellos. Después otros, señalando con disimulo. Y luego, como una ola, muchos más.

 

—¡Son ellas!

—¡El grupo del primer piso!

—¡La chica de la lanza!

—gritó alguien, señalando a Reika.

—¡La arquera que peleó contra el General Berserker! —añadió otro, reconociendo a Hina.

—¡Mira, mira! ¡Es la invocadora del lobo! —exclamó un tercero, apuntando a Aoi.

 

En cuestión de segundos, comenzaron a rodearlas, formando un círculo expectante. Había jugadores nuevos, con la boca abierta por la novedad; veteranos, con una mezcla de admiración y envidia en los ojos; curiosos, solo buscando un vistazo; gente que pedía consejos sobre el jefe que acababan de derrotar; y otros que, simplemente, querían ver de cerca al grupo que había logrado lo imposible: derrotar al General Orco en su modo más temido.

 

Más de uno intentó acercarse a Reika, con preguntas ansiosas sobre cómo había resistido tantos golpes directos del jefe. Otros se abalanzaron sobre Reina, deseosos de saber qué arma usaba y qué "build" llevaba para soportar tanto castigo.

 

Hina, que apenas había recuperado el humor después de la pelea, ya estaba escondiéndose detrás de Kaede, sus mejillas rojas como tomates por la vergüenza.

 

—¡¿Por qué nos miran tanto?! —protestó, su voz apenas audible.

 

—Porque acabamos de volvernos la comidilla del servidor, Hina —respondió Kaede entre risas, dándole un suave empujón.

 

Aoi era la que peor lo llevaba.

 

Desde que aparecieron en Lumvar sentía las miradas clavadas en ella, como si fueran agujas. No era solo Fen, su imponente lobo, ni Lyn, su ave revoloteando sobrevolando, ni siquiera el hecho de que hubiera coordinado la pelea. Era la sensación constante y opresiva de que, si alguien miraba demasiado tiempo, podría descubrir algo más.

 

Que podrían ver el título oculto que aún no se atrevía a mostrar. Que podrían relacionarla con la misteriosa "Madre de los Dragones". Por eso caminaba con la cabeza un poco baja, intentando pasar desapercibida, aunque sabía que era inútil.

 

Porque con Fen caminando a su lado con paso firme, Lyn trazando círculos sobre su cabeza y esa armadura femenina que dejaba al descubierto parte de sus piernas, Aoi destacaba incluso más de lo que le gustaría.

 

Llegar hasta el gremio fue una pequeña batalla aparte. Tuvieron que abrirse paso entre grupos de jugadores que querían hablar con ellas, felicitarlas efusivamente o simplemente verlas pasar, como si fueran celebridades. Y cuando por fin cruzaron las puertas del edificio principal, descubrieron que dentro la atención era aún más intensa.

 

La recepcionista, Mireya, estaba tan ocupada organizando papeles, revisando recompensas y recibiendo a otros grupos de aventureros, que apenas levantó la vista cuando ellas llegaron. Pero en cuanto reconoció sus rostros, sus ojos se abrieron un poco más, delatando su sorpresa.

 

—No me digan que ustedes son el grupo del que todo el mundo está hablando...

 

—Desgraciadamente, sí —murmuró Hina, con un suspiro resignado.

 

Mireya soltó una pequeña risa cansada antes de guiarlas hacia uno de los mostradores laterales. Les tomó varios minutos revisar todo el botín que habían conseguido.

 

Había colmillos de orco, placas de armadura dañadas, núcleos mágicos chispeantes, piezas raras del General Orco y materiales especiales que podrían venderse por una fortuna o utilizarse para forjar equipo legendario. Cada objeto que colocaban sobre el mostrador hacía que más de un jugador cercano girara la cabeza para mirar, fascinado.

 

 Porque no era un botín cualquiera; era el botín del primer grupo en derrotar al jefe del primer piso en modo Berserker.

 

Al final, después de vender gran parte de los materiales, todas recibieron una suma de dinero mucho mayor de la que esperaban.

 

—Con esto podremos prepararnos mucho mejor para el segundo piso

 

—dijo Reika mientras revisaba la ventana de su inventario, sus ojos brillando con estrategia.

 

—¡Y comprar mejores pociones!

—añadió Kaede, pensando en la supervivencia.

 

—¡Y armaduras nuevas!

 

—dijo Reina, mirando de reojo a Aoi con una sonrisa pícara.

 

Aoi se cruzó de brazos de inmediato, su expresión seria.

 

—Ni se les ocurra volver a comprarme algo con falda.

 

Eso hizo que las cuatro soltaran una carcajada, rompiendo la tensión.

