Entré al consultorio sin apuro. Hacía apenas unas horas que me había despertado y todavía tenía la sensación de haber regresado de un viaje.
El psicólogo me saludó con una sonrisa serena y me señaló el sillón frente a él.
—¿Qué lo trae por acá?
Tardé unos segundos en responder.
—Anoche no podía dormir. Eran casi las cinco de la mañana. Me sentía completamente sobrepasado. Entonces hice algo que nunca había hecho. Le pedí al universo que me permitiera hablar con mis guías espirituales.
—¿Y aparecieron?
—No.
Sonreí apenas.
—En cambio soñé.
El psicólogo asintió.
—Cuénteme.
Respiré hondo.
—Cuando era muy chico, cinco o seis años, soñaba siempre con la misma casa. No era un sueño que aparecía una sola vez. Volvía una y otra vez. Era tan real que, al despertar, siempre me quedaba con la sensación de haber estado allí.
Mientras hablaba podía verla con absoluta claridad.
—Estaba sola, en medio del campo. Rodeada de árboles inmensos. Había un silencio hermoso. El frente era antiguo, blanco, señorial. Detrás tenía una galería completamente vidriada desde donde podía mirar el campo durante horas. Había pasadizos secretos, habitaciones ocultas y rincones donde me escondía para imaginar. Era mi refugio. El lugar donde era feliz.
El psicólogo permanecía inmóvil.
—Anoche volví.
—¿Después de cuánto tiempo?
—Más de cincuenta años.
—¿Y cómo estaba?
—Un poco descuidada... pero era la misma.
Sentí un nudo en la garganta.
—No tuve que buscar el camino. Lo conocía de memoria.
—¿Qué sintió cuando llegó?
No dudé.
—Que volvía a casa.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Después continué.
—La casa ya no estaba sola. Vivían allí personas que fueron importantes en mi vida.
—¿Quiénes?
—Una amiga.
Hice una pausa.
—Hace muchos años habíamos hecho planes para vivir juntos en esa casa. Compartir ese lugar. Vivir allí. Un día, sin darme explicaciones, canceló todo y desapareció de mi vida.
El psicólogo escuchaba sin interrumpirme.
—En el sueño le reclamé.
—¿Qué le dijo?
—Le pregunté por qué me había dejado. Por qué había roto nuestra amistad. Por qué nunca me explicó nada.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Hasta que preguntó:
—¿La extrañaba a ella... o extrañaba la casa?
La pregunta me sorprendió.
Pensé bastante antes de responder.
—La casa.
Él asintió lentamente.
—Eso cambia muchas cosas.
—¿Por qué?
—Porque cuando usted habla de esa casa nunca describe paredes. Describe un lugar donde podía ser plenamente usted.
Bajé la mirada.
Era verdad.
—Hay algo más.
—Lo escucho.
—Mientras caminaba por la casa empecé a pensar qué arreglos haría. Qué habitaciones construiría. Opinaba como si también fuera mía.
El psicólogo sonrió.
—Porque para usted nunca dejó de serlo.
Lo miré.
Entonces dije algo que hasta ese momento no me había animado a decir en voz alta.
—Doctor... yo creo que esa casa existe.
Esperé una explicación.
No llegó.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿En qué lugar?
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué dice que existe?
Respiré profundamente.
—Porque cuando estoy allí no siento que estoy soñando.
Me quedé unos segundos en silencio.
—Siento que estoy recordando.
El psicólogo cruzó las manos.
—¿Y eso lo asusta?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Entonces qué es lo que más le sorprende?
—La realidad.
Volví a hacer una pausa.
—No me sorprende haber vuelto después de más de medio siglo. Lo que me sorprende es la certeza. Todo tiene una realidad imposible de explicar. Como si esa casa estuviera en algún lugar y yo simplemente la visitara cuando sueño.
El psicólogo permaneció callado durante un largo rato.
Después habló despacio.
—Podría decirle que es un símbolo del inconsciente.
Esperó unos segundos.
—También podría decirle que es una memoria muy profunda.
Otra pausa.
—O podría decirle que pertenece a una dimensión espiritual.
Lo miré con atención.
Él sonrió.
—Pero cualquiera de esas respuestas sería una forma de cerrar un misterio que todavía está vivo. Y sería un error hacerlo.
Sentí un alivio inesperado.
No necesitaba que me convenciera de nada.
Solo necesitaba que respetara aquello que yo sentía.
—Hay una cosa de la que estoy completamente seguro.
—¿Cuál?
—Voy a volver.
—¿A la casa?
—Sí.
—¿Cómo lo sabe?
Sonreí.
—Porque nunca dejó de esperarme.
El psicólogo inclinó apenas la cabeza.
—¿Y qué cree que va a pasar cuando vuelva?
Pensé un instante.
—Voy a seguir viviendo.
—¿Cómo?
—Resolviendo mi vida.
Me miró con curiosidad.
—No entiendo.
—Cada vez que vuelvo descubro algo. No sé qué voy a encontrar la próxima vez. Pero siento que la casa tiene cosas para mostrarme. Como si conociera partes de mí que yo todavía no conozco.
El psicólogo dejó que el silencio hiciera su trabajo.
Después preguntó:
—Si mañana alguien llamara a su puerta y le dijera: "La casa existe. Venga conmigo"... ¿qué haría?
Cerré los ojos.
Vi el camino.
Los árboles.
La galería.
La luz.
Los pasadizos.
Respiré profundamente.
—Entraría.
—¿Y después?
Sonreí.
—Nada.
—¿Nada?
—Me sentaría en la galería a mirar el campo.
—¿No recorrería la casa?
Negué lentamente.
—No hace falta.
—¿Por qué?
—Porque ya la conozco. Y porque, de alguna manera, siento que ella también me conoce a mí.
El psicólogo se levantó y me acompañó hasta la puerta.
Antes de que saliera, me dijo:
—Creo que nunca vamos a saber si esa casa pertenece al mundo, a la memoria o a algo que todavía no tiene nombre.
Tomé el picaporte.
—Tal vez.
—¿Y eso le molesta?
Lo pensé unos segundos.
—No.
Abrí la puerta.
—Hay cosas que no necesitan ser explicadas para ser verdaderas.
Salí a la calle.
La ciudad seguía igual.
La gente caminaba apurada.
Los autos pasaban.
Todo estaba exactamente donde debía estar.
Mientras caminaba comprendí algo que nunca antes había pensado.
Yo siempre había creído que era yo quien buscaba la casa.
Quizás estaba equivocado.
Quizás, desde que era un niño, era la casa la que nunca había dejado de encontrarme.
Esa noche me acosté con la esperanza de volver.
Ya no necesitaba saber dónde estaba la casa, ni si algún día alguien podría señalarla en un mapa.
Estaba convencido de que hay lugares cuya realidad no depende de un mapa, sino de la intensidad con la que se viven.
Cerré los ojos y sonreí.
Esta vez no esperaría que la casa viniera a mí.
Esta vez sería yo quien saldría a buscarla.
Y mientras el sueño empezaba a vencerme, comprendí una última cosa.
No sentía que aquella historia hubiera terminado.
Al contrario.
Tenía la extraña certeza de que recién estaba empezando.
Como si todo lo vivido hasta ahora no hubiera sido más que el primer capítulo de una novela.
La casa ya tenía vida propia.
Y yo sabía que volvería a verla.
No para buscar respuestas.
Sino para seguir viviendo en ella.
Tal vez allí me esperaran nuevas conversaciones.
Nuevos pasadizos.
Nuevos habitantes.
Y quizás, en alguno de esos regresos, terminaría de comprender por qué, desde que era un niño, la casa nunca había dejado de encontrarme.