Siempre me he preguntado, ¿por qué desde pequeños nos venden la idea de que estar felices es realmente estar bien? Como si la tristeza no fuera necesaria para reconocernos realmente a nosotros mismos.
Crecí con ese pensamiento, el típico "tienes que estar bien" "no tienes porqué estar triste ni llorar por eso" "uno tiene que estar feliz siempre". A decir verdad, escuchar esas palabras hoy en día me generan algo de malestar. Y no porque siempre quiera estar triste y permitirme transitar la tristeza de una manera consciente sea el objetivo.
La tristeza me ha enseñado que puedo aprender más estando rota que fingiendo una sonrisa frente a una multitud. Estar triste me ha permitido escuchar la parte más interna de mí diciéndome lo que le duele, lo que le atormenta y lastima el alma. Que es una sensación horrible si, pero no hay nada más frustrante que no reconocerse a sí mismo frente a un espejo.
Reconocer lo que nos afecta y nos duele es quizás una de las cosas más difíciles del ser humano. Muchas veces implica mirar atrás, volver a heridas del pasado que creímos sanas...y nos damos cuenta que no. Esa herida sigue intacta, sigue presente en cada límite que no somos capaces de poner en nuestro presente, en las decisiones que permitimos que tomen por nosotros, en las palabras que no decimos por miedo al abandono, en los abrazos que no damos porque nunca recibimos uno...