Ya no sabía qué era peor. Terminé conectado en un laboratorio donde me hicieron todo tipo de intervenciones; hasta me operaron. En mi cápsula odiosa, al menos, podía caminar un poco e imaginar un mundo posible, un universo fantasioso en mi cabeza. Acá estaba bajo el efecto de una anestesia y de calmantes locales que me impedían hablar.
Después de muchos días en ese estado, recuperé la conciencia flotando en una sustancia plateada y espesa. Estaba suspendido en una especie de planchuela metálica sobre ese líquido coloidal. Por momentos, la desesperación era tanta que solo quería hundirme y desaparecer. Un hombre bajito, con cara de temeroso, accionó un mecanismo y bajó la planchuela para que la sustancia me cubriera por completo.
Me examiné como pude: estaba sujeto y de mi corazón salía un tubo conectado a una máquina. Al principio todo parecía tranquilo, hasta que mis pulmones empezaron a acelerarse. Un ardor insoportable me recorrió el cuerpo. Grité. El eco de mi propio grito rebotó en las paredes del laboratorio, pero nadie entró a rescatarme. A través del vidrio, alcancé a ver la cara de profunda preocupación de Sonia. Su mirada me lo dijo todo: se venía la verdad. Lo sabía.
Grité otra vez. Después de lo que me pareció una eternidad, la sustancia plateada empezó a burbujear y a formar remolinos. De golpe, la planchuela se volcó y caí de lleno en el líquido. Al principio creí que me dejaban morir, y la verdad es que ya ni me importaba. Pero entonces, el líquido me entró en los ojos. En lugar de provocarme un dolor insufrible, empezó a nutrirme, con la consistencia y la calidez de la leche.
Cuarenta minutos después, salí del agua.
Me puse de pie y me miré. Ya no era el mismo: sentí que veía a un hombre que no le temía a nada ni a nadie. Miré a Sonia y fue como si un dique se hubiera roto en mi cabeza: la memoria regresó de golpe. Recordé cuando corríamos juntos buscando fruta silvestre, esquivando el control policial. Recordé la vez que ella se partió la cabeza y la sangre le chorreaba por la frente. Miles de recuerdos me golpearon a la vez.
Cuando aparecieron las imágenes de Stefania, intenté bloquearlas; no quería saber nada. Me dolía demasiado, así que lo dejé pasar. Después de todo, como había dicho Sonia, ella me había dejado y nada de eso iba a cambiar.
Me sentí abrumado, pero en el fondo experimenté un alivio enorme. Antes me sentía como un niño inmaduro que no había vivido nada, y la realidad era muy diferente. Entre los recuerdos amargos, recuperé el inicio de todo este infierno. Me acordé de cómo se sentía bailar, abrazarse, o dormir en aquel sofá desvencijado y espantoso. Recordé cuando buceaba con Sonia, mucho antes de que el agua se transformara en este asco actual. La triste contaminación. Recordé cómo corrimos el día que vimos aquella ola gigante, cargada de sustancias químicas, que provocó la muerte de una señora en la playa. Y cómo la industria química lo negó todo. Cómo mucha gente huyó del país y cómo otros decidimos quedarnos.
Recordé, muy levemente, mi secuestro. Pero preferí no profundizar en eso; era mejor dejarlo enterrado.
Salí del todo del líquido y me desconecté los cables. Probé mis pulmones expandiendo el pecho. Respiraba limpio.
—Mis pulmones están bien —dije, extrañado.
—Parece que sí. Te operaron y te arreglaron el problema —respondió Sonia, acercándome una toalla.
—Bueno, entonces me recupero y seguimos —le dije, listo para lo que sea.
Sonia soltó una risa amarga.
—Sí... pero con otra gente. No con ella. La última vez que se pelearon, discutieron tan fuerte que t
erminaron secuestrándote.