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HAY QUE LUCHAR, AGORIO.

JuanHernandorena
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En mi patria querida, la banda oriental, tan fructífera en hombres y mujeres ilustres y valientes, tuvo el honor de haber parido a quizás uno de los más grandes escritores de los últimos doscientos…

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En mi patria querida, la banda oriental, tan fructífera en hombres y mujeres ilustres y valientes, tuvo el honor de haber parido a quizás uno de los más grandes escritores de los últimos doscientos años. Adolfo Agorio.

Un hombre de raíces corajudas, pues qué otra cosa puedo decir de aquellos vascos del norte de España que no se haya dicho ya en la historia. Gente fuerte y dura, de eso sin duda. Agorio manifestó ese espíritu activo y constante propio de sus raíces ya en su juventud. Fue sin duda un jovencito de obras fecundas en su actividad periodística y política. Su trabajo llegó a ser merecedor de los elogios del oriental máximo que fue José Enrique Rodó.

Gran amante del occidente era Agorio, siempre mirando apasionado y cautivado a las decadentes naciones de la Europa occidental a la cual se le acercaba la medianoche. Para Agorio y para muchos de su generación, países como Francia eran la cúspide del mundo civilizado. Aunque como a todos, la madurez arribó a su puerta.

No me detendré en aquella sangría de pueblos cristianos que fue la Gran Guerra de 1914, provocada a su vez por élites internacionales sin patria y sin escrúpulos. Lo que si diré es que ese episodio realizado a manera de precuela de lo que más adelante sería la muerte de occidente en 1945, sirvió para despertar las conciencias de buena parte del mundo. La cultura burguesa, la plutocracia internacional, el ateísmo, el capitalismo y el marxismo fueron entendidos finalmente, tarde pero al fin, como las causas de los males que el mundo atravesaba.

Adolfo Agorio, tan liberal en aquel entonces, tendría su preciosa evolución en los años veinte. Y es que se caía de maduro. Aquellas promesas de progreso por parte de las democracias se habían esfumado. No era digno creer en ellas tras la Gran Guerra y mucho menos después de esa crisis económica artificial de 1929. Nunca antes el teatro y la política se habían convertido en una misma cosa.

Ya en 1923, nuestro valiente oriental, publicó su rara obra de "Ataraxia", no le quiten atención al título, donde podemos leer que "La democracia es la superchería que más ha perdurado a través de sus diversas formas contradictorias..." Finalmente Agorio había entendido que el problema del mundo no era político o económico, eso es puro coqueteo superficial. El problema del mundo era, y sigue siendo, espiritual.

¡Y muchos lo entendieron! Lo entendieron los camisas negras de Oswald Mosley en Inglaterra y los camisas negras de Mussolini en Italia. Lo entendieron los camisas azules de José Antonio Primo de Rivera en España y los camisas pardas de Hitler en Alemania. Lo entendieron los legionarios de Codreanu en Rumania y los hombres de Konstantín Rodzayevski en Rusia. Lo entendieron también los camisas verdes de Plínio Salgado en Brasil. Legiones de jóvenes que encapsularon en sí mismos la salvación para sus pueblos y el occidente entero.

Adolfo Agorio no tardó en culminar su pensamiento, el sendero era único y claro. En 1934 dio la luz su obra "Roma y el espíritu de occidente", donde leemos algo que ha pesar del tiempo ya transcurrido, es más actual que nunca. "La declinación del mundo occidental sólo podrá ser detenida mediante una fe casi salvaje en los valores del alma humana, contra la sordidez de los egoísmos, mediante una virtud invulnerable que oponga su valla ascética a los asaltos de la oleada materialista que arruina y corrompe las conciencias..." Hay que fortalecerse espiritualmente para sortear este crepúsculo de la civilización que atravesamos gracias al materialismo paupérrimo que ha dominado durante los últimos dos siglos. Nunca ha existido tanta injusticia de lo material.

En otras palabras, hay que luchar. Hay que luchar más que nunca, sin importar las burlas. Bien lo expresó el último romano que pisó la tierra, hay que caminar y construir, y si es necesario, hay que combatir y vencer.

Querido Agorio, espero que estas palabras mías sirvan para reivindicar tu legado y figura. Te lo mereces compatriota. Ya no importa la censura y ostracismo a la que nuestros políticos traidores en 1940 te condenaron. Sus juicios no tienen valor, y no lo tuvieron en un principio.

Salve, camarada.

-JUAN ANTONIO HERNANDORENA ORTÍZ.

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(Fotografía de A. Agorio en su juventud)

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