Valeria tenía una teoría.
Decía que puedes saber cuánto le importas a alguien por cómo se toma el café contigo.
"Si se lo toma rápido, está nervioso. Si se lo toma lento, está a gusto. Si se le olvida y se le enfría, es que está más concentrado en ti que en el café. Ese es el bueno", me dijo una vez.
Durante dos meses, nuestro café siempre se enfriaba.
Nos veíamos después de su clase. Yo salía temprano del trabajo para alcanzarla. Pedíamos dos americanos. Ella cargado, sin azúcar, con prisa. Yo igual, aunque a mí no me gustaba sin azúcar. Pero si a ella le gustaba así, a mí también. Así de pendejo estaba.
Hablábamos de todo. De sus pacientes de práctica, de mi jefe que me humillaba, de su mamá que le decía que no se enamorara tan rápido, de mi miedo a enamorarme y que luego se fuera como todos.
Y el café se quedaba ahí. Frío. Intacto. Porque estábamos demasiado ocupados mirándonos.
Hasta que llegó el martes que no.
Ese martes yo tuve un mal día. Mi jefe me gritó frente a todos. Mi mamá me llamó para decirme que mi papá estaba tomando otra vez. Y yo, con mi brillante inteligencia emocional de hombre criado a base de "aguántate", decidí no decirle nada a Valeria. Para no molestarla. Para no ser una carga.
Llegué a la librería callado. Ella lo notó en dos segundos. Las mujeres siempre notan todo.
"¿Estás bien?", me preguntó.
"Sí. Todo bien. Cansado nomás", le dije. La frase favorita de todos los hombres que estamos de la chingada por dentro.
"¿Seguro?"
"Sí, de verdad. ¿Pedimos café?"
Fuimos al café de siempre. Pidió su americano. Yo también. Pero ese día no hablamos. O mejor dicho, ella hablaba y yo contestaba con monosílabos.
"¿Te pasó algo en el trabajo?"
"No."
"¿Quieres contarme?"
"No es nada."
Ella se quedó callada. Le dio un trago a su café. Me miró.
"¿Sabes qué es lo que más me cansa de los hombres como tú?", me dijo. Sin gritar. Peor. Con decepción. Que duele más que el grito.
"¿Qué?"
"Que creen que protegerme es no contarme nada. Que creen que amar es aguantar solos. Yo no quiero un hombre que aguante. Quiero un hombre que me diga 'hoy estoy de la mierda, abrázame'. Pero tú no. Tú prefieres estar mal solo que estar mal conmigo".
No supe qué decir. Porque tenía razón. Otra vez.
"¿Por qué no me cuentas nada nunca?", insistió.
"Porque no quiero que pienses que soy débil", le solté. Fue la primera verdad que le decía en semanas.
Ella sonrió triste.
"Yo no me enamoré de ti por fuerte. Me enamoré de ti porque cuando me miras, siento que alguien por fin me ve. Pero si tú no te dejas ver, ¿cómo quieres que te vea yo?"
Ese día, por primera vez, su café no se enfrió. Se lo tomó. Rápido. De un trago. Como cuando estás nervioso y te quieres ir.
Se levantó, me besó en la frente y me dijo:
"Cuando aprendas a estar mal conmigo y no solo a estar bien conmigo, me buscas".
Se fue.
Yo me quedé ahí, con dos cafés fríos enfrente. El de ella a la mitad. El mío intacto.
Y entendí su teoría del café.
Cuando el café se enfría, es que hay amor. Cuando se lo toman rápido, es que hay prisa por irse.
Ese fue el primer martes que Valeria se fue antes que yo.
No sería el último.
Pero yo, en mi estupidez, pensé que todavía teníamos muchos martes por delante.
Todavía no sabía que a las mujeres como ella, no se les va el amor de golpe.
Se les va a traguitos. Como el café. Hasta que un día ya no queda nada en la taza.