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Capitulo 13 Injusticias Operacionales
Después de permanecer un año en el batallón, trabajando en la parte administrativa, realizando patrullas y apoyando las evacuaciones de los soldados heridos, el comandante de la unidad comenzó a…
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UNA NUEVA RESPONSABILIDAD
Después de permanecer aproximadamente un año en el Batallón de Servicios No. 12, en Florencia, Caquetá, había cumplido diferentes funciones administrativas y operativas. También había participado en patrullajes y, en algunas ocasiones, había ayudado en la evacuación de soldados heridos.
Con el tiempo, mi comandante fue conociendo mi forma de trabajar, mi responsabilidad y la manera como cumplía las órdenes.
Un día me llamó y me informó que asumiría una nueva responsabilidad.
Sería el suboficial encargado de la Sala de Reflexión, nombre que en aquella época recibía el lugar destinado para el personal militar que se encontraba detenido mientras se definía su situación judicial.
No era una responsabilidad sencilla.
Se trataba de custodiar a soldados y suboficiales que, aunque estaban privados de la libertad, continuaban siendo militares y merecían un trato digno y respetuoso.
Acepté la orden.
Todavía no sabía cuánto iba a aprender de los hombres que pasarían por aquella sala.
LA PREPARACIÓN DE LA SALA
Antes de recibir al personal detenido, fui a inspeccionar el lugar.
La Sala de Reflexión estaba conformada por cinco celdas individuales y un alojamiento general con capacidad aproximada para treinta personas, organizado con camas tipo camarote.
También contaba con patio, baños, ventiladores y aire acondicionado.
El lugar llevaba algún tiempo sin utilizarse y necesitaba una limpieza completa.
Con varios soldados nos encargamos de organizarlo.
Limpiamos las instalaciones, lavamos los baños, revisamos las camas, organizamos los espacios y realizamos una fumigación.
Queríamos que, cuando llegaran los detenidos, todo estuviera en condiciones.
Poco a poco, aquel lugar comenzó a recuperar su aspecto.
Parecía una tarea sencilla.
Pero yo sabía que no estaba preparando solamente unas instalaciones.
Estaba preparando el lugar donde varios hombres pasarían una parte importante de sus vidas esperando que la justicia definiera su situación.
LA LLEGADA DEL PELOTÓN
Días después recibimos la información de que llegaría un pelotón de la Compañía B del Batallón de Infantería No. 8 Cazadores.
El motivo era una orden de detención preventiva dentro de una investigación relacionada con un combate ocurrido meses atrás.
Durante el día llegaron los primeros detenidos.
Eran tres suboficiales y treinta soldados.
El comandante de la unidad y el comandante de la brigada estuvieron presentes en la recepción.
Los formaron y les explicaron las condiciones en las que permanecerían mientras avanzaba el proceso judicial.
Los soldados llegaron tranquilos.
No tenían armamento.
Se realizó el procedimiento correspondiente y se recogieron los elementos de intendencia que no estaban autorizados para permanecer con ellos.
Conservaron sus uniformes deportivos y algunos elementos personales permitidos.
Aquella primera noche transcurrió con relativa normalidad.
Recibieron la alimentación correspondiente, se organizaron y descansaron.
Al día siguiente, aproximadamente a las nueve de la mañana, recibí la información de que llegaría otro detenido.
Era un soldado profesional.
Cuando llegó, inmediatamente llamó mi atención.
Ya estaba pensionado y había perdido una de sus piernas.
Se movilizaba con ayuda de muletas.
A pesar de su condición, se mostró tranquilo y respetuoso.
Me saludó, se presentó y cumplió con el procedimiento de ingreso.
Con él quedó completo el grupo.
MIS FUNCIONES
A partir de ese momento comenzó mi verdadera responsabilidad.
Debía mantener la custodia del personal detenido, verificar las condiciones de las instalaciones, controlar los horarios de alimentación y descanso, supervisar los momentos de salida al patio y registrar cualquier novedad que se presentara.
También debía controlar las visitas autorizadas, los desplazamientos internos y todas aquellas actividades permitidas mientras permanecieran bajo custodia.
La disciplina debía mantenerse.
Pero había algo que para mí era fundamental.
Aunque estaban detenidos, seguían siendo soldados.
Por eso siempre traté de cumplir mi función con firmeza, pero también con respeto.
No me correspondía juzgarlos.
La justicia tendría que determinar su responsabilidad.
Mi deber era custodiar, cumplir las órdenes y garantizar que las condiciones de detención se mantuvieran dentro de lo establecido.
Con el paso de los días comencé a conocer sus historias.
Y fue entonces cuando entendí que detrás de aquella detención había una historia mucho más grande.
LA HISTORIA DEL PELOTÓN DETENIDO
Según lo que me contaron algunos de los soldados y los mandos que conocían el caso, los hechos habían ocurrido aproximadamente nueve meses antes, en el corregimiento de Balsillas, jurisdicción de San Vicente del Caguán.
En aquella operación habían muerto tres personas y una mujer había resultado herida.
Ese hecho había generado una investigación judicial.
Como consecuencia de ella, el pelotón terminó detenido preventivamente mientras se adelantaban las investigaciones.
Los soldados sostenían una versión diferente de lo que posteriormente comenzó a discutirse en los despachos judiciales.
Decían que la operación había comenzado después de recibir información de inteligencia sobre la presencia de una comisión guerrillera que estaría realizando actividades de extorsión en la zona.
Según su relato, se trataba de aproximadamente cinco integrantes.
La tropa se desplazó hacia el sector y permaneció cerca de dos días realizando la infiltración hasta llegar a una vivienda abandonada.
Habían llegado aproximadamente a las dos de la tarde.
Desde allí establecieron observación sobre el lugar.
Pasaron varias horas.
No veían movimiento.
Todo parecía tranquilo.
Hasta que aparecieron dos hombres armados y una mujer.
Los soldados inicialmente no dispararon porque no tenían claridad sobre lo que estaba ocurriendo.
Esperaron.
Cuando los hombres salieron completamente del lugar, comenzó el enfrentamiento.
Dos hombres murieron y la mujer resultó herida.
Los soldados, según su versión, le prestaron los primeros auxilios.
Pero la situación no había terminado.
LA OPERACIÓN EN BALSILLAS
De acuerdo con lo que los soldados me contaron, poco después otro grupo comenzó a disparar contra ellos.
La tropa reaccionó y se produjo un nuevo enfrentamiento.
Durante el movimiento, uno de los soldados activó una mina antipersonal.
La explosión le causó una lesión gravísima y perdió una pierna.
Aquel hombre que posteriormente llegó a la Sala de Reflexión con sus muletas era precisamente uno de los soldados que había resultado herido en aquella operación.
Cuando escuché su historia y lo vi caminar con una sola pierna, comprendí que aquella experiencia había dejado una marca que llevaría durante toda su vida.
Finalmente, según el relato de los militares, los hombres armados se retiraron hacia otra zona.
La tropa aseguró el lugar y solicitó la evacuación de los muertos y de los heridos.
Para los soldados, el combate había terminado en ese momento.
Pero la historia apenas comenzaba.
CUANDO EL COMBATE LLEGÓ A LOS TRIBUNALES
Dos meses después del enfrentamiento, la mujer que había resultado herida presentó una denuncia ante la Fiscalía.
Según lo que posteriormente conocí, ella sostenía que no pertenecía a ningún grupo armado y que los militares habían atacado a civiles.
Esa versión cambió completamente la interpretación que se estaba dando a la operación.
La Fiscalía comenzó a investigar los hechos bajo la hipótesis de que los soldados podían haber atacado a personas que no participaban en las hostilidades.
Para los soldados detenidos, aquella acusación era difícil de entender.
Ellos sostenían que la mujer había estado armada y que hacía parte de la comisión guerrillera que estaban buscando.
Además, según me contaron, habitantes del sector habían entregado posteriormente declaraciones en las que afirmaban conocer a la mujer y sostenían una versión diferente sobre su pertenencia al grupo armado.
Así comenzaron a existir dos versiones completamente distintas.
Por un lado, estaba la versión de los soldados, quienes afirmaban que habían enfrentado a integrantes de un grupo armado.
Por otro, estaba la investigación judicial, que cuestionaba esa versión y examinaba la posibilidad de que se hubiera tratado de civiles.
Y había algo que hacía aquella situación todavía más difícil de comprender.
Uno de los soldados había perdido una pierna durante aquella operación.
Mientras él llevaba en su cuerpo las consecuencias de aquel combate, la investigación judicial buscaba establecer si realmente había existido un enfrentamiento con integrantes de un grupo armado o si los hechos habían ocurrido de otra manera.
Yo no era juez.
Tampoco era investigador.
No tenía autoridad para determinar quién decía la verdad.
Mi función era custodiar a aquellos hombres mientras la justicia adelantaba su trabajo.
Pero convivir diariamente con ellos me permitía ver las consecuencias humanas de aquella situación.
Veía al soldado que había perdido una pierna.
Veía a hombres que habían pasado de estar en operaciones militares a permanecer encerrados esperando una decisión judicial.
Y comprendía que una operación podía terminar cuando dejaban de sonar los disparos, pero sus consecuencias podían continuar durante años.
LA VIDA EN LA SALA DE REFLEXIÓN
Los días comenzaron a convertirse en semanas.
Las rutinas eran sencillas, pero estrictas.
Alimentación.
Descanso.
Aseo.
Ejercicio permitido.
Tiempo en el patio.
Visitas autorizadas.
Revisión de las instalaciones.
Registro de novedades.
Y nuevamente el mismo ciclo.
Yo debía estar pendiente de todo.
Sin embargo, también intentaba mantener una relación respetuosa con los detenidos.
No podía olvidar que, antes de estar allí, habían sido soldados como nosotros.
Habían patrullado.
Habían caminado por la selva.
Habían pasado noches enteras en operaciones.
Y algunos habían resultado heridos en combate.
El comandante de la brigada también mostró preocupación por la situación personal de aquellos hombres.
Varios de ellos no habían terminado sus estudios de bachillerato.
Por esa razón se coordinó con una institución educativa para que algunos profesores acudieran y pudieran continuar su formación académica.
Aquello me llamó la atención.
Estaban detenidos, pero sus vidas no se habían detenido completamente.
Algunos estudiaban.
Otros esperaban las decisiones de sus abogados.
Otros simplemente pasaban los días pensando en sus familias.
Mientras tanto, afuera, las unidades militares continuaban cumpliendo misiones y patrullando el territorio.
EL TIEMPO Y LA INCERTIDUMBRE
Pasaron los meses.
Yo continuaba cumpliendo mi función.
Cuando estaba próximo a cumplir dos años y tres meses en aquella unidad, recibí la noticia de que sería trasladado.
Antes de marcharme escuché que el proceso judicial podía tener un resultado favorable para los soldados.
Al parecer, habían aparecido nuevos testimonios de habitantes del corregimiento que daban una versión diferente sobre la mujer herida y sobre lo ocurrido durante la operación.
Según lo que se comentaba, esas nuevas declaraciones podían cambiar la interpretación que inicialmente se había dado a los hechos.
Pero yo ya debía marcharme.
Dejaba atrás la Sala de Reflexión y a aquellos hombres que durante meses había visto esperar.
LO QUE SUPE DESPUÉS
Aproximadamente un año y medio después de mi salida de aquella unidad, supe que el proceso todavía no había terminado.
Habían surgido nuevas actuaciones judiciales y el caso continuaba.
Para entonces comprendí algo que nunca olvidaría.
En el Ejército uno aprende que una misión termina cuando se cumple el objetivo y se regresa a la unidad.
Pero algunas misiones no terminan allí.
Hay operaciones que continúan en la memoria.
Otras continúan en los hospitales.
Algunas continúan en las familias.
Y otras llegan hasta los tribunales y pueden permanecer allí durante años.
Aquellos soldados habían salido al terreno para cumplir una misión.
Uno de ellos había perdido una pierna.
Tres personas habían muerto.
Una mujer había resultado herida.
Y después de todo aquello, la pregunta sobre lo que realmente había ocurrido quedó en manos de la justicia.
Yo no puedo responder esa pregunta.
No me corresponde hacerlo.
Solo puedo contar lo que vi, lo que escuché y lo que viví durante el tiempo que tuve bajo mi responsabilidad a aquellos hombres.
Yo estuve allí.
Los vi llegar.
Los vi esperar.
Vi al soldado que había perdido una pierna caminar con sus muletas dentro de aquella sala.
Y comprendí que, para ellos, la verdadera batalla no había terminado cuando dejaron de escucharse los disparos.
Había comenzado otra.
Una batalla larga, silenciosa y diferente.
Mientras nosotros continuábamos cumpliendo nuestras misiones, aquellos hombres libraban otra batalla, esta vez ante la justicia. Permanecieron detenidos durante aproximadamente dos años mas, esperando que se aclararan los hechos y se determinara su responsabilidad.
Finalmente, después de ese largo proceso, recuperaron su libertad.
La batalla había terminado en el terreno, pero para ellos continuó durante dos años ante la justicia
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