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EL TESTIGO MUDO

agustin
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LUGAR: El caserío del Cerrito de la Victoria, en las afueras de la muralla de Montevideo. ESCENARIO: El interior de un rancho de barro y paja quinchada. La luz del atardecer entra en haces…

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CAPÍTULO 3:

ESCENA 1

LUGAR: El caserío del Cerrito de la Victoria, en las afueras de la muralla de Montevideo.ESCENARIO:El interior de un rancho de barro y paja quinchada. La luz del atardecer entra en haces polvorientos a través de los huecos de la pared de terrón. El ambiente hule a grasa de vacuno, hierbas secas quemadas para ahuyentar los mosquitos y humedad acumulada por la lluvia de los días previos. En el centro de la habitación hay un catre de cuero de tiento sobre caballetes de madera tosca y un brasero de hierro con cenizas aún tibias.

En una esquina, sentada sobre un cajón de madera que sirvió de empaque para mercadería de Ultramar, se encuentra MARÍA ROSA. Viste una pollera de bayeta raída y una manta oscura envuelta en torno a sus hombros. Sus manos temblorosas no dejan de retorcer un rosario de cuentas de madera. A su lado, de pie, JUANA "LA CRIOLLA" CORREA lleva botas de montar manchadas de barro fresco y un ponchillo de lana virgen sobre los hombros.

(Se escucha el aullido del viento entre la paja del techo y el relincho distante de unos caballos de la partida militar).

(Juana se arrodilla frente a María Rosa, tomándole suavemente las manos para detener sus temblores. Su voz es imperiosa pero profunda, llena de contención).

JUANA CORREA:(Mirándola fijamente a los ojos, afinando el tono de su voz para no ser escuchada desde el exterior) María Rosa, mírame. Estás a salvo en el Cerrito. Los hombres del Capitán Tomás están vigilando la cañada del Miguelete. Acá no van a llegar los perros de la Jefatura. Pero necesito que me repitas exactamente lo que oíste la noche de la masacre en la pulpería. Mi padre está enterrado bajo la tierra de la Matriz y los que lo mataron caminan por las calles de Montevideo vestidos de seda.

MARÍA ROSA:(Con los ojos desorbitados por el recuerdo, mirando hacia la puerta como si esperara que una sombra irrumpiera en el rancho) Niña Juana... usted no sabe lo que hay en esa sombra. Yo estaba acurrucada debajo del mostrador, entre dos pipas de vino de Viamonte. El aire olía a la grasa de la lámpara y a la sangre caliente que corría por las tablas del piso como si fuera agua de arroyo. El General cayo de rodillas sin poder gritar... le abrieron el cuello con un solo tajo limpio.

JUANA CORREA:(Apretando las manos de María Rosa con más fuerza) ¿Y el hombre que dio la orden? El que entró después de que se apagara la luz. Decime cómo vestía. Decime cómo hablaba.

MARÍA ROSA:(Meciendo el cuerpo hacia adelante y hacia atrás, bajando la voz a un susurro casi inaudible) No pisaba como los hombres de la campaña, Niña. No traía espuelas de fierro que sonaran contra las piedras. Usaba botas blandas, de cuero de charol que brillaba con los chispazos de los truenos. Y cuando se acercó a la mesa donde estaba su padre agónico... le habló al oído.

JUANA CORREA:(Con el aliento contenido) ¿Qué le dijo, María Rosa? ¿Entendiste las palabras?

MARÍA ROSA:(Negando con la cabeza entre sollozos) No eran palabras de cristianos de acá. No era el hablar de la negrada de la aduana ni el de los patriotas del ejército. Hablaba cruzado... como los marineros que bajan de los navíos que vienen del otro lado del mar. Tenía una música helada en la lengua. Repitió dos veces una frase corta... parecía una oración de entierro... o un mandato de la Logia.

JUANA CORREA:(Poniéndose de pie de golpe, caminando hacia la ventana con la mano apoyada en la empañadura de su cuchillo) El francés. Era el acento de la diplomacia de Burdeos. Julien de Saint-Germain estuvo ahí. Él mismo le hundió el acero a mi padre mientras le recordaba los secretos de París.

(De repente, se escucha el chasquido seco de una rama quebrándose fuera del rancho. El relincho de un caballo se corta de golpe).