 

Después de eso, ya no quedaba mucho más por hacer. El cansancio comenzaba a notarse en todas. Hina bostezaba cada poco segundo, sus párpados pesados. Kaede ya había comenzado a estirarse como si fuera a quedarse dormida en cualquier momento. Incluso Reika, que normalmente parecía inquebrantable, se veía agotada, su postura menos rígida.

 

Antes de desconectarse, las cinco se reunieron una última vez cerca de la plaza central de Lumvar, donde las luces de la ciudad iluminaban suavemente las calles empedradas, creando un ambiente sereno.

 

—Buen trabajo hoy —dijo Reika con una pequeña sonrisa, su voz teñida de orgullo.

 

—No pensé que de verdad lo lograríamos —admitió Reina, su tono sincero.

 

—Yo sí pensé que ganaríamos —dijo Hina, con una chispa de su antiguo humor—. Bueno... después de despertar y que me dejaran pelear un poco más.

 

—Claro, claro —respondió Kaede riéndose, dándole un codazo amistoso.

 

Aoi observó a las cuatro durante unos segundos, una profunda gratitud llenando su pecho. Sabía que no podía decir demasiado. No podía agradecerles de verdad como quería, no podía confesarles que las conocía también fuera del juego, que las veía todos los días en la escuela, que una de ellas era la presidenta del consejo estudiantil y la otra la vicepresidenta. Que mientras dentro del juego ellas la trataban como una igual, en la realidad apenas notaban al chico silencioso que caminaba por los pasillos con la cabeza baja. Pero aun así, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

 

—Gracias... por ayudarme —murmuró, su voz apenas un hilo.

 

Las cuatro la miraron, y por un momento no hubo bromas ni risas, solo una pequeña calma compartida.

 

—Somos un grupo, ¿no? —dijo Reika, su mirada firme y sincera.

 

Aoi bajó un poco la mirada y asintió, sintiendo un nudo en la garganta.

 

Después de eso, una a una, comenzaron a desaparecer entre luces azuladas mientras se desconectaban del juego. La plaza quedó vacía, solo el eco de sus pasos resonando en la piedra. Y finalmente, Aoi también cerró sesión.

 

El mundo virtual desapareció. El casco se levantó lentamente de su cabeza, revelando la penumbra de su habitación. La oscuridad, iluminada apenas por el resplandor del monitor, reemplazó el cielo vibrante de Lumvar. Aoi se quedó sentado sobre la cama unos segundos sin moverse, el peso del cansancio físico y mental aún presente. Todavía podía sentir el eco de la batalla, el rugido del General Orco, el momento en que el jefe cayó frente a ellas. Y también podía recordar a las cuatro chicas sonriendo después de ganar, esa camaradería genuina.

 

Después de unos segundos, tomó el teléfono. No llamó a Reika ni a Reina. No podía hacerlo. Ellas no sabían quién era realmente. En cambio, marcó el número de sus hermanas.

 

Cuando escuchó sus voces al otro lado de la línea, Aoi soltó lentamente el aire que había estado conteniendo, un suspiro de alivio profundo.

 

—Gracias... —murmuró, su voz quebrándose un poco—. De verdad.

 

Al otro lado del teléfono hubo unos segundos de silencio, un silencio expectante. Y luego, la risa suave y familiar de sus hermanas llenó la habitación, un sonido cálido y reconfortante.

—No tienes que agradecernos, Aoi —dijo una de ellas, su voz llena de cariño—. Sabíamos que lo lograrías. Siempre lo has hecho.

 

—Sí, hermanito —añadió la otra—. Solo nos alegra que estés bien. Y que te hayas divertido. ¿Y qué tal esas amigas nuevas? ¿Te tratan bien?

 

Aoi sonrió, una sonrisa genuina esta vez, mientras la luz del monitor iluminaba su rostro.

 

—Sí. Son... son geniales.

 

Thoughts

  • libretanegra

    Me anoté lo que le contesta Darius a Mireya, lo del millón de años. Y justo debajo quedó lo de Aoi pidiendo que no le compren nada con falda. Juntas quedan raras, pero van.

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  • Ovid

    Aoi coordina a cinco contra el General en modo berserker y después no se atreve a decirles a Reika y Reina que las ve cada día en el pasillo del colegio. Tengo la impresión de que el segundo piso va a ser donde ese secreto ya no aguanta, con el título de Madre de los Dragones todavía escondido. Gracias por seguir subiendo capítulos!

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  • novelaacuestas

    La llamada a las hermanas al final pesa más que toda la batalla para mí. Todo el servidor gritando los nombres de las cinco y Aoi, al quitarse el casco, solo puede contárselo a las dos personas que saben quién hay debajo. Me apuesto a que Reika y Reina se enteran en el instituto antes que dentro del juego. ¿Lo de las hermanas lo tenías pensado desde el principio?

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