Salí del turno nocturno de la morgue con los huesos molidos y la mente en blanco. A veces disfruto tanto de una mesa en un restaurante fino como de sentarme en la banqueta a comer una buena dona, ver el panorama y tomar un café. Solo busco un rincón decente, libre de basura, para desconectar.
Conforme apuraba los últimos sorbos, la gente que transitaba por la acera me miraba de reojo. Algunos con asco, otros con esa lástima condescendiente reservada para quienes asumen que una mujer joven vestida con ropas ajadas y gastadas por el trabajo no es más que otra indigente vagando por la ciudad. Me daba exactamente igual.
Mi paz mental duró diez segundos. Llegó la típica compañera: esa que no se inmuta ante mi frialdad porque su propio temperamento arde a mil grados centígrados, aunque confiesa que soy el único témpano que no se derrite ante sus peculiaridades. En un parpadeo éramos dos supuestas vagabundas tiradas en la banqueta de la tienda.
—Dame —soltó sin preámbulos.
—Claro que no. Moriré de inanición.
—Te rezaré un Padre Nuestro —dijo con ironía.
—Ni siquiera sabes rezar. Raro, considerando que creciste en un prestigioso colegio de monjas.
—¿Prestigioso en qué? Solo en el costo. Los de Inglaterra son mejores; al menos habría aprendido inglés.
—No te quejes —reviró ella—. Eres perfecta, pero según tú el inglés no es lo tuyo. Aunque a señas sacas más trabajo que otros cuando se requiere.
Soltó una carcajada. Levanté el vaso de plástico ya vacío y empecé a juguetear con ella para que se fuera. En ese instante, un sujeto de unos veintiocho años, visiblemente atractivo y de esos que casi no se ven caminando por la calle, se detuvo. Al ver que mi pequeña jugada de dona peleada, terminaba más del lado de mi compañera que del mío, sacó un billete de cincuenta pesos y lo dejó caer dentro del vaso.
Me quedé pasmada mirando el billete. Cuando hice el ademán de regresárselo, mi amiga se adelantó, le sonrió al sujeto y le dio las gracias de forma efusiva, asegurándole que compraríamos una torta y que su caridad sería multiplicada por ser tan generoso. No me dejó pronunciar palabra.
—Eres una miserable —le dije en cuanto el tipo se alejó—. Apenas le di un pellizco a mi dona y te la tragaste toda.
Tiempo después, por esos azares absurdos del destino, mi amiga volvió a sacar el tema con una sonrisa burlona.
—¿Recuerdas al joven que nos dio cincuenta pesos de limosna?
Ahora nos dará cien. Le solté
—Tómalo por el lado amable, gruñona —agregó antes de que la interrumpiera—. Sirvió para darle la torta al niño hambriento.
—Bueno, ¿esa es toda tu reflexión del día? Puedes retirarte.
—No. Necesito que atiendas a su madre. Es diabética, le dieron quince días para amputarle la pierna y tú eres su única salvación. La paga no es mucha, pero eres la mejor. Empiezas mañana, suerte.
La miré en silencio. Juré en ese mismo instante: el próximo cadáver a diseccionar en la morgue sería el de ella.
En fin. Nos dieron limosna sin necesitarla, un niño en situación precaria desayunó, y de remate me cayó más trabajo del que quería. Un negocio redondo.