ESCENA 2

LUGAR: El despacho interior de la Comandancia General del Ejército, Montevideo.ESCENARIO:Un recinto sobrio de paredes de cal blanca con un crucifijo de madera de nogal colgado detrás del escritorio principal. Sobre la gran mesa de cedro hay mapas de la Banda Oriental desplegados con pesas de bronce, tinteros de plomo, velas de sebo a media consumirse y despachos militares firmados con sellos de lacre rojo.

Detrás del escritorio está sentado "EL NEGRO" (JULIEN DE SAINT-GERMAIN). Viste su uniforme militar sin galones ostentosos, pero impecablemente ajustado a la talle. Sostiene una pluma de ganso con la que firma órdenes de traslado de tropas. De pie frente a él se encuentra su mano derecha y secretario de campaña, ANACLETO "EL CHASCO" SILVEIRA, con su poncho manchado de polvo del camino y la cara surcada por la intemperie del campo.

(El Negro firma un pliego de papel, espolvorea arena sobre la tinta fresca para secarla y levanta la mirada hacia Anacleto con una calma impenetrable).

EL NEGRO:(Con tono cansado, fingiendo la sobrecarga de trabajo de un líder patriota) Decime, Anacleto... ¿Qué noticias traes de la cañada del Miguelete? ¿Pudieron dar con la partida de montoneros que andaba robando ganado en las chacras de la Aguada?

ANACLETO:(Ajustándose el tirador de cuero donde lleva el facón, mirando a su jefe con atención fija) No eran montoneros, Comandante. Encontramos las pisadas de cuatro caballos herrados a la europea. Caballos de cuadra de la capital, no pingos de la campaña. Alguien estuvo rastreando el camino de la pulpería desde la misma noche del crimen. Y no eran hombres del Gobierno.

EL NEGRO:(Apoyando los codos sobre el escritorio, entrelazando sus dedos largos y delgados) Hay mucha gente nerviosa en la ciudad, Anacleto. La muerte del caudillo Pantaleón y del General Ledesma dejó a la campaña huérfana de mando. La gente sospecha de cualquier sombra. ¿Qué más averiguaste?

ANACLETO:(Dando un paso hacia adelante, bajando la voz) La hija del difunto Correa... la señorita Juana... anduvo preguntando en el puerto por el paradero de una esclava liberta que trabajaba en la pulpería. Una muchacha que no apareció entre los muertos cuando la Policía hizo el parte.

EL NEGRO:(Sin inmutarse, dibujando una sonrisa imperceptible) La pena desvaría a las mujeres, Anacleto. Juana Correa busca fantasmas porque no puede aceptar que a su padre lo mataron en una simple pelea de montoneros por una carga de caña y unos patacones.

ANACLETO:(Poniéndose tenso, inclinando el rostro hacia su superior) Con todo respeto, Comandante... yo estuve con usted en las campañas de 1825. Sé cómo se hiere con una lanza criolla y cómo rompe la carne una bala de trabuco. Pero la autopsia del General Ledesma no miente. El corte que tenía en el cuello fue hecho con una espada fina... de las que usan los oficiales del otro lado del océano. Como esa que usted guarda en la petaca de cuero bajo su catre.

(El silencio cae sobre el despacho como una losa de piedra. El sonido de la pluma al chocar contra la mesa resuena en la habitación).

EL NEGRO:(Mirando a Anacleto con una frialdad desprovista de cualquier rasgo de calidez criolla, hablando con una cadencia pausada y helada) Anacleto... Vos sos un hombre de campo. Sabés rastrear un novillo en la noche y sabés dónde cruzar el río cuando viene crecido. No te metas a hacer trabajo de letrado ni de médico. La Patria necesita hombres leales que obedezcan órdenes, no rastreadores que busquen intenciones en las sombras. Mañana mismo te vas con veinte hombres hacia la frontera norte. Hay movimiento de tropas imperiales.

ANACLETO:(Tragando saliva, dando un paso atrás y saludando militarmente) A sus órdenes, Comandante. Salgo antes del amanecer.

(Anacleto sale del despacho cerrando la puerta de roble pesado. "El Negro" se queda solo. Abre el cajón secreto del escritorio, saca un sello masónico de anillo y un mapa escrito en código francés, guardándolos bajo su chaleco con gesto mecánico